Los iluminados juegan al camino fácil y de tiro corto que nos mantiene en el barro del subdesarrollo con malísimos índices de calidad de vida, educación y salud. Están Por un lado, están los aperturistas de variado pelo, encandilados por la simplificación de que necesitamos dólares. No tienen en cuenta que ya somos una sociedad compleja de casi 50 millones. Y están los conformistas que se asumen a sí mismos como redentores sociales que creen que basta con distribuir lo que tenemos para establecer la justicia social.
Entre las falsas opciones con que se nos pretende encerrar en un debate distractivo está la estigmatización de toda política social para inventar una aglomeración de individuos que no construyen en común su destino. Lo social no es un capítulo de costes marginales, sino la sustancia de un programa que establezca la solidaridad y el trabajo mancomunado como factores de integración nacional.
Designar como socialismo o comunismo a todo lo que no sea desregulación obtusa es un grosero intento de condicionar y achicar el debate sobre el porvenir de la Argentina, pero que no ocurre lamentablemente sólo en estas playas. Tienen un forzado respaldo en las operaciones ideológicas que se imponen hoy en la cultura de masas en una parte muy amplia del planeta.
El actual estado de avance en la productividad ha dado lugar en las últimas décadas a vigorosos procesos de acumulación, inéditos en la historia humana, con la particularidad de generar una casta de superricos que controlan no sólo procesos de innovación y generación de bienes y dominio financiero sino que, además, entran frecuentemente en contradicción con los intereses de diversos grupos sociales al interior de los países donde ejercen su dominio.
Así como no hay ejemplos históricos de grandes progresos sociales y económicos sin regulaciones estatales que promuevan la mejora comunitaria, tampoco existen hoy modelos relevantes de sistemas comunistas clásicos con la excepción de China.
La gran potencia asiática no tiene nada de arcaica pues supone una expansiva adaptación a las condiciones actualmente imperantes a nivel mundial al tiempo que mantiene un férreo control político desde el partido único donde conviven grandes empresas estatales con compañías privadas, locales o extranjeras.
A su vez, observamos una notable diversidad de adaptaciones en cada país a los presuntos principios que rigen la competencia capitalista. Con la administración Trump, el principal campeón del libre mercado, los Estados Unidos de Norteamérica, hacen gala de fuerte intervencionismo estatal en su política comercial (aranceles) y monetaria. Contradicción que los ingenuos adoradores locales de la movida neoliberal actual no registran ni procesan, simplemente adhieren con fe de creyentes.
Una vez más, como condición principal para intentar entender los procesos en curso, hay que dejar de guiarse por los relatos y mirar los hechos como premisa metodológica liminar.
Insistimos en que la competencia hoy a escala mundial no se parece en nada a los orígenes e implantación del sistema capitalista, momento en el cual existió algo parecido a la competencia perfecta más fácilmente descripta como anárquica. Ahora vivimos épocas de competencia monopólica avanzada sublimada en la abstracción financiera del capital.
Nada que no fuese intuido por los primeros grandes economistas clásicos (Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx, entre otros) que aportaron valiosos conocimientos a los procesos materiales en curso desde que el Reino Unido se impuso sobre Holanda en el dominio de los océanos tras la expansión colonial inicial que protagonizaron Portugal y España. Otros países europeos, como Francia, fueron a la zaga.
Es un lugar común (no por ello menos indispensable) señalar que aquel capitalismo mercantil colonial creó las bases para la aparición y rápida expansión de la fase industrialista desde fines del siglo XVII, tanto como la acumulación primitiva había permitido previamente expoliar a los campesinos en toda Europa hasta agotar las relaciones feudales de producción, proceso nada lineal pero no por ello menos nítido cuando se analiza con mirada larga.
Importa señalar que, en la perspectiva que plantean los desafíos del presente, desde el mismo origen histórico de lo que hoy llamamos capitalismo se estableció un dispositivo de poder de lo que Immanuel Wallerstein describe como “el moderno sistema mundial” caracterizado por naciones centrales y países periféricos sobre los que la fuerza militar y la influencia política se aplican para mantener a cada cual en su función dentro de la estructura global.
Como toda regla general tiene su particularidades y excepciones. La independencia de las trece colonias inglesas establecidas en la costa este del continente norteamericano significó un cambio en las relaciones de fuerza cuyo papel en el agotamiento de los imperios se vería mucho más tarde, cuando la nueva nación alcanzó proporciones gigantes ocupando los extremos septentrionales del debilitado Virreinato español de México y delimitando los territorios bajo dominio inglés y francés, que darían lugar al Canadá, por el norte.
Mientras los EEUU se expandían y consolidaban, la hegemonía británica pudo reinar como primera potencia mundial con sus colonias asiáticas y africanas, por un lado, y forjando relaciones comerciales muy favorables, como proveedora de productos industriales hacia los nuevos estados sudamericanos, incluyendo el Brasil independizado de su metrópoli lusitana.
La Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865) terminó de consolidar el modelo autónomo (nacional) de la potencia emergente subordinando al eje industrial la formación esclavista colonial previa y proveedora de algodón a la industria textil inglesa. Ello marcó el lento pero inexorable proceso de declinación del imperio británico.
Hay un dato que ilustra su culminación. Cuando comienza la Gran Guerra en 1914, los Estados Unidos era el país más endeudado, y cuando termina, en el 18, se habían convertido en la principal potencia acreedora. Milagro de las armas, si se prefiere ver así las cosas, pero sobre todo resultado a su vez de la nueva configuración en las relaciones centro-periferia, categoría analítica que hoy parece en desuso y está más vigente que nunca.
Con la victoria sobre el Eje en la Segunda Guerra Mundial, los EEUU asumen la preeminencia que tuvieron durante todo el siglo XX, confrontada durante medio siglo por el bloque de naciones socialistas liderado por la URSS hasta su implosión en los 90, y ahora por la expansión china durante las últimas décadas.
La decadencia argentina
En ese contexto evolutivo mundial la Argentina tuvo un momento expansivo sobre el que la mistificación está a la orden del día, al insertarse exitosamente como proveedora de carnes y granos en el dispositivo imperial inglés, como periferia próspera claro está.
Desde la primitiva articulación de los productos de la vaquería, empresa primitiva pero cabalmente capitalista (con un titular de un derecho de explotación concedido por el Cabildo que aportaba su moneda en forma de provisiones y carretas, más trabajo libre asalariado y producción para el mercado) que ya enviaba al exterior cueros y tasajo para alimentar esclavos en Brasil y el Caribe.
Fueron su continuidad los primeros grandes empresarios ganaderos, como lo eran entre otros Rosas y Urquiza, mientras crecía la ciudad-puerto y se establecía su primera burguesía comercial y bancaria.
El proceso de la Independencia, desencadenado por la invasión napoleónica a España, y la conciencia de capacidad para la autonomía que se adquirió al rechazar dos invasiones británicas alumbró la Nación Argentina, consolidada entre 1816 y 1853 en medio de sangrientas luchas civiles.
El llamado ciclo lanar en coincidencia con la exportación de granos y la aparición del buque frigorífico (1876) permitió la prosperidad que reconocemos como obra de la Generación del 80. Es muy publicitada por su impronta modernizadora, pero al mismo tiempo idealizada como modelo a seguir siendo socialmente muy injusta y de manejo reducido y oligárquico del poder. No por ello dejó de proponerse la educación de las masas inmigrantes, (ley 1420) mediante su obligatoriedad, tarea que se ampliaría con el voto universal masculino con la Ley Sáenz Peña de 1912 que llevó al Peludo a la Presidencia cuatro años después.
El impulso inicial de ampliación de la frontera productiva, aunque perdiendo ímpetu llegó hasta la crisis del 30, con momentos rentables y crisis periódicas. Luego vino la industrialización incompleta que aumentó la dependencia externa de insumos básicos, mal llamada de sustitución de importaciones, y cierta prosperidad con altibajos según se impusiera una visión integradora de la sociedad y la economía o triunfara la visión retrógrada y conservadora que sigue pensando en que la fuente de riqueza de la Argentina pasa por la exportación primaria, aún con las actualizaciones tecnológicas que se han ido incorporando en las últimas décadas.
El yrigoyenismo, incorporando a la sociedad civil de los hijos de inmigrantes y el peronismo con la sindicalización y nacionalización de las fuerzas obreras, son los movimientos nacionales que en dos importantes momentos del siglo XX permitieron que la política incorporara a los nuevos actores sociales con participación menos retaceada.
Este pantallazo a vuelo de pájaro parece necesario para plantear la disyuntiva que hoy intenta eludir el debate nacional necesario para construir un futuro que beneficie al conjunto de la sociedad argentina.
Por un lado, están los aperturistas de variado pelo, encandilados por la simplificación de que necesitamos dólares y por eso hay que rediseñar el país para que exporte más sin tener en cuenta que ya somos una sociedad amplia y compleja de casi cincuenta millones de habitantes que tiene una fuerte vocación de integración cultural y alto nivel de vida. Los países que renuncian a su vertebración productiva nunca llegan a ser otra cosa que enclaves, mientras que los grandes exportadores son los que más producen y consumen.
Y por otro, tenemos los conformistas que se asumen a sí mismos como redentores sociales que creen que basta con distribuir lo que tenemos para establecer la justicia social con independencia de la riqueza que podemos generar multiplicando la estructura productiva existente. Entre éstos, que también tienen variaciones y matices, están quienes creen que subordinando el Estado nacional a una presunta e igualitaria unidad latinoamericana vamos a resolver las carencias políticas, económicas y sociales que padecemos.
Más allá de las buenas intenciones, que sospechamos más escasas de lo que las apariencias muestran, ambos grupos comparten una visión conservadora de la realidad argentina, menospreciando la potencialidad cultural que tenemos y la capacidad de nuestro pueblo para protagonizar una gran transformación que nos lleve a un estadio superior de convivencia, solidaridad y goce de bienes materiales y espirituales.
Estos iluminados juegan al camino fácil y de tiro corto que nos mantiene en el barro del subdesarrollo con malísimos índices de calidad de vida, educación y salud.
Para problemas complejos se requieren soluciones adecuadas. Por eso toda simplificación es sospechosa, empezando por la que postula el actual elenco gobernante, respaldado en las urnas por el pánico que supone el caos y cualquier regreso al pasado. El pueblo también es víctima de sus propios temores.
Carecemos todavía de una alternativa sólida, lo que no hace otra cosa que poner en carne viva su necesidad. El mayor peligro es el conformismo, tanto el más ramplón, como que los “argentos” no somos aptos y otras tonteras por el estilo, como los que creen que el tren de la historia nos ha dejado atrás.
Nada de eso es esencial y permanente. Hemos venido chapaleando en la omisión del eje constructivo e integrador desde hace años y hay que asumirlo confiando en nuestras capacidades y reales posibilidades. En la Argentina sobra talento disperso. Tanto como falta aptitud organizativa por señoríos que se apropian de una representación que no está a la altura de los desafíos contemporáneos, ineludibles para convertirnos en una comunidad desarrollada.
Si es verdad lo que pensamos de que la opción actualmente gobernante no engendra un futuro integrado y digno de ser construido, junto con la necesaria mirada solidaria hacia quienes la votaron, la cuestión pasa entonces por proponer vías de entendimiento en un programa transformador, que potencie lo que hoy está dormido e incorpore a los que hoy están descartados.
La opción no es capitalismo o socialismo. Aunque se machaca con eso, se trata de una falsa dicotomía, forzada y estúpida por su artificialidad.
La verdadera opción es juntos o fragmentados, aislados o sumados con fraternidad en una construcción común, respetuosa de las diferencias tanto como convocante al esfuerzo común.
Nada de visiones simplistas, es preciso tener mucha paciencia con cada compatriota, sometido a toda clase de presiones confusionistas.
¿Y el capitalismo? Allí anda, haciendo de las suyas. Condensa lo más audaz y creativo de la especie humana y no se destaca por su altruismo. Es la voluntad comunitaria la que tiene que fijarle un rumbo que sea compatible con la dignidad humana. Y eso no lo determina ningún algoritmo misterioso ni una eficaz campaña de manipulación de la opinión pública.
Sólo la madurez de una conciencia común, que mire a cada semejante como su hermano, le impondrá finalmente una dirección de marcha que no sea suicida.