El gobierno de Javier Milei prepara una versión ampliada del RIGI con más beneficios fiscales, cambiarios y aduaneros para grandes inversores. La llegada de Peter Thiel al equipo económico abrió una pregunta inquietante: si la Argentina se encamina a ser un laboratorio de anarcocapitalismo aplicado.
El 7 de mayo, Javier Milei anunció una nueva concesión para los grandes inversores. La llamó Super RIGI. Todavía no se conocen los detalles oficiales del proyecto, pero ya circulan versiones sobre una ampliación sustancial de los beneficios fiscales, aduaneros y cambiarios previstos por el actual Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones.
El RIGI vigente establece una alícuota reducida del 25 por ciento en el impuesto a las ganancias, frente al 35 por ciento del régimen general. El llamado Super RIGI —o SR— la llevaría al 15 por ciento. También adelantaría beneficios: mientras el RIGI exime del pago de retenciones a las exportaciones recién a partir del tercer año, el nuevo esquema otorgaría esa exención de manera inmediata. Y mientras el régimen actual libera del pago de aranceles solo a importaciones de bienes de capital, informática y telecomunicaciones, el SR extendería el arancel cero a todos los insumos y bienes necesarios para la producción.
La discusión no ocurre en el vacío. La Argentina acumula nueve meses consecutivos de caída en la recaudación tributaria nacional. En ese contexto, el Gobierno decide reducir todavía más la carga fiscal para grandes empresas, mientras aplica un ajuste presupuestario superior a 2,5 billones de pesos, anunciado por Luis Caputo el 11 de mayo.
No es sobre llovido, mojado. Es peor: una verdadera ciclogénesis de austeridad fiscal.
Thiel en la Argentina de Milei
Para distintos analistas, la visita de Peter Thiel al equipo económico no fue una casualidad. Thiel, cofundador de PayPal, inversor temprano de Facebook y cofundador de Palantir, se reunió con el ministro de Economía Luis Caputo, el viceministro José Luis Daza y el titular del Banco Central, Santiago Bausili. En esa reunión, según las versiones citadas en el texto base, se habría discutido el alcance del Super RIGI.
Leandro Renou, en su artículo “‘Hood Robin’ Milei y los negocios de su burguesía”, citó fuentes oficiales según las cuales “Toto está excitado con la idea de que Thiel se meta sí o sí al Super RIGI”. La frase, más allá de su tono, permite leer el problema de fondo: Thiel no es un inversor cualquiera. Es uno de los actores más influyentes del capitalismo tecnológico global y uno de los ideólogos más persistentes de una visión donde democracia, regulación y límites públicos aparecen como obstáculos para la expansión del poder privado.
Nacido en Frankfurt en 1967, Thiel se formó en Stanford, donde descubrió a Ayn Rand, especialmente La rebelión de Atlas y El manantial. De allí tomó una cosmovisión centrada en el interés propio, el éxito individual y la figura del emprendedor visionario como motor del progreso. Pero el autor que más marcó su pensamiento fue René Girard, profesor de Stanford y creador de la teoría mimética.
Girard sostenía que las personas no saben qué desear y toman a otros como referencia: deseamos lo que otros desean. Ese deseo mimético erosiona la autonomía individual, produce rivalidad y puede desembocar en violencia. Las comunidades, según Girard, encuentran una paz temporaria mediante el mecanismo del chivo expiatorio: un objetivo común al que culpan de todos los males.
En Thiel, esa teoría deriva en una conclusión económica y política precisa. Si la imitación genera rivalidad, y la rivalidad produce competencia, entonces la competencia no es una virtud sino una fuerza destructiva. En De cero a uno, publicado en 2014, escribió: “Si puedes reconocer la competencia como una fuerza destructiva en lugar de un signo de valor, entonces estás más cuerdo que el resto”. Para él, los mercados competitivos destruyen la ganancia. La competencia sería una reliquia de la historia. El monopolio, en cambio, sería “la condición de todo negocio de éxito”.
Contra la democracia, a favor del monopolio
La frase más brutal de Thiel apareció antes. En “La educación de un libertario”, de 2009, escribió: “No creo que libertad y democracia sean compatibles”. Su afirmación no era un exabrupto: condensaba una visión según la cual la democracia liberal impone límites a la libertad entendida como libertad de acción de los poderosos.
El texto base recuerda que Thiel combina a Girard con Platón. En su lectura, la libertad y la igualdad allanan el camino a la anarquía, y la democracia puede degenerar en dominio de la multitud. Esa desconfianza también aparece en su diálogo con Leo Strauss, especialmente en el artículo “Momento straussiano”, publicado en 2007, donde Thiel interpretó el 11 de septiembre como una crisis de la fe ilustrada para comprender las fuerzas irracionales detrás de la violencia política.
Stephen Diehl, en “Deconstruyendo la cosmovisión de Peter Thiel”, sostuvo que el escepticismo de Thiel hacia la democracia liberal encuentra eco en Strauss. Aunque Strauss tenía posiciones más matizadas, su crítica a la sociedad de masas puede leerse en sintonía con los temores de Thiel a que la democracia derive en dominio de la turba.
En 2015, Thiel publicó “Contra el Edenismo”. Allí sostuvo que la humanidad no puede regresar al Edén y que una civilización planetaria de 10.000 millones de personas exige un nivel altamente avanzado de ciencia y tecnología. Sin progreso tecnológico, afirmó, el mundo se convierte en un juego de suma cero. Y en un mundo sin crecimiento, sostuvo, no está claro que pueda funcionar el capitalismo ni que pueda sobrevivir una democracia representativa basada en negociación y compromiso.
La democracia aparece así como un freno. Un obstáculo. Una debilidad de Occidente.
Argentina como parque temático
Con ese bagaje ideológico, el vínculo entre Milei, el Super RIGI y Peter Thiel adquiere otra dimensión. Las ideas libertarias de Milei podrían resultar para Thiel algo más que una afinidad doctrinaria: una suerte de parque temático del anarcocapitalismo, un territorio de experimentación política y económica.
El RIGI, y ahora el Super RIGI, pueden representar para Thiel una epifanía: un esquema en el que la soberanía estatal se diluye frente a los grandes inversores. El Estado ya no aparece como poder ordenador, sino como dispositivo que garantiza condiciones excepcionales para capitales concentrados. Menos impuestos, menos aranceles, menos restricciones, menos exigencias nacionales. Más libertad para la inversión. Menos capacidad pública para condicionar el destino de los recursos.
Vale recordar que Thiel descree de los Estados-nación desde “La educación de un libertario”. Sin embargo, su empresa Palantir no nació fuera del Estado: su desarrollo recibió inversión de la CIA, como recordó Jonathan Taplin en una entrevista con Y ahora qué. La contradicción es evidente solo en apariencia. Thiel no rechaza al Estado cuando el Estado financia, protege, compra, garantiza y abre mercados. Lo rechaza cuando regula, redistribuye, limita monopolios o defiende soberanía democrática.
Ahí aparece la Argentina de Milei como territorio posible. Un país alineado con Donald Trump, con un gobierno que destruye capacidades científicas propias, debilita organismos públicos, desprecia la planificación estatal y ofrece a los grandes jugadores globales un régimen excepcional de privilegios.
Datos, recursos y soberanía condicionada
La hipótesis más inquietante es que el Super RIGI no sea solo un régimen para atraer inversiones productivas. Podría convertirse en una plataforma para el desembarco de infraestructura orientada a la extracción de datos, minerales, energía y recursos estratégicos, sin construcción equivalente de tecnología nacional.
En ese esquema, la Argentina no sería una potencia emergente, sino un espacio disponible. Un territorio seguro para empresas globales que necesitan energía, minerales críticos, información, capacidad de cómputo, tierras, agua, conectividad y alineamiento geopolítico. No una nación que diseña su desarrollo, sino un protectorado económico donde el Estado funciona como herramienta al servicio de las grandes empresas.
La destrucción del complejo científico argentino vuelve todavía más coherente esa orientación. Si el país renuncia a producir conocimiento propio, el capital extranjero no viene a asociarse con una estrategia nacional. Viene a usar condiciones favorables: recursos baratos, estabilidad fiscal privilegiada, beneficios aduaneros, reducción impositiva y baja capacidad estatal de intervención.
Para Thiel, el mundo se encamina hacia un conflicto tecnológico de escala global. Estados Unidos debe salir de lo que él llama “estancamiento tecnológico” y alcanzar supremacía en todos los frentes. China aparece como adversario central. Estados Unidos, como resguardo bélico y tecnológico del mundo occidental. En ese tablero, Argentina podría ser pieza subordinada: territorio confiable, políticamente alineado y económicamente disponible.
Un régimen para pocos
El Super RIGI, si confirma las versiones en circulación, profundizaría una orientación ya visible: aliviar la carga fiscal de los grandes jugadores mientras se recortan recursos del Estado y se deterioran ingresos, salarios, ciencia, obra pública, educación y consumo interno.
La pregunta, entonces, no es solo cuánto invierte una empresa. La pregunta es bajo qué condiciones invierte, qué deja, qué se lleva, qué capacidades nacionales construye y qué soberanía resigna el país para obtener esa inversión.
Con Thiel en el fondo de la escena, la discusión cambia de escala. Ya no se trata solo de un régimen promocional. Se trata de saber si la Argentina será un país que negocia con el capital global desde una estrategia propia, o si se convertirá en laboratorio de una derecha tecnológica que no cree en la democracia, prefiere monopolios a competencia y entiende al Estado como una herramienta útil siempre que esté al servicio de los poderosos.
El Super RIGI puede presentarse como una política para atraer dólares. Pero también puede leerse como otra cosa: un ensayo de soberanía limitada en el que las grandes empresas obtienen privilegios extraordinarios mientras el país resigna instrumentos para decidir su futuro.
Una suerte de protectorado donde el Estado es una palanca de negocios privados y la soberanía apenas un recuerdo lejano.