Un ensayo de The Economist sobre las guerras recientes plantea una paradoja inquietante: hoy parece más fácil iniciar una guerra, pero mucho más difícil ganarla. Ucrania, Irán, Medio Oriente y la hipótesis de Taiwán muestran que la superioridad tecnológica no garantiza la victoria política.
The Economist publicó un extenso ensayo sobre la transformación contemporánea de la guerra, escrito por su editor de defensa, a partir de una constatación brutal: nunca fue bueno ser soldado de infantería, pero las condiciones actuales son especialmente terribles. En el este de Ucrania, el texto describe una “zona de exterminio” impuesta por drones de ambos bandos, donde moverse en vehículos, evacuar heridos o avanzar hacia una posición puede convertirse en una escena de videojuego letal. La metáfora no es estética: los soldados saben que pueden ser vistos, seguidos y atacados por operadores ocultos a kilómetros de distancia.
La idea central del artículo es que la guerra entró en una etapa de “transparencia táctica”. Esa transparencia no significa que todo se vea todo el tiempo. The Economist aclara que es parcial, intermitente y discutible. Pero sí implica que los ejércitos están cada vez más expuestos a sensores, drones, satélites, radares, cámaras, inteligencia artificial y redes de comunicación capaces de transmitir datos a sistemas de ataque con enorme velocidad.
Esa nueva visibilidad modifica la relación entre ofensiva y defensa. Los movimientos son más difíciles de ocultar, los puestos de mando quedan más expuestos, la logística se vuelve vulnerable y la concentración de tropas o blindados puede ser detectada y castigada rápidamente. En ese escenario, la ventaja tiende a desplazarse hacia quien defiende, se dispersa, se oculta y convierte cada metro del frente en una trampa.
Pero reducir todo a los drones sería un error. El ensayo insiste en que el dron es el emblema más visible del cambio, no su totalidad. Lo decisivo es el sistema que une sensores, comunicaciones, análisis, decisiones y armas. Un dron puede observar y atacar, pero su eficacia depende de redes técnicas y humanas que convierten datos en blancos y blancos en destrucción.
Ucrania como laboratorio de la guerra de desgaste
Ucrania aparece en el análisis como el gran laboratorio de esta guerra nueva. Los drones turcos Bayraktar TB2 tuvieron un papel inicial importante en 2022, sobre todo por su valor militar y propagandístico frente al avance ruso hacia Kiev. Pero ese éxito fue parcial y breve. Luego llegaron drones más pequeños, baratos, masivos, inteligentes y adaptables. Para 2024, muchas variedades estaban en producción a gran escala.
La guerra ucraniana se transformó así en una combinación de artillería, fortificaciones, comunicaciones satelitales, entrenamiento de pilotos de drones y producción constante de aparatos de bajo costo. The Economist habla de un “cinturón de desgaste” que antes tenía unos cinco kilómetros de profundidad y ahora puede acercarse a los treinta. Esa franja convierte al frente en una zona donde la movilidad es castigada de inmediato.
Los drones ya no solo atacan. También llevan comida y agua, y los vehículos terrestres no tripulados evacuan heridos. Esa doble función revela una de las características más extrañas de la guerra actual: la misma tecnología que alivia la penuria del soldado puede volver minutos después para matarlo. Entre la comida, el agua y la evacuación médica llegan los ataques con drones FPV, de visión en primera persona, que cazan objetivos de a uno.
Según el ensayo, esos drones explican una parte significativa de las enormes bajas rusas y ucranianas. The Economist estima que entre 1,1 y 1,4 millones de soldados rusos fueron muertos o heridos desde el inicio de la guerra, una cifra que equivale a uno de cada 25 varones rusos menores de 50 años. Las pérdidas ucranianas son menores en términos absolutos, pero proporcionalmente más graves por el tamaño de su población.
El resultado es una guerra de desgaste que se parece, en algunos aspectos, a la Primera Guerra Mundial: frentes inmóviles, trincheras modernas, avances mínimos y un costo humano gigantesco. Pero la comparación no debe quedarse solo en la imagen de la inmovilidad. También sirve para pensar cómo podrían reaparecer nuevas tácticas de maniobra, como ocurrió en 1918, cuando la combinación de sorpresa, artillería precisa y pequeños grupos de asalto ayudó a superar la guerra de trincheras.
La superioridad aérea ya no alcanza
Una de las tesis más relevantes del texto es que la superioridad aérea, durante décadas considerada decisiva por las grandes potencias militares, ya no compra lo mismo que antes. En una guerra entre la OTAN y Rusia, por ejemplo, es probable que la alianza occidental pudiera alcanzar algún tipo de dominio aéreo si Estados Unidos participara plenamente. Pero la pregunta, advierte The Economist, es qué pasaría después.
Por debajo de los 4.000 metros, el campo de batalla está cada vez más “desacoplado” de lo que ocurre por encima. Allí dominan drones pequeños, sistemas de defensa dispersos, guerra electrónica y armas de bajo costo que pueden complicar la operación de plataformas caras. Algunos expertos llaman a esa franja el “litoral aéreo”: una zona baja de la atmósfera donde las grandes fuerzas aéreas pierden parte de su libertad, del mismo modo en que las grandes armadas se vuelven más vulnerables cerca de costas llenas de minas, misiles y embarcaciones pequeñas.
La experiencia israelí en Líbano refuerza esa conclusión. The Economist cita a expertos que señalan que las Fuerzas de Defensa de Israel contaban con dominio aéreo e inteligencia superior, pero aun así tuvieron que entrar a pie en pueblos, sufrir bajas y aceptar que los ataques desde el aire no alcanzaban para expulsar a Hezbollah ni para producir un resultado político definitivo. La superioridad aérea puede destruir mucho, pero no siempre controla territorio, no siempre desarma al enemigo y no siempre alcanza para ganar.
Frente a esta realidad, los ejércitos empiezan a pensar en “bolsillos de superioridad”: momentos y lugares específicos donde un actor logra cegar sensores enemigos, destruir operadores, interrumpir comunicaciones y abrir una ventana breve para avanzar. Ya no se trataría de dominar todo el campo de batalla, sino de crear oportunidades locales para recuperar maniobra.
Esa hipótesis es clave para Ucrania. Si las fuerzas ucranianas pudieran neutralizar temporalmente drones rusos en un sector, bombardear sus posiciones y abrir una brecha, los blindados podrían avanzar cinco o diez kilómetros y provocar un colapso de líneas. Pero lograr ese “bolsillo” puede requerir semanas de preparación, inteligencia, engaños y coordinación. La guerra de maniobra no desaparece; se vuelve mucho más difícil.
Irán y la ilusión del golpe de nocaut
El otro gran ejemplo del ensayo es la guerra contra Irán. Allí se ve el otro rostro de la guerra tecnológica: el poder de fuego de las fuerzas militares más avanzadas, con sensores, aviones, satélites, drones, inteligencia artificial y selección masiva de blancos. Estados Unidos e Israel golpearon miles de objetivos. Sin embargo, según The Economist, la capacidad iraní de responder no fue eliminada.
Irán conservó misiles, drones, lanzadores y capacidad de represalia. Incluso después de ataques intensos, siguió proyectando una amenaza sobre el estrecho de Ormuz, uno de los pasos energéticos más sensibles del planeta. La lección es clara: un defensor inteligente, ubicado en un territorio grande, rugoso y lleno de lugares donde esconder sistemas móviles, puede sobrevivir incluso al ataque de dos de las fuerzas aéreas más avanzadas del mundo.
Aquí aparece una advertencia histórica. Muchas potencias han creído en el “golpe de nocaut”: la idea de que una superioridad tecnológica abrumadora, aplicada con suficiente intensidad, puede resolver una guerra por sí sola. El siglo XX está lleno de doctrinas aéreas que prometieron eso. Pero las pruebas de éxito fueron mucho más escasas.
Afganistán es el ejemplo más contundente. Estados Unidos bombardeó durante años, multiplicó objetivos, intensificó ataques y proclamó repetidas veces que los talibanes estaban derrotados o no podían ganar en el campo de batalla. Finalmente, ganaron. El problema no era la falta de blancos. Era la ausencia de una estrategia capaz de transformar destrucción militar en resultado político.
The Economist advierte que algo similar puede ocurrir con la inteligencia artificial aplicada a la selección de objetivos. Sistemas como Maven, combinados con grandes modelos de lenguaje, podrían producir miles de blancos por día. Pero más objetivos no equivalen a mejor estrategia. La acumulación cuantitativa de blancos puede convertirse en sustituto del pensamiento político, como ocurrió en Vietnam con el conteo de cuerpos.
La tecnología permite ver más, golpear más rápido y destruir con mayor precisión. Pero no responde por sí sola la pregunta central de toda guerra: qué objetivo político se busca, qué costo se está dispuesto a pagar, qué ocurre después de los bombardeos y cómo se reconoce una victoria real.
La guerra como espectáculo y el regreso del riesgo nuclear
La nueva guerra no solo cambia cómo se combate. También cambia cómo se mira. El ensayo señala que durante mucho tiempo se dijo que la guerra vista por pantallas parecía sanitizada, distante, casi limpia. Pero las redes sociales modificaron esa percepción. Ahora la destrucción circula editada, musicalizada, convertida en propaganda o espectáculo.
Videos de drones FPV muestran rostros de soldados aterrados segundos antes de morir. Cuentas oficiales celebran destrucciones reales con montaje de cine de acción. Emprendedores digitales transforman material de combate en piezas de consumo morboso. La guerra se vuelve ejecución remota personalizada, pero también contenido viral.
Esta espectacularización convive con una erosión preocupante de las normas de guerra. Expertos citados por The Economist advierten sobre el regreso del lenguaje punitivo, las amenazas de represalia y la ampliación de categorías enteras de objetivos: puentes, centrales eléctricas, infraestructura civil o dual. El límite entre objetivo militar, castigo colectivo y mensaje político se vuelve más inestable.
El ensayo también discute la tesis optimista de que el mundo se estaba volviendo menos violento. Durante años, autores como Steven Pinker o John Mueller señalaron la caída de ciertas muertes de guerra como evidencia de una tendencia pacificadora. Pero la invasión rusa de Ucrania, el aumento de conflictos armados y la persistencia de guerras prolongadas debilitan esa lectura. Además, la medicina militar, los blindajes y las evacuaciones mejoraron: muchos soldados que antes habrían muerto hoy sobreviven heridos. Eso no equivale necesariamente a pacificación.
Y sobre todo están las armas nucleares. La era de los grandes acuerdos de control nuclear parece haber terminado. Las tensiones en Ucrania reabrieron el temor al uso de armas tácticas. Irán muestra el incentivo para acelerar programas sensibles si un Estado concluye que la única garantía frente a una gran potencia es poseer capacidad nuclear. Y Taiwán aparece como el escenario más inquietante: una posible guerra entre Estados Unidos y China, dos potencias nucleares, con Corea del Norte observando desde los márgenes.
Si China intentara tomar Taiwán por la fuerza, el mundo asistiría a un tipo de confrontación que casi no tiene precedentes modernos: grandes armadas de aguas azules enfrentadas en un océano inmenso, bajo sensores, satélites, submarinos, misiles y guerra electrónica. Estados Unidos podría intentar atacar el “tejido conectivo” de la maquinaria militar china, no solo barcos o aviones individuales. Pero muchos de esos sistemas también participan en el control de fuerzas nucleares. El riesgo de error de cálculo sería enorme.
La conclusión del ensayo es pesimista y, a la vez, realista. Los líderes políticos siguen creyendo que pueden usar la guerra como instrumento controlable de política exterior. Siguen imaginando que la tecnología les dará una victoria rápida, limpia, quirúrgica o decisiva. Pero Ucrania, Irán, Afganistán y la hipótesis de Taiwán muestran lo contrario: la tecnología puede facilitar el inicio de una guerra, pero no garantiza su final.
La guerra contemporánea es más visible, más precisa, más automatizada y más conectada. También puede ser más larga, más difícil de resolver y más peligrosa. El campo de batalla se volvió transparente, pero el resultado político sigue siendo opaco. Ese es el núcleo de la paradoja: nunca hubo tantos medios para ver y golpear, y sin embargo ganar una guerra parece cada vez más difícil.