La derecha se agrandó con los buenos números de Jair Bolsonaro, y quiere otro Lava Jato mediático por la corrupción. Los evangelistas preparan una demostración de fuerza electoral.
Un fantasma recorre Brasil, el fantasma del Lava Jato, la operación anticorrupción que terminó tras años de espectáculo revelada como un gran circo mediático y manipulado. Entre sus víctimas, el ahora presidente Lula da Silva, preso dos años y liberado sin disculpas, por falta de pruebas. Y el pueblo brasileño, que vio un golpe cívico que se cargó a la presidenta electa democráticamente y quedó en manos de una derecha ajustadora y corrupta que le abrió el camino al bolsonarismo.
Entre nosotros, Lava Jato se llama Que se vayan todos. Es el mismo espíritu y práctica que fomenta la desconfianza contra todos, y permite que gane “alguien de afuera”. Como Jair Bolsonaro y Javier Milei.
En este año electoral en Brasil, el fuelle para fogonear la desconfianza es el caso del Banco Master, una entidad trucha y especulativa que logró atraer fondos oficiales de municipios, gobernaciones y hasta jubilatorios federales. El banco, claro, quebró y dejó un lindo clavo de mil millones de dólares. La Policía Federal brasileña, que se modela como el FBI, hizo un trabajo de investigación enorme que reveló la cantidad de funcionarios derechistas y la mayor cantidad de legisladores de ese palo que de un modo u otro comían del banco. También encontró maravillas como que el estudio de abogados de la mujer del supremo Alexandre de Moraes -famoso por acusar y condenar a Bolsonaro- trabajaba para el Master y le facturaba grueso.
Pero las encuestas muestran que una mayoría de los votantes creen que detrás de todo está Lula…
El diario Folha de Sao Paulo, que es genéticamente antipetista, publicó el domingo pasado una declaración de guerra contra Lula en la forma de un editorial en el lugar principal de su tapa. La pieza elogia a las “fuentes” de la Federal que le dieron letra a “periodistas profesionales” y permitieron “revelar lo que se quería ocultar”. Por ejemplo, lo de la mujer de Moraes, o el tamaño del clavo que dejó el banco y -aquí viene la perlita- “los indicios de la conexión entre la estafa y un hijo del presidente de la República”.
Este hijo viene a ser Lulinha, que entregó voluntariamente sus celulares y computadoras para demostrar que no tuvo nada que ver con el caso. Pasan los días, y nada aparece en esos aparatos.
Se nota que Jair Bolsonaro le anda empatando a Lula en la intención de voto. En diciembre, cuando decidió su candidatura, el hijo del ex presidente preso por golpista tenía 36 por ciento y el presidente 51. Ahora están ambos en los bajos cuarenta, empate técnico.
Mientras tanto
Lula tiene que gobernar el país, en medio de una guerra en Medio Oriente y con el barril de crudo por arriba de los cien dólares, el precio más alto desde 2022. La respuesta fue rápida, con una baja de impuestos del diesel, esencial para el transporte y todavía para la generación de energía, y un subsidio a las importaciones y la producción local. El problema es que Brasil no está muy fuerte presupuestariamente, con lo que el esquema se va a financiar con un impuesto especial a la exportación de petróleo. La derecha ya puso el grito en el cielo, pero los precios siguen bajo control.
Lo que la derecha está aceptando, resignada, es la reforma laboral que propuso el gobierno, que liquida la semana de seis días y reduce, al fin, la jornada semanal a cuarenta horas. Un extraordinario 71 por ciento de los consultados en todas las encuestas aprueban la idea, y apenas un 27 la rechaza. En diciembre, cuando se lanzó la idea, los números eran del 64 y el 33 por ciento, respectivamente. Lo curioso es que no se trata de ventajas personales: el 66 por ciento de los encuestados dijo que trabaja cuarenta horas o menos por semana, con lo que no son afectados. Estos números blindan el proyecto de ley en un año electoralísimo.
Y hablando de elecciones, hay un debate interno en el PT sobre cuándo, cuánto y cómo cruzar a Jair en la naciente disputa. Un bando propone salir con todo y ahora mismo, mientras otros proponen esperar al mes que viene, Los segundos observan, tal vez con más esperanza que análisis, que es posible que el hijo presidencial se baje a favor de otro candidato.
Lo que parece que está definido es que el ministro de Economía Fernando Haddad sea candidato a gobernador de San Pablo. El funcionario ya está hablando bastante mal de su futuro rival, el actual gobernador Tarcisio de Freitas, que era un presidenciable de la derecha hasta que Flavio oficializó su candidatura. Los dos ya se combatieron en 2022, cuando Freitas le ganó a Haddad pero el ahora ministro arrastró los suficientes votos en la elección para que Lula ganara la presidencial.
La campaña va a ser distinta: hace cuatro años, todo era polarización entre Bolsonaro y Lula, esta vez es un combate de trayectorias entre el gobernador derechista y el ministro progresista. Haddad todavía no admite que será candidato, pero le dedica críticas a Freitas, que ya mostró su irritación y contestó con sus propias pataditas.
El gigante
Otro factor enorme en la elección del cuatro de octubre está dando señales de vida, y de las fuertes. La Iglesia Universal del Reino de Dios, la mayor de las evangélicas del Brasil, prepara un super evento para el tres de abril, Viernes Santo. La movida se llama La familia al pie de la cruz y consiste en actos simultáneos en los estadios de futbol más grandes del país: el Maracaná carioca, los Neo Química Arena y Pacaembú paulistas, el Mané Garrincha de Brasilia, el Arena do Gremio gaúcho, el bahiano Fonte Nova, el mineiro Independencia, el pernambucano Mangueirao y el Albertao de Piauí. Es una demostración de poder económico, porque se trata de algunos millones de dólares en alquileres.
Y también un mensaje político de un sector que siente que los políticos lo ignoran. El partido derechoso Republicanos, al que pertenece el paulista Freitas, es comandado por el diputado y obispo de la Iglesia Marcos Pereira. Y el obispo Renato Cardoso, yerno del fundador Edir Macedo y organizador el evento, es un conocido operador político con excelentes contactos en la derecha. No extraña, ya que el 61 por ciento de los parroquianos de la Iglesia rechazan a Lula, haga lo que haga.
Pero más allá del derechismo conservador de la organización, la verdadera bronca es que ni los bolsonaristas ni los armadores petistas le hicieron mimos, todos ocupados en atraer aliados en los sectores moderados que en Brasil llaman el Centrón. Es muy probable que el Viernes Santo sea también una manera de mostrar convocatoria, con cientos de miles de votantes movilizados y sensibles a las recomendaciones obispales.
Crimen
Como ya es un clásico, la derecha brasileña está volviendo a proponer bajar la edad de imputabilidad, que por allá resiste en los 18 años. El nuevo ejemplo que citan es nuestro Javier Milei, que la bajó del ya dudoso nivel de 16 años a 14. A nadie le importa que no haya resultados a la vista, la cosa es sonar duro y “ley y orden”.
Los estudios muestran otra cosa. Uno que acaba de publicarse muestra que, para variar, el tema pasa por la pobreza y la desesperación. El trabajo descubrió que tener un hijo en Brasil antes de cumplir 25 años aumenta en un 18 por ciento la posibilidad de que el padre del bebé cometa delitos. Esto es, padres muy jóvenes que no tienen recursos y delinquen, sin haberlo hecho nunca, para mantener al bebé. Este tipo de delito es el cinco por ciento de todos los cometidos en Brasil cada año.
Los autores -Breno Sampaio de la Universidad Federal de Pernambuco, Diogo Britto y Paolo Pinotti de la Bocconi de Italia, y Roberto Hsu Rocha de la de California en Berkeley, todos economistas- usaron los datos del Catastro Unico de crímenes de los tribunales de primera instancia, entre los años 2009 y 2020. Un ejemplo que dieron como paradigma, es el de un empleado de 21 años en la carnicería de un supermercado paulista, que fue detenido por robar pequeños cortes de carne, leche en polvo y pañales.
En contraste, en países como Noruega o Estados Unidos la tendencia a cometer crímenes cae y mucho con el nacimiento del primer hijo.
Estos padres jovencísimos son un caso especial del universo judicial juvenil en Brasil. Por allá también impera la idea de que la justicia no hace nada con los chicos delincuentes, un mito de notable durabilidad pese a las evidencias en contrario. En 1991, Brasil creó un régimen judicial especializado que le da prisión efectiva a los menores, pero no les quita sus derechos básicos, constitucionales, de alimentación y educación. Los centros de detención son escuelas y talleres que cuando son bien llevados dan resultados excelentes. En Bahía, el PT puso mucha energía en el sistema y resultó que un veinte por ciento de los chicos liberados fueron a la facultad, y el sistema carcelario mandó un equipo que se lució en las Olimpíadas Matemáticas.
Esto combina humanidad con rigor, porque los pibes se comen hasta tres años detenidos y pueden seguir varios años más con seguimiento social, tareas comunitarias y otros tipos de control. Pero la cosa funciona, como indica la tasa de recidivismo del veinte por ciento entre los más jóvenes, que es la mitad de la de los adultos. Entre los chicos que van a cárceles comunes, la mejor salida laboral es entrenar como soldados del narcotráfico.
Por supuesto, todo esto es para chicos pobres, negros o marrones, que los blancos de clase media tienen otro trato y tienen abogados. Lo mismo ocurre en casos de violencia policial, donde cada año mueren baleados doscientos pibes de entre doce y dieciocho años. Todas estas víctimas son pobres, negras o marrones.