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El Tedeum como telenovela

Cómo la disputa entre la Iglesia y Milei se consumió como melodrama familiar, y por qué eso también es batalla cultural. Hasta hubo cinco actrices secundarias para un protagonista absoluto. Gramsci, la literatura popular y el sentido común que se construye sin palabras.

Casi tres de cada cuatro publicaciones digitales sobre el Tedeum del 25 de mayo interpretaron el discurso del arzobispo de Buenos Aires Jorge García Cuerva como una crítica al gobierno. La narrativa textual le dio sentido político al cruce: la Iglesia como límite, el púlpito como interpelación. Y, sin embargo, las imágenes que se vieron contaron otra cosa.

De las 5.024.175 visualizaciones de video del corpus, apenas el 23,8% correspondió a publicaciones que caracterizaron el discurso como crítica. El 76,2% restante miró otra película. Una mucho más antigua, mucho más eficaz y, en términos políticos, mucho más rentable para el oficialismo.

Esa otra película podría denominarse con un nombre clásico: folletín. Tiene escenas reconocibles. La silla vacía de la vicepresidenta. La hermana del presidente, organizadora del acto, decidiendo quién entra y quién queda atrás. El abrazo entre el Presidente y el jefe de Gobierno porteño con la cámara en primer plano. La vestimenta del asesor estrella, bautizado en redes como Peaky Blinder. La ministra de Seguridad relegada al fondo del Cabildo, “a quien se le aplicó hielo”. Y sobrevolando todo, la ministra ausente con permiso, Sandra Pettovello, en Roma, gestionando la futura visita del Papa.

El Tedeum se transmitió como ceremonia institucional. Se consumió como capítulo de una serie.

Dos pantallas, dos eventos

El tema más mencionado del corpus fue el discurso crítico (226 publicaciones). El más visto, la ausencia de Victoria Villarruel: 51 publicaciones con 3,3 millones de visualizaciones, casi cuatro veces más que el conjunto de las que hablaron de lo que dijo el arzobispo. El abrazo entre Milei y Jorge Macri es todavía más elocuente: con apenas siete publicaciones, alcanzó más de un millón de visualizaciones, con un promedio por pieza que multiplica por treinta y dos al del discurso crítico.

Ocho publicaciones de TN — Todo Noticias, todas descriptivas, ninguna caracterizando la homilía como crítica, concentraron el 65% del total de visualizaciones. Las cinco más vistas del 25 de mayo fueron, en orden: Milei arrodillándose para persignarse, Milei abrazando a Macri, la ausencia de Villarruel, la llegada a la Catedral, los lugares en el Cabildo. La homilía nunca.

Esto no es falla del periodismo ni descuido del oficialismo. Es una victoria comunicacional. El gobierno necesita que la mayoría reciba otra escena, ocupando el lugar donde podría haber estado la crítica. Y eso fue exactamente lo que pasó.

A la operación la completa una coreografía interna. Milei moderó: “opinión válida”, “diálogo súper valioso”. Mientras tanto, sus cuadros más combativos hicieron el trabajo sucio: Benegas Lynch acusó a García Cuerva de ser “un militante con sotana”, Lemoine y Nicolás Márquez descargaron por redes, portales como Agarrá la Pala y La Derecha Diario produjeron descalificación directa. Presidente civilizado, soldados radicalizados. Tiene las dos cosas al mismo tiempo.

Las mujeres del folletín

Las cinco mujeres destacadas del ecosistema oficialista — Karina Milei, Victoria Villarruel, Patricia Bullrich, Lilia Lemoine y Sandra Pettovello, aparecen mencionadas en el corpus tantas veces como el propio presidente. Pero ninguna aparece con voz propia, agenda propia, programa propio. Aparecen, todas, como personajes secundarios de una sola historia: la de Javier Milei.

Karina es “El Jefe”, “organizadora del acto”, “la mano que ejecuta la decisión”. Tiene agencia, pero su agencia es siempre instrumental: hace en función de él. Victoria Villarruel es “la gran ausente”, “excluida”, “relegada”. Nunca aparece como sujeto activo: es siempre objeto de la exclusión, víctima del desplante. La castigaron por traidora con una frase prestada: “Roma no paga traidores.” Patricia Bullrich “quedó afuera del Cabildo”, “se le aplicó hielo”. La iniciativa que se le reconoce — “se plantó”, “marcó la cancha”, nunca trata sobre seguridad o narcotráfico: trata sobre su lugar en la foto. Lilia Lemoine descarga por redes; existe como soldado discursivo del jefe. Sandra Pettovello es la única que zafa del melodrama, pero a un costo: zafa porque no está. Su ausencia es funcional al gobierno. Es la “buena” del folletín porque hace lo que el folletín espera que haga: traernos al Papa a la Argentina.

Esto se podría interpretar como casualidad estilística del periodismo de redes o como capricho de los algoritmos, pero en realidad es un sistema. Un sistema en el que las mujeres del poder aparecen siempre en alguna de estas cuatro funciones: la ejecutora dura, la víctima del castigo, la soldada gritona o la silenciosa eficiente que se ausenta para servir mejor. Ninguna disputa el guion. Todas alimentan el melodrama del único protagonista permitido.

Gramsci, el folletín y la batalla cultural

En el Cuaderno 21 de los Cuadernos de la cárcel, Antonio Gramsci se preguntó por qué las clases populares italianas leían folletines franceses en lugar de literatura propia. Para él, el folletín era una de las formas más eficaces que tenía el sentido común para reproducirse. Era la literatura que el pueblo efectivamente leía, y en esa lectura encontraba consuelo, modelos, identificaciones, deseos. El folletín no formaba conciencia crítica: ofrecía mundos imaginarios donde la injusticia se resolvía por amor, por casualidad, por la intervención providencial de un héroe excepcional, nunca por la organización colectiva. Y el problema, decía Gramsci, no era que existiera el folletín: era que la izquierda no había sido capaz de producir literatura popular propia que disputara ese terreno.

Hay una distancia técnica enorme entre el folletín del siglo XIX y un reel de TikTok en 2026. Pero la función es sorprendentemente parecida. El reel sobre el abrazo entre Milei y Macri, visto un millón de veces, no exige atención política. Se ve, se desliza, se comparte. Y en el deslizamiento construye una imagen — la derecha argentina se reconcilia, la división del año pasado quedó atrás, que se instala sin discusión porque entra por debajo de la discusión.

El reel sobre la silla vacía de Villarruel, visto tres millones de veces, hace algo todavía más complejo. Cuenta una historia de traición y castigo en clave familiar, con personajes femeninos enfrentados — Karina contra Victoria, en la que el conflicto político se traduce a conflicto interpersonal. La pregunta política seria — ¿qué tipo de gobierno es uno donde la vicepresidenta no es invitada a un acto patrio?, queda reemplazada por la pregunta de novela: ¿quién la quiere fuera, por qué, qué le va a pasar ahora? Esa es exactamente la operación que Gramsci identificó hace casi un siglo. La política se procesa como drama personal. La crítica institucional se neutraliza por desplazamiento.

Hay algo todavía más sutil. Las escenas que el público consumió masivamente no fueron producidas deliberadamente por el oficialismo. No hubo, hasta donde se puede ver, una operación planificada para que TN viralizara esos clips. Lo que hay, más bien, es una configuración acerca del gobierno que produce naturalmente material de folletín. Milei se ofrece a sí mismo como serie: peleas de hermanos, traiciones, reconciliaciones, exilios internos, exorcismos, abrazos. Es un gobierno escénico. Y los medios — incluso los críticos, incluso los neutrales, levantan la escena porque la escena vende, porque la escena reemplaza con eficacia al análisis que la audiencia no premiaría con clics.

Mientras se mira esa escena no se discute la inflación, la represión a los jubilados, el cierre de organismos del Estado, el endeudamiento. Se discute si Karina perdona, si Villarruel sobrevive, si Caputo le ganó la pulseada a alguien esta semana. La trama secundaria devora a la principal. Y el único con voz, el único con poder real sobre las vidas de la gente, queda intocado en el centro del escenario, abrazando, persignándose, sonriendo a cámara.

La estrategia que casi nadie nombra

Hay batalla cultural, sí. Pero la que está librando el oficialismo no es la de los discursos abiertos contra la “casta”, los “periodistas a los que no odiamos lo suficiente” o el “zurderío”. Esa es la batalla declarada, la que la oposición sabe responder. La que efectivamente está ganando es la del melodrama: instalar un mundo simbólico donde los problemas políticos se entienden como conflictos personales, donde las mujeres del poder son personajes secundarios medidos por su lealtad al jefe, donde la disidencia institucional — sea de la Iglesia, de la vicepresidenta o del juez incómodo, se traduce a “traición” y se castiga con hielo, exclusión, humillación pública.

Esta batalla no tiene “tanques de pensamiento”. No tiene panelistas. No tiene libros de doctrina. Tiene guiones sueltos de reels, gestos, escenografía, cuerpos en el Cabildo dispuestos en cierto orden, que configuran una misma gran narración. Es difícil de combatir desde la lógica del debate político tradicional, que sigue pensando que lo único que hay que disputar es la letra del discurso. La letra ya la ganó la oposición: García Cuerva habló, los medios escritos lo reflejaron, las tres cuartas partes de las publicaciones digitales le dieron la razón. Y aun así el oficialismo salió fortalecido. Porque el evento no se procesó como discurso. Se procesó como capítulo de una serie en la que Milei sigue siendo el protagonista querido.

Gramsci entendió que la hegemonía no se construye sólo con argumentos: se construye con cuentos. Con imágenes. Con personajes que la gente reconoce, ama, odia, espera. Y entendió que no se puede combatir el folletín solo con teoría: hay que producir otro folletín, una manera distinta de contar las historias que la gente efectivamente consume.

La pregunta que el Tedeum 2026 deja abierta no es si García Cuerva tuvo razón. Tuvo razón, y se le reconoció masivamente. La pregunta es otra: cuándo va a aparecer una construcción simbólica capaz de competir, en el terreno de la imagen y de la escena, con la maquinaria de folletín que el oficialismo ya tiene aceitada. Porque mientras esa construcción no aparezca, cada límite que la Iglesia, la Justicia, los referentes de la oposición o el Congreso intenten ponerle al gobierno va a ser procesado como un episodio más del mismo culebrón.

Hace algunos años, en pleno esplendor macrista, el gran Daniel Rosso dijo: ¿Saben qué poderosos seríamos para disputar la subjetividad colectiva si nos permitiéramos producir nuestras propias y ciertas narraciones? ¿Nuestras propias telenovelas? ¿Si pudiéramos expresarlas plenas de sus ideales, amores, pasiones y compromisos?

Lucrecia Martel agrega que la ciencia ficción de las últimas décadas auguró este presente. Cuando entendemos el rol de Peter Thiel y de Palantir pensamos en 1984, en Farenheit 451… Y propone: ¿Y si nos ponemos a imaginar ficciones de futuro que auguren un mundo más humanista, más justo, más sensible?

Pensémoslo. No sólo desde el arte. Pensémoslo también desde la política.

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