El fundador de PayPal y Palantir no cree en la democracia, sueña con una moneda digital sin control estatal y sostiene que la tecnología debe imponerse sobre la política. Su prolongada visita a la Argentina, en pleno vínculo con Javier Milei, abre una pregunta inquietante: ¿estamos ante una nueva forma de colonialismo de datos?
¿Milei le entregó la contraseña a Thiel? La prolongada visita de Peter Thiel a la Argentina —de la que se desconoce la totalidad de su estadía— ha despertado variados análisis. Conviene repasar sus orígenes, la conformación de su base ideológica y quiénes lo influenciaron.
A fines de los 90, Thiel fundó PayPal. El objetivo era facilitar la compraventa y la transferencia de dinero, aunque la ambición era mayor: crear una moneda digital que reemplazara al dólar. Refiriéndose a ello en “La educación de un libertario” (13/4/2009), Thiel dice: “La idea que impulsó la fundación de PayPal era la creación de una moneda global libre de la dilución y el control gubernamental; en cierto modo, el fin de la soberanía monetaria”.
Tomando como eje el pensamiento de René Girard (a quien analizaremos más adelante), Thiel se remite a la crítica de Platón a la democracia en su República, “según la cual la libertad y la igualdad allanan el camino a la tiranía”. Thiel confiesa que la solución de Platón —la generación de un gobierno de despotismo ilustrado de los reyes filósofos y su casta de guardianes—, que él asimila a las posiciones de Girard, lo lleva a la conclusión de que “ya no cree que libertad y democracia sean compatibles”. Este razonamiento lo lleva a concluir que “no existen espacios verdaderamente libres en nuestro mundo”. Por ello, dedica todos sus esfuerzos a “descubrir” lo que llama “nuevos espacios de libertad”. Define tres búsquedas: el ciberespacio, el espacio exterior y la colonización marina. Aunque no los desecha en un futuro, ve compleja su instrumentación.
Thiel reflexiona que estamos inmersos en una batalla entre la política y la tecnología. ¿Cuál es la esperanza para Thiel? Las decisiones individuales, porque —dice— “a diferencia del mundo de la política, las decisiones individuales pueden ser cruciales en el mundo de la tecnología”. Sintéticamente, Thiel entiende que la democracia y la política son un obstáculo para lo que él llama “la libertad”. La base ideológica de este razonamiento tiene, para Thiel, en Girard un soporte esencial. Estilizadamente, Girard desarrolla el concepto del “deseo mimético”, sosteniendo que el hombre copia el deseo de otros. Cuando la llamada competencia mimética colapsa, la sociedad se une en contra de una víctima. De ese modo, parece sostener la paz: lo que Girard desarrolla como el mecanismo del “chivo expiatorio”. Sin embargo, cuando la sociedad ve que se trataba de un chivo expiatorio y no de un culpable real de la situación, la violencia no tiene freno. La conclusión es que la democracia no puede gestionar la violencia. Por lo tanto, la supremacía debe ser “el control tecnológico”.
Thiel descree del ejercicio de la democracia. Más todavía: la señala como un limitante para el desarrollo tecnológico.
No resulta neutro que Thiel, en 2008 —un año antes de su texto “La educación de un libertario”—, había sufrido una considerable pérdida en la crisis financiera de la subprime. Quinn Slobodian en Capitalismo de la fragmentación: el radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia, dice sobre Thiel: “Tras haber acumulado una pequeña fortuna como fundador de PayPal e inversor temprano de Facebook, acababa de sufrir un fortísimo revés en la crisis financiera del año anterior. Una idea le obsesionaba: cómo escapar a la acción del Estado democrático recaudador de impuestos”.
Allí, Thiel, sin desechar por completo el “escape” al ciberespacio, al espacio exterior o a la colonización marina, esboza los primeros fundamentos de multiplicar la cantidad de países y, por supuesto, ejercer el máximo provecho sobre alguno de ellos.
La idea es sencilla y es explicada con prístina claridad por Slobodian en el texto citado: “Cuantos más países hubiera, más lugares posibles habría a los que llevarse el dinero y menos probable sería que algún Estado decidiera subir impuestos, porque no querría ser el primero en asustar a las gallinas de los huevos de oro”. Al respecto, para mayor explicación, Thiel, en “Back to the Future”, señala: “Si queremos que aumente la libertad, nos interesa que se incremente el número de países”.
Slobodian sostiene que “ese” paraíso de benevolencia fiscal que Thiel soñaba es hoy una realidad. Existen más de cinco mil cuatrocientas zonas que superan, por mucho, el objetivo más ambicioso de Thiel de promocionar la fundación de varios cientos de países. El concepto de “zona” debemos entenderlo como enclaves, separados física o no de una nación, con esquemas impositivos propios, de extrema benevolencia con los inversores y que se relacionan con el Estado-nación de las más diversas formas.
Thiel, con este capitalismo fragmentado por zonas económicas, en su libro De cero a uno: cómo inventar el futuro (2014), se plantea no “escapar” del sistema, sino poseer la infraestructura crítica para que los demás dependan de él. El tema ya no es la fragmentación, sino la búsqueda del “monopolio creativo”. La tesis central del libro es que la competencia es para los perdedores. El objetivo es el monopolio: crear algo tan único que el Estado y el mercado se vuelvan cautivos de ello. Se pasa del “escape” hacia la “captura monopólica”. En esa captura no hay prejuicios ni preconceptos morales. Prima la mayor extracción de valor posible. Por ejemplo —dice Thiel—: “En PayPal no queríamos adquirir más usuarios al azar; queríamos a los usuarios más valiosos primero. El segmento del mercado más evidente en los pagos por correo electrónico estaba conformado por los millones de migrantes”.
Palantir, la empresa cofundada por Thiel en 2003, con su software Gotham, fue clave para identificar y deportar inmigrantes, cumpliendo el deseo de Trump. En una notoria transformación, Thiel pasa de vilipendiar al Estado a ser receptor central de contratos millonarios. Con una fina ironía, Slobodian advierte: “Los buenos capitalistas saben que el verdadero premio se lo lleva quien se apodera del Estado ya existente y se ahorra el engorro de tener que crear uno nuevo. Thiel parecería estar de acuerdo, ahora con la idea de que, mejor que un mundo de mil naciones, es uno de mil nuevos contratos públicos”.
Palantir ha firmado contratos con el FBI, la CIA, el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y el CDC (Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades), entre otros. Es un férreo impulsor de Trump.
Si bien Thiel ha reconocido públicamente su admiración por René Girard, también podemos situarlo como emprendedor del llamado aceleracionismo de derecha, en particular de Curtis Yarvin, quien sostiene que la democracia no solo es un límite, sino un freno estructural al desarrollo tecnológico. Por ello, propone ejemplos como Dubái, que se gestiona como se debe, afirmando que “no se necesita la política para tener una sociedad moderna, libre, estable y productiva”. En “Mediocridad: definición, etiología y tratamiento” (9/11/2007), escrito bajo el seudónimo de Mencius Moldbug, afirma que Dubái se gestionaba de forma correcta: como una empresa; en vez de ciudadanos, se tienen clientes.
¿A buscar más ha venido a la Argentina? Existen variadas interpretaciones sobre la visita de Thiel: desde inversiones en tierras patagónicas y la búsqueda de emprendedores tecnológicos, hasta el análisis de la gestión “libertaria” de Milei. Aún sin información oficial, resulta muy esclarecedor el llamado “Manifiesto Palantir”, publicado en X por Alex Karp, CEO de la empresa. Entre otras cuestiones, plantea: “La capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer. Señala que ello requiere algo más que un atractivo moral: requiere poder duro, y ese poder, en este siglo, se construirá sobre software”. Advierte, además, que “debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y hueco. Nosotros, en América, y más ampliamente en Occidente, hemos evitado durante el último medio siglo definir culturas nacionales en nombre de la inclusión; pero ¿inclusión en qué?”, se pregunta.
Dadas estas definiciones, no es difícil imaginar el peligro que conlleva la estrecha relación que Milei le profesa a Thiel. La utilización de datos oficiales con la información de un software que solo pueda ser auditado por Thiel y sus socios constituye un riesgo potencial.
Flavia Costa, en su libro Tecnoceno, señala que la tecnología no es solo una herramienta. Es un sustrato político que afecta la vida en su totalidad. Complementariamente, Cecilia Rikap, en Teoría de la dependencia digital: soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI, sostiene que vivimos en una economía asimétrica, en la que monopolios intelectuales controlan el ritmo y la producción de innovación tecnológica, apropiándose del crecimiento global. Los Estados nacionales, desnudos de tecnología por políticas de “vaciamiento científico”, se ven convertidos en “clientes forzosos”. Palantir es, sin dudas, una de las empresas tecnológicas que usufructúa esta relación.
Esta explicación evoca Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano: ayer, en el pasado colonial, plata y sangre de Potosí; hoy, bits de nuestra privacidad y la supresión de autonomía, como pérdida de nuestra soberanía digital. Palantir, utilizando IA, puede construir perfiles psicológicos e influir sobre potenciales votantes, metodología similar a la del escándalo de Cambridge Analytica. Si le sumamos que Thiel es hostil al sistema democrático, se conformaría una peligrosa ecuación. Porque, además, con Milei existe el riesgo de que se entregue la contraseña del país a magnates tecnológicos como Thiel.