La Corte Suprema le sacó su arma favorita, que es la utilización instantánea de las herramientas para construir poder, dentro y fuera de su país. Mientras, las flotas rodean a Irán y Cuba sufre un bloqueo naval.
La Corte Suprema de Justicia, la que Donald Trump logró llenar de derechistas, la que permitió que el aborto desaparezca de los estados bíblicos de la Unión, acaba de fallarle en contra en el tema de las tarifas a la importación. Fue un insulto, y el Presidente Naranja llamó a una conferencia de prensa y los mandó a la mierda: perros falderos, imbéciles, dominados por intereses extranjeros, ignorantes de la constitución, una vergüenza nacional, desleales, faltos de patriotismo, un papelón para sus propias familias.
El único que se salvó fue Brett Kavanaugh, que escribió el fallo disidente que firmaron otros dos jueces: él es “un genio”.
El mundo ya sabe cómo se pone Trump cuando lo contradicen, como un púber caprichoso y malcriado. Pero estas cataratas de insultos entre poderes del Estado no eran usuales por el Norte, al menos en público. Hay que entender, sin embargo, la furia presidencial, ya que eso de imponer tarifas, de subirlas y bajarlas en una frase o un tweet, es una manera de ejercer el poder instantáneo e intimidante. Ya no va a poder.
El error fue utilizar una oscura ley de 1977 e interpretarla como que le daba al Ejecutivo el poder de imponer tarifas. Resulta que la constitución le deja al Legislativo la exclusividad de imponer impuestos, sean internos como al comercio exterior. El caso que la Corte decidió este viernes es justamente sobre eso, el conflicto constitucional entre poderes. Y eso que los legisladores, mayoritariamente de derecha, no se quejaban. “El presidente afirma tener poderes extraordinarios para imponer impuestos de importación unilateralmente, sin límites de monto, duración o aplicación”, dice el fallo; “a la luz del uso, historia y contexto de esa autoridad que afirma tener, en realidad debería tener una clara autorización del Congreso para ejercerla”.
Con lo que el primer camino que le queda a Trump es que sus legisladores pasen una ley dándole una autoridad, lo que puede tomar semanas y significa pedir permiso para hacer algo que él considera parte esencial de sus poderes. Difícil que ocurra…
Lo que el mismo viernes dijo es que va a usar otra ley olvidada, la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974. Según los minions presidenciales, esto le da autoridad para poner un diez por ciento de impuestos a la importación. ¿Por qué el dieguito y no otro número? Porque la ley fue pasada por los republicanos para blanquear el decreto de Richard Nixon, que en 1971 había puesto una tarifa general de diez puntos. Los considerandos de la ley la definen como una herramienta para solucionar “problemas de pagos internacionales fundamentales”, esto es, déficits que se fueron de madre.
La misma ley, en su Sección 301, le permite al Ejecutivo abrir investigaciones sobre malas prácticas, como el dumping o el manejo de divisas, que podrían resultar en más impuestos.
Otra herramienta es la Sección 232 de la Ley de Expansión del Comercio, que tiene un límite y un caramelo atractivo: el límite es que no habla de países sino de productos, el atractivo es que permite sancionar y tarifar bajo esa amplia frazada de “la seguridad nacional”. Eso es, metales, coches, tecnología y lo que se les ocurra que los malevolentes extranjeros ponen en peligro.
Un detalle nada menor es qué va a pasar con los 200.000 millones de dólares que ya se cobraron como impuestos de importación bajo los decretos presidenciales. Cientos de empresas ya tienen preparadas las demandas, que van a llover el lunes, para que les devuelvan lo pagado. El rompecabezas es quién tiene derecho a la devolución, que no se aplica si los importadores aumentaron sus precios al consumidor. ¿Vendrán luego millones de demandas de consumidores?
Y, claro, está la furia presidencial y la confusión en los mercados mundiales, que ya no saben cuánto cuesta venderle algo a los primos del Norte. En cinco semanas, Trump se reúne con Xi Jingping, el gran afectado por los aranceles…
Para la guerra
Hay que desear que la bronca le dure poco a Trump, porque este fin de semana va a tener todas las piezas en el tablero para atacar a Irán. Ya hay destructores misilísticos en el Mediterráneo y el Mar Rojo, fragatas en el Estrecho de Ormuz, escuadrillas aéreas en Jordania y los Emiratos, y, factor supremo, el portaaviones nuclear USS Lincoln con su fuerza de combate rodeándolo. Los israelíes llevan semanas en alerta para participar en el ataque y para tratar de atajar una andanada iraní de misiles, mientras los árabes tratan de calmar las aguas porque ya se ven venir una guerra regional donde los ayatolás bombardeen Jordania y los Emiratos.
Sólo falta que llegue otro portaaviones, el Gerald Ford, y desembarquen más tropas y baterías de misiles para que el arma esté cargada y amartillada.
La situación es producto de la profunda desconfianza de los norteamericanos a todo lo que digan los iraníes, y de la impaciencia de Trump. El Presidente Naranja aceptó que hubiera un diálogo, indirecto y mediado, en Ginebra, pero en ningún momento lo levantó como herramienta de paz. Sus demandas fueron absolutas, que Irán abandone todo enriquecimiento de uranio, para uso pacífico o militar, o los van a bombardear. Ni más, ni menos. Y los israelíes agregaron, sin que nadie los mande callar, que tampoco tengan más misiles.
Es básicamente imposible defender la teocracia arbitraria de los ayatolás, una de las peores tiranías en el mundo y seguramente la más ridículas. Hace poquito, las sanciones internacionales terminaron de pulverizar la moneda nacional y el país entró en una espiral inflacionaria de las que conocemos por acá. El pueblo iraní salió a protestar como nunca, exigiendo cambios y avisando que no se creen eso de ser potencia militar pero no tener ni para comer, a la coreana del norte. El régimen mató a miles, se chupó a más y los torturó en el nombre de dios.
Pero andar bombardeando países ajenos es jugar con las vidas de muchos para quedar bien en la tele, es matar a quien no tiene la culpa, es completamente negativo. La misma gente que salió a protestar ¿ahora va a recibir misilazos por la cabeza? Ni hablar de que nadie en Washington tiene la menor idea de qué hacer después con Irán: ¿dejarlo como Venezuela? ¿ocuparlo? ¿tomar nada más que los campos petroleros? ¿hacer la gran Afganistán y ver si surge una democracia? ¿o hacer como le gusta a Benjamín Netanyahu y dejarlos que se pudran en el caos?
Trump hizo campaña en 2024 prometiendo un fin a las guerras constantes, pero ya van siete campañas militares en un año, con esta la octava y la segunda contra Irán. Hace ocho meses, el norteamericano y su controlador israelí bombardearon con gusto las plantas y laboratorios nucleares hasta que Trump pudo decir que las habían “borrado”. Ahora vuelve al mismo registro, extendido a liquidar la capacidad estratégica iraní.
El republicano hizo una fuerte campaña prometiendo terminar con las “guerras eternas” y en su primer gobierno terminó con la interminable ocupación de Afganistán. Esto le ganó buenos votos en la famosa “base”, proletaria y conservadora, que es la que pone los soldados y se banca los muertos. Trump sabe que ese sector no se va a enojar si bombardea y destruye sin bajas, sin muertos propios. Es la guerra por televisión, sin funerales en casa.
Pero las contradicciones son espectaculares. Ni Trump, ni su canciller Marco Rubio, ni el vice J.D. Vance, ni los militares mencionan a Corea del Norte. Si es por el peligro nuclear, los Kim ya tienen unas sesenta bombas atómicas e invierten lo que no tienen en producir misiles que lleguen a California.
El constante palabrerío del Hombre Naranja no deja ver claramente cuál es la estrategia, qué intereses reales sirve. Hay un punto, sin embargo, que se suma al secuestro de Nicolás Maduro, el de mostrar la absoluta superioridad militar norteamericana. Es la gran herramienta de chantaje de Trump que, se sabe, es un bully.
Por ejemplo, con Cuba. El portaaviones Gerald Ford dejó el Caribe para ir al Mediterráneo a amenazar Irán, pero el resto de la flota sigue rodeando la isla. Es un bloqueo, aunque Washington se niega a usar la palabra. Los buques petroleros cubanos están encerrados en sus puertos y los pocos que se arriesgan a llevar crudo o gasolina son atajados por la flota norteamericana. Los últimos dos casos fueron de buques que venían de Colombia y de Curazao.
México, que históricamente rescataba a Cuba en sus crisis, fue amedrentado por la amenaza, por decreto oficial, de tarifas de importación si intervenía. Venezuela, aliado histórico, fue cancelada por el secuestro de su presidente.
Con lo que las luces se van apagando en la isla, que ya tiene cortes programados y cuenta los barriles que le quedan.
Negocios en Rusia
Trump viene diciendo que si su estimado Vladimir Putin termina la guerra en Ucrania, los negocios “van a ser fantásticos”. Tanto lo dijo, tanto lo repitió, que ya empezó a ocurrir, con la guerra en marcha y Moscú duro a la hora de negociar con Kiev. Esta semana se supo que el inversor norteamericano Gentry Beach, tejano y al frente de un poderoso fondo especializado en energía, firmó un contrato con la rusa Novatek para desarrollar pozos de gas en Alaska.
Novatek es la mayor compañía de energía de Rusia y ahora va a operar en territorio norteamericano.
Mientras Volodimir Zelensky se come la boina de bronca, Beach explicó que el negocio es simplemente eso, un negocio, sin connotaciones políticas. Y agregó que si Trump es “transaccional”, no veía por qué él no podía serlo.
Los rusos son especialistas en exploración y desarrollo de yacimientos en las muy complicadas condiciones de Siberia. Lo que van a llevar a Alaska son sus estructuras gravitacionales, un tipo de construcción que literalmente flota sobre el permafrost. Novatek inventó esta tecnología para procesar el gas en zonas remotas y embarcarlos en buques tanque blindados como rompehielos. Una idea sería instalar estas terminales en la costa norte de Alaska y exportar el gas directamente, sin necesidad de hacer un gasoducto de más de mil kilómetros a la cosa sur, libre de hielo.
Ni los rusos ni el norteamericano comentaron sobre el tamaño, el monto, del negocio, pero este tipo de desarrollos cuesta cientos de millones. Novatek y sus muy ricos gerentes fueron sancionados por Europa y Canadá, pero no por Estados Unidos.
El inversor Beach es amigo de los Trump y fue uno de los gerentes de la fastuosa fiesta de asunción presidencial el año pasado. Las principales marcas norteamericanas, que hasta la invasión de Ucrania veían a Rusia como un jugoso mercado emergente, se retiraron y cerraron sus instalaciones por el riesgo político y para no ser potenciales rehenes de Putin. Que alguien arriesgue un negocio de esta escala con los rusos es una muestra de fuertes conexiones políticas.