El Banco Central puso en práctica el ajuste de las bandas y empezó a comprar reservas. Pero por ahora debe recurrir a otros medios para no caer en una situación de fragilidad. No parece que se puedan subsanar las incongruencias del esquema. Frente a este contexto, el Coloso que entusiasma a Milei dio una explicación sobre los dólares que acá Guido Aschieri disecciona.
Quién no parece ser consciente de que la falta de congruencia en la administración de divisas puede poner en crisis a la política económica es Federico Sturzenegger. El 30 de diciembre posteó en X una defensa del turismo emisivo, llamando a los argentinos que vacacionan en el exterior “héroes de la producción” a los que se persigue injustamente por no comprender el efecto virtuoso que tiene la demanda de divisas sobre el aparato productivo nacional.
Sturzenegger lo explica con un razonamiento particular: “Esto se debe a que cada importación tiene que generar una exportación del mismo monto porque requiere divisas extranjeras que proveerán, típicamente, los exportadores. Muchas importaciones tirarán para arriba el valor de la moneda extranjera, hasta que aparezcan exportadores que suplan esa necesidad».
Después añadió que, al restringir las importaciones, se contrae la demanda de divisas, con la consecuencia de que la baja en el valor del dólar “destruye la competitividad del potencial exportador argentino”. Concluye que “la demanda de divisas de nuestros veraneantes es lo que le sostiene la competitividad al agro, a la industria y la exportación de servicios. Por eso, cada argentino que veranea en Brasil o en otro país, ayuda a sostener la capacidad exportadora del país”.
Sturzenegger se equivocó. La crítica no es hacia los individuos, que solamente toman decisiones en función de una situación dada, sino hacia los efectos de la política económica. Aun así, algo es cierto. Se pueden observar aspectos del turismo en particular, que exceden al tipo de cambio.
Por ejemplo, si en función de la situación del país no sería necesario fomentar el turismo en el interior e invertir para volverlo más atractivo, incluso para turistas foráneos. También si, más allá del tipo de cambio de referencia, no es necesario tomar medidas preventivas para desalentar el turismo al exterior mediante su encarecimiento por diversos medios. Lo último suele hacerse mediante impuestos, y es frecuente.
Pero antes de razonar en estos términos, que corresponden a situaciones absolutamente normales, y no se limitan a la experiencia argentina, hay que devolverle al mundo la normalidad que Sturzenegger le quita al ponerlo patas para arriba.
Si las cosas funcionasen como dice, no existirían limitaciones para el aparato productivo y el crecimiento en absoluto. Sencillamente, lo que se importa, previamente se reemplaza con exportaciones. Cuando los libertarios tienen que tomar decisiones sobre la distribución del ingreso y el impulso al nivel de actividad, siempre son veloces para aclarar que “no se puede distribuir ni consumir lo que no se produce”.
Cuando tienen que ser prudentes con el cuidado de la capacidad productiva nacional, y ese principio tan poco adecuado para explicar la macroeconomía capitalista adquiere una validez que no es frecuente, se lo olvidan y razonan al revés.
En efecto, si la capacidad exportadora se adecuase automáticamente a la necesidad de importar, entonces basta con gastar todo lo que se desee en el interior, porque si se produce un déficit comercial, mágicamente vendrán las exportaciones a subsanarlo.
La realidad es más bien distinta. El sector exportador se adapta a la realidad de la demanda internacional y a partir de eso se define la capacidad importadora de un país. Para disminuir su dependencia de las limitaciones que le impone es que es necesario sustituir importaciones, administrando el uso de las divisas cuando es necesario en un proceso de crecimiento acelerado, y diversificando exportaciones cuando es posible.
Tan liviano es el razonamiento del inefable Sturzenegger, que reivindica la capacidad exportadora del agro, cuando su propio razonamiento la trata como algo trivial. Si la define la demanda de divisas, que en definitiva “crea su propia oferta”, siguiendo las ideas del inefable, el agro no tiene una “capacidad productiva” distinta del resto. Al fin y al cabo, si el concepto de la “capacidad productiva” en el contexto de las exportaciones remite a una facilidad para abastecernos superior a la de otras actividades, basta con importar, porque entonces exportaremos lo que haga falta, sin prestar atención a ninguna capacidad.
También se le escapó que, producto de no administrar las divisas de manera tal que estén al servicio del crecimiento, es el Gobierno mismo el que restringe la demanda de divisas. Pero no por voluntad ni de manera directa, sino por necesidad, y por medio de la peor manera, que es el ahogo de la actividad económica para que el tipo de cambio no se desmadre.
Es que, con señores como Sturzenegger al mando, será difícil que la cosa funcione.
Reservas
Mientras Sturzenegger hablaba, el Banco Central puso en práctica el nuevo esquema de ajuste sobre el tipo de cambio. A partir de ahora, las bandas se actualizarán de acuerdo a la variación mensual del índice de precios al consumidor correspondiente a los dos meses previos.
También, a diferencia de lo que se hizo hasta el momento, el BCRA comprará reservas. Durante el año anterior, desde que entraron en vigencia las bandas, no compró en ningún momento, y vendió durante los lapsos en los cuales hubo mayor tensión porque el tipo de cambio se acercó al techo de la banda.
En cambio, en los tres primeros días de la semana, el BCRA compró 113 millones de dólares. También sumó 707 millones por la privatización de las represas hidroeléctricas del Comahue.
Además, concertó un acuerdo de pases pasivos (REPO) con seis bancos internacionales, utilizando como garantía BONARES que vencen en 2035 y 2038. Se licitaron 3.000 millones de dólares a 372 días, con una tasa anual del 7,4 por ciento. La finalidad fue la de hacerle frente a un vencimiento de deuda de 4.300 millones de dólares, a pesar de que el Banco Central ya contaba con 44 mil millones de dólares en sus reservas.
Como el esquema de actualización de las bandas y la compra de reservas son recientes, todavía el Gobierno se ve frente a la necesidad de sumar reservas por otros medios, de manera tal que el pago de los vencimientos no lo deje expuesto a un episodio de fragilidad por encontrarse con sus recursos al límite.
El tipo de cambio se mantuvo fluctuante. Por la actualización de las bandas, el límite superior pasó de ubicarse en 1.526 pesos por dólar a fines de diciembre a 1.536 para el final de la semana, y terminaría el mes en 1.563. El tipo de cambio oficial mayorista terminó diciembre en 1.459 pesos por dólar, y para el lunes llegó a los 1.472. Luego comenzó a descender, al igual que los tipos de cambio de mercado, una vez que se conoció la noticia del REPO.
Está por verse el desarrollo del nuevo esquema, pero no parece claro que el Gobierno pueda subsanar sus incongruencias. Particularmente, el objetivo de acumular reservas, contrapuesto al de mantener el tipo de cambio estable cuando se encuentra cerca del límite de la banda.
Por el momento, se observan dos cosas. La primera es que la posibilidad de sumar reservas en cuantía depende de maniobras específicas, que no son persistentes en el tiempo. La segunda, que el control del tipo de cambio y los precios escapa a las posibilidades actuales.
Sobre lo último, es útil resaltar que la variación mensual del índice de precios de diciembre, que el INDEC difundirá la semana que viene, es estimada por las consultoras en torno al 2,5. Si efectivamente es el caso, representaría una continuidad de la aceleración que tiene lugar desde junio, y es factible que la tendencia se mantenga durante los primeros meses del año.