¿Y ahora qué?

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Reunión

Episodio XXIV. Natalia y Romina.

La idea fue de Romina. El ultimátum le trajo el recuerdo de un episodio de la infancia en el que su familia se reunió para ver el ataque que George W. Bush haría sobre Bagdad. El bombardeo iba a ser a las nueve de la noche del 20 de marzo del 2003. Liliana, su mamá preparó un gran pastel de papa, Ricardo, su papá, que era un arquitecto que no demolía, se volvió antes del trabajo y trajo un vino bueno. La pantalla mostraba una carretera que parecía infinita, con una luz artificial en el cielo. El paisaje estaba quieto y medio en blanco y negro.

¿Y si llamo mañana a todos para cenar y lo vemos? -pensó Romina el lunes. Perfecto, asintió Stella, y fue a comprar todos los frutos de mar a la pescadería de la calle Billinghurst. Haría una paella. A ella le encantaba cocinar y el menú era en homenaje a Pedro Sánchez, que fue el que mejor posición había tomado. Lo mismo pensaron Natalia y Giselle, que también sería invitada. Las dos coincidían con Stella. España, de toda la Unión europea, fue el gobierno que mejor se había comportado en esta locura. 

Nati y Giselle fueron juntas a la arrocería. Gise pensaba que no iba a bombardear nada, que este era otro esperpento engreído, que perro que ladra no muerde, que estaba demente y que se le darían vuelta algunos milicos propios, que su entorno se echaría atrás, que muchos empresarios billonarios estaban perdiendo billones por el estrecho. Pero, mejor no decirlo. A ver si me acusan de proiraní y me echan los galgos. Nati también pensó que no llegaría a hacerlo. Borrar una civilización demuestra que no estás en tus cabales. Además, ya el martes a la mañana se conocían algunos rumores de negociación, Pakistán mediante. Sí, al martes siguiente, a la tarde, mientras se descontaban los minutos en los noticieros, se pusieron a cocinar las tres: Stella, Natalia y Giselle, que sabía que mucho no iba a pasar. Romina, en cambio estaba exultante. “¡Vamos a hacerlos mierda! ¡Tienen a las mujeres como trapo de piso y muertas de calor adentro de esos vestidos negros!”– decía, mientras servía a las cocineras unos licorcitos estimulantes para que cocinaran mejor. Puso la mesa justo en el momento en el que la paella estuvo lista. Justo entró Ricardo, el papá, el arquitecto demoledor, junto a su posible pareja, la jueza Cangulari. Ricardo estaba un poco bajoneado. El maestro mayor de obra no había podido ir ese día a la obra. Otros cuatro albañiles también se le habían ausentado por la escasez de colectivos. La obra, en realidad, era la última demolición de la calle Cabello, que, al final, no era ninguna obra porque nunca empezaba, estaba el pozo, nada más. La construcción se hacía esperar, no le daban la excepción al código y no podía empezar su gran proyecto de torre, otra más. Había mucho olor a recesión. Además se le habían caído algunos incisos de la nueva ley laboral por la que tanto había bregado y sabía que tendría que afrontar unos juicios laborales de LPQLP.  La jueza Cangulari le dijo: “Ay, no te preocupes, Riqui, igual la vas a juntar con pala”. Ella no quería pensar en cosas de laburo y trataba de consolar a su posible pareja, que se olvide, que se concentre ahora que serían testigos televisivos del gran acontecimiento histórico del milenio. Ella quería verlo. Quería ver caer los misiles sobre una ciudad de la que ignoraba hasta su ubicación geográfica.

Apareció de sorpresa el tan querido Gustavo, el médico pluriempleado.  

–¿Puedo cenar con ustedes? No tengo a dónde ir.

–Por supuesto, –Nati se apuró a contestar– quedate con nosotros a ver el ultimátum.

Ya estaba puesto el mantel. Ya estaban los platos, las servilletas, las copas, los excelentes vinos y champanes traídos por Ricardo. Stella puso la paellera humeante en el centro de la mesa. La familia reunida frente al televisor para ver el bombardeo.

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