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El mundo es un adulto mayor


Entre las proyecciones demográficas globales hacia el año 2100, se destaca un marcado contraste entre el crecimiento masivo de África y el envejecimiento crítico de Eurasia y América del Sur. La caída de la natalidad en China y Japón, junto con políticas migratorias restrictivas en Estados Unidos, son parte de la reconfiguración mundial.

Las proyecciones demográficas de la Oficina del Censo de Estados Unidos, que fueron publicadas hace un par de semanas, van desde la actualidad hasta fines del presente siglo. Abarcan a la población de todo el planeta, parceladas en 227 países y áreas equivalentes, más 13.671 sub áreas nacionales.

Lo destacable en las estimaciones demográficas para los próximos 74 años, son los contrastes. El paisaje humano que pintan tiene una tonalidad vivaz, dada por un continente africano joven y vital. El claroscuro lo aporta una Eurasia muy envejecida con una aguda declinación poblacional china.

El cuadro sobre las proyecciones demográficas en el seno del G-20 (agrupación de países que constituye el núcleo de la acumulación a escala mundial) muestra la importante caída de población de nuestro país y de Brasil.

En términos continentales, la Oficina del Censo estima que a medida que actuando en conjunto avanza el envejecimiento y baja la tasa de natalidad, la población de Asia disminuirá un 9 por ciento desde ahora hasta el 2100, la de América del Sur se reducirá un 12 por ciento y la de Europa se retraerá un 16 por ciento.

Baja la fecundidad

Rusia, Japón, Corea del Sur, Ucrania, Italia y España se enfrentan a una implosión demográfica estructural impulsada por el envejecimiento y una fecundidad a largo plazo inferior al nivel de reemplazo.

De acuerdo a datos preliminares del gobierno nipón, dados a conocer hace una semana, la tasa de natalidad de Japón alcanzará su nivel más bajo desde que se comenzó a llevar registros hace 126 años, en 1899. Los demógrafos creen que habrá menos de 670.000 recién nacidos en 2025, cifra inferior incluso a los objetivos más pesimistas del gobierno. Las estimaciones oficiales proyectaban que está contracción en los nacimientos ocurriría dentro de 16 años. Se adelantaron.

En sentido contrario, durante el lapso de marras, África verá crecer su población 155 por ciento, mientras la población de los Estados Unidos aumentará 4 por ciento, siempre y cuando no sigan espesando el caldo de la política anti-migratoria. Cabe consignar que a medida que la administración Trump ha buscado cumplir las promesas de campaña del presidente de combatir la inmigración ilegal, las redadas del ICE (Immigration and Customs Enforcement: Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos) se han vuelto comunes, especialmente en ciudades con liderazgo demócrata.

Redadas y protestas

Sin embargo, las protestas contra las redadas también han proliferado, y el presidente Trump ha respondido enviando tropas de la Guardia Nacional a ciudades estadounidenses, como Los Ángeles, Portland, Oregón, y Washington, D. C. Las demandas para bloquear el despliegue de tropas han tenido resultados dispares, aunque la Corte Suprema emitió un fallo preliminar la semana pasada negándose a permitir su despliegue en el área de Chicago. Curiosa coincidencia: el cardenal Robert Prevost, el papa León XIV, es originario de Chicago y ciudadano peruano.

“En tan solo 11 meses, cerca de 500.000 personas fueron deportadas en una campaña implacable, celebrada por quienes la consideraban largamente esperada y lamentada por quienes la consideraban inhumana (…) A lo largo del año, las deportaciones obligaron a los estadounidenses, incluso a quienes aplaudieron el reforzamiento de la aplicación de la ley, a afrontar las consecuencias humanas de detener y expulsar a la gente de sus calles (…) Las casas quedaron vacías. Las familias se fragmentaron. Los barrios quedaron sometidos”, describe el New York Times este desolador panorama.

La contrapartida de estas iniciativas irracionales danza en torno a las propuestas de los legisladores estadounidenses de otorgar “bonificaciones por nacimiento”, o pagos directos en efectivo a los padres que tienen hijos. En tanto, alrededor de 121 millones de estadounidenses -alrededor del 35 por ciento de la población- residen en estados donde el acceso a los anticonceptivos está activamente restringido, según una investigación de la Oficina de Referencia de Población.

China, India, África

La India continuara como el país más poblado del mundo, con 1.500 millones de personas, incluso si su crecimiento se desacelera, estima la proyección de la Oficina del Censo.

El orden geopolítico actual seguramente acusará en gran forma el golpe, si se confirma que China entre 2030 y 2100 disminuirá su población en un 47 por ciento o 735 millones de seres humanos menos. Si el paso del tiempo confirma la tendencia, China sufrirá el mayor descenso demográfico de la historia registrada.

Hay que retroceder hasta el siglo XIV para observar un fenómeno cuantitativo que se le asimile, pero hasta por ahí nomás. Entre los años 1347 y 1353, la Peste Negra se estima que aniquiló aproximadamente entre el 30 y el 60 por ciento de la población europea.

África se convertirá en el centro de gravedad demográfico del mundo a medida que duplique su población entre 2030 y 2100, según proyecta la Base de Datos Internacional (BID) de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Se prevé que la República Democrática del Congo se convierta en una meganación, creciendo de 139 millones en 2030 a 584 millones en el próximo siglo, el mayor aumento en la Tierra, según una revisión de Axios. Se espera que Nigeria añada 283 millones de personas durante ese mismo período. Se prevé que Tanzania, Etiopía, Uganda, Angola y Níger añadan 100 millones de personas cada uno. Las guerras civiles y conflictos tribales no cesan de escalar en estos territorios.

De Hobsbawm a la bomba demográfica

Hace dos décadas y media Perry Anderson reseñaba en la London Review of Books (LRB), Interesting Times (Tiempos interesantes: Una vida en el siglo XX) la autobiografía del renombrado historiador marxista Eric Hobsbawm. En esa reseña y en ese abordaje del siglo XX, pueden encontrarse algunos indicios de las razones que llevan al marcado contraste del comportamiento demográfico de las poblaciones.

El encuadre de Tiempos interesantes trasiega a Anderson a postular que los célebres ensayos de historia de Hobsbawm de los últimos dos siglos (La Era de la Revolución, La Era del Capital, La Era del Imperio y La Era de los Extremos) “en su concepción global (…) pueden considerarse una sola obra: una tetralogía sin parangón como relato sistemático de la creación del mundo contemporáneo”.

Uno de los temas clave que recorre el relato de Hobsbawm del último medio siglo es “la desintegración de los viejos patrones de relaciones sociales humanas y, con ello, incidentalmente, la ruptura de los vínculos intergeneracionales, es decir, entre el pasado y el presente”. Anderson subraya que el énfasis de la narrativa Hobsbawm recae “en las ‘décadas de crisis’ de los años setenta y ochenta como el momento en que los lazos morales que habían dado cohesión inmemorial a la vida humana -familia, lugar de nacimiento, trabajo, religión, clase: solidaridades de cualquier sustancia ética- se desmoronaron de la manera más decisiva”.

El resultado de estas circunstancias ha sido –según Anderson observa en Hobsbawm- “la propagación de un ‘individualismo asocial absoluto’, cuyos costes psicológicos han encontrado cada vez más compensación en las retorcidas fijaciones colectivas de las políticas identitarias. En este caso, sin duda, es más plausible asumir un desarrollo unidireccional general que en el caso del crecimiento económico o la muerte violenta. Dado que, razonablemente, Hobsbawm sitúa el inicio de una revolución cultural en Occidente contra toda forma conocida de tradición en la década de 1960, se deduce que el impacto más amplio de esta transformación debe recaer en las décadas posteriores”.

El momento de tales cambios es una cosa; la evaluación de los mismos, otra, previene Anderson. Las descripciones de Hobsbawm de la década de 1960 y sus secuelas, tanto en Age of Extremes como en Interesting Times, son generalmente –en la óptica de Anderson- de digestión lenta. Hobsbawm señala la importancia decisiva de la autonomización de la juventud, como un fenómeno históricamente sin precedentes. Su veredicto negativo sobre la “revolución cultural” proviene de registrar como consecuencias del abandono de todas las restricciones, primero del sexo y luego de la codicia, el frenesí por el deseo individual desnudo del neoliberalismo desenfrenado.

Anderson se pregunta: “¿ha habido alguna consecuencia de la gran transvaloración tan general y profunda como el avance mundial en la emancipación de las mujeres? Este es un desarrollo cuyo peso recae de lleno en el movimiento de las placas tectónicas. El feminismo moderno como movimiento, y la entrada masiva de mujeres en la fuerza laboral del mundo industrializado en términos menos desiguales que los hombres, data esencialmente de la década de 1970”.

Al respecto señala Anderson que “Hobsbawm les otorga toda la importancia sociológica que merecen, naturalmente sin censura. Pero no figuran mucho en su cálculo moral de la disolución de los lazos tradicionales. Sin apenas una palabra, la familia burguesa y sus patriarcas, objetos de análisis mordaz en La era del imperio, han desaparecido de la escena. Tácitamente, su desaparición ha dejado de ser del todo una liberación”.

Con este prolegómeno cultural en los países desarrollados, cuyo centro es el auge de la cultura joven desde hace seis décadas y la puesta en igualdad de las mujeres, las condiciones necesarias para una declinación poblacional lucen que estaban servidas.

El miedo

También hay que considerar que no es ajeno a esta situación actual el prontuario del terrible miedo por la superpoblación de las décadas de 1960 y 1970. El Club de Roma, estuvo lejos de ser un hecho aislado. Era un síntoma de la corriente que temía a la “bomba demográfica”, como se la caracterizaba en los ’60 al potencial desbocamiento de la tasa de crecimiento de la población.

Con el objetivo de reducir las tasas de fecundidad, la decisión política se deslizó por ofrecer un mejor acceso a la salud reproductiva y la planificación familiar. Eso aumentó el margen para que las mujeres, en buena parte del planeta, accedan a más educación y a las oportunidades laborales.

En la virtud está el pecado. Muchas políticas destinadas a frenar el crecimiento demográfico resultaron destructivas. La primera ministra india, Indira Gandhi, fue mucho más allá en la década de 1970, esterilizando forzosamente a algunas mujeres y hombres. En Perú, bajo el presidente Alberto Fujimori, unas 300.000 mujeres fueron esterilizadas forzosamente en la década de 1990. La combinación de la preferencia por los hijos varones en la cultura china y el mandato del hijo único han producido graves distorsiones en la proporción de hombres y mujeres en el país que se evidencia en la inédita debacle demográfica que anuncian las proyecciones hasta 2100.

Natalistas

Jennifer D. Sciubba, presidenta y directora ejecutiva del Population Reference Bureau y coautora, junto con Michael S. Teitelbaum y Jay Winter, de Toxic Demography: Ideology and the Politics of Population, en el número de enero/febrero de 2026 de Foreign Affairs, reseña el ensayo “After the spike: population, progress, and the case for people” (Después del pico: población, progreso y la defensa de las personas) de los economistas Dean Spears y Michael Geruso.

“En un momento en que gran parte de la retórica pronatalista tiende a la xenofobia y la misoginia, Spears y Geruso ofrecen una intervención bienvenida. Reconocen la realidad del cambio climático y la centralidad de los derechos individuales, al mismo tiempo que enfatizan que la despoblación es un problema real y una amenaza para el bienestar humano. Mantienen estas ideas aparentemente opuestas. Como escriben: ‘Sería mejor si el mundo no se despoblara. Nadie debería ser obligado ni obligado a tener un bebé (o a no tenerlo)’”, subraya Sciubba.

Sciubba entiende que “estos temas no se discuten productivamente a nivel planetario porque no hay una formulación de políticas planetarias. Las personas pueden estar persuadidas de que una población mundial estable está en su propio interés racional. Pero es una propuesta completamente diferente que las personas decidan que está en su propio interés racional producir hijos por sí mismas. Esa tensión es difícil de resolver, pero resolverla es esencial. Spears y Geruso se equivocan cuando escriben: ‘La cuestión de qué hacer, juntos acerca de la despoblación mundial no es la cuestión de elegir el tamaño de su familia’. Eso no puede ser, porque tales decisiones individuales, en conjunto, inevitablemente impulsan las tendencias demográficas mundiales. De hecho, los autores se contradicen cuando expresan que ‘no podemos estar de acuerdo en que lo que cada individuo elija, dado el mundo como es, debe ser la primera y la última palabra sobre lo que haría un futuro mejor’”.

“Spears y Geruso describen eficazmente –según analiza Sciubba- el problema de la despoblación, pero no ofrecen una gran teoría de por qué la gente tiene menos hijos, una situación que se atribuye al aumento de los niveles educativos, la omnipresencia de los teléfonos inteligentes, el declive de la religión y otras causas sociales y materiales. En cambio, admiten que nadie sabe cómo revertir la caída de las tasas de fecundidad. Pero para que las poblaciones se estabilicen, reconocen, las personas tendrán que tener más hijos de los que las tendencias actuales sugieren que están dispuestas a tener”.

Algunos alarmistas de la despoblación, especialmente en la derecha, atribuyen la caída de la fecundidad a los cambios sociales provocados por el feminismo. Desde esta perspectiva, la única manera de impulsar las tasas de natalidad es regresar a las estructuras patriarcales, en las que las mujeres se centran en la crianza de los hijos y las tareas del hogar, mientras que los hombres son el único sostén de la familia. “Esto es un anatema para Spears y Geruso”, enfatiza Sciubba. El dueto aboga por garantizar los derechos individuales, así como en la necesidad de impulsar las tasas de fecundidad.

En el centro del debate sobre la tasa de natalidad se encuentran un conjunto de preguntas fundamentales: ¿Tiene el Estado derecho a interferir en la intimidad? ¿Tienen los ciudadanos la obligación de reproducirse por el bien común? ¿Es ético incentivar o desalentar los nacimientos en la búsqueda de una “población ideal”?

Para Jennifer D. Sciubba “el pánico por la despoblación podría producir resultados decididamente regresivos. Claro que algunos líderes podrían intentar crear incentivos para la crianza que hagan la vivienda más asequible, fomenten una mayor igualdad de género y brinden un mejor apoyo a las familias. Pero algunos gobiernos podrían esforzarse por eliminar el acceso a la anticoncepción, desmantelar la escasa infraestructura de atención existente y expulsar a las mujeres del mercado laboral y llevarlas al hogar. El alarmismo podría generar políticas perturbadoras. Por lo tanto, es crucial cómo los responsables políticos y los investigadores plantean las preguntas sobre las bajas tasas de fecundidad y la despoblación. No son testigos de la historia, sino participantes de ella. Su forma de proceder es crucial”.

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