Ni amor sin barreras ni la dama de Shanghai

La fe de la clase dirigente argentina en el librecambio, contrasta con la historia de proteccionismo global y sugiere que esta postura agravará la calidad de vida de los ciudadanos. 

El grueso de la clase dirigente argentina en general, y el gobierno que encabeza el hermano de la Karina en particular, son feligreses de la religión del librecambio. Los matices que los diferencian los pigmentan meras controversias instrumentales generadas por distintos criterios de cómo y a qué velocidad llevar adelante la apertura.

Son rasgos atávicos muy singulares en un mundo perennemente proteccionista. Ya Aristóteles en el siglo IV a. C., recomendaban que “en relación con su comercio la ciudad la polis (la ciudad) no debe pensar más que en sí misma, y nunca en los otros pueblos”.

El muy mercantilista ministro de Luis XIV Jean-Baptiste Colbert, que en siglo XVII unificó el Estado francés, se tomó tan en serio esa observación del estagirita que asimilaba a la guerra las prácticas del comercio exterior. Hablando en plata: victoria de uno significa la derrota de otro.

Los mercantilistas “ortodoxos” del siglo XVI y XVII se manifestaban aún con más franqueza. Farbonnais, les reprochaba a los europeos y sobre todo a los ingleses el haber permitido que sean establecidos ingenios azucareros en las colonias. Consignaba al respecto que “Es una ley extraída de la naturaleza misma de las colonias que en ellas no debe haber ninguna cultura, ningún arte que pueda ponerse a competir con las artes y las culturas de la metrópoli”. 

Terrón más, semiconductores menos, Donald Trump, el POTUS 47 (President of the United States) puso en negro sobre blanco que la fe por el libre comercio nunca pasó de una abnegada careta para ataviarse como se debe en el carnaval del más rudo mercantilismo global. Verdad, había reglas para que nadie se pasara de listo. Ese tablero fue el que pateó –con ganas- el POTUS 47 y puso a todos los incumbidos en alerta máxima y encule no menor. 

La observación de ciertos datos de la tendencias de fondo en la acumulación a escala mundial y sus conexiones con los hechos de la coyuntura, sugieren que el librecambismo militante del grueso de la clase dirigente argentina, y su anti desarrollismo implícito y explícito, está para amplificar en gran forma el deterioro del nivel de vida los argentinos de a pie. 

Algunas almas –muy bellas- creen haber encontrado el Santo Grial al proponer como alternativa al amor sin barreras comerciales, que los cárdenos buscan afanosamente con el POTUS 47, al cariño hacia China, alegando que en el primer caso el non sequitur se debe a que somos competitivos (producimos las mismas cosas) y en el segundo, el cariño emana de que somos complementarios. 

“Complementarios”, en criollo significa que a cambio de sus bienes industriales de todo tipo, nosotros les exportamos materias primas agropecuarias y minerales. Más allá de que éste es el mismo perro de siempre con otro collar, sus farautes criollos parece que no han caído en la cuenta de que la manufactura china a bajos salarios, con la que el capitalismo norteamericano quiso elevar su prominencia, al salirse de mambo no solo es una cuestión que le dio sentido (malo o bueno es otro cantar) al POTUS 47, sino que impide acuerdos comerciales razonables en todo el mundo. 

Los chinos tienen para ofrecer todo tipo de manufacturas baratas a cambio de materias primas, de manera que los acuerdos comerciales no pueden ser más que muy, pero muy acotados y enfocado en las inversiones, si lo que se pretende es la ampliación del mercado interno. Es un contrasentido criticar el amor sin barreras de los cárdenos con el POTUS 47 y al mismo tiempo propugnar una remake de “La dama de Shanghái”. 

Y por otro lado, ¿ómo reaccionará la Donroe (la Doctrina Monroe de Donald) si se le viene encima una recesión complicada como la que puebla con nubes grises el horizonte? Es presumible que esa respuesta vaya bastante más allá de la compadreada con Venezuela.

En cualquier caso, el colectivo cárdeno que ha puesto al hermano de la Karina manejando el gobierno argentino tiene el secreto y ya sabe la respuesta: lo que guste mandar al POTUS 47, lo que no se contradice con la fe proteccionista del segundo y los fervores librecambistas de los primeros. Al contrario, son el roto para el descocido. Son el uno para el otro.

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