La cuestión ambiental está momentáneamente oscurecida a escala planetaria por la guerra contra Irán con epicentro en el estrecho de Ormuz, que desataron Israel y los EEUU. Se habla mucho de los efectos económicos y poco de los efectos ecológicos.
Vivimos aún en un estadio primitivo de la evolución humana en lo que respecta a la calidad de la convivencia. Contrasta con el desenvolvimiento portentoso de la tecnología y la capacidad de acumulación de capital. Una contradicción que se resolverá con el aumento de la conciencia sobre los valores que orientan ese verdadero progreso. En primer lugar, la fraternidad.
Sin perjuicio de que se logren verdaderas negociaciones de paz, el asunto más álgido en esta coyuntura es el bloqueo (total o parcial) del estrecho por el que pasa regularmente entre un quinto y un cuarto del transporte mundial de hidrocarburos. O sea, un aspecto importante pero instrumental, como es el negocio petrolero.
Pero todavía se habla relativamente poco del impacto sobre las condiciones de vida y la salud de las poblaciones concernidas, tanto en la zona de beligerancia como en los países que dependen del abastecimiento de estos fluidos para mantener funcionando sus economías nacionales sin desestabilizarse.
Este último es el caso de China, Corea del Sur o Japón, entre otros países de dimensiones distintas entre sí pero que tienen en común la necesidad de importar combustibles fósiles para alimentar sus actividades productivas, con el riesgo de recesión que implica el aumento del precio que generó el conflicto bélico.
Ya había ocurrido inmediatamente antes con la operación militar especial que Rusia lanzó sobre Ucrania en febrero de 2022, que tuvo como efecto inmediato e inevitable la reactivación de las minas de carbón en Europa y su paralelo efecto de incrementar en forma notable las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera que, reforzando el “efecto invernadero”, se señalan como principal factor del calentamiento global. Este fenómeno a escala planetaria es negado o menospreciado por sectores vinculados a los autoritarismos que se identifican con las derechas populistas en boga, empezando por el propio Trump.
La reacción europea contra Rusia, sobreactuada desde el confortable y ahora cuestionado paraguas de la OTAN, tuvo como efecto directo el aumento del precio en la provisión de gas que consumen varios países del Viejo Continente, empezando por Alemania, reemplazado por el extraído en el Mar del Norte por Equinor (compañía noruega); Shell (anglo-holandesa); British Petroleum (inglesa); Neptune Energy (ítalo-noruega) e INEOS (británica radicada en Suiza); junto con grandes jugadores mundiales del sector como ExxonMobil (texana) y Total (francesa) asociados con Conoco Phillips y otras firmas especializadas en esos yacimientos.
El cierre de los gasoductos que traían gas ruso a Europa Occidental, abundante y por lo tanto barato, desde Rusia caducó con las políticas beligerantes de la Unión Europea, aunque más declarativas que decisivas en el plano militar, y se remachó con la voladura de los caños que se habían desplegado en el lecho del mar Báltico para asegurarse que no habría tentaciones de volver atrás. Dicho medieval: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”.
Quienes apoyaron estas políticas de acciones armadas combinadas con buenos negocios para los nuevos proveedores argumentaron que estas acciones pondrían a Rusia de rodillas y, triunfalistas, anunciaron que la derrota del gigante euroasiático estaba a la vuelta de la esquina.
No ocurrió, y además el gas ruso que ya no llega a Europa está redirigiéndose a precios menores que los que paga Alemania, hacia China y la India, dos grandes mercados ávidos del fluido y socios de los rusos en los BRICS. Ese vínculo les permite hacer contratos de provisión a largo plazo pagando con monedas que no son el dólar. Demasiadas imposiciones para los dóciles europeos que recién comenzaron a reaccionar con los ataques de Israel y los EEUU a Irán.
Un mal cálculo de esos países que se surtían del gas ruso pero que, sin embargo, fue presentado forzadamente como un éxito para sus perjudicados. Que te mientan para venderte caro es una cosa, pero que te lo creas es otra bien distinta. Pero así viene ocurriendo.
Pasando por Caracas rumbo al Jordán
El secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, a quien se pretende juzgar por narcotráfico en Nueva York, removió el último obstáculo para ampliar el acceso a las compañías estadounidenses a los ingentes recursos del país caribeño, acelerando la extracción del crudo pesado, apto para ser procesado en las refinerías texanas diseñadas especialmente para ese tipo de hidrocarburos.
Dicha “apertura” ya había avanzado notablemente con el regreso a pleno de la pionera Chevron (californiana), tanto a la cuenca del Orinoco como al lago de Maracaibo, operada de acuerdo con el gobierno venezolano mediante empresas mixtas constituidas en sociedad con PDVSA.
Pero la operación mundial que requería este paso instrumental suponía aumentar el control planetario del recurso para ponerle a China un obstáculo severo por el lado del aprovisionamiento, aunque fuese temporal, dada su carencia de yacimientos significativos del recurso energético más utilizado.
El dragón asiático asumiendo esa debilidad amplió en los últimos años sus ya importantes capacidades para administrar amplios stocks que le garantizaran no sufrir bruscas alteraciones de precios y/o suministros, aunque las consecuencias de esta guerra se planteen a una escala no prevista.
Desde luego no es la única explicación de lo que está pasando, puesto que en la mesa de juego del poder hay otros factores complejos, por ejemplo en la dimensión militar propiamente dicha, por el momento alejada tras la mediación de Pakistán para que Trump acordara una tregua de dos semanas, pero este aspecto tiende a ser analizado como un tema económico y no geopolítico.
Decir que si el petróleo se mantiene un tiempo prolongado a un precio alto traerá restricción del consumo y por lo tanto recesión es hacer referencia a lo más obvio del problema, dado que en un punto puede hasta desalentar el potente despliegue geográfico chino de sus rutas de intercambio hacia Medio Oriente, Europa y África que hasta ahora están en pleno desenvolvimiento. (v.gr. ruta de la seda).
Pero en realidad se trata de una variante de la competencia monopólica que caracteriza al mundo contemporáneo. Cuando se verifica entre estas grandes potencias resulta ser un fenómeno más relevante aún, o sea algo así como una puja neo-interimperialista (con perdón de la palabreja inventada ad hoc).
En condiciones extremas lo ambiental retrocede
Alemania, otrora locomotora de Europa, fue cerrando sus centrales nucleares al compás de la alianza entre conservadores de viejo cuño (los democristianos como más gravitantes entre ellos) y los nuevos, es decir los verdes ambientalistas, que demonizaron esta forma de generación eléctrica sin asumir que es una fuente más limpia que quemar combustibles fósiles. Se trató de un caso temprano, pero no por ello menos curioso, de políticas determinadas por las apariencias, con el lobby petrolero fogoneando a los antinucleares, claro está.
Como resultado de esa costosa confusión tenemos que quienes se anotaban como ambientalistas (con los alemanes en primera fila) compraban de todas maneras a los franceses electricidad de sus centrales atómicas sin perjuicio de mantener sus minas de carbón en disponibilidad para ser reactivadas cuando las circunstancias lo impongan, como ocurre ahora, sin acceso al gas ruso.
Así como los franceses mantuvieron (en declive) sus centrales nucleares para generación eléctrica de base, los españoles optaron por un amplio desenvolvimiento de la eólica y la solar, fuentes que cuando se distribuyen en amplios espacios geográficos dependen menos de las intermitencias del recurso.
Tanto las atómicas como las “nuevas” (solar y eólica, mareomotriz, etc.) son fuentes energéticas mucho más amigables con el medio ambiente que las queman recursos fósiles, donde el carbón se lleva las palmas por su negrura real y metafórica. Mientras tanto, los verdes celosos de su intransigencia, hicieron lo necesario para que funcionara este festival de hipocresías.
En lugar de avanzar en un manejo sensato y planificado en el tiempo para mejorar la matriz energética, acompañados de una verdadera (no demagógica) conciencia ambiental, más el aporte de la innovación tecnológica, las dirigencias europeas combinaron alianzas electorales para acceder y/o compartir el poder mientras mantienen la facha cada vez menos creíble de cuidadores del ambiente. Así aparecieron los progres que reactivan minas de carbón, una verdadera joyita del contrasentido.
Un apagón de la conciencia civilizada
Todas estas imposturas desembocaron en la guerra genocida que vemos hoy en Gaza y el sur del Líbano. Venía precedida por políticas internas de apartheid aplicadas en los últimos lustros por “colonos” que con carácter sistemático se apropian de terrenos, queman olivares y desplazan a sus habitantes, mientras el gobierno mira para otro lado o, incluso, apoya con soldados ese despojo.
Todo esto ocurre mientras Israel se presenta como un estado democrático. El último “avance” en ese sentido es el proyecto de ley para aplicar la pena de muerte con procedimientos expeditivos para habitantes palestinos en Israel.
La tragedia en esas tierras laceradas parece no tener fin, toda vez que va decantando el eje de la política israelí de mediano y largo plazo, es decir que no haya dos estados, sino uno solo con habitantes de primera y segunda clase si no se resuelve el desplazamiento de los palestinos por medios más brutales.
El estado de guerra permanente pone todo esto bajo un ángulo atípico de análisis. Las instituciones funcionan sin representar ni contener al conjunto de su población. La hipocresía estatal y los excesos en la aplicación de la violencia son conductas corrientes, aplicados contra una población largamente asentada en esos territorios.
El doble estándar de Israel requiere de un fuerte autoritarismo para funcionar. Por un lado, tenemos la apariencia de un estado inclusivo –que es más bien un simulacro aunque paradójicamente goza del apoyo mayoritario pero no unánime de quienes tienen la ciudadanía plena– y por otro aquellos que son tratados como extranjeros en su propia tierra.
Como la cuestión ambiental no se limita a las relaciones físicas con el entorno, esta dominación tiene graves consecuencias sobre la vida cotidiana de quienes viven en esa castigada región del mundo.
La dimensión ambiental es multidisciplinaria en sentido amplio, puesto que concurren en ella las ciencias naturales, estadígrafas, experimentales y constructivas, además de las sociales. Abarca en consecuencia los datos y análisis de los factores químicos, geográficos, climáticos, etc., tanto como la interacción social y los factores de poder que actúan sobre realidades determinadas.
Dada su complejidad, se presta a reduccionismos e intromisiones ideológicas, que muchas veces están ya en los primeros postulados hipotéticos de cada situación sometida a su escrutinio, lo cual impone un rigor particular en su aplicación so pena de vender gato por liebre.
Como concierne a las sociedades y sus diversas culturas su área de conocimiento es heterogénea por definición, interviniendo numerosas variables en el registro de la dinámica de sus interacciones y en consecuencia en la delimitación del campo bajo estudio.
En otras palabras, por su propia complejidad la cuestión ambiental se presta a ser manipulada en operaciones de opinión pública, como de hecho ocurre frecuentemente, no pocas veces como arma arrojadiza contra el adversario.
En consecuencia, y para evitar esos desvíos, los estudios ambientales siempre deben someterse a las recomendaciones de cuidado metodológico que coinciden en gran medida con los estudios sobre la ideología. Terrenos de análisis tan difíciles como necesarios.
Y señalemos que no hay estudios sobre la ideología que sean totalmente neutros, puesto que están cruzados por relaciones de fuerza y de intereses que pugnan entre sí.
Acotemos al pasar que en las llamadas “ciencias exactas” ocurre lo mismo, aunque no pocas veces de un modo sublimado y, sobre todo, con mucha acción rutinaria en suministrarles coartadas de objetividad, una aspiración que sin embargo es irrenunciable para ir al encuentro de la verdad.
Es posible pensar que los debates ambientales, con todos sus pliegues, serán en un futuro no tan lejano los que resuman la vida comunitaria y sus opciones vitales, en la medida que se ponga a la luz esa complejidad –no exenta de contradicciones– que le es intrínseca.
Dicen que en toda guerra la primera víctima es la verdad, sentencia tan atractiva como disuasoria. Pero no hay que confundir víctimas con abstracciones o expresiones de deseos.
Las víctimas son siempre seres humanos y el grado de avance real de nuestros semejantes se medirá en el futuro por la desaparición de esos recursos infames (la violencia en general y la guerra en particular) para dirimir las diferencias entre quienes comparten una igualdad esencial.
Por el momento, estamos lejos de ese objetivo, pero no hay razón alguna para renunciar a su búsqueda sin agachadas ni concesiones subalternas.