En el cuarto trimestre de 2025, aumentó la tasa de desocupación frente a años anteriores. La industria inicia 2026 con una caída en la producción, y utilización de la capacidad instalada llegó a su nivel más bajo desde 2020. En estas condiciones, el crecimiento es imposible. Y la guerra en Irán acentúa las perspectivas de una recesión.
Se publicó el dato de la desocupación abierta para el cuarto trimestre de 2025. La tasa es del 7,5 por ciento de la población económicamente activa (la que busca o tiene trabajo). En 2024, había finalizado en 6,4, y en 2023 era del 5,7.
Aunque todavía no se observó una tendencia regular que permita avistar un incremento masivo de la desocupación, si se tienen en cuenta los cierres de empresas que se conocieron en estos meses el pronóstico no es auspicioso.
Tampoco los datos de actividad económica exhiben perspectivas favorables. La utilización de la Capacidad Instalada en la Industria Manufacturera dio en enero un porcentaje del 53,6 por ciento. Es el guarismo más bajo desde la salida de la pandemia.
No es sorprendente, porque desde mediados del año pasado presenta una tendencia a la baja, correlativa con la actividad de la industria manufacturera. Siguiendo esa trayectoria, el Índice de Producción Industrial comenzó el año con una caída interanual del 3,2 por ciento en enero.
Siendo que la producción industrial terminó 2025 con 8,1 puntos menos que su nivel de 2023, si se mantuviese esa evolución es posible que se alcance un nuevo piso. En algún punto, así se llegaría al aumento más marcado del desempleo.
Hay dos razones para esperar que esto ocurra.
La primera es que, de por sí, se trata de un resultado endógeno de la política económica del Gobierno, que desde sus inicios dio lugar a una relación entre los ingresos de la población argentina y los precios por la cual el nivel de vida mantiene un descenso paulatino, definido por la tendencia a inhibir ajustes que excedan el crecimiento del costo de vida.
Eso provoca que la declinación del poder de compra sea una característica inherente de la política económica. Y con ello, la merma de la demanda y del mercado interno. Por lo que la caída de la actividad es un desenlace necesario. Aunque se diga lo contrario, o desde el Gobierno pretendan encontrar la forma de reactivar la economía, a raíz de los evidentes signos de su debacle, en estas condiciones el crecimiento económico es imposible.
Lo expuesto es independiente de la apertura de importaciones y el desplazamiento de la producción nacional en ramas industriales de importancia. Eso contribuye a agravar la situación, pero no es su origen. En todo caso, da lugar a la comprobación que al Gobierno no le interesa promover el crecimiento, ni le preocupa descuidar la actividad aun cuando es innecesario.
La segunda razón es la extensión de las consecuencias globales que atañen a la guerra en Irán y los efectos sobre el precio de la energía. El precio del barril de petróleo crudo Brent, la principal referencia internacional, tuvo un alza remarcable desde que su inicio. Paso de la franja entre los 70-80 dólares a orbitar por encima de los 100.
El alza se explica por el cierre del Estrecho de Ormuz, que es la principal ruta de transporte de petróleo en Asia. Aproximadamente el 20 por ciento de la oferta petrolera y de gas natural licuado circulan por el Estrecho. Esta semana se atacó la infraestructura energética localizada en el Golfo Pérsico, provocando daños de largo plazo que podrían ejercer una presión duradera sobre la producción y los precios.
A nivel global, el alza en el costo de la energía altera la actividad de las empresas, que deben elevar sus precios de venta si el mercado puede absorber el alza, o cerrar en el caso de encontrarse imposibilitadas de hacerlo. Y, en cualquier caso, al encarecerse la producción, se lesiona la demanda, comprimiendo el nivel de actividad.
El Gobierno argentino no parece tener un plan para contener el alza interna de los precios, que agravará los efectos recesivos de su política. Con esa combinación, el crecimiento queda lejos. Y el alza de precios, el retraso de los ingresos, y un aumento lento pero previsible de la desocupación, ya presentes, se acentúan. Resta preguntarse cuáles son las consecuencias y las respuestas políticas para todo esto.