El 4 de octubre son las elecciones presidenciales en Brasil. En abril es el cierre de listas, pero lo único que hay claro es que Lula da Silva va a ir por un cuarto período. El resto está en el aire, con los contadores de porotos electorales haciendo sus cuentas y todas las fuerzas maquinando cálculos, midiendo imágenes, mezclando el mazo.
Flavio Bolsonaro, el hijo senador del detenido ex presidente y golpista Jair, subió en las encuestas y está segundo, arrimándose a Lula. Esto no significa que tenga chances de ganar, pero sí que le arruinó al resto de la derecha la chance de presentar otro candidato, como tantos ambicionaban. Ilusiones del viejo y de la vieja, diría el tango: el gobernador Ratinho Jr, el mejor colocado, arrima un ocho o a veces un diez por ciento de intenciones de voto. Si hay una “tercera vía”, va directo al papelón.
Claro que esto son encuestas y las elecciones se ganan el día que se vota. La supremacía de Flavio en el sector de la derecha tiene su lado problemático, ya que las muy poderosas elites provinciales se concentran en renovar sus senadores y diputados, fuente de su poder, y no en apoyar a un candidato que sea de la liga, como Bolsonaro. Flavio sabe que no gana si no le lima el voto a Lula en el Nordeste, su reducto, pero las derechas locales no se energizaron con su candidatura y le anda costando hasta armar actos.
A Lula le pasa lo mismo, pero en el sur. En el mapa electoral brasileño, la derecha está en casa en estados como San Pablo y Río, de lejos los más poblados. El truco, para la alianza progresista del presidente, es arrastrar la mayor cantidad de votos posibles en las presidenciales presentando candidatos atractivos para gobernador e intendente de las grandes urbes. Perderán, pero arrastrarán votos para Lula, como quedó demostrado matemáticamente en 2022.
La primera consecuencia de la afirmación de Flavio es que ya se habla abiertamente en cambiar el candidato a vice. Gerardo Alckmin, del moderado PSB que aportó votantes más conservadores al PT, no repetiría e iría de candidato a gobernador carioca. Y el ministro de Hacienda Fernando Haddad haría el mismo sacrificio en San Pablo, el mayor colegio electoral de la federación. El tema es ver si estas dos figuras aceptan ir al muere por la causa. Alckmin ni siquiera es petista y Haddad ya fue sacrificado tres veces, perdiendo la reelección como intendente paulista en 2016, contra Bolsonaro en 2018 y como gobernador de San Pablo en 2022.
Hay que ver qué le prometen a Haddad para que se someta otra vez a esta trituradora.
Mientras, Lula viajó a la India y a Corea del Sur el mismo martes en que terminó el Carnaval. Una parte central de la agenda es coordinar con Nueva Delhi el tema de las tierras raras. Es que los dos países, juntos, tienen la segunda reserva conocida de ese valioso recurso, sólo superada por China. Es un flor de caramelo, porque los indios tienen la misma preocupación de los brasileños, la de no exportar apenas un recurso natural, como se hace siempre, sino procesarlo en el país para ganar mejor y generar tecnología propia.
Es también un gesto hacia adentro, además de una estrategia internacional. El estado brasileño está carcomido de bolsonaristas y sectores enteros responden a grupos tradicionales de la economía primaria. El ministerio de Minas y Energía publicó una estrategia hacia las tierras raras que contradice completamente lo que Lula está hablando con Narendra Modi. Peor, la derecha casi pasa una Política Nacional de Minerales totalmente extractivista, que fue abiertamente apoyada por el sector minero y la embajada de Estados Unidos en Brasilia. El lobby es tan poderoso que el gobernador de Goiás, Ronaldo Caiado, negocia sus importantes reservas directamente con Washington.
Corea es la segunda parada y la agenda incluye, como siempre, inversiones pero además el tema de la inteligencia artificial y de desarrollar un intercambio estratégico. Brasil, India y Corea comparten la preocupación con el coloso chino, que se consolida como el principal mercado de tantísimos países. Todos quieren diversificar socios.
El tercer viaje, todavía en veremos, sería en marzo a Washington. Donald Trump hizo una invitación que todavía hay que formalizar y sería una oportunidad para darle al Presidente Naranja una de cal y una de arena: ojo con las tierras raras, pero hablemos de cómo salvarnos de China. Trump hasta creó un fondo especial para comprar tierras raras a cualquiera que prometa mantener su distancia de los chinos.
El escándalo
Los mercados financieros cada tanto largan una cañita voladora, una entidad que aparece como de la nada y da una luz brillante. El año pasado terminó su rápido arco el Banco Master, que había pasado de la nada a ser un favorito de grandes inversores en un par de años. Luego, quebró y dejó un tendal sospechoso y sospechado: había demasiados políticos, hasta ahora todos de derecha, dirigiendo inversiones públicas al Master.
Esta semana, el escándalo subió un escalón y se cargó a un ministro del Supremo Tribunal Federal.
El nombre en el centro del escándalo es el banquero Daniel Vorcaro, un hombre con muchísimos amigos. Entre ellos, descubrió el análisis de sus celulares, el Supremo Dias Toffoli, que nada casualmente tenía el caso del Master. La Corte hizo un plenario y le sacó la causa, pero sin hacer el menor comentario sobre su relación con el acusado -mensajitos casi diarios, mucha intimidad- ni censurarlo.
La única sorpresa en el tema fue que el Tribunal hiciera algo al respecto, pero no que lo hiciera casi en silencio. Hace rato que quedó en claro que los Supremos hicieron un pacto de protección mutua que ya es público e indignante. El prestigio que la corte ganó con el proceso y la condena de Jair Bolsonaro se está perdiendo, y todo vuelve a la normalidad en una entidad pública tan comprometida como otras.
Es que la prosperidad del Master se basó en los favores que le hicieron municipios y estados, y el fuerte apoyo a su crecimiento en el Congreso. Los dos únicos partidos que apoyaron al supremo apartado fueron los derechistas Partido Progresista y Unión Brasil, que están hasta los codos en la trama del banco. En el Congreso, la derecha protegió a Vorcaro y su banco de investigaciones y regulaciones. A nadie le extrañó que la protección llegara a la Corte Suprema.
El caso dejó la pregunta inquietante de qué más sabe la Policía Federal. Fuentes oficialista dejaron saber que hay mucho más y que los federales están siguiendo los pagos del Master a senadores y funcionarios. Los supremos y varios derechistas creen que los federales son usados políticamente por el gobierno para llevar agua a su molino.
La prisión
Este contexto puede explicar la mejora de relaciones entre la Corte y el bolsonarismo, que se daba por destruida después del vandalismo de su sede en el recordado enero de 2023. En lo que va del año se vio entrar y salir de las oficinas judiciales a conocidos referentes de la ultraderecha, visitas cordiales y todas con el objetivo de lograr que el ex presidente golpista tenga prisión domiciliar. Bolsonaro estaba en casa y con tobillera hasta noviembre del año pasado, cuando trató de sacársela con un cuchillo. Su némesis, el ministro de la Corte Alexandre de Moraes, lo mandó a prisión el 22 de noviembre, a una celda de la Superintendencia de Policía Federal en Brasilia.
Pero Bolsonaro tiene problemas de salud y fue trasladado a la sede del Batallón de la Policía Militar de la capital, la Papudinha, donde le dieron una suerte de suite con baño privado. El mismo argumento es esgrimido para mandarlo a casa por los dos punteros de la movida, la esposa del preso Michele y el gobernador paulista Tarcisio de Freitas, quien se sabe que ya llamó a cuatro ministros del tribunal.
Militarizadas
Para ver con qué tipo de derecha tiene que lidiar Lula, basta recordar el invento de las “escuelas militarizadas” de San Pablo, imitadas en otros estados. Con la excusa del bajo rendimiento académico de los alumnos, la idea era imponer “disciplina” con pelos rapados, uniformes de fajina y actos matinales donde los chicos se cuadran y saludan a la bandera. Esto cuesta un dineral y nunca tuvo el menor sustento técnico, pero es el tipo de cosas que le gusta a la gente de orden y fue una exitosa promesa electoral del gobernador paulista Tarcisio de Freitas.
Pues la semana pasada, la justicia paulista suspendió buena parte de las reglas impuestas en estas escuelas, particularmente las que hacen a las rapadas, por lesar los derechos de los alumnos. El notable fallo hasta dice que ordenar cortes a la militar impide que comunidades como la afrobrasileña o la LGBT se expresen a través del pelo. Además, la Policía Militar del estado no puede más “entrenar” a los chicos, apenas cuidar la seguridad de los colegios.
El compañero ideológico de Freitas, Ratinho Jr, gobernador de Paraná, ya había tenido que limitar sus escuelas militarizadas después que la familia de un estudiante negro lograra un amparo por sus trenzas rasta.
Esclavos
Y para ver qué tipo de país tiene que cambiar Lula, basta leer el reciente informe de la Clínica de Trabajo Esclavo y Tráfico de Personas de la Universidad Federal de Minas Gerais. Es notable que exista una unidad académica semejante, que no se dedica al tráfico sexual, como nos sugiere el título a los argentinos. No, lo de esclavo es literal, con cadenas y todos.
Brasil fue el último país de las Américas en abolir la esclavitud, en 1888 y con la Ley Aurea, firmada por la princesa Isabel, que le costó el trono a los Braganza. Según el informe, en los últimos 25 años hubo 4.300 personas denunciadas por esclavizar a sus prójimos, infringiendo del artículo 149 del Código Penal. El centro del problema, dicen los académicos, es la impunidad: apenas el 7,3 por ciento, 327 acusados, fueron condenados. Peor todavía, sólo 106 de los condenados recibieron penas de cuatro o más años, lo que da prisión efectiva. El resto se fue a casa con una condicional.
Esta esclavitud moderna, más rural que urbana, afectó a por lo menos veinte mil personas. Claro que estos números son los de los casos que llegaron a la policía; todo el mundo asume que hay muchísimos más. La justicia tampoco se lució, porque el tiempo promedio para que una causa llegue a una conclusión es de casi ocho años.