El autor propone una polémica sobre la baja de la inflación. Parte de la base de que aquietar la presión inflacionaria no es un mérito por sí solo. Sostiene que en determinadas condiciones, como ahora, esa meta puede ser incompatible con el crecimiento y la mejora de los ingresos. Como siempre, Y ahora qué alberga todo punto de vista que quiera expresarse con fundamentos. La discusión, como es norma en este medio desde su primera edición, queda abierta.
Cuando el oficialismo ganó las elecciones nacionales de medio término a finales de octubre, dentro de la órbita del peronismo se extendió un comentario acerca de la valoración favorable de la población argentina con respecto a la baja de la inflación por parte de este Gobierno. Incluso lo consideraban un objetivo para la renovación política, en contraposición al estímulo desenfrenado de la economía.
Recientemente, hubo un cambio en torno a la percepción sobre la evolución de la macroeconomía libertaria. En varios análisis se enfatiza la falta de mejoras perceptibles sobre la situación de los ingresos, y sus efectos sobre la opinión pública. También se señala un presunto “trade-off” entre precios y actividad. Una estabilidad tan acentuada de lo primero obraría en detrimento de una recomposición de lo segundo.
Tanto la idea de que el aquietamiento de la inflación sea un mérito político en sí mismo como la concepción de una dicotomía frente a la recomposición de la actividad son simplificaciones. Se omite que ambas cosas conforman la reproducción de la vida material. Es decir que la estabilidad de precios tiene valor si permite la recomposición de la actividad en el largo plazo.
Por sí misma, es indistinta. Se vuelve necesaria en contextos en los cuales el enrarecimiento del nivel de precios impide el anclaje sobre la moneda nacional. Es una problemática muy vinculada al movimiento internacional de capitales. De hecho, las hiperinflaciones de las economías modernas, desde que iniciaron en Europa al término de la primera guerra mundial hasta la actualidad, se asocian con la inestabilidad del tipo de cambio.
Y Argentina, en ese sentido, fue parte de la regla. Las experiencias vividas entre la segunda mitad de la década de los ochenta y los inicios de la convertibilidad tuvieron un origen en ese factor. También vale la pena señalar que la inflación no es un fenómeno aislado del resto de las condiciones económicas. Por ejemplo, la famosa espiral que comenzó en 2021 y tuvo su pico en 2023, estuvo acompañada de devaluaciones periódicas, y una incapacidad de acumular reservas internacionales por parte de las autoridades que se acentuó con la sequía.
Explicado eso, es fácil ver por qué presentar la disminución del movimiento del nivel de precios como un mérito, o mejor aún, como algo valorable por sí solo, es ilusorio. El nivel de precios refleja condiciones de reproducción de la economía. Si el tipo de cambio queda fijo, y el resto de las variables que inciden en los precios se deterioran, empezando por los ingresos, entonces el malestar es mayor.
Es decir que la política anti-inflacionaria, desde el punto de vista social, puede ser perjudicial, porque no conduce a una mejora de la economía ni del nivel de vida. Por el contrario, su diseño requiere que, para sostenerla, empeore. Sencillamente, moderar los precios a costa de los salarios y las jubilaciones es empobrecer a la población.
Todo se agrava por el hecho de que la estabilidad del tipo de cambio es en sí misma frágil y esporádica. Nunca fue posible para este Gobierno mantenerla por largos períodos sin generar una implosión, y las variaciones resultantes fueron absorbidas en los precios, provocando en un debilitamiento de los ingresos aún mayor.
Recién ahora el Gobierno asumió como un objetivo persistente la acumulación de reservas, que permitiría, llegado el caso, contener el tipo de cambio ante una corrida. Pero, aun así, cómo no medió una devaluación que permita licuar los activos acumulados en pesos, y la bicicleta financiera continuó desde el inicio de esta política, la acumulación de reservas tiene la forma de amasar un poder de fuego sin posibilidad de distensión.
Es decir que la actividad no puede reactivarse, porque es necesario acumular dólares mediante la disminución del volumen de importaciones para contener el tipo de cambio. Aunque la contención del tipo de cambio no sirva a la estabilidad macroeconómica. Y mientras tanto, los ingresos absorben los impulsos sobre los precios, sean aumentos de las tarifas, fluctuaciones endémicas del dólar, o circunstancias de la economía internacional como el cambio en el precio del petróleo que siguió a la guerra en Irán.
Así como está dada, la estabilidad de precios es incompatible con el crecimiento y la mejora de los ingresos.
Eso no significa que haya que hacer una reivindicación pública de lo contrario. Sí, en todo caso, aceptar que el crecimiento capitalista suele venir acompañado de tensiones sobre los precios, y que para controlarlas es necesario comprender sus orígenes sin pretender evitarlas completamente. Lo que requiere de una elaboración crítica del pensamiento-económico del campo popular para evitar dos extremos: caer en las variantes que no resuelven las cuestiones del nivel de vida por temor a la inestabilidad, o terminar en una inflación desbocada.