Un conocido de los lectores, el economista y exsubsecretario de Hacienda Cristian Módolo, hizo una presentación en el Conversatorio “Política y rumbo económico en la era libertaria” que organizó la Funepe, la Fundación de Estudios Políticos y Estratégicos.
Quisiera comenzar compartiendo cuatro datos de la realidad. Cuatro ejes fundamentales que nos permiten entender dónde estamos hoy como sociedad, partiendo de una premisa básica: ninguna comunidad puede desarrollarse si no es capaz de generar la riqueza que haga posible ese desarrollo. Los datos que voy a mencionar no son interpretaciones personales; provienen de estadísticas oficiales y nos enfrentan, sin eufemismos, con la realidad productiva y social de la Argentina.
El primer eje es el mito del país industrial. Existe una idea muy arraigada de que Argentina es, o fue siempre, un país industrial. Sin embargo, el Censo Nacional Económico de 2022 muestra que hoy existen 36.345 establecimientos fabriles en todo el país. Es decir, menos fábricas que en 1935, cuando había 36.993. En los años setenta, Argentina llegó a superar las 100.000 fábricas. Hoy, ni siquiera alcanzamos una fábrica cada mil habitantes. Este dato es contundente: nuestra matriz productiva ya no es industrial. Fuimos un país industrial; hoy no lo somos.
El segundo eje se vincula con la estructura productiva y el cuentapropismo. Según el mismo censo, el 86% de las unidades productivas del país son cuentapropistas. Solo el 14% corresponde a empresas u organizaciones con algún nivel de estructura formal. Esto implica que la generación de riqueza se apoya en una base extremadamente frágil y atomizada. Hay cerca de 1.800.000 cuentapropistas que emplean apenas a unas 600.000 personas. La mayor parte del empleo y de la producción se concentra en un porcentaje muy reducido de organizaciones.
El tercer eje es el empleo y su creciente concentración. Dentro de ese 14% de empresas, apenas 3.500 compañías —aproximadamente el 1% del total— generan el 44% del empleo formal en Argentina, empleando a más de 2.300.000 personas. Son estas empresas las que sostienen el empleo de mayor calidad, con salarios formales y derechos laborales. Al mismo tiempo, estamos atravesando un hecho histórico: en 2024, por primera vez desde que existen registros, el empleo informal superó al formal. Hoy, el 51,4% de los trabajadores argentinos se encuentra en la informalidad. Esto implica ausencia de derechos básicos, precariedad y una profunda fragilidad social. No somos un país industrial y tampoco somos un país con empleo mayoritariamente formal.
El cuarto eje es la pobreza, y particularmente la diferencia entre pobreza monetaria y pobreza estructural. Solemos hablar de pobreza en términos de ingresos, porque es la variable más visible y más fácil de modificar con políticas coyunturales. Sin embargo, la pobreza estructural —la que refiere a condiciones de vida, acceso a servicios, educación y oportunidades— es mucho más difícil de revertir. Desde 1982 hasta hoy, Argentina atravesó tres grandes crisis de hiper pobreza que fracturaron el tejido social: la hiperinflación de 1989, la crisis de 2001 y la crisis de 2023, tras la fuerte devaluación de diciembre. En los tres casos, la pobreza superó el 50% de la población. Hoy, alrededor del 44% de los argentinos vive en condiciones de pobreza estructural. No se trata de un fenómeno coyuntural, sino de una herida profunda.
Estos cuatro ejes muestran una realidad común: una economía primarizada, de subsistencia, con escasa capacidad de acumulación de capital físico y humano. Cuando una economía solo genera ingresos de subsistencia, también produce una sociedad de subsistencia. Esto limita la movilidad social, debilita el tejido comunitario y vuelve extremadamente frágil cualquier proceso de crecimiento.
Frente a este diagnóstico, la única herramienta capaz de transformar crecimiento en desarrollo es la institucionalidad del Estado. Sin embargo, en las últimas décadas, el Estado argentino estuvo atrapado en la lógica de la urgencia. De los últimos 40 años, en apenas seis pudo reducir deuda. El resto del tiempo se dedicó a apagar incendios: atender la exclusión, subsidiar servicios básicos, sostener ingresos mínimos. Las deudas crecieron más rápido que los activos, y esa ecuación volvió imposible una política fiscal orientada al desarrollo.
Salir de este círculo requiere decisiones estratégicas. En primer lugar, incorporar valor agregado a los recursos naturales. Exportar materias primas sin procesamiento limita nuestra capacidad de generar empleo y riqueza. En segundo lugar, avanzar decididamente en la formalización de la economía, utilizando las herramientas tecnológicas disponibles. En tercer lugar, integrar el territorio: hoy el 93% del aparato productivo solo vende dentro de su propia provincia. Y, finalmente, apostar a la investigación y el desarrollo, cuando el 95% de nuestras empresas no invierte en innovación.
La estabilidad macroeconómica es necesaria, pero no suficiente. El desarrollo exige políticas productivas, territoriales y sociales de largo plazo. Comprender dónde estamos parados es el primer paso para decidir hacia dónde queremos ir. Ese es el debate que necesitamos dar como sociedad.
Muchas gracias.