El repunte del PIB convive con salarios bajos, desempleo y deterioro social. La pregunta es por qué la tasa de ganancia no reemplaza al mercado interno.
La conducción política del Estado y el hecho de que el Producto Interno Bruto crezca mientras la malaria y el desempleo cunden, tienen un hilo conductor: el Ministerio de Economía encabezado por Luis “Toto” Caputo. Eso sucede aunque a veces los análisis descuiden cómo se hilvanan las cosas.
Cuando se puso la banda presidencial, el primer mandatario estaba convencido de la dolarización, de hacer de goma al Estado y de recuperar para los precios de mercado su mítico rol de asignar los recursos, conforme a la escasez y abundancia relativa de los mismos. El funcionamiento del capitalismo realmente existente -en las antípodas de cómo lo conciben los austríacos y los neoclásicos- debe haber noqueado de tal manera al mandamás cárdeno que se inscribe en esa nebulosa que resulta difícil que vaya más allá de convalidar lo decidido por su vicario general, el ministro de Economía.
Deja pocas dudas al respecto que cierta canción de Lali Espósito sugiera que el mandamás cárdeno carece de flexibilidad intelectual. Al observar con qué hebras está trenzado ese hilo conductor, también se contempla una notable sobrevaloración de las consecuencias, en la ruta política que transita el país, de la disputa entre la hermana Karina y el entenado Santiago Caputo.
En todo caso, el te-odio-no-te-amo-dame-más de esas dos almas bellas se subsume en partidas presupuestarias y áreas de la burocracia. Canonjías y prebendas escriben la orden de sus días, dicen sus más ácidos críticos. Su asunto es la política agónica. El del Toto es la política arquitectural.
Las dos almas bellas y sus adláteres disputan cómo construir el tinglado político que sostenga la marcha de la base material de la Nación, a la que siempre le acreditan un futuro venturoso. Es necesario que sea así. Pero la tarea que asumen está lejos de decisiones para configurar el conjunto de los precios de la economía, que son las señales en las que se encarnan las decisiones políticas de fondo.
Fijados los precios, aparece el rumbo por donde va el entramado sociedad civil-Estado y lo que verdaderamente le aguarda al llegar, más allá del Nirvana que promete la élite de turno. No se ve que la hermana y el entenado puedan alimentar lo dado por la naturaleza con lo poco que Salamanca les prestó.
Establecer la dirección política del país no es para cualquiera. Es independiente del buen o mal resultado que se obtenga. Para lo mejor y para lo peor, hay que saber interpretar los datos de la realidad. Se debe disponer de un marco conceptual en el que se plasmen las relaciones técnicas y conductuales que conectan a ambos y que permitan diferenciar los datos centrales de los accesorios.
Siendo que en Federico Sturzenegger hay mucho de fuegos artificiales festivos de la reacción ultraconservadora, “el Toto”, con sus más y sus menos, cumple el requisito de hacer la O con el vaso. Eso le da la capacidad para pergeñar un modelo en el que se sopesan los objetivos que se persiguen y, en una ida y vuelta, esbozar los lineamientos de la política que se pone en práctica.
La falsa conciencia juega su rol. Todo el proceso anterior se puede llevar adelante suponiendo que el sol gira alrededor de la Tierra. O que los intereses de algunos de los transeúntes connotados de Wall Street son la verdad revelada sobre el capitalismo. Así es como los aceleradores y contrapesos del plan que se puso en marcha se apoyan en falsa escuadra y sólo funcionan -y hasta donde funcionan- para justificar la preeminencia de unos intereses privados sobre otros. ¿Y el interés social? Bien, gracias.
La ganancia
Se podría decir que la comunión del mandamás cárdeno y su vicario general, el “Toto” Caputo, se consagra alrededor de dos ideas. Una: que cuanto más ganan las empresas, más van a invertir. La otra: que cuanto más abierta es una economía (abierta según la propia definición de la simbiosis ejecutiva), más eficiente se torna.
Los dos enfoques están absolutamente chingados y sus insuficiencias y cortedades alimentan la presión de ciertos intereses privados que, en la debacle del interés nacional bien entendido, tratan de sacar partido bregando por más y más subsidios para que pasado mañana, nunca hoy o mañana, se recupere el nivel de actividad y se solidifique el cariño con el electorado. Bueno, dado que no se recupera, al menos embolsaron los subsidios.
Viene a cuento tener que un capital se invierte si rinde una determinada cantidad de dinero. Esa cantidad se llama masa de ganancia. Esa masa, dividida por el valor del capital, se llama tasa de ganancia. Es un porcentaje.
El vicario general –objetivamente- confunde -y con él una imponente masa de analistas- los efectos de la tasa de ganancia con los de la masa de ganancias. No son la misma cosa y tienen efectos macroeconómicos muy diferentes. Cuando la masa está en su máximo, la tasa está en su valor normal.
La masa de ganancias es la que decide qué se invierte, no la tasa. En la Argentina de hoy, por fuera de la minería, el petróleo, el gas y el agro, invertir un peso implica encontrar una actividad que rinda una ganancia espectacular, muy por encima del promedio habitual. O sea: encontrar una rareza. El capitalismo desde hace tiempo se puede definir como la herramienta de la sociedad de consumo. Acá, eso brilla por su debacle.
Dice Arghiri Emmanuel que maximizar la ganancia es un factor positivo que aumenta la composición orgánica (del capital: relación trabajo/capital), puesto que “la maximización del producto corresponde a la maximización de la ganancia, ya que esta es tan solo un residuo”, que queda una vez que la lucha política en el seno de la sociedad entre las clases que la componen se ponen de acuerdo en el nivel del salario, ese precio sui generis, anterior a todos los precios, que se fija en pos de reproducir la vida humana.
Por el contrario, cuando la inversión enfrenta un país de bajos salarios o uno en el que la política económica se empeña en bajarlos -como en la Argentina actual- “vierte al exterior el excedente de la plusvalía que sus empresas han obtenido de sus propios obreros”, y esto “no corresponde a ninguna racionalidad y a ningún progreso”, consigna Emmanuel.
¿Y esto por qué? Porque el aumento de la relación trabajo/capital, que es donde se pone la inversión que hace crecer el PIB, va mano a mano con el aumento de la masa de ganancias. No corresponde al aumento de la tasa de ganancia por arriba de su valor normal, definido como residuo, fijados los salarios por la disputa política.
“A salario invariable, la maximización de la suma de las ganancias corresponde a la maximización del producto, pero, en las mismas condiciones, la búsqueda individual de la ganancia no conduce, necesariamente, a la maximización de la suma de las ganancias y, por consecuencia, tampoco a la maximización del producto, sino a menudo a lo contrario”, observa Emmanuel.
Las consecuencias
En criollo corriente, esto significa que bajar deliberadamente los salarios que paga la economía argentina cumple el objetivo de elevar la tasa de ganancia, pero -al mismo tiempo-, como se hace percha el consumo, se cae la inversión, porque la inversión es una función creciente del consumo.
Además, este colectivo de liberales monetaristas que vive hablando de la globalización -y en los tiempos que corren, sobrellevando la incomodidad que les genera el proteccionismo de su admirado Donald Trump- no percibe que los salarios son precios que se forman en el país, mientras la ganancia se establece en el mercado mundial.
Esto segundo significa que los capitales son móviles a escala mundial. Si la ganancia sube en alguna actividad en el país por encima del promedio mundial, tal diferencia será mochada porque funge de canario en la mina: la movilidad internacional del capital hará que ingresen capitales, se expanda esa actividad, y eso ocurrirá hasta que se obtenga la ganancia normal.
En cambio, la determinación de los salarios es un proceso más político que económico. Sus variaciones expresan las fluctuaciones en las relaciones de fuerza entre las clases sociales del país que se trate. Esta determinación extraeconómica, institucional, hace posible una diferenciación durable entre el precio y el valor de la fuerza de trabajo.
En el plano internacional, la multiplicidad de las tasas salariales es incompatible con la existencia de un mercado, dado que la función esencial del mercado es precisamente la de asegurar un precio para cada artículo.
Por contraste, en el caso de los salarios, esta disparidad continúa sin la menor atenuación, aun cuando en algunas épocas -como la actual- el factor trabajo disfrute de una movilidad relativamente importante, despertando las iras antimigratorias de la derecha global, alergia en Trump, trabajo a destajo del ICE, muros en varias partes del mundo y la proliferación de instalaciones destinadas por los gobiernos a retener inmigrantes a efectos de ser deportados.
Si la movilidad física de la mano de obra, incluso cuando de vez en cuando se hace muy importante, no es suficiente para lograr la igualación de los salarios, generalmente, una movilidad marginal del capital en el plano internacional resulta un hecho más que suficiente -la experiencia demuestra- para generar una bien clara tendencia hacia la igualación de la tasa de su remuneración.
Caputo y el mandamás cárdeno razonan como si existiera una relación funcional inversa entre las tasas de salarios de una región y las tasas de beneficios de la misma zona. La secuencia que imaginan es: salarios más bajos, más beneficios, más inversión. Así como los Reyes Magos son los padres, la determinación nacional del salario y la internacional de la ganancia impiden creer en la existencia de tal función, de tal secuencia.
El economista italiano Eugenio Somaini, al respecto de esta dicotomía, apunta que “mientras que los salarios divergen a lo largo de las líneas nacionales, los beneficios divergen, principalmente, a lo largo de diferentes líneas (por industria o sector), independientemente de la proporción en la que estas industrias o sectores se distribuyen entre los diferentes países y no hay alguna correlación precisa entre las razones de las variaciones de los niveles relativos de los salarios y de las variaciones de los niveles relativos de las tasas de ganancia”.
Subraya Somaini que no hay evidencia acerca de “la existencia de una brecha de las tasas de ganancia tan profunda como la de las tasas de salarios y sobre todo de una brecha en los beneficios que se correlacione de forma sistemática con la brecha en las tasas de salarios. Esto nos permite descartar la idea de que o bien las circunstancias que deprimen los salarios en un país tienden a deprimir las ganancias también, o bien que los bajos salarios de algunos países implican ‘constante y sistemáticamente’ las ganancias más altas en estos mismos países”.
Como las tasas de beneficio en orden creciente se distribuyen muy erráticamente entre los países de salarios bajos y los países de salarios altos, según lo indica Somaini, el norte de la política económica, no sólo por esta razón sino también por esta razón, se apoya en terreno firme en lo económico como expresión del sentir democrático e integrador en lo político, cuando su eje pasa por sostener la demanda efectiva. Esto significa bregar por un mercado interno cada vez más prominente. Buscar el norte de la brújula de la política económica en el aumento de la tasa de ganancia no sólo es inútil sino muy dañino y contraproducente.
¡Pero el PIB crece!
A todo esto, el PIB, que en 2024 cayó 1,34%, en 2025 se repuso y subió 4,37%. Está bien que lo hizo de la mano de la minería, el petróleo y el gas, el agro y la banca, sectores que en conjunto suman 15-16% del PIB y el resto para atrás. Pero, aun así, la afirmación hecha más arriba de que la maximización del producto corresponde a la maximización de la ganancia se vería, si no derribada, al menos relativizada.
Atendiendo a que ninguna empresa seguiría invirtiendo si las ganancias no fueran proporcionales al capital invertido, el tema está en establecer de qué producto estamos hablando. No son lo mismo el Producto Interno Bruto (PIB) que el Producto Nacional Bruto (PNB): esta segunda voz no aparece en el INDEC, o mejor dicho, aparece bajo la denominación de Ingreso Nacional Bruto (INB), habida cuenta de que producto e ingreso en las cuentas nacionales son idénticos.
Al PIB lo define el INDEC como el “valor monetario de todos los bienes y servicios finales producidos en una economía dentro de un período de tiempo determinado”. Se lo da a conocer por trimestre y por año. El INDEC “lo utiliza como el principal indicador macroeconómico para medir la evolución de la actividad económica del país”. Se suele olvidar que el PIB no cuenta la materia prima ni el consumo intermedio.
El INB, el INDEC lo obtiene “a partir de la diferencia entre el producto interno bruto a precios de mercado y la remuneración neta a factores del exterior (salarios, rentas, beneficios e intereses)”. Entonces, la diferencia entre “interno” y “nacional” es que al segundo le sumamos o restamos el saldo de lo que pagamos o cobramos del exterior en concepto de “salarios, rentas, beneficios e intereses”.
Así, es de suponer -por caso- que el PIB de Japón es menor que su PNB o INB, dado que lo que cobra por las inversiones externas y por ser acreedor externo es mayor que lo que paga por iguales conceptos. El caso argentino es a la inversa.
El INDEC hasta hoy tiene el INB calculado provisoria y nominalmente hasta 2024. Es un 2 y pico por ciento menor que el PIB. Entonces, si el PIB en 2024 cayó 1,34%, el INB lo hizo por casi 4 puntos. Si entre 2024 y 2025 la población argentina creció dos tercios de punto, entonces el crecimiento del 4,37% ni siquiera compensó el INB per cápita, siendo que empeoró la distribución del ingreso. La sensación térmica de frío es frío de verdad.
De resultas, el Toto, que ahora convenció al mandamás cárdeno de que la moneda nacional no está para escatologías y de que vale reformar la carta orgánica del Banco Central, para que este vuelva a tener como misión clave defender el valor del peso, en tanto la moneda, al no tener precio, no tiene valor -y dale con que los Reyes Magos existen-, dice que su aporte al éxito de la política agónica se materializa en el crecimiento del PIB. El punto es que, bajo las actuales condiciones, cuanto más crezca el PIB, la brecha con el INB se ampliará.
Ahora, no hay nada automático o con resultado cantado en que la malaria aguda que esa serendipia conlleva se traduzca en triunfos o fracasos de tirios o troyanos.
La suerte y la verdad en la batalla por el sentido común tienen la última palabra.