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El miserabilismo libertario y las guerritas de Milei

Las guerras son la expresión de intereses políticos y la continuación de intereses económicos, pero pensar en apoyar una contienda ajena a nuestros intereses por seguidismo a uno de los contrincantes (EE.UU. e Israel) es peligroso, especialmente si también se propone la participación enviando tropas.

Recientemente el economista James K. Galbraith, hijo del célebre economista John K. Galbraith y profesor en la Universidad de Austin, Texas, publicó un artículo sobre la ofensiva lanzada por EE.UU. e Israel contra Irán. Sostiene Galbraith que el conflicto iniciado por EE.UU. “puede ser el fin de su influencia en Oriente Próximo” y que contradice la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en noviembre de 2025 por el Gobierno del presidente Donald Trump, presentada (y rubricada) por él como una “hoja de ruta para garantizar que Estados Unidos siga siendo la nación más grande y exitosa de la historia de la humanidad”.

El estilo de Trump es contagioso, y para decorar este momento otoñal de la cultura de Occidente abundan líderes de ultraderecha que lo emulan y se autoperciben hacedores de circunstancias restauradoras de las glorias del pasado y superadoras de todas las que animarán el porvenir.

Con este marco referencial conviene demorarse en la consideración de la Estrategia de Seguridad Nacional firmada por el POTUS 47, la cual básica y humildemente propuso restablecer los ideales constituyentes de EE.UU., aquellos que fueran la base de su éxito y magnitud.

La “hoja de ruta” trumpista se remontó hasta la Declaración de la Independencia, cuando los padres fundadores dejaron sentada una clara preferencia por la no intervención en los asuntos internos de otras naciones. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones, hubo un error de cálculo y “nuestras élites” no tuvieron debidamente en cuenta “lo dispuesto que estaría EE.UU. a asumir cargas globales interminables en las que el pueblo estadounidense no veía ninguna conexión con el interés nacional”. O sea que “nuestras élites” padecieron una suerte de complejo exacerbado del buen samaritano (Lucas 10:25-37) y auxiliaron a cuanto caído se les cruzara en el camino, a tal punto que “permitieron que aliados y socios delegaran en el pueblo estadounidense el costo de su defensa” y “a veces nos arrastraran a conflictos y disputas centrales para sus intereses, pero periféricos o irrelevantes para los nuestros”.

En línea con lo anterior, la desvinculación de las políticas de Trump con Medio Oriente parecía un objetivo prioritario. En la Estrategia de Seguridad Nacional estaba claro: “Con la derogación o flexibilización de políticas energéticas restrictivas por parte de esta Administración y el incremento de la producción estadounidense de energía, las razones históricas de EE.UU. para centrar su atención en Oriente Próximo irán desapareciendo.” Era coherente con las ocurrencias de Trump lanzadas en los albores de su mandato: “Perfora, nena, perfora (Drill, baby, drill)”, para aumentar exitosamente la producción doméstica de hidrocarburos.

Claro que el documento plantea salvedades, pero con sordina. Deben garantizarse los suministros energéticos del Golfo y la apertura del estrecho de Ormuz, aunque Oriente Próximo ya no domine la política exterior estadounidense, en parte porque ahora “no es el irritante, constante y potencial origen de catástrofe inminente que fue en otros tiempos”. También el documento menciona de pasada la seguridad de Israel (un caído con mayúscula para que los EE.UU. animen la parábola del gran samaritano), al tiempo que sus ghostwriters, los autores anónimos al servicio de la Administración y con gran solvencia intelectual, aseguran que Oriente Próximo “se está convirtiendo en un lugar de colaboración, amistad e inversión, una tendencia que hay que aplaudir y fomentar”.

A pesar de todo lo anterior, el 28 de febrero EE.UU. atacó a Irán, evoca Galbraith, y agrega: “Un Estado-civilización con una gran reserva de misiles, drones y compromiso patriótico y religioso. Atacarlo es iniciar la madre de todas las guerras interminables.” Y el hecho demostraría que la Estrategia de Seguridad Nacional, según numerosos críticos del trumpismo gobernante, podría ser otra declaración deshonesta pergeñada para engañar a los estadounidenses.

El documento en cuestión, de acuerdo con la lectura de Galbraith, entre otras cosas señalaba un cambio de los EE.UU. respecto de su condición de gendarme mundial, con la renuncia a la retórica centrada en la OTAN luego de la implosión de la ex-URSS. Pero la guerra en Medio Próximo lo convirtió en letra muerta apenas formulado, y allí se combate de nuevo, el estrecho de Ormuz está relativamente clausurado, habrá escasez de combustible, fertilizantes y, a su debido tiempo, alimentos.

Y sentencia Galbraith, luego de revisar algunos datos referidos a las operaciones militares en curso: “Bases estadounidenses en la región del golfo Pérsico han quedado parcialmente destruidas o inutilizables. En la situación actual, Estados Unidos nunca podrá volver a esas bases, porque Irán no da señales de ceder ante las bombas ni le faltarán drones o misiles. Tampoco hay ninguna posibilidad de que unos pocos miles de marines cambien el rumbo de la guerra. Para decirlo sin rodeos, Estados Unidos ha sido expulsado de una vez por todas del Golfo (aunque quizá todavía no sea evidente para los funcionarios o la opinión pública estadounidenses)”.

La estrategia publicitada siempre es parte de un relato, pero la gestión es lo que la contradice o la realiza. Galbraith ve un “enorme abismo” entre la estrategia publicitada y la gestión trumpista, y para comprenderlo aventura tres hipótesis: I) “Que el Gobierno estadounidense ya no sea realmente un Gobierno, habiéndose vuelto incapaz de planear, anunciar, implementar y ejecutar una estrategia, como se espera de un Gobierno real.” II) “Que el Gobierno estadounidense que había hasta hace tres meses haya sido sustituido mediante un golpe de Estado silencioso por otro régimen que usa a Trump como figura decorativa. Algo parecido a Venezuela, pero sin los helicópteros.” III) “Que Estados Unidos acabe justo donde la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025 quería que llegara. Es decir, obligado a salir de Oriente Próximo, a reconocer los límites y la obsolescencia del poder estadounidense y a respetar la soberanía y la autonomía de otros Estados-nación. No sería el peor resultado. Pero habría sido mucho más fácil llegar a este destino directamente, sin la humillación de una derrota militar brutal, la eliminación de aliados y el daño duradero a la economía mundial.”

Localmente, Milei también debió pensar algo para un campo de operaciones infinitamente menor, pero en el cual juega su destino. Las estrategias derivadas de cálculos que presume científicos fracasaron en toda la línea. Y por añadidura, cuando la desocupación, a la par del cierre de empresas y comercios, alcanza niveles exorbitantes, las noticias referidas a la corrupción irrumpen tumultuosamente, de modo que parecen una marea incontenible.

Prologadas por las del caso fundacional de fraude con la cripto $LIBRA y dignamente proseguidas por las referidas a la presunta red de sobornos en la Agencia Nacional de Discapacidad, hasta ganar el podio con las que hablan de la presunción de enriquecimiento ilícito de Adorni o con la toma por asalto de los créditos hipotecarios del Banco Nación a cargo del funcionariado de La Libertad Avanza y de espacios políticos adyacentes, fueron útiles para disimular el descalabro del ajuste perpetuo y la postergación del bienestar social a perpetuidad, pero también irrumpieron en el momento menos oportuno.

Había que hacer algo. Y entonces Milei decidió declarar persona no grata al virtual embajador iraní en Buenos Aires, el encargado de Negocios, Mohsen Soltani Tehrani, y al igual que su numen estadounidense de piel anaranjada que venía dando un plazo tras otro a Irán para que depusiera su resistencia, lo conminó a que abandonara el país en 48 horas. Fue extemporáneo, más allá de que la diplomacia iraní, además de cumplir con la salida de su representante en el plazo establecido, acusara al Gobierno de seguir los dictados “del régimen sionista ocupante y de Estados Unidos”. Por su parte la Casa Rosada calificó al comunicado iraní como “una inaceptable injerencia en los asuntos internos del país y una tergiversación deliberada de decisiones adoptadas conforme al derecho internacional”.

Parecía un ejemplo de buena ubicuidad libertaria, habida cuenta además de que Trump (como el general Curtis LeMay, quien en su momento propuso destruir toda la infraestructura de Vietnam del Norte para forzar su rendición) había ya manifestado respecto de los iraníes: “Los vamos a devolver a la Edad de Piedra, que es donde deben estar.” Estas palabras fueron festejadas por quienes pregonan, como el secretario de Guerra de los EE.UU., Pete Hegseth, devolver al ejército su “máxima letalidad”.

En esta contienda Trump, además de continuar son su manía de pronunciar impunemente discursos que pueden contradecirse en cuestión de horas, fijó plazos y consecuencias que, por corrimiento sucesivo de los primeros, nunca trascendieron el plano de las hipótesis. A mediados de la semana vencía el plazo anunciado por él para que Irán depusiera su resistencia y, entre otros puntos, reabriera el estrecho de Ormuz; caso contrario sería destruida toda su infraestructura (desde las vitales plantas desalinizadoras del agua hasta las instalaciones hidrocarburíferas, puentes y caminos), sin descartar a priori el uso de armas atómicas. Pero Irán, el régimen iraní, resistió la presión y aceptó, con la mediación de Pakistán, encarar negociaciones paralelas que condujeron a la declaración de un alto el fuego por dos semanas, durante las cuales habrá de franquear el paso por el estrecho de Ormuz.

Pero no importa. Algo había que hacer y Milei y sus íntimos decidieron ratificar, faltando pocas horas para el vencimiento del ultimátum de Trump, que se alienaban con sus decisiones de modo “total y absoluto”, y que el mundo “debería estar agradecido infinitamente por la contribución que está haciendo Trump, junto con Marco Rubio, por salvar Occidente”, y por qué no agradecer de paso los aportes de su ·queridísimo amigo Bibi Netanyahu”, de quien en varias ocasiones dijo que “debe ser una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida”.

La posición de los libertarios locales no desentonaba en las horas previas a la expiración del ultimátum, incluso hasta que Trump comunicara, a través de la red Truth Social, su visión del impacto histórico del operativo.

Advirtió: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente ocurrirá.” También esgrimió la posibilidad de dar paso a un “cambio total y completo de régimen” liderado por “mentes más inteligentes y menos radicalizadas”. Afortunadamente las negociaciones, aunque por un periodo de dos semanas, llegaron a buen puerto, y podrían cristalizar en acuerdos más duraderos, siempre y cuando no sucedan hechos inesperados. La situación es tensa y de una contenida fragilidad. Y el reciente ataque de Israel contra la ciudad de Kashan, con los daños al corredor ferroviario de alta velocidad Xinjiang–Irán (la alternativa terrestre de China para abastecerse de petróleo sin utilizar el estrecho de Ormuz), la volvió más compleja. Ante estos bombardeos China, que había sido un participante discreto del conflicto, habrá de asumir un mayor protagonismo.

Milei tomó partido, lo pregonó con énfasis, y el objeto de su adhesión incondicional resultó carecer notablemente de estabilidad. En términos políticos, la fluidez de los hechos lo condena a permanecer a la sombra de su numen de piel naranja, que también parece hacer equilibrio en una cuerda floja.

Trump se felicitó por el alto el fuego acordado con Irán, pese a que la recepción por parte de Israel dejó afuera al Líbano, que fue atacado muy pocas horas después. Los iraníes, que también habían presentado el acuerdo como una gran victoria, decidieron cerrar nuevamente el estrecho, denunciando la violación de Israel en su calidad de aliado de los Estados Unidos. Pero aquí no se registraron novedades.

Y para evaluar en qué lugar quedó el Gobierno con su curioso concepto de las relaciones diplomáticas, y haciendo caso omiso de que hay comportamientos que resultan riesgosos para el país, habrá que parafrasear aquel apotegma que sentencia que se puede volver de cualquier sitio, menos del ridículo.

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