Amor a Centroamérica

En el suntuoso barrio de La Cañitas, en un edificio como todos los de ahí, con domo, con cámaras en los rincones, con un encargado que iba y venía, los verían. También era cierto que todos o casi todos los propietarios e inquilinos hacían sus propios carritreids y recibirían a domicilio sus respectivos bombones.

¿Hay algo más rico que un bombón envuelto en papel metalizado brillante, dorado, o, a veces en un fucsia estridente? La mayoría tiene cognac en el centro, bien adentro, como si esa fuera la verdadera esencia. O, no. Otros simplemente tienen dulce de leche. Son deliciosos igual. Vienen con una fantasmagoría que te hace agua la boca. Son esas cajas de cartón forradas de un color rojo fuerte con un lazo dorado, o las más antiguas, más sobrias, las redondas de metal que uno guarda adentro del placard. Estas tienen el atractivo de todo lo que perdura, de todo lo que sabés que te va a durar toda vida. Clarisa tenía dos o tres llenas de bijouterie vieja y otra con los gemelos de camisa y trabacorbatas que Eduardo, su marido, ya no usaba. Qué lástima. Cada vez que las veía, en lugar de abrirlas y mirar con afecto sus antigüedades, las hacía sonar como si fueran maracas y las volvía a depositar es su estante. “No conviene detenerse en los recuerdos”-Pensaba y le decían su marido, sus hijos y la tele. “Seguí adelante, que en la vida todo tiene etapas; es decir, todo empieza y termina, y si vos te detenés en lo que ya fue, no crecés, así que mirá para adelante”. Cómo la lastimaba esto de que todo tuviera un final como la canción de Lito Nebbia, que, en realidad es de Vox Dei, pero, bueno. Para ella, su melodía preferida era: “ojalá que esto dure para siempre, casi tanto como una eternidad…” Aunque en su casa no hubiera fotos o láminas del Diego. No, por supuesto. Había fotos de Messi. Pero este es un detalle que sobra. Lo que ella quería que durara para siempre eran las cajas de bombones que le traían todas las semanas. Era así: los miércoles, un muchacho de unos treinta se las traía en una mochila. Eran de cartón con un lazo rojo. Algunas tenían un corazoncito dorado acolchado. Eduardo despachaba al pibe a media mañana en la planta baja.

– Mejor que suba a casa. En la planta baja hay cámaras.-Pedía ella.

– No, Clarisa, mejor abajo. 

Ella tenía razón. En el suntuoso barrio de La Cañitas, en un edificio como todos los de ahí, con domo, con cámaras en los rincones, con un encargado que iba y venía, los verían. También era cierto que todos o casi todos los propietarios e inquilinos hacían sus propios carritreids y recibirían a domicilio sus respectivos bombones. ¿Se los traerían envueltitos como le gustaba a ella? No. Los recibirían con los típicos fajos blancos de banco o con las reutilizables gomitas ¿Los consumirían enseguida como ella y Eduardo, o los guardarían? Los guardarían, seguro adentro del freezer, y los sacarían cuando subieran de valor. Muy pocos harían lo que ella. A muy pocos, sólo a dos o tres, se les pondría la saliva como un agüita chocolatosa recorriendo el paladar, casi resbalando de los labios.

Apenas llegaba Eduardo con la caja, los abría y los planchaba sobre la mesa uno por uno, y la boca se le ponía así, la saliva espesita, casi que le salía el jugo por la boca. Ya lo dije.

– ¿Qué podríamos hacer? Panamá parece ser el paraíso ahora. Lo muestran por You Tube. La del quinto fue y volvió espléndida, con un color de nativa que parecía quince años menos. 

– La del quinto se operó, Clarisa. ¿No ves que a cada rato se opera?

– Sí, Edu, me doy cuenta de que se opera, pero igual, el color que tiene es bárbaro. Vayamos a lo nuestro.  Parece que ahora Panamá está muy bien.

– Y si vamos a Floripa?

– ¡Otra vez, no!

– Entonces, vayamos a Playa del Carmen.

– No, Clarisa. Me dijeron que ahora, por los sargazos, hay un olor a podrido que te asusta, que te da terror.

– Entonces, no. Pensemos mejor en Centroamérica, que es un punto más nuevo, menos conocido.

– Sí, Edu, pensemos. Costa Rica.

– Fuimos en la época de Menem.

– Tenés razón. Me había olvidado. ¿Miami?

– Seamos más originales, Clari. Además, ahí los pibes se alteran y quieren comprar todo.

– Es verdad. Miami estresa. Algún lugar más tranquilo… ¿Cancún?

– ¿Otra vez los noventa? Para eso, Acapulco, que es de nuestra infancia. Dicen que ahí también hay olor a podrido, ¿no? No, no, ¿Qué digo? No volvamos a los noventa ni a los setenta, ni a México, Gorda.

– Bueno, sigamos con Centroamérica. A ver… El Salvador tiene buenas playas, pero, no.

– ¿Nicaragua o Cuba?

– ¿Con los chicos? ¿Estás loco, Eduardo? ¿Cómo se te puede ocurrir? Si sabés que hay demasiado comunismo. Los pibes no pueden ver eso.

– ¡Cómo me gustás cuando te ponés energética con los bombones!

– Es que me los trajiste a precio muy bajo. Y cuanto más baratitos, más ricos, más dulzones.

– Y mirá que ahora no cuestan nada. Salen menos que medio kilo de pan.

– ¿Menos que un chocolate chiquito de kiosko?

– Menos.

– ¿Menos que un café chico en Recoleta?

– Menos.

– ¿Menos que quince fotocopias?

– Menos.

– ¿Menos que un paquete de escarbadientes?

– Menos.

– Mejor.

– Clari, tendríamos que darles algunos a tu hermana. Ella los usa para pagar la luz o el gas.

– Y, bueno. Ella quiso ser psicopedagoga. Hubiera estudiado algo más útil, ¿Qué querés? Ahora está despedida, y es lógico…  Ay, me hacés conmover. .. Está bien. Le voy a dar…unos mil. O dos mil.

– Con dos estará bien. No le muestres la caja. No seas ostentosa.

– Ella ya sabe que a mí me vienen en caja de bombones.

– A ella no se le haría agua la boca como a vos.

– Y, no.

– ¿Y si la invitamos?

– ¿Estás loco? La flaca está en otra cosa, ya sabés. Vive en otro mundo. Y me recuerda todo el tiempo a Lito Nebbia. Me dice que todo termina. Que pronto voy a tener que duelar estos bombones baratos, que este sabor dulzón se volverá salobre, que estos bombones no son eternos. Démosle los mil y que recomponga su vida. Y que sea agradecida.

– Bueno, bichita, vos siempre tenés razón y buen corazón… Volvamos a lo nuestro. ¿Punta Cana? ¿Panamá?

– O las Bahamas otra vez. Ahí volvería.

– O Jamaica.

– Honduras, no. Guatemala, tampoco.

– Entonces nos quedan Jamaica, Dominicana, Bahamas, Panamá.

– ¿Y si hacemos una votación con los chicos?

– Mejor, vayamos sin los chicos alguna vez, mi bichita.

– Sí, mi amor. Vayamos solos. Tenemos cuatro países para elegir. Pero viajemos con las cajas. Con el lazo y el corazón. Porque amamos Centroamérica.

– Sí, mi bichita. Centroamérica es nuestro resort.

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