Con un 54,6% de capacidad instalada ociosa, la industria argentina muestra signos de un retroceso alarmante. Entre literatura kafkiana, realismo macondiano y economía poskeynesiana, un análisis sobre los determinantes de la inversión y el futuro del empleo.
El último informe sobre el uso de la capacidad instalada en la industria argentina (INDEC, 17/4/2026) es una señal inexcusable del genocidio industrial que sufre nuestra economía. Se informa una utilización del 54,6%. Es un parte de guerra de una política que ha decidido aniquilar la infraestructura industrial. Significa que la mitad del potencial productivo del país está paralizado. El silencio de máquinas durmiendo, con el temido peligro de la obsolescencia, bajo el arrullo de Morfeo, sin que el capital se pueda amortizar, es un símbolo cruel de la Argentina que retrocede y se limita a un «enclave exportador primario».
Algunos recomiendan, para comprender a los pequeños industriales, recurrir a la literatura de Kafka, en particular a su texto “El proceso”. El protagonista es arrestado una mañana sin imputación; nadie le explica de qué es acusado. Es liberado. Pasa sus días recorriendo oficinas para «defenderse» de un crimen que no conoce. Finalmente es llevado a juicio y, sin saber por qué, es sentenciado a muerte. Con crueldad, la condena es ejecutada.
En nuestra realidad, la industria pyme, a diferencia, sí tiene una imputación: la ineficiencia. «El tribunal» la juzga bajo normativas de países que protegen, subsidian y planifican su producción industrial y tienen un tipo de cambio competitivo. En Argentina se obliga a competir con tarifas de servicios dolarizadas, tasas de interés inaccesibles y un tipo de cambio apreciado, lo que impide, en varios casos, exportar. Ven limitado su desarrollo en un mercado local que, por su tamaño, los restringe por escala. A estas «circunstancias» debemos agregar dos elementos que estancan la producción y, en algunos casos, la dejan en terapia intensiva: la caída del consumo local, sumada a una apertura importadora demoledora, que pone en terreno de extinción al aparato industrial local. Con el agravante de que el bajo uso de la capacidad instalada implica una subutilización de la infraestructura y, por lo tanto, un mayor costo por unidad, dificultando la competitividad del producto. Sobre llovido, mojado.
¿Es posible que el uso de la capacidad instalada nos indique el derrotero de la inversión futura? ¿La inversión «mira» el uso de la capacidad instalada? ¿Cuáles son los determinantes de la inversión? García Márquez puede ayudarnos, desde la literatura, a encontrar algunas respuestas. En su obra “Crónica de una muerte anunciada”, la historia se desarrolla en un pueblo donde todo el mundo sabe que los gemelos Vicario van a matar a Santiago Nasar, acusado de abusar de la hermana de los gemelos. Es un destino sellado, definido en forma inexorable; no hay incidente, apenas resignación. Pese a la indiferencia de algunos y la incredulidad de otros, los gemelos dan muerte a Nasar. El final anunciado se cumplió. De la misma forma, existe una ley no escrita: nadie invierte en una planta industrial si no está usando, por lo menos, el 80% de lo que ya tiene instalado. Con un 54,6% de uso de la capacidad instalada, se está preanunciando una bajísima performance inversora que, en muchos casos, termina con la muerte de las fábricas como si fueran personajes de Kafka o García Márquez.
El indicador de uso de la capacidad instalada pronostica la dimensión de la inversión. Y el futuro se va escribiendo: máquinas paradas son capital que se desprecia, fuentes de trabajo menos. Resulta esclarecedor el informe «Suba del desempleo, destrucción del empleo asalariado formal: la creciente precarización laboral libertaria», de Alejandro Sangiorgio (18/04/2026). Allí se afirma: «Las políticas del gobierno libertario parecen seguir priorizando el ajuste fiscal, la desregulación, la apertura comercial y el atraso cambiario. El mercado de trabajo continuará, inevitablemente, operando con altos niveles de subutilización de la fuerza laboral, así como una creciente desigualdad en el acceso al empleo de calidad». Sangiorgio, en el vasto y pormenorizado informe, no observa, de persistir estas políticas, generación de empleo, y mucho menos de calidad. Está claro que la inversión «mira» la utilización de la capacidad instalada y congela la generación de empleo. En términos teóricos, se reconoce que con capacidad ociosa se frena la producción.
Estilizadamente, podemos decir que Nicolás Kaldor, notable economista de origen húngaro, sostenía que las empresas invierten vía el empuje de la demanda; argumentaba que el límite al crecimiento está determinado por la ausencia o no de demanda; reconoce que, en procesos recesivos, la inversión es insensible cuando sobra capacidad instalada. Resulta vital, por lo tanto, encontrar respuesta a cuáles son, entonces, los determinantes de la inversión. ¿Qué opinan las distintas escuelas de pensamiento económico? Kicillof y Rodríguez, en «Los determinantes de la inversión y su evolución en la Argentina reciente», afirman que la visión ortodoxa liberal sostiene que las decisiones de inversión se inscriben en lo que llaman –un poco preciso– «favorable clima de negocios» y en una mucho más concreta «razonabilidad de las negociaciones salariales». Sostienen, sin embargo, que, en profundidad, el designio de inversiones está determinado por el ahorro; por lo tanto, para la ortodoxia, cuanto mayor sea el ahorro, mayor será la inversión. Para los autores, Keynes confronta con este razonamiento y nos dicen: «Esta concepción es precisamente la que rechazó en su célebre Teoría general (1936), donde propuso que la causalidad que asocia inversión con ahorro debía invertirse. Es la demanda de inversión la que impulsa la producción (a través del multiplicador) y el ahorro, lejos de ser la causa de la inversión, es un residuo que se acomoda siempre al nuevo nivel de producto».
Concluyen que, si la inversión no es provocada por el aumento del ahorro, «el factor que constituye el principal estímulo para la inversión privada es mucho más tangible y mundano: se trata de las ganancias presentes y esperadas». Es posible concluir que la reducción de ganancias presentes y la incertidumbre sobre las esperadas, al no existir una demanda vigorosa, determinará inversiones mínimas o débiles o, aún peor, inexistentes. Es la demanda lo que puede redefinir el ciclo anémico de la utilización de la capacidad instalada industrial. Pero ello solo será posible «rompiendo» el esquema libertario. Imperioso: ir construyendo un pacto económico, social y político que vaya configurando un modelo de país en donde los productos primarios «se fortalezcan» por valor y, con un tipo de cambio inteligente, no se choque con la industria. Así, el péndulo que con tanta precisión señaló Marcelo Diamand sobre la economía argentina cada día oscilará menos.