¿Y ahora qué?

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La inocencia canalla

Los posibles acuerdos de Milei con Peter Thiel todavía no se dieron a conocer, pero el magnate digital prepararía su desembarco instalando bases de datos gigantescas y sistemas con Inteligencia Digital para control y vigilancia de la población.

La presencia de Thiel en Buenos Aires puso en la superficie la consideración del control y vigilancia de los seres humanos a escala planetaria, y la utilización de la Inteligencia Artificial a fin de incrementar la letalidad de la parafernalia bélica.

Respecto de esto último, es sabido que a numerosas personalidades críticas de las derivas de ultraderecha preocupan especialmente los arsenales dotados -Inteligencia Artificial mediante- de autonomía en el campo de batalla.

La cuestión merece mayor detenimiento, y contrastarla con otras experiencias que aportarían varios puntos de vista enriquecedores.

Por ejemplo, se la puede enlazar con un aserto del filósofo esloveno Slavoj Žižek, quien al referirse al “budismo corporativo” sostuvo que una de las premisas consiste en inducir a sus miembros a que se digan, al hacer cualquier tropelía: “No te mato yo, sino la espada.” Y no hace falta volver al grabado número 43 de la serie Los Caprichos, deGoya, donde apuntó que el sueño de la razón produce monstruos, para deducir que las ideologías de ultraderecha plantean suprimir la duda razonable, las inquietudes morales y la vocación democrática.

Eso también asusta, claro que sí. Trasladados a la dimensión más amplia de la sociedad, idearios por el estilo implican un ataque al fundamento de la vida en común. Prologan la discriminación, bajo el ropaje de cualquier solución “racional”, y si ésta no alcanza para eliminar la conflictividad -cosa más que previsible-, prologan la supresión lisa y llana de los conflictivos.

La mayoría de los empresarios líderes de Silicon Valley comparten las ideas de Thiel respecto de la democracia (en tanto sistema fallido) y las trabas que imponen los Estados nacionales al potencial de quienes animan las tecnologías de avanzada. Y es entonces coherente que se asuman libertarios in extremis y aporten cuadrosa gestiones como las de Trump, que ha desplegado escenarios bélicos evitando la intervención tanto de su Parlamento como del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Como es sabido, la Carta de las Naciones Unidas alude a la necesidad de una “moral internacional” basada en la paz, la justicia y la dignidad humanas, y propone que la cooperación sea una norma de conducta obligatoria. También postula que las controversias se resuelvan pacíficamente, la prohibición del uso de la fuerza, el principio de no intervención y que los Derechos Humanos sean la base de una moral global. Algo importante también se refiere a la persecución de crímenes de genocidio, guerra y lesa humanidad, imponiendo condicionantes y límites morales superiores a la soberanía de cada Estado nacional.

¿Tiene moral la Inteligencia Artificial?

La gravitación de la Inteligencia Artificial en el desarrollo de arsenales autónomos, sin embargo, pone en juego la cuestión moral, ética y legal sencillamente (o al menos) porque tiende a que resulte imposible identificar a los responsables de los hechos. ¿A quién juzgar, si entre la maraña de algoritmos y el despliegue del armamento con autonomía no hay intervención humana alguna? Y entonces, en gran medida, se daría satisfacción a los demandantes crónicos de impunidad: no hay moral, ética y orden legal que resistan la responsabilidad ausente.

Dicho de otra manera: ¿a quién o a quiénes juzgar si hubo episodios, como la voladura de una escuela, en el marco del uso de armamento autónomo? Y resulta interesante y productivo asociar estas inquietudes actuales con la relectura de uno de los testimonios paradigmáticos en el Juicio a las Juntas Militares de 1985, cuando subió al estrado el TF (R) Jorge Carlos Radice, quien ahora cumple prisión perpetua en Campo de Mayo por sus delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.

Los blancos de Radice

En el Juicio a las Juntas fue interrogado y dijo que se había desempeñado en la ESMA. El tribunal quiso conocer qué tareas había tenido a su cargo, y contestó que había sido “oficial operativo”.

El tribunal preguntó, descartada según él su participación en el sector de inteligencia, cuáles habían sido sus tareas operativas, y dijo:

–Accionar las armas contra el enemigo que me determinara la superioridad. Y como los jueces quisieron saber cómo se elegían los objetivos o los blancos, Radice agregó que desconocía el procedimiento porque éste no estaba a su cargo.

En ese punto se produjo uno de los momentos dramáticos del testimonio. El tribunal le preguntó si había participado “del operativo de detención de personas”, a lo cual Radice respondió:

–Negativo. Yo accionaba las armas. No detenía…

–¿Usted accionaba…? –algo sorprendido, y rozando la incredulidad, repitió el tribunal.

–Las armas -reiteró Radice.

–¿Qué es accionar las armas? –preguntó el tribunal.

–Apretar el gatillo –dijo Radice.

Luego de un silencio, el tribunal preguntó si participaba en operativos en los cuales se producían detenciones de personas, y Radice respondió:

–Desconozco.

El interrogatorio prosiguió por otros carriles, pero el declarante parecía buscar el amparo de una gran ignorancia deliberada. Cuando se le preguntó si sabía que había personas detenidas en la ESMA, por ejemplo, aseguró que no, de igual manera que ignoraba si “los blancos que se le designaban eran determinados por el sector de inteligencia”, porque a él se los establecía el “superior inmediato”.

Todavía hubo preguntas y respuestas en torno de los operativos para los cuales Radice había sido en su momento convocado, y pudo avanzarse en algunos temas aparentemente poco importantes. El tribunal preguntó si los operativos se realizaban de uniforme o de civil, por ejemplo, y el declarante respondió que eran de uniforme de noche y de civil de día, “para no alertar a la población”.

Como si deseara que las mismas palabras continuaran revoloteando alrededor del declarante hasta encontrar una vía de acceso, el tribunal volvió sobre la función de accionar las armas y preguntó si el declarante había participado de numerosos enfrentamientos. La respuesta fue afirmativa, pero al considerar si alguno de ellos merecía que lo recordara, clausuró el tema categóricamente: “No, no recuerdo con precisión.”

El tribunal preguntó si en el sector operativo al cual estaba Radice destinado había algún grupo de personas dedicadas a efectuar la aprehensión de personas a los fines de inteligencia, y Radice contestó que desconocía la cuestión, y que tampoco podía “precisar” quiénes integraban el sector de inteligencia.

Entonces el tribunal pareció cambiar su interés hacia otros asuntos, y le dio la palabra al fiscal Strassera. Se produjo un breve silencio, como si el tiempo vacilara, y Strassera planteó que algo no quedaba claro: “El declarante ha dicho que su función era manejar las armas, es decir que los operativos, ¿consistían únicamente en el manejo de armas? Es decir, ¿se fijaba un blanco y se lo iba a eliminar? Porque si dice que no ha participado en detenciones, entonces yo quiero tener un poco más de precisiones sobre este aspecto.”

Radice comprendió que el fiscal había detectado la falla en su despliegue de una gran ignorancia deliberada y monolítica.

Con menor aplomo que hasta el momento, dijo: “Yo participaba en eso, yo no dije en qué consistían…” Y como miró al fiscal recibió un reto y la orden de que se dirigiera al tribunal. Entonces pidió perdón y prosiguió: “Yo manifesté eso que era lo que yo hacía, desconozco lo que hacía el resto.”

Entonces Strassera concluyó: “Es decir, entonces, ¿que el declarante me dice que iba directamente a cometer homicidios? Bueno, no veo una explicación clara para esto”. Pero el tribunal consideró improcedente la pregunta.

En otro pasaje de la declaración Radice aseguró que “a mí la superioridad me fijaba un blanco y yo ejecutaba la orden impartida”, y que así es el procedimiento porque “yo soy un militar o fui un militar: me determinaban un blanco y yo accionaba las armas”. Entonces el tribunal preguntó:

–¿Qué es fijar un blanco?

–Determinarme un blanco -respondió el declarante.

Y como le pidieran “un ejemplo práctico y concreto”, agregó: “Sí. Si a su frente hay una ventana, va hasta esa ventana, con un fuego, y tiraba la ventana”.

–¿Cuáles son los objetivos o blancos en esa lucha contra la subversión? –insistió el Tribunal.

–Ese que di, por ejemplo, una ventana -concluyó Radice.

A su turno la fiscalía le preguntó si alguna vez había tenido como blanco a un ser humano. Radice respondió: No recuerdo.

Como se ve, el declarante decidió presentarse como una rara especie de amnésico, ejecutante de órdenes emanadas de alguna instancia de poder, sin la menor autonomía, al margen de toda actividad de inteligencia y carente de toda capacidad de discernimiento.

Buscó posicionarse en un nivel jerárquico y de desempeño que por su propia insignificancia inhibieran la posibilidad de incurrir en la realización de crímenes de lesa humanidad. Y postuló preventivamente la existencia de un sistema militar mecánico, donde las órdenes -fueran las que fueran, incluso las atroces- estuvieran para ser cumplidas con la obediencia debida, la misma obediencia debida que, llegado el caso, resultaría exculpatoria.

Pero esto así no funcionó, pese a la sanción de la Ley de Punto Final de 1986 y la de Obediencia Debida de 1987, que fueron derogadas en agosto de 2003, habilitando la reapertura de los casos relacionados con crímenes de lesa humanidad. Y no funcionó porque hubo un marco ético y moral preexistente avasallado por la dictadura militar, y en cada instancia de su desempeño requirió la intervención, en todos los niveles, de decisores humanos moralmente responsables.

Pensar un proceso político por el estilo, con dispositivos dotados de autonomía y el concurso de la Inteligencia Artificial, configura una distopía que por ahora cabe en las cabezas de quienes quieren volar a Marte y fundar allí nuevas ciudades. Es una fantasía, pero tienen los recursos como para mantenerla viva.

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