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Trump no sabe cómo salir de la guerra

Los iraníes siguen sin enterarse que perdieron, hasta dicen que están ganando. Y en seis meses hay legislativas en EE.UU., con el clavo de una guerra impopular.

Si la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán fuera una comedia, el título podría ser ¿Y dónde está el ayatolá? Se sabe que hay uno, se sabe que está gravemente herido, se sabe que escribe mensajes a su pueblo. Pero también se sabe que no está realmente a cargo ni del país, ni de la guerra. Donald Trump mató al anterior, Alí Khamenei, en una operación impecable en el primer día de su guerra, pero con eso dejó a cargo a los generales de la Guardia Revolucionaria, a los más duros entre lo más duro de lo duro.

Es la famosa ley de las consecuencias inesperadas.

Cada vez queda más claro que el Presidente Naranja pensaba que los iraníes se iban a rendir enseguida ante la brutal ofensiva, ante la superioridad tecnológica norteamericana. En el primerísimo ataque, un blanco fue matar al gran ayatolá, y lo mataron junto a su familia, a su nuera, a su nieto y a varios altos funcionarios, incluyendo los que Washington identificaba como futuros interlocutores “blandos”. Pero el régimen tenía en posición mecanismos de continuidad y enseguida nombró al hijo del Supremo Alí, Mojtaba Khameini, como ayatolá principal. Mojtaba perdió a su familia entera y lo sacaron de las ruinas con la cara quemada, una pierna que probablemente haya que amputar y un brazo que estará en terapia de recuperación por mucho tiempo. Por eso nadie lo ha visto ni escuchado en estos dos meses de guerra.

Los que quedaron efectivamente a cargo fueron los comandantes de la Guardia Revolucionaria, entidad creada en 1979 como fuerza leal a la revolución de Khomeini cuando todavía no se había purgado al ejército. En este casi medio siglo, los Guardias llegaron a crear su propio imperio industrial y comercial, a negociar petróleo por la libre, y a dominar la inteligencia y buena parte del armamento del país. No es una idea nueva, que Stalin tenía hasta regimientos blindados en su NKVD, para controlar al Ejército Rojo.

La cosa es que estos generales no tienen noción alguna de transiciones, cambios o ablandes en el régimen. El ataque americano-israelí es para ellos una amenaza de extinción, una pistola en la cabeza, el tipo de cosa que te enfoca y te enfría la sangre. El gobierno civil de Irán -presidente, gabinete, Parlamento- quedó a cargo de la vida cotidiana y la disciplina social, pero de la guerra se encargaron ellos, con la insensibilidad más completa al costo en sangre y miseria para el pueblo iraní. Si Trump creía que se iban a rendir porque les mataba a muchos…

Los generales sienten que están ganando porque siguen ahí: cerraron el Estrecho y descajetaron el mercado internacional de energía, y mostraron que pasan las semanas y todavía tienen algún misil, algún dron, alguna lancha armada. Trump grita y amenaza, los mercados se agitan, las aseguradoras le sueltan la mano a las navieras: una guerra asimétrica de manual.

Lo que explica la falta de apuro de los iraníes a la hora de negociar. Por primera vez en la vida, los delegados norteamericanos se sentaron a la mesa frente a generales de la Guardia Revolucionaria, que nunca iban en las misiones de paz. Esto reforzó un problema que siempre sintieron los norteamericanos, la indiferencia iraní al apuro ajeno, la costumbre de jugar a largo plazo, de discutir cada detalle, de no ceder hasta que sea imposible no hacerlo. Trump, que sí tiene apuro en terminar una guerra impopular porque hay legislativas en noviembre, los aprieta, los goza, los da por rendidos. Los iraníes siguen en la suya, dicen cosas como “el bando perdedor no impone treguas”. Como los definió un diplomático que los conoce, son “cabeza dura y tenaces”.

Y hay un punto en que se nota la diferencia entre el matasiete de patio de colegio y el revolucionario profesional: Trump cree que la fuerza bruta produce obediencia, los iraníes saben aguantar.

Barack Obama podría haberle avisado, si el Naranja le hubiera preguntado. Cuando el demócrata negoció con los ayatolás, le tomó dos años lograr un acuerdo -nunca llegó a tratado- de 160 páginas de largo con dos enormes anexos técnicos sobre la industria nuclear. Cada párrafo, cada decisión, fue un parto de consultas, argumentos y contraargumentos, órdenes y contraordenes entre Washington y Teherán. Y cada vez que los iraníes cedían algo, aprendieron los norteamericanos, era por unos días: con una sonrisa apenada, explicaban que tenían que volver a hablar el tema “por orden superior”.

Los norteamericanos lograron el tratado porque se pudieron más que prolijos, Mandaron un equipo de diplomáticos profesionales, al principal experto en Irán de la CIA y hasta a su mayor experto en diseño de armas nucleares, el ministro de Energía Ernest Moniz. Y fuera la hora que fuera, había equipos de analistas y expertos a mano del teléfono para asesorar a la delegación sobre los más obscuros “peros” tecnológicos con los que les venían los iraníes.

Las actuales negociaciones están a cargo de Jared Kushner, yerno presidencial, y Steve Witkoff, viejo amigo presidencial. Son expertos especuladores inmobiliarios, nada más. No llevan asesores expertos, ni especialistas, ni analistas. El régimen iraní está negociando su misma existencia, el gobierno norteamericano quiere un título de tapa brillante para que Trump se zafe de la situación.

Y quién dice, lo logre. Aunque sea un empate, siempre se puede vender como una victoria.

Poroteos

Los analistas políticos no paran de trabajar horas extras en Estados Unidos. El primer jueves de noviembre, en alguito más de seis meses, hay legislativas y la oposición demócrata está oliendo sangre. La creciente impopularidad de Trump ya los hace dar por hecho que van a controlar Diputados, donde los republicanos tienen una mayoría ínfima, y algunos se animan a soñar con un Senado propio. Esto sería efectivamente el fin del “estilo Trump de gobierno”, con los demócratas pasando una ley prohibiendo cada cosa que se le ocurra al presidente.

Este martes hubo otro indicio de que la tortilla se da vuelta, cuando se votó en Virginia un cambio de distritos electorales. El año pasado, Trump azuzó a los republicanos de Texas para que cambiaran sus distritos de modo de asegurarse cuatro bancas más en Diputados. Los demócratas, por una vez en la vida, salieron de la queja y la protesta, y empezaron a hacer lo mismo en estados que controlan. En Virginia tuvieron que ir primero al referendo, por una ley local, y ganaron 51 a 49. No está tan mal como suena, porque el lugar es “violeta”, ni rojo republicano ni azul demócrata, y las mayorías son tenues. La cosa es que así les van a soplar cuatro de los cinco distritos de derecha, y van a empatar el juego en esto de redibujar el voto. Buena idea la de Trump para hacer trampa, pero esta vez no le salió.

Lo del Senado es más complejo, porque ahí no se redibuja tan fácil. Los demócratas tienen candidatos con ventajas visibles en las encuestas en Maine y Carolina del Norte, y encontraron buenos nombres para los mucho más difíciles Ohio y Alaska. Hay indicios -esperanzas- de que la oposición tiene hasta chances en Iowa y Tejas. No es poco, porque los últimos cuatro estados los ganó Trump en 2024 por diez puntos o más.

Un indicio que alienta a los demócratas es la creciente impopularidad del Presidente Naranja, sobre todo desde que comenzó su guerra contra Irán. Apenas el 40 por ciento aprueba su gestión, con un 56 por ciento que no y un cuatro indeciso. Para poner esto en contexto, en la legislativa de 2018 esos números eran notablemente menores, y los demócratas le ganaron por siete puntos del voto general y dominaron Diputados. De hecho, esos números son peores que los que tuvo Obama en 2010 y 2014, y hasta peores que los de Bill Clinton en 1994, anos en los que los republicanos les dieron feroces palizas. 

El que tenía números así fue el segundo George Bush en 2006, cuando lo tabicaron legislativamente.

No son solo los votantes lo que andan mal con el presidente, también son los empresarios. Una consultora muy prestigiosa, la Baker, Bloom y Davis, publica desde hace añares el Indice de Incerteza en la Política Económica, una encuesta de confianza entre empresarios de todos los rubros en todo EEUU. Resulta que el desconcierto actual sólo se compara con la crisis financiera de 2008 o la pandemia de 2020, pero con una gran diferencia: el origen esta vez es Trump.

El problema que ven los empresarios no es adaptarse a las reglas, o acomodarse a nuevas reglas, sino andar adivinando qué reglas va a haber con un caprichoso al mando. Las automotrices ya admitieron miles de millones en pérdidas por la constante variación de las reglas para producir eléctricos. Andá invertir con este cambio constante…

Las tonteras

Cuando era pibe, allá en Queens, Nueva York, el pequeño Donald tenía un programa favorito. Ya fue olvidado, con toda justicia, porque era una serie de aventuras navales en la segunda guerra mundial, mal actuado y peor escrito. Pero al niño ahora presidente le quedó la fascinación con los enormes y poderosos cruceros de combate de la época.

Por eso lo nombró secretario de la Armada al multi, multi, multi millonario John Phelan, vecino de Mar-a-Lago y gran donante a su campaña, para que le construyera el mejor barco jamás construido por la humanidad. Trump mismo lo definió como “el más rápido, el mayor y por mucho el más poderoso, cien veces más poderoso que nada visto”. Este tipo de supercrucero se iba a llamar Clase Trump, por supuesto, y Phelan tenía que entregarle el primero en 2028, último año de mandato.

Este miércoles lo echó del puesto, porque resulta que el barco es imposible de construir.

Cuando Phelan presentó la idea, lo hizo con unas bonitas pinturas al óleo que mostraban un buque gris, con la bandera en alto y haciendo fuego contra un enemigo allá lejos que se evaporaba en una nube de humo y fuego. Era lo mejor que podía presentar -y cómo le gustó a su jefe- porque no había ni un esbozo de dibujo técnico. El buque era una fantasía, con 40.000 toneladas de desplazamiento, algo así como dos portaaviones juntos, y equipado con rayos laser, misiles hipersónicos y cañones eléctricos. Resulta que faltan años para que alguien produzca un laser que funcione como arma, los misiles hipersónicos son demasiado grandes para un buque, y el cañón eléctrico es una idea, nada más.

Pero la industria naval norteamericana ni siquiera tiene ya la capacidad de construir aunque sea el casco, por lo que Phelan llegó a proponerle a Trump que encargaran partes a astilleros europeos, lo que le valió un frío reto. Parte del problema es que el gobierno Trump nunca nombró a nadie en el puesto de subsecretario técnico de la Armada, un puesto para ingenieros de alto nivel. Y los equipos civiles que se dedican a desarrollar, crear y probar nuevos sistemas de armamentos, fueron decimados por los recortes de Elon Musk. Simplemente, no queda personal que pueda crear algo así.

El ministro de Defensa, Pete Hegseth, detestaba a Phelan y por fin se lo sacó de encima, fogoneando la bronca del jefazo. Es el primer secretario que se carga Hegseth, que ya se cepilló 26 generales y almirantes que no se quedaban extasiados por sus ideas. El último fue el jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, al que echó en medio de una guerra.

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