¿Y ahora qué?

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El crecimiento sigue siendo un espejismo

En el tercer trimestre de 2025, el PIB tuvo un alza significativamente más baja que en los dos anteriores. Y hasta octubre, la tasa acumulada de crecimiento cayó 1,4 puntos, mucho para un año de recuperación económica. Con dos años anteriores de caída, la perspectiva no luce bien para la actividad. Y las condiciones macroeconómicas no sugieren que eso cambie.

Para mediados de diciembre, el INDEC difundió el informe sobre el nivel de actividad en el tercer trimestre de 2025. El PIB tuvo un alza del 3,3 por ciento frente a igual trimestre del año anterior. Frente a los dos trimestres anteriores, que dieron, respectivamente, variaciones del 5,8 y el 6,4, representa un descenso acentuado.

El dato se torna más preocupante cuando se lo contrasta con los indicadores de actividad económica de octubre. El Estimador Mensual de Actividad Económica arrojó una variación del 3,2 por ciento con respecto al mismo mes de 2024. Hasta junio, el crecimiento interanual se ubicaba entre el 5 y el 7 por ciento. Desde entonces, la variación mensual de la actividad pasó a estancarse, y la tasa de crecimiento del conjunto de la actividad descendió paulatinamente de los 6,4 puntos registrados en enero a 5 puntos para octubre.

La magnitud de la desaceleración, de 1,4 puntos, es notable para un año de recuperación económica. Si se tiene en cuenta que lo anteceden dos de caída, no es una perspectiva prometedora para la actividad.

Dos rarezas

El escenario se agrava al tener en cuenta que, dentro de la última medición del PIB, los dos rubros con más incidencia en el crecimiento son la intermediación financiera y los impuestos netos de subsidios, cuyas contribuciones son, respectivamente, de 0,96 y 1,56 puntos, sumando 2,52 puntos de los 3,3 totales. Es decir que explican el 76,3 por ciento del crecimiento.

Es algo inusual que ya fue observado por varios economistas cuando se publicaron las mediciones mensuales de la actividad. En la rama financiera influye la diferencia entre la tasa activa y la pasiva del sistema financiero, incrementada para hacerle frente a la corrida contra el tipo de cambio, y la categoría de impuestos tiene un crecimiento anormalmente alto.

La mayor parte del resto cae o se mantiene estancada. La industria manufacturera mostró un descenso del 2,4 por ciento. La construcción, apenas un alza del 1 por ciento. La rama de comercio mayorista y minorista tuvo un crecimiento del 6 por ciento. Son sectores que reflejan la merma del mercado interno, que durante el año no se recuperó.

Los indicadores específicos de las ramas mencionadas que se extienden hasta octubre exhiben un patrón similar:

*El índice de producción industrial manufacturero mantiene una disminución frente a igual mes del año anterior desde julio. En octubre el descenso interanual fue del 2,9 por ciento, con lo que la variación acumulada en el año pasó de encontrarse en el 7,6 por ciento en enero al 3,1 por ciento.

*El indicador sintético de la actividad en la construcción alcanzó un alza acumulada del 10,9 por ciento hasta junio, que desde entonces se desaceleró hasta llegar al 7,9 por ciento en octubre. Esas tasas no compensan la caída total del año pasado, que fue del 27,4 por ciento.

*El índice de ventas totales a precios constantes en supermercados tuvo un descenso durante 2024 del 11 por ciento. Comenzó este año creciendo 4,2 puntos, para desacelerarse hasta llegar a los 2,7 puntos en octubre.

*El índice de ventas de autoservicios mayoristas sigue una tendencia diferente. El año anterior cayó un 15 por ciento. Este año sigue cayendo, a una tasa acumulada del 7,6 por ciento para octubre.

No es difícil explicar por qué la actividad económica se desacelera. El Gobierno no hizo nada para alterar la tendencia del crecimiento. Ni para que empeore abruptamente, como ocurrió en el año anterior, ni para acelerar la recuperación. Entonces, se produjo una recuperación tenue a medida que el poder de compra de la población se recompuso por inercia.

Pero como se insiste permanentemente en ahogar los ingresos, y los mecanismos de endeudamiento que permiten sostener momentáneamente la demanda se saturan, esa recomposición se agota, poniéndole un freno al crecimiento, y estabilizando la actividad en un nivel que representa una situación de pobreza para la mayoría.

En términos históricos, supera tenuemente al PIB de 2022, el pico anterior de la economía argentina, pero con un mayor volumen de población y desacelerándose. Es decir que, a largo plazo, permanece la tendencia al estancamiento. Si se mide el PIB per cápita con respecto a 2022, utilizando el promedio de los tres primeros trimestres de 2025, resultaría apenas un 1,7 por ciento más alto. Y todavía se encontraría 3 puntos por debajo de 2017, año previo a la debacle.

Año clave, 2018

Suele señalarse que inició en 2011. Es cierto, pero también lo es que la consolidación y el cambio de calidad que significó que la población viera su nivel de vida empeorar de manera persistente comenzó en 2018. Hasta entonces, era un problema que, con pericia y aciertos en la orientación de inversiones, podía resolverse. A lo sumo, con sobresaltos, pero sin caer en la debacle posterior, que por su propia naturaleza no conduce a ninguna salida.

Esa es la raíz del principal problema que atañe a la economía argentina en el futuro inmediato. Si el Gobierno estuviese en condiciones de encarar un programa de crecimiento sostenido a partir de la situación en la que se encuentra, y buscase activamente la mejora en los ingresos y el desarrollo de la estructura productiva, no se vería frente a un problema.

Comercio exterior frágil

Pero la falta de acumulación de reservas, la endeblez del esquema cambiario, el desinterés por administrar las importaciones, y el desconocimiento de la necesidad de sustituirlas mediante el inicio de la producción de insumos con inversiones planificadas, llevan a pensar que, si se buscase, la aceleración del crecimiento es un escenario poco realista, que se abortaría por la fragilidad del comercio exterior luego de poco tiempo.

Ese escenario de mediano plazo se ve agravado por una contradicción inmediata. Más crecimiento implica, inicialmente, un mayor caudal de importaciones de insumos y bienes de capital. Para un Gobierno que busca sostener un esquema cambiario frágil, no es una opción atractiva. Es preferible mantener una estabilidad que, por ahora, no provoca problemas políticos, aunque a la larga sea decepcionante.

La imposibilidad del crecimiento que provoca la política económica inconducente es un fracaso sobre el cual una opción política que se proponga como alternativa a Milei debería advertir, porque por el endeudamiento se dilapidan recursos que no se utilizan productivamente. A la vez, la continuidad de la política económica actual conlleva un margen de maniobra cada vez menor hasta su colapso por una crisis cambiaria. Como resultado, el estancamiento y la pobreza se prolongan.

Se trata de un resultado inevitable, producto de la política seguida hasta el momento. Sobre este trasfondo, se llevan adelante los recortes en áreas del sector público fundamentales para la población, empeorando la calidad de sus prestaciones a niveles críticos. No obstante, la vejación económica hacia sectores como los de la salud y la educación no son necesarios, sino un producto de la intención deliberada de daño. La merma del crecimiento sí lo es, y se debe a la incapacidad y la negligencia. Por si hacía falta razonar al respecto, lo segundo torna a lo primero en un sacrificio inútil.

A propósito de lo último, conviene fijarse en un aspecto particular del mensaje que acompañó a la Ley de Presupuesto para 2026. Siempre incluye un escenario macroeconómico con proyecciones que le dan fundamento al proyecto. La descripción del escenario fue una repetición del discurso liberaloide que cabe esperar, sin otra perspectiva de política económica que la de seguir recortando poder de compra mientras se venera la importancia de lo que la economía convencional llama el “capital humano”. Pero las proyecciones tuvieron elementos en los que es interesante detenerse.

Se trata del crecimiento del PIB esperado entre 2026 y 2028, del 5 por ciento para todos los años. Si la economía se encuentra en desaceleración a partir de esa tasa, que a su vez responde a la recuperación frente a la caída del año anterior, y las condiciones macroeconómicas sugieren que la tendencia continuará, es una base para la elaboración del presupuesto poco realista.

Recordemos que la estimación del PIB es la que da lugar a la estimación de recaudación, sobre la cual, por la metodología adoptada por el oficialismo, se definen los gastos. Es decir que, por su valor cuantitativo, el presupuesto aprobado carece de asidero. Fue más bien la aprobación para obrar en una dirección concreta y la validación de sus fundamentos ideológicos. No precisamente del mejor talante para impulsar el crecimiento.

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