Irán está enterrando, después de 39 días de combate, el mito de que los norteamericanos hacen lo que quieren a distancia. Es notable que los uniformados no lo supieran, o no le avisaran en serio al Presidente Naranja, ya que vienen creando Juegos de Guerra y escenarios diversos desde la revolución de 1979.
Hay un dato histórico que se pierde en el humo de las incesantes campañas militares de ese agresor permanente, los Estados Unidos. Y es que los norteamericanos siempre hicieron la guerra, las guerras, con voluntarios. Fueron voluntarios los que pelearon por la independencia, contra los ingleses en 1812, contra los mexicanos, los españoles -y filipinos, y portorriqueños, y cubanos- y siempre contra los indios a masacrar. Las interminables intervenciones, de China a Managua, siempre fueron asunto de profesionales, y la primera guerra mundial amplió el pequeño ejército permanente con voluntarios, que abundaron. Sólo la segunda guerra hizo quebrar la guerra, de global nomás, pero la colimba fue popular: los citados a las armas golpeaban las puertas de los cuarteles.
La gran excepción, el enorme moco que cambió todo, fue Vietnam con su mezcla de colimba y privilegio blanco. Esa guerra interminable fogoneó un nivel de rebelión que los conservadores no quieren ver nunca más.
Con lo que Estados Unidos creó un modelo de guerra basado en la superioridad tecnológica -las flotas, los aviones, los misiles, las comunicaciones- que evitara eso de reclutar y combatir por meses o años y tener que explicarles a las familias por qué murieron sus chicos. Nunca más hizo falta el servicio militar, toda persona de uniforme está donde quiere estar, las batallas son breves y decisivas. Que Irak y Afganistán se hayan eternizado a veinte años es otra cosa, es la incompetencia tradicional de los norteamericanos, que saben conquistar pero no saben qué hacer con los conquistados.
Este sueño de la guerra tecnológica, a control remoto, no para de crecer y crea una paradoja: hay tan pocos muertos propios que cada uno sale en el diario. Los iraníes derribaron dos aviones y el rescate de uno de los oficiales a bordo ya es guión de Hollywood. A nadie, por supuesto, le preocupa demasiado la muerte de cientos o miles de civiles enemigos y que Washington ahora se dedique al asesinato y el secuestro de líderes extranjeros.
Pero Irán está enterrando, después de 39 días de combate, este mito de que los norteamericanos hacen lo que quieren a distancia. Es notable que los uniformados no lo supieran, o no le avisaran en serio al Presidente Naranja, ya que vienen creando Juegos de Guerra y escenarios diversos desde la revolución de 1979. Para Donald Trump, se suponía que los ayatolas iban a quedar descabezados y patitiesos ante los bombardeos, que iban a perder toda capacidad de respuesta y se iban a rendir enseguida. El martes, tuvo que esforzarse en presentar la tregua de dos semanas como un triunfo.
La razón fundamental es, por supuesto, política: el régimen es un fracaso cada vez más represivo, pero un ataque extranjero despierta eso del patriotismo, sobre todo cuando te bombardean hasta las escuelas. Otra razón es la geografía.
Resulta que Irán es un país bien grande: si se traza una línea imaginaria de Buenos Aires a Mendoza, la parte de arriba viene a equivaler a Irán, pero todo con el relieve de la Quebrada de Humahuaca. El país es pura montaña y valle, desde hace décadas cavado y vuelto a cavar para esconder equipos, arsenales y recursos militares. Los norteamericanos pensaron que con su inteligencia artificial identificando blancos en tiempo real, con los cientos de ojos satelitales mandando data, iban a encontrar todo a tiempo. Pero resulta que los drones iraníes despegan de la caja de una camioneta cualquiera, y hay demasiadas camionetas como para que las identifique a todas el cerebro más poderoso. Ni hablar de los pequeños misiles tácticos disparados a los vecinos, cuya marca de despegue -la explosión que arranca e motor y los hace volar- es pequeña, pequeña.
En fin, no funcionó. O no del todo.
Con lo que Trump tuvo que auto acusarse ante un futuro tribunal de crímenes de guerra anunciando que iba a demoler todo Irán, que iba a acaba con su civilización si no abrían el Estrecho de Ormuz. El presidente dio detalles sobre los blancos, que serían puentes y centrales eléctricas. Todo esto está explícitamente prohibido en las leyes internacionales de guerra que firmó en su momento Estados Unidos.
Por supuesto que en una guerra un bando puede bombardearle al otro un puente, una central eléctrica, un dique. Pero esos blancos tienen que tener una clara utilidad militar, tienen que servir para algo en el contexto de la guerra. Si no, es lo mismo que bombardear una escuela con la excusa de que ahí se educa a futuros enemigos. Todo esto, se entiende, es reflejo del horror propio y ajeno ante la guerra total de 1939-1945, cuando se bombardeaban ciudades enteras sin pestañear. La idea era tener un mundo mejor donde no se hicieran así las cosas.
Estados Unidos sabe perfectamente esto, porque sus abogados fueron autores de buena parte de esas leyes. Hace apenas dos años, Joe Biden le mandó información a la Corte Criminal Internacional en La Haya sobre los crímenes de guerra de Vladimir Putin en Ucrania, entre ellos bombardear centrales eléctricas. Parte de la información era inteligencia sobre el proceso de toma de decisiones de los funcionarios rusos responsables.
Y si no vale lo de Biden, despreciado por Trump, hay que recordar que este enero el embajador del Presidente Naranja ante la ONU condenó a Ruia por “su continua e intensa campaña de ataques contra la infraestructura eléctrica civil en Ucrania”.
Exactamente lo que le prometió Trump a los ayatolas.
Y es importante esto de prometer o no, porque hace la diferencia entre un accidente -el famoso “daño colateral”- y el crimen deliberado. Trump puede consultarlo con su socio en la guerra, Benjamín Netanyahu, que fue condenado en enero de 2024 por la Corte Internacional de Justicia por sus actos en Gaza. La Corte encontró que Israel violaba la Convención sobre Genocidio por lo que decían todo el tiempo oficiales y funcionarios. Un ejemplo destacado fue el muy, muy derechoso ministro de Defensa Yoav Gallant, que le prometió a los palestinos “ni electricidad, ni comida, ni combustible”. Gallant le dijo a las tropas que estaban “liberados de las reglas” porque estaban combatiendo contra “animales”,
Por supuesto que el que espere ver a Trump en el banquillo de los acusados debería conseguirse una silla cómoda. Ni Estados Unidos ni Irán aceptan la jurisdicción de corte internacional alguna y su propia Corte Suprema ya le dio inmunidad total por todo acto de gobierno, por infantil que sea.
La tregua, entonces, aparece como una rampa de salida tanto para los ayatolas como para Trump, aunque no para Netanyahu, que quería terminar de destruir Beirut. El coletazo económico de la guerra realmente sorprendió al norteamericano y los iraníes ganan si apenas sobreviven, como las guerrillas.
Y Trump tiene que salirse de ahí, o mandar tropas a combatir en un año electoral.
Domingo en Hungría
La ola autoritaria en Europa parece estar en baja, con los fascistas más sacados perdiendo cuando se esperaba que ganaran. No es cuestión de cantar victoria, pero ya no gobiernan Polonia y Francia y España resisten. Pero este domingo 11 de abril hay legislativas en Hungría, y ese sí que es un plato fuerte.
Hace 16 años que Viktor Orbán gobierna en Budapest, bien parado en su base electoral de clase baja y media-baja, que adora su guerra cultural. El partido Fidesz cambió la constitución y le hizo la guerra a todo lo que suene a progresismo. Las escuelas perdieron todo contenido de educación sexual y tolerancia de género, y las universidades fueron tan acosadas que la muy prestigiosa Central Europea se fue del país. La hinchada aplaudía.
Orbán jugó muy bien el fastidio húngaro contra la autoridad europea, otro caso de querer la guita y el acceso al enorme mercado continental, pero enojarse cuando no te dejan censurar películas. El húngaro invirtió en liderar este fastidio a nivel europeo, creando el Instituto Danubio y generando conferencias y encuentros con grupos del palo en varias lenguas. Hasta publican una revista para bajar línea, publicada en varios idiomas, llamada “El Conservador Húngaro”.
Todo esto funcionó perfecto mientras funcionó la economía. En la década pasada, el empleo aumentó un veinte por ciento, con una clara mejora en el ingreso real, una baja en la pobreza, un boom de la construcción e importantes inversiones de automotrices alemanas.
La pandemia arrancó el problema y la guerra en Ucrania lo agravó. Trump, a puro palo con la economía de la Unión, hizo lo suyo, sobre todo con su insistencia de que los europeos compren gas natural de EEUU y no de Rusia: Orbán es amiguísimo de Vladimir Putin y le compra el gas a buen precio.
Peor para el eternizado presidente húngaro, el desprestigio de Trump en Europa es enorme, con lo que el abrazo de Washington puede ser peligroso. Trump no para de elogiarlo -la derecha MAGA lo adora- y hasta mandó esta semana a su vice JD Vance a respaldarlo.
Las encuestas para las parlamentarias son ambiguas y no son positivas para el oficialismo. Si Orbán pierde su parlamento puede encontrarse con un primer ministro de la oposición. Interesante…