El conflicto de Medio Oriente certificó que el Brasil de Lula y la Argentina de Milei están en extremos opuestos. Pacifista y negociador uno, belicista el otro. Por eso, hurgar detalladamente en la situación preelectoral brasileña, con comicios en octubre, es crucial para saber si, agotados eventualmente los libertarios en 2027, allí gobernará otra vez Lula o estará Flavio Bolsonaro. La llave de la campaña es hoy el endeudamiento familiar, que el gobierno planea bajar bruscamente.
De los últimos diez años, solo uno mostró sincronía política entre gobiernos populares de la Argentina y Brasil: el 2023, con Alberto Fernández y Luis Inácio Lula da Silva en la presidencia. Pero fue un año complejo para cada país. Fernández transitaba el último año de mandato tras haber ganado en 2019 junto con Cristina Fernández de Kirchner, y ya Milei asomaba en el horizonte. Y en Brasil Lula asumió el 1° de enero tras una victoria ajustada frente a Jair Bolsonaro y un complot para matarlo y evitar su gobierno.
El problema es la extrema derecha
No es que sea imposible sostener algunas cuestiones de Estado con administraciones de distinto signo. El problema es que si ese signo es la extrema derecha, se reducen las chances de un paquete mínimo de coincidencias para convivir. Sobre todo cuando el objetivo no es la integración sino ponerle dinamita al Mercosur en beneficio de un alineamiento incondicional con los Estados Unidos.
Así sucedió cuando coexistieron Bolsonaro y Fernández-Fernández durante tres años, en 2020, 2021 y 2022.
Así sucede ahora desde que asumió Su Excelencia Javier Milei, el 10 de diciembre de 2023. Con Lula, caras largas. Con Brasil, cero coordinación, cero consulta, cero política común en los organismos multilaterales. Lo cual hace, de paso, que el Mercosur languidezca, porque carece de impulso político al más alto nivel y un mínimo rumbo común de objetivos a cumplir.
Octubre decisivo
Esta situación le otorga importancia especial a lo que suceda en las elecciones brasileñas de octubre próximo, cuando se celebrarán la primera vuelta y eventualmente la segunda. Sergio Kiernan viene escribiendo aquí en detalle sobre Brasil, y en esta edición describe las alternativas de la ultraderecha entre la candidatura de Flavio Bolsonaro, hijo de Jair, y Tarcisio de Freitas, el actual gobernador de San Pablo. Como se sabe, la alianza gobernante repetirá la fórmula Lula-Geraldo Alckmin.
Si Lula gana y los libertarios no repiten mandato, cosa que hoy es el escenario probable en la Argentina según la caída que registran, entre otros consultores, Shila Vilker y Raúl Timerman, volvería un período sincrónico.
Pero conviene dejar por un momento la Argentina y concentrarse en Brasil.
La situación real
Si los brasileños votaran en octubre siguiendo los números duros, Lula debería ganarse el derecho a la cuarta presidencia:
*Crecimiento del 11 por en los cuatro años.
*Mínimo histórico de desempleo, con el 5.2 por ciento, y aumento del empleo formal.
*Inflación anual del 4 por ciento, al menos hasta el comienzo de los bombardeos contra Irán.
*Eliminación de impuesto a las ganancias para los que ganan hasta 5000 reales mensuales.
*Baja de la pobreza del 27 al 23 por ciento y de la pobreza extrema del 4.4 al 3.5.
*Brasil salió del mapa del hambre.
*Mejoró el índice de Gini, lo que marca una baja del nivel de desigualdad.
*Fueron eficaces los planes sociales Bolsa familia, Minha casa, minha vida y los programas para estudiantes.
La cuestión es que, según las encuestas de Qaest y DataFolha, esos datos duros no evitan que ambos candidatos tengan cristalizado tanto un núcleo duro de votantes de un 25 o 30 por ciento, como un nivel de rechazo que supera el 50 por ciento. Esa última cifra lleva a considerar que, sin duda, las elecciones de octubres mostrarán un panorama de altísima polarización.
Las últimas encuestas dan un empate en segunda vuelta. Al revés de la Argentina, Brasil tiene el balotaje clásico. En primera vuelta triunfa el que saca el 50 por ciento más un voto. Si no, segundo turno y que gane el más mejor.
En términos políticos, la campaña de Bolsonaro hijo combina una retórica pública contra el Partido de los Trabajadores por supuesta corrupción con el fervor por el combate contra el aborto (en Brasil nunca llegó a ser legal), la cuestión de género y lo que las extremas derechas llaman “marxismo cultural”. Es decir, todo atisbo de reivindicación de la justicia social y el antirracismo activo. En la web profunda, la anónima, las piezas del bolsonarismo están a tono con lo que inventaron contra el candidato del PT Fernando Haddad en 2018, cuando hicieron circular un “kit gay” con el que Haddad convertiría a la homosexualidad a todos los niños y niñas de Brasil. Más que fake.
El diablo está en la tarjeta
La campaña de Lula se basa en destacar los buenos resultados económicos y en alertar contra la vuelta del fascismo. Así, con esas palabras.
La paradoja que debe enfrentar es que, por la mejora económica, creció el consumo. Y que parte de ese consumo, sobre todo en la clase media, se concretó por vía del endeudamiento, en especial con tarjeta de crédito.
Es una paradoja porque en la Argentina se da el fenómeno no por aumento de la capacidad de compra o ahorro sino por la necesidad de supervivencia.
Los brasileños odian una palabra como al Diablo: juros. Tasas.
Todas las tasas se guían por la tasa de referencia del Banco Central, llamada Selic. La conducción del BC, siempre conservadora, decide tasas altas cuando ve riesgo de inflación elevada o por encima de su meta del 4 por ciento anual. Hoy la tasa Selic es del 15 por ciento, pero ese 15 por ciento se multiplica si se traslada, por ejemplo, a las tarjetas de crédito.
El perfil del deudor brasileño indica que el 81 por ciento de las familias con ingresos de hasta tres salarios mínimos tiene deudas. El 85,4 por ciento de los hogares endeudados le debe a las tarjetas de crédito. La deuda compromete el 30 por ciento del presupuesto mensual de las familias.
El récord de endeudamiento fue en marzo último, según informaciones de la Confederación Nacional del Comercio de Bienes, Servicios y Turismo.
Uno de cada cinco hogares compromete más de la mitad de su presupuesto con compromisos financieros.
Después de las tarjetas de crédito vienen los negocios (lejos, con el 15,9 por ciento del total de endeudamiento), los créditos personales, los hipotecarios y los préstamos para comprar autos.
Algunas tarjetas pueden llegar a un interés del 400 por ciento anual.
Como usan tarjeta no sólo los sectores populares del nordeste, en principio votantes de Lula, sino las clases medias de San Pablo, Río y Minas Gerais, donde el PT debe atraer votantes, la preocupación actual del presidente brasileño es eliminar toda percepción de peligro entre sus electores y mejorar ya mismo la situación crediticia de los electores a conquistar.
El plan de contraataque
Por eso en la última semana Lula se puso a full con la segunda parte de un plan que ya aplicó en 2023. Ahora se llama Desenrola 2.0. Desenrolar es una palabra portuguesa que puede traducirse por “desenrollar” o por “resolver”.
Consiste en acuerdos con los bancos para que liberen dinero para los endeudados o que renegocien las deudas de tarjeta a largo plazo y con tasas blandas. Lula también planea ofrecerles a los bancos un fondo de garantía estatal. Y hay otra pata más: la reducción de las apuestas deportivas, porque las pesquisas revelan que ésa es una vía de endeudamiento rápido.
Los descuentos bancarios podrían llegar al 80 por ciento del valor total de la deuda, incluyendo intereses y multas. En algunos casos, fuentes del gobierno indican que los descuentos podrían alcanzar el 90 por ciento.
El objetivo es que un deudor que, por ejemplo, tenga una deuda original de cinco mil reales en su tarjeta de crédito que creció a veinte mil por los intereses, pueda quedarse con un saldo de cuatro mil, y pagarlo en cuotas.
El partido del BC
En Brasil el Banco Central tiene independencia y hasta es mencionado por los economistas heterodoxos con las siglas PBC. Partido del Banco Central. Y su poder está en la Selic, la tasa de referencia.
Entre 2006 y 2010, durante el primer y segundo mandato de Lula, la Selic pasó de un pico del 15,25 por ciento anual en julio de 2006 y comenzó un largo ciclo de caídas. Aprovechando el boom de las commodities y la estabilidad económica, el Banco Central redujo la tasa para estimular el consumo y la inversión. Para 2009, en medio de la crisis financiera global, la Selic ya rondaba el 10 por ciento. Luego continuó bajando durante el primer mandato de la petista Dilma Rousseff. Llegó a un mínimo histórico para la época de alrededor del 7 por ciento entre 2011 y 2012. Regía entonces una política taxativa de impulso al crédito. Entre 2015 y 2016, ya en el segundo mandato de Dilma, la Selic volvió a trepar hasta el 14,25 por ciento. Tras el golpe dado por el vice Michel Temer y con la asunción de Jair Bolsonaro en 2019 la tasa bajó. El Covid la puso en un inédito 2 por ciento anual a principios de 2021, en medio del colapso sanitario y económico del bolsonarismo.
El 30 de marzo el presidente del BC, Gabriel Galípolo, se presentó en un encuentro del banco Safra, uno de los mayores de Brasil, y justificó la Selic alta, que ese día estaba en el 14,75 por ciento anual.
Según él, esa tasa alta sería una reserva de grasa (así lo dijo) que le permitiría a la economía brasileña sortear los desafíos del desbarajuste internacional.
Dijo que Brasil se parece más a un transatlántico que a una moto acuática y que por ese motivo el BC no se moverá con brusquedad. Aseguró que así el Banco Central estará en condiciones de bajar la tasa en el futuro.
El punto es qué fecha le pone cada uno al porvenir. El de Lula es mañana mismo, porque faltan sólo seis meses para las elecciones y el oficialismo precisa que coincidan los buenos datos duros con la percepción de bolsillo. Y entonces el enemigo a abatir es, además de Flavio Bolsonaro, la deuda personal.