¿Y ahora qué?

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Milei debería mirarse en Tony Blair 

El 7 de julio de 2005 cuatro terroristas suicidas británicos se detonaron en transportes públicos de la capital, matando a 52 personas. Dos años después, Blair se retiró de la política. Antes había acompañado a los Estados Unidos en la invasión de Irak.

Londres, agosto de 2002.  El primer ministro (PM) Tony Blair jura apoyo incondicional al presidente de Estados Unidos George W. Bush. Se compromete a acompañarlo para terminar con Saddam Hussein. “With you, whatever” -con vos, lo que sea,  escribió Blair en una carta confidencial. Juntos EEUU y el Reino Unido venían bombardeando a Irak desde hacía años. El pretexto era que su régimen, ex aliado de Occidente, en la despiadada guerra contra la flamante República Islámica de Irán había acumulado un arsenal de armas de destrucción masiva. Químicas, biológicas y nucleares. Argumentaban la acción en pretextos legales discutibles. En aquella época los pretextos jurídicos eran necesarios para ir a la guerra.

El 7 de julio de 2005 cuatro terroristas suicidas británicos se detonaron en transportes públicos de la capital, matando a 52 personas. Dos años después, Blair se retiró de la política.

En 2011, las tropas “aliadas” se retiran de Irak. Cuando el polvo de la tabula rasa y el humo se disipan, el diagnóstico era claro: no había habido armas de destrucción masiva. Nunca. Así lo demostró una investigación oficial que presentó sus resultados en 2016. El saldo de ese esperpento dejó al menos 400.000 muertes civiles. Los sospechosos de siempre de la pax americana perdieron 4700 efectivos militares. 

El seguidismo de Blair fue castigado por el peso de sus propias palabras. Bush cambió de objetivo in medias res. La operación contra armas de destrucción masiva se convirtió en estabilización, construcción estatal y promoción de la democracia. El gobierno británico había dado el sí a participar de la guerra mucho antes de que el parlamento lo ratificara, arrastrando a la monarquía insular a un conflicto decidido unilateralmente, lejos de casa y por intereses extranjeros. Así, aquel PM laborista que hoy regresa de la mano de Donald Trump para proponer negocios inmobiliarios en la Gaza arrasada, se ganó la cocarda de Bush’s poodle. Sigue siendo apoteósico el video clip que le dedicó George Michael. Perrito faldero de Bush. Apodo que envidiará seguramente el presidente Javier Milei, tan entregado a lo perruno y adulador de Estados Unidos. 

Tratar de descifrar lo que espera Trump de la guerra en Irán -a la que fue empujado por Israel (y el lobby de israel en EEUU, como describe el analista Stephen M. Walt en Foreign Policy) es una tarea que excede a la ciencia política y las relaciones internacionales. 

Pero el gobierno argentino repite la historia, esta vez en registro de “farsa”. Milei no es Blair, y Trump… Trump es Trump. Amaga dar un portazo y revolear la guerra (y hasta abandonar la NATO) luego de una semana en la que los iraníes se cansaron de desmentir que estuvieran pidiendo un cese el fuego o que hubiera negociaciones para un alto a las agresiones.

Pero él puede hacer lo que quiera. Entrar en guerra, salir, salir parcialmente, suplicar apoyo militar a China, a Europa, mentir, enfrentar, amagar que rompe con la NATO. Al fin y al cabo, Él es el rey loco. 

Pero los puppies del soberano, no son el soberano. La Argentina probablemente pague el precio de trasladar la inimputabilidad doméstica a la escena internacional. Milei dijo públicamente que estaba en guerra con Irán. Que él era más sionista que el primer ministro de Israel. Incluso definiendo a la guardia revolucionaria iraní como una organización terrorista. E Irán lo tomó en serio. Tehrán declaró que “condena enérgicamente la acción ilegal e injustificada del gobierno argentino” y que esto representa “una ofensa imperdonable al pueblo iraní”  Al fin y al cabo Milei no deja de ser un jefe de estado. El único, por cierto, que usó la palabrita (llena de sentidos jurídicos) “guerra”

Las sobreactuaciones, como expulsar al encargado de negocios de Irán en la Argentina, sólo agravan consecuencias. 

La semana pasada Trump aseguró que habían logrado un cambio de régimen en Irán. Que la victoria era inminente y que incluso EEUU estaba ganando, “ganando más que nunca antes en la historia”. 

Y sin embargo, en Irán gobierna el hijo del asesinado lider supremo Alí Khamenei, Mojtaba Jamenei y EEUU está más débil e incómodo que cuando empezó

El pasado martes se acordó un alto al fuego por las próximas dos semanas. Ambos lados exclaman victoria. La estabilidad de la paz sigue frágil, ninguno de los dos lados parece dispuesto a ceder. Ni Irán acepta desbaratar su programa nuclear ni Washington acepta la propuesta de 10 puntos de Tehrán. El conflicto parece acercarse a su fin, pero solo Trump, y quizás ni él, sabe cuál va a ser la proxima aventura del renombrado US Department of War. Si la política nacional cede cada vez más a sus impulsos seguidistas, dejando de lado las posturas históricas de nuestro país, la próxima aventura del complejo militar industrial podría ser nuestra prueba de fuego. El seguidismo diplomático incondicional lleva a “comerse curvas”: deja muertos en conflictos ajenos, acá y allá. No está de más recordar los atentados más sangrientos en la historia de nuestro país. Pero quizás el presidente no se preocupa por sus conciudadanos. Él ya avisó que después de su proyectado segundo mandato no le veríamos “ni el pelo”. Quizás, más astuto que los analistas superficiales que lo interpretan, se esté perfilando para codearse con Blair en los negocios inmobiliarios de la destrucción material e institucional del orden global, sobre el regazo de Trump y el gigante del norte.

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