Quienes imaginan a la Argentina del futuro como un país posindustrial o terciarizado deberían saber que la clave no es multiplicar servicios de proximidad destinados a cubrir consumos individuales con mano de obra precaria. Menos todavía funcionar como proveedor internacional de recursos humanos baratos para actividades productivas o demandas sociales de otros países. Los servicios deben generar valor agregado por sí mismos o ayudar a crearlo en los sectores primarios e industriales, apoyados en trabajadores capacitados y con condiciones laborales dignas.
Parte de las propuestas “modernizadoras” —donde confluyen neoliberales/libertarios y, paradójicamente, ciertos alternativistas que se asumen antineoliberales— sostienen que ya no es necesario acentuar el perfil industrial de Argentina para alcanzar mayores estadios de bienestar e incorporarnos, de una vez, a los usos productivos y sociales de las naciones más avanzadas.1
La tesis propone adoptar una estructura semejante a la de los países desarrollados, aggiornada a nuestras particularidades: sector servicios preponderante, primario relevante e industrial-manufacturero marginal. Como la Argentina exhibiría un desarrollo industrial «desmesurado», algunos sostienen que incluso habría que desindustrializar la economía para potenciar aún más los servicios (cosa que, efectivamente, están haciendo).
Según quien lo mire, este posindustrialismo tendría otras supuestas ventajas. Para unos, haría a la sociedad “más verde”, desvinculada de los ritmos estresantes del industrialismo y la explotación que le acompaña. Para otros, no sería más que una herramienta para neutralizar las molestas derivaciones de la conciencia de clase: esto es, la autoorganización y la conflictividad, esa ‘malsana’ costumbre de los trabajadores industriales y de un empresariado demandante y prebendario.
Para fundamentarlo, se contrasta la participación manufacturera de EE.UU., Canadá o Australia con la nuestra. Pero la comparación se reduce al plano meramente cuantitativo y se omite el plano cualitativo, que es lo fundamental para cotejar, seriamente, cualquier actividad productiva.
Kenenisa Bekele —legendario plusmarquista etíope— mide 1,67, pero corre diez kilómetros en 26 minutos. Y muchos otros sensiblemente más altos necesitan dos horas para cubrir la misma distancia. La estatura (lo cuantitativo) no determina exclusivamente el rendimiento (lo cualitativo).
Por otro lado, estos análisis suelen excluir a países como Alemania, Corea del Sur o Finlandia —todos del «primer mundo»—, pero, cosa curiosa, con sectores manufactureros de mayor peso en sus PBI que el argentino (o Suecia, con porcentajes muy cercanos). Se argumenta que no poseen características «similares» a las nuestras. Sin embargo —cuestión metodológica—, habría que examinar qué similitudes se buscan o desechan. ¿Será una cuestión idiomática? No del todo. Es también para distorsionar el análisis. Excluir a esos países permite mantener intacta una narrativa: «la industria no es el camino porque nosotros somos diferentes».
| ¿Posindustrialismo o desindustrialización? | ||||
| Industria como parte del PBI 2024 (en %) | Valor Agregado Manufacturero per cápita 2024 (en USD 2015) | I+D % del PBI | Competitividad industrial (CIP) Índex 2023 | |
| Canadá | 15,55 | 4.108 | 1,71 | 20 |
| EE. UU | 13,65 | 6.870 | 3,59 | 5 |
| Argentina | 18,28 | 1.843 | 0,55 | 55 |
| Suecia | 16,39 | 7.624 | 3,41 | 7 |
| Alemania | 19,7 | 8.579 | 3,13 | 1 |
| Fuente: UNIDO, Anuario Estadístico 2025, Table A.1 y Datos del Banco Mundial (I+D, 2022) | ||||
Este enfoque cuantitativo conduce, además, a un error sobre el perfil real de los servicios en esas economías. Un sector manufacturero volcado a productos de alto y medio contenido tecnológico, demanda servicios innovadores y de alto valor agregado.
Los sectores primarios, industrial y manufacturero de economías avanzadas, por una serie de razones -que van desde el desarrollo tecnológico hasta cambios organizacionales y niveles de especialización en el trabajo- externalizan partes importantes de actividades que antaño se realizaban en su interior. Estas, consideradas aisladamente, ingresan al campo de los servicios, pero desde una perspectiva sistémica, encuentran su explicación en dichos sectores productivos.
Igualmente, y un dato no menor en las “economías avanzadas” es el esfuerzo en I+D, comparativamente elevado, y que se vuelca, en parte sustancial, a la actividad industrial.
Así, la industria manufacturera de Suecia podrá tener un peso aparente mucho menor que la nuestra, pero al mismo tiempo este país invierte el 3,41 de su PBI en I+D, mientras nosotros rondamos el 0,60 %. Si esta asimetría es brutal, más lo es que Suecia continúa impulsando este esfuerzo, mientras el gobierno de Milei destruye con sus medidas nuestro entramado de investigación-educativo, tecnológico y manufacturero. Recordemos que cerca del 60% de la inversión total en I+D se relaciona con el sector manufacturero.
La industria manufacturera es el centro neurálgico de la I+D mundial

Fuente: Informe Sobre desarrollo Industrial 2024, ONUDI, pág. 38
En estas economías los servicios exhiben un dinamismo que sólo puede sostenerse gracias a la existencia previa de un potente sector industrial. Esto se debe tanto a la demanda de servicios de altas prestaciones como ya hemos señalado, como a su condición de proveedores de los productos aptos para que esos servicios puedan desarrollarse.
Si se observa atentamente, aquí no se niega el potencial económico y social de unos sectores económicos que, objetivamente, tienen creciente relevancia, no solo en el plano interno, sino en su importancia también creciente en nuestras exportaciones. Pero si de enmarcarlos correctamente en la amplia diversidad que debe abarcar un sistema productivo dinámico, integrado y moderno.
En suma: una sociedad postindustrial o terciarizada no se define por la generalización de servicios de proximidad para satisfacer consumos individuales, en base a una mano de obra normalmente precarizada, ni en servir como plataforma de recursos humanos a bajo costo internacional, para prestarlos a actividades productivas o demandas sociales de terceros espacios. Sino en servicios que, o bien producen valor agregado por sí mismos, o bien contribuyen a generarlo en el conjunto de los sectores primarios e industriales, sobre la base de recursos humanos capacitados y dignificados en su labor.
Fuentes consultadas
–BANCO MUNDIAL: Datos del Banco Mundial: (https://datos.bancomundial.org/indicador/GB.XPD.RSDV.GD.ZS)
-ONUDI: Industrial Development Report 2024 (Full Report), Organización de la Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial/ONUDI, Viena. ( https://www.unido.org/sites/default/files/unido-publications/2024-06/Industrial%20Development%20Report%202024.pdf)
-ONUDI: International Yearbook of Industrial Statistics 2025, Organización de la Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial/ONUDI, Viena.
1 El esquema de Fischer-Clark es uno de los marcos más utilizado para explicar la evolución de los sectores económicos y su preponderancia. Sucintamente, en las sociedades preindustriales, la agricultura concentra la mayor parte del empleo. Los avances técnicos transforman este panorama. La llegada del vapor o la electricidad impulsa la industria, mientras que la mecanización del campo (con trilladoras y tractores) reduce drásticamente la necesidad de mano de obra agrícola. Esa mano de obra liberada se desplaza hacia las fábricas. Así, con la industrialización, la industria se consolida como el gran motor de la economía, tanto en empleo como en PIB. Este es el rasgo distintivo de las sociedades industriales que se desarrollan entre el siglo XIX y XX. Pero esta fase industrial es transitoria. El continuo avance tecnológico acelera la productividad de las fábricas, lo que permite aumentar los salarios de los trabajadores. Al tener más renta, la demanda se desplaza hacia los servicios (ocio, sanidad, educación), ya que estos tienen una mayor elasticidad-renta que los bienes industriales. Como resultado, el empleo se traslada masivamente al sector terciario, que pasa a ser el dominante. Este es el rasgo que define a las sociedades postindustriales. Aunque se le asocian los nombres de Colin Clark y Alan G.B. Fisher, la idea tendría raíces más antiguas. A.G.B. Fisher habría sido uno de los primeros en utilizar los términos primario, secundario y terciario. Colin Clark proporcionó una base empírica sólida a esta teoría, analizando datos de diferentes países para demostrar esta evolución sectorial. El propio Clark reconoció que la idea original se remonta a William Petty en el siglo XVII, por lo que a veces también se denomina «Ley de Petty» o «Ley de Petty-Clark”.