La subida del petróleo, de persistir, genera una estanflación que afecta profundamente a todo el mundo. El monetarismo libertario confunde la inflación por demanda con un aumento estructural de costos, lo que lleva a políticas de austeridad ineficaces. Restringir el consumo para fomentar la inversión es una estrategia imposible. Las medidas deflacionarias agravan la malaria al elevar involuntariamente los costos de producción.
El conflicto centrado en el estrecho de Ormuz puso a todo el mundo –literalmente- a suponer que podrán zafar de digerir una indigerible estanflación si los recientes vuelos de los B-52 sobre el territorio persa no son más que parte de la coreografía de la retirada norteamericana y el paralelo encapsulado del premier israelí Benjamin «Bibi» Netanyahu.
Este devaneo de los precios clave de la economía mundial va más allá de la nafta y los fertilizantes. Naturalmente alcanza a todos los derivados del petróleo y del gas. Botón de muestra: el precio de la tonelada de polietileno, desde que semanas atrás empezó el conflicto hasta ahora, subió más de un tercio.
El gas se fue para arriba
Antes de que se destara el conflicto en Irán, los precios de la energía en la eurozona en febrero acusaban una caída anual del 3,1 por ciento. La inflación se situaba apenas por debajo del objetivo del 2 por ciento establecido por el Banco Central Europeo. Después de unas semanas a pleno dron y misil en el Golfo, el alza de los precios del gas en Europa es del 70 por ciento. La inflación en la eurozona se fue al 2,5 por ciento anual en marzo. En comparación con el mes anterior, los precios al consumidor aumentaron un 1,2 por ciento, el mayor incremento desde octubre de 2022.
Es grande la esperanza en el Taco (Trump always chickens out: Trump siempre arruga). Con esta sigla caracterizó hace casi un año Robert Armstrong, editorialista del Financial Times, al comportamiento del POTUS 47. Los mercados bursátiles y la propia oscilación del precio del crudo, lo atestiguan sin ningún atisbo de perjurio. Mambrú se va de la guerra y vuelve para Pascua: suben los primeros, baja el segundo y viceversa si como se canta “Vendrá para…la Navidad”.
El racconto de hechos suficientemente conocidos, que hacen a la falta del pan nuestro de cada día, enmarca en la coyuntura el proceso estanflacionario endémico en que estamos sumergidos los argentinos desde hace años. Y habla de sus perspectivas.
Petróleo y deflación
En la filosofía antiinflacionaria de los libertarios hace gala una asimilación falaz entre inflación y aumentos de precios. Al considerar las definiciones tradicionales, la inflación (a secas) es un exceso de poder (y de querer) de compra nominal con respecto al valor nominal de la producción global -o sea un exceso de la demanda sobre la oferta- a un nivel de precios dado.
El aumento de este nivel, lejos de ser el elemento constitutivo del desequilibrio, es el medio de ir hacia otro nivel de equilibrio, o de salir del desequilibrio. Así funciona la reacción automática del mercado, que aumenta el valor nominal de la oferta a la altura de la demanda.
A decir verdad, existe otro medio más para reequilibrar los precios: hacer que la oferta iguale la demanda no por el aumento de su valor, quedando el volumen físico tal como estaba, sino por ampliación de su volumen y los precios quedando sin variar.
Por otra parte, al aceptar que toda inflación es una forma de llamar al aumento de los precios, y que todo el mundo sepa de qué se está hablando, la recíproca no es verdadera. Toda alza de precios no tiene necesariamente por causa a la inflación. Puede ser debido a un aumento estructural de los costos, provengan estos de una modificación de las condiciones técnicas de la producción –vg: el asunto de estos días de misiles y drones-, o una variación en las tasas de remuneración de los factores (salarios, intereses, rentas mineras, inmobiliarias, agropecuarias y ganancias).
Es este último caso el que se llama impropiamente “inflación de costo” para distinguirlo del de la “inflación de demanda”.
Impropiamente, porque no se trata de dos tipos de inflación, sino de inflación propiamente dicha por una parte, y aumento de precios por la otro parte, la cual, no solamente no tiene nada que ver con la inflación sino -y es esto lo que es importante- puede perfectamente acomodarse de su contrario, la deflación.
Tal es justamente el caso del petróleo que engendra a la vez el alza de los precios por su incidencia sobre los costos de producción y la deflación por su acción sobre los balances comerciales.
Es esto lo que da un sentido al término “estanflación”. El primer componente -estancamiento- es indiscutiblemente sinónimo de deflación, si tomamos el segundo al pie de la letra, se tendría una simple contradicción en los términos: inflación pese a la deflación. ¡Al contrario!, si se reemplaza el segundo componente por “alza de precios” se tiene algo perfectamente concebible: alza de precios pese a la deflación.
Esto deja a las claros que si no hay Taco, la recesión mundial rivalizará en daño a los propinados por los shocks petroleros de los ’70 y ‘80 y posiblemente les gane, según los muchos análisis que están corriendo sobre este tema.
Parte del problema
Al bucear por algunos detalles del concepto estanflación, se infiere que el inefectivo y completamente ideológico monetarismo del gobierno libertario es parte del problema y no de la solución. En otras palabras: en nivel de inflación hasta acá llegamos.
La contrarrevolución monetarista inventada por Milton Friedman –el padre putativo del oficialismo libertario- en su ataque frontal a la revolución keynesiana ganó terreno por la crisis petrolera de los años ‘70, que elevó los precios y llevó la inflación a niveles insostenibles en algunos países. Para Friedman, la inflación era consecuencia de las políticas de pleno empleo y de los gastos desmedidos de los gobiernos que obligaban a imprimir más dinero.
Decía Friedman que si no se quería inflación debía postularse no emitir más de 3 por ciento anual de la base monetaria y habría luego de dos años 3 por ciento de inflación anual. Si los precios del petróleo y derivados subían y no se emitía dinero, otros precios deberían caer, el nivel de precios se nivelaría y no habría inflación.
Las dirigencias de los países desarrollados pronto concluyeron que la cantidad de dinero no era una variable que pudieran controlar, pues seguía a los precios y no a la inversa como sostenía Friedman. Pero por muy diversas razones políticas se hicieron los osos unos cuantos años y siguieron de pico con el verso monetarista. Los dirigentes argentinos, al menos buena parte de ese colectivo, siguen sin enterarse de este pequeño detalle y profesan un monetarismo, ora convencido, ora culposo, siempre vulgar y ramplón.
Pero, incluso si Mambrú vuelve para romper los huevos de Pascua, el monetarismo libertario argentino no va a contener la estanflación. Se tragarán el mismo relato monetarista que venden. Y cuando los costos sigan pujando al alza –desmintiendo una vez más a Friedman-, entonces trataran de enfriar la demanda aún más.
Que el año que viene haya comicios presidenciales asegura que habrá en el oficialismo dos bandos dentro del adamantino monetarismo que profesan: los que creen que el gran activo electoral es la lucha antiinflacionaria y van a fondo por la austeridad, versus los que con algo de cordura sugieren aflojar las riendas y mejorar el consumo aunque se avive la inflación.
Pero como el alza de los precios es estructuralmente debida a las condiciones de la producción (incluyendo las remuneraciones de los factores), la incoherencia de las medidas deflacionistas o de las del otro bando que pretenden ser menos deflacionista, aparecen a la luz del día. No solamente son inoperantes, en tanto que visan un desequilibrio que no existe, sino que son susceptibles de lograr objetivos opuestos a los buscados. En efecto, algunas de sus disposiciones destinadas a comprimir la demanda: atajar las paritarias y aumentar la tasa de interés, tienen por efecto -involuntario- inflar los costos y, por lo tanto los propios precios de venta.
El efecto alcista sobre los costos de atajar las paritarias no es una contradicción en sus términos. ¿Pero cómo? ¿Si la austeridad no hace bajar los precios por la compresión de la demanda, no los hará bajar por la disminución del volumen de la producción y, por lo tanto, de los costos unitarios?
Ese interrogante supone que el empresario o la empresaria va a la feria y compra todas las mañanas, exactamente las cantidades necesarias para la producción proyectada del día: un cierto número de hombres-día, una cantidad de horas de secretariado interino, una fracción de edificios, de máquinas, de vehículos o el uso de todo eso, de manera que a la noche se reencontrará con nada más que un stock de mercaderías, que vende para recomenzar a la mañana siguiente la operación a una escala variable según la coyuntura del momento.
Las cosas no funcionan así en la realidad. Los medios de producción se inmovilizan cuando se incorporan a la empresa, Por algo se los llama capital fijo. Su costo financiero entonces es indivisible e independiente de su puesta en marcha. Si se agrega a esto la proporción creciente en las economías modernas de estructuras administrativas (la gran preocupación que la parte human la pulverice la IA) y la rigidez de algunos otros gastos, el punto muerto resulta tan elevado, que la mínima caída de la producción provoca un agravamiento importante de los costos unitarios. Menos salarios por paritarias congeladas baja los costos de la nómina, pero sube los costos totales más que proporcionalmente porque hay que cargarle el muerto a lo poco que se vende. En jerga esto proceso se denomina deseconomía de escala.
Se ve entonces directamente el callejón sin salida que representan las medidas restrictivas de la demanda en un momento donde, pese al alza de los precios la demanda efectiva, no solamente no es excedentaria, sino particularmente deficiente como consecuencia del bajo nivel de actividad o directamente recesión.
Inversión y consumo
Los heraldos de la austeridad se empeñan en remediar los dos componentes de la “estanflación”. Por un lado, tratan de reducir la “inflación” -siempre presumida de ser de demanda- comprimiendo la parte consumible del ingreso. Por el otro, intentan estimular la inversión a través de medios de incitación directos y casuales, a fin de evitar la depresión. El RIGI se lleva todos los premios de este concurso.
Es de una lógica cartesiana. Menos el país consume, más el país ahorra e invierte. Inversión y consumo son las dos utilizaciones concurrentes de un agregado dado: el producto social.
Hay que tener una imaginación muy singular para fantasear que el capitalismo se mueve acorde a la lógica cartesiana. Es cualquier cosa menos cartesiano. Baila al ritmo de la contradicción fundamental entre el poder y el querer invertir.
Si la inversión varía efectivamente en razón inversa del consumo final, el deseo de invertir es para responder al consumo que hay. Bajo la malaria actual –para colmo, coronada de gloria librecambista- intentar estimular la inversión, o simplemente mantenerla a igual ritmo, en el mismo momento en que el consumo final declina o simplemente se estanca, y sean cuales fueran los medios audaces empleados, resulta ser tan utópico como la cuadratura del círculo.
La prioridad acordada a la lucha contra el alza de precios, sobre la de pleno empleo es entonces inaceptable, a la vez sobre el plano social y sobre el rendimiento mismo de la maquinaria económica.
Pero esto no es todo. Resulta que es absurdo al interior mismo de su propia lógica. En efecto, la falsa escuadra sobre la que se edifica la distinción entre “inflación” de costos e inflación (a secas) de la demanda va más lejos que la lucha contra el alza de precios. Se encuentra agazapada la cuestión de saber sí el último determinante de los precios de equilibrio es el mercado o la producción.
Cualquiera que sea la respuesta a esta cuestión, cuando se trata de un modelo puro de economía de mercado, la realidad social de hoy en día ha privado al mercado de todas maneras de este rol. Incluso; el precio del más importante factor de producción, la fuerza de trabajo, no es más parte de su orden del día.
Visto de otro ángulo, los instrumentos propios de cualquier plan de austeridad, como la restricción del crédito y el freno a las paritarias, igualmente privan al mercado de toda fuerza determinante sobre los otros factores.
En cualquier caso, el estado de la demanda no podría influir sobre el precio de equilibrio de los bienes finales, como si estos últimos podrían a su turno influenciar sobre los precios de los factores.
Es entonces el último absurdo, intentar modificar el nivel de la demanda, con la idea de modificar los precios de los bienes finales, cuando la propia acción deliberada del gobierno consiste en fijar el precio de los factores (congelando paritarias) antes que el de los bienes finales.
Dato político clave
De manera que la distinción entre inflación real y simple alza de precios, no es una sutileza teórica, sino un punto sustancial en la lucha política, acerca de la cual los opositores al gobierno parece que no han caído en la cuenta.
No se trata simplemente de distinguir entre dos causas paralelas del mismo fenómeno: los factores-demanda y los factores-costo de la inflación. En una situación donde no hay absolutamente excedente sino más bien falta de demanda (como lo indica el sufijo “estanflación”), combatir los factores-demanda imaginarios conduce muchas veces a efectos reales desastrosos sobre los costos y finalmente sobre los precios.
Al contrario, la “inflación verdadera”, de la que hablaba John Maynard Keynes, o la inflación por la demanda, no solamente no puede por definición existir en condiciones de desempleo en alza, como las de hoy en día y que Dios quiera que el Taco –en-lo-que-le-toca- atenué, sino que es un fenómeno rarísimo dentro del sistema económico en que vivimos, que salvo circunstancias muy excepcionales -guerra, bloqueos, -es endémicamente deflacionista.
Y la gran oportunidad opositora que proviene de presentar una perspectiva de desarrollo para la Argentina con sentido de integración social, se refuerza por un motivo: en el oficialismo libertario el carácter inadecuado de la política de austeridad lo más probable es que los lleve a concluir que las restricciones aplicadas hasta el momento no han sido lo suficientemente drásticas, y entonces decidan reforzarlas. Los libertarios ponen en juego su credibilidad política, sin o se colocan en recios. Las medidas deflacionistas se convierten en algo así como un proceso que se autojustifica, produciendo la situación misma que las vuelve necesarias.