¿Y ahora qué?

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Simplificar es un dispositivo de poder

Una indagación sobre la precariedad de la ideología libertaria y sus carencias como doctrina, a partir de desmontar los mecanismos seudorreligiosos sobre los que se asienta una acción política sustancialmente reaccionaria. La simplificación de fenómenos complejos, como la inflación, la libertad o la democracia, no es inocente: funciona como dispositivo de poder. En nombre de verdades absolutas, el libertarismo transforma consignas en dogmas y empobrece la comprensión de la realidad social.

Si uno dice “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario” —como lo hace Milei y repiten sus epígonos— persigue un pernicioso efecto de confusión entre quienes reciben pasivamente esa versión adulterada de este dañino fenómeno socioeconómico, con la esperanza vana de entender el problema.

Por eso, las primeras víctimas de esa manipulación son quienes acríticamente prefieren que las cuestiones más difíciles se las den ya masticadas y envueltas para regalo, como ocurre nada menos que en el caso de la suba desproporcionada de los precios de los bienes y servicios. Dicho esto cuando festejan una baja del índice sobre un cuadro preocupante de retroceso productivo, con la excepción de alimentos y materias primas energéticas para la exportación, con muy poco valor agregado.

Veamos su falacia con un mínimo ejercicio de lógica, sosteniendo, por caso, que “el agua es líquida, siempre y en todo lugar”. Allí el error está en la condición absoluta que impone la pretensión de universalidad que conlleva decir “siempre”, pues depende ante todo de las condiciones ambientales, en particular la temperatura.

Así como el agua se congela con el frío y se vaporiza con el calor, la inflación requiere, para ser entendida, que se la estudie como una anomalía social compleja, es decir, como lo que realmente es.

Una simplificación conceptual como la que acabamos de describir tiene consecuencias nefastas cuando sobre esa presunción de verdad se establecen políticas monetarias, financieras o cambiarias. Reduccionismo que no inventó Milei, pero que ha utilizado como si fuese un axioma de verdad filosófica.

Obviamente, las síntesis son necesarias, pero no es lo mismo simplificar una cuestión compleja, como hace cualquier enfoque ideológico, que presentar sus rasgos esenciales a cuenta de una lectura o reflexión acorde a la sustancia del problema.

De hecho, la ideología es una adulteración de la observación objetiva, sesgada por prejuicios ordenadores de la temática sometida al análisis. Es una forma específica de simplificación porque articula una adulteración a un discurso que responde, casi siempre y de modo inconfeso, a un dispositivo de poder.

Para establecer la diferencia podemos proponer hipotéticamente que la mejor síntesis es la que respeta la complejidad del caso bajo análisis, sin reduccionismos ni omisiones esenciales, mientras la simplificación es una forma de modificar el objeto que se describe sin respetar su sustancia y contexto.

Una época sin tiempos ni libertades reales

La civilización contemporánea ha liberado al género humano —no en todas partes— de las peores condiciones en que se desenvolvía la existencia de nuestros predecesores, pero no le ha conferido más tiempo para encontrarse consigo mismo y sus semejantes en el camino de su plena y verdadera libertad.

El ocio creador como ideal de vida, una vez que estén resueltas las dificultades materiales de nuestros hermanos, no está a la vuelta de la esquina, como se suponía bajo la ilusión del progreso continuo e inexorable. Más bien existe una nueva y profunda contradicción entre la capacidad productiva, resultado del proceso técnico en el contexto de acumulación a escala mundial, y las penosas realidades sociales de los pueblos subdesarrollados, que ahora hasta padecen las clases desposeídas en los propios países avanzados.

Confundir el ser con el poseer ha llevado a un desconcierto aún mayor que el que plantea la propia existencia humana. Tenía sentido, tal vez, en las épocas primitivas, cuando la supervivencia no estaba garantizada y la lucha para lograrlo era impiadosa y permanente, dominada por la necesidad.

A medida que se iban resolviendo para el conjunto social los recursos y abastecimientos básicos de la vida diaria —comida, vestido, cobijo y defensa, entre otros—, y las comunidades tomaban forma más allá del clan primitivo, la mejora debía permitir a cada miembro de la especie tener una visión cada vez más amplia de su propio devenir.

Pero no ocurrió en forma lineal, sino con altibajos. Y aún hoy, contra toda la sabiduría que debimos alcanzar, algunas conquistas que parecían establecidas para siempre cada tanto vuelven a ser cuestionadas por poderes desentendidos del bien común. Es el caso de la educación, que deja de ser universal en las pretensiones de la ola libertaria que se instala sobre la confusión y el cansancio de los electorados. Pretenden crear masas serviles al servicio del poder omnímodo de los propietarios de la tecnología.

Tecnofeudalismo y empobrecimiento del saber

Esta es, en versión atomizada, la irrupción del tecnofeudalismo que caracteriza a los multimillonarios que han aparecido en las últimas décadas con el manejo de las más avanzadas herramientas de control y administración del esfuerzo colectivo, capturando rentas a escalas superlativas y creyendo que de ese modo están en condiciones de imponer su pobre visión individualista al conjunto de la humanidad. Ello revela, en primer término, que en ese segmento abunda la ignorancia sobre la complejidad del tejido social y su cultura, tanto como se incrementan sus pretensiones de dominación.

La ideología simplificadora es reacia a la búsqueda de coherencia, puesto que no se trata de un corpus como tenían los grandes relatos anteriores, sino que es apenas un amontonamiento de eslóganes antes que un conocimiento estricto de lo real y su dinámica.

Se genera con esa atomización una degradación del conocimiento orgánico y de su base científica, que se obliga a la revisión sistemática y a la ampliación constante de los saberes que se van alcanzando. No hay verdades eternas en el terreno científico, pues ellas pertenecen al plano de lo religioso.

Si bien ideología y religión no son lo mismo, tienen en la práctica concreta no pocos puntos de contacto. Más elevado es el propósito de las creencias religiosas, por cuanto en general buscan formas de trascendencia y códigos de conducta solidarios.

Con insolente falta de respeto, la ideología le toma prestada la mecánica a la fe, que choca esencialmente con el espíritu indagador de saberes que están al alcance de la investigación y la experiencia de cada persona y su red de pertenencia, cada cual en la dimensión que le sea alcanzable.

Si las religiones se engarzan sobre las aspiraciones superiores de verdad y justicia vividas de modo solidario, y apuntando a una elevación de cada ser en toda su dignidad, la ideología, en cambio, degrada la posibilidad de inspiración noble al recurrir al prejuicio como ancla de premisas oscuras que son inconfesables por antisociales.

A veces, la ideología contamina también la religión, pero ese es un tema sobre el cual no podemos extendernos ahora. Queda de todos modos señalado, a cuenta de futuras indagaciones.

Dominación y manipulaciones contra la libertad

La libertad es la consigna revolucionaria que se impuso sobre la igualdad y la fraternidad en las jornadas francesas que arrancaron en julio de 1789. Durante una década, sus acciones tous azimuts eliminaron caóticamente las estructuras feudales para instaurar una sociedad dominada por la burguesía bajo consignas individualistas, que establecieron un nuevo orden y jerarquías rigurosas beneficiando a los propietarios por sobre los desheredados. De paso, quitaron a las mujeres de la aristocracia los derechos de administración de los bienes que les legaba la condición de viudez o de herencia. Lo traemos a cuento una vez más para que veamos cuán equívocos pueden ser ciertos procesos complejos y la necesidad de reestudiar la historia sin anteojeras para comprender nuestra herencia y, junto con las virtudes, detectar y aislar sus vicios.

El individualismo como prejuicio, convicción y práctica redujo la libertad a mero atributo de la burguesía. En esa distorsión anida el libertarismo, cuya sustancia es profundamente reaccionaria.

No puede tratarse entonces de regalarles la libertad, valor supremo, a sus manipuladores y predadores. La verdadera libertad, la única que tiene sentido llamar por ese nombre, consiste en que cada ser humano pueda decidir sobre su propio destino y tenga al alcance los instrumentos para construirlo, nunca en desmedro de sus semejantes.

De allí que los nuevos aspirantes a la dominación mundial choquen de arranque con la democracia.

La libertad de todos y de cada uno

Aun imperfecta, la democracia es el único vehículo conocido en el presente para asegurar la posibilidad de una construcción comunitaria sin explotadores, donde el respeto mutuo y la colaboración fecunda sean la norma y no la excepción.

No por casualidad, los señores tecnofeudales suelen confesar su interés en anularla. Han tenido al menos la sinceridad de decirlo, tal vez dominados por la soberbia de su poder actual.

Afortunadamente, no se ha agotado el potencial transformador de la democracia, aun pese al desgaste de los mecanismos que reducen la participación de los ciudadanos a la emisión del voto.

Es todavía una esperanza para el conjunto de los miembros de nuestra especie y vale la pena seguir apostando por ella, para que brille la única libertad por la que vale la pena renovar el compromiso comunitario: la libertad de todos y de cada uno.

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