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Irán y Vaca Muerta, comparaciones odiosas

La comparación de ciertos indicadores de la Argentina con los de Irán sugiere que poseer materias primas estratégicas no garantiza la riqueza si no existe una estructura nacional capaz de absorber ese capital. La visión del presidente argentino sobre el crecimiento basado exclusivamente en los recursos naturales de Vaca Muerta y la minería no considera que el verdadero motor del progreso no es la oferta, sino un mercado interno fortalecido por salarios elevados que incentiven la inversión.

El protagonismo de Irán en las noticias, por las peores razones, provoca sosegar las emociones y analizar qué sugiere la comparación con nuestro país a través de algunos indicadores seleccionados. Eso en razón -en ambos casos- del papel clave de la producción de energía.

La sola inspección del cuadro comparativo que encabeza esta nota, ya pone en evidencia que lo afirmado por el sr. Presidente frente a la asamblea legislativa el pasado 1 de marzo, respecto de Vaca Muerte y la minería como rutas descollantes hacia el crecimiento explosivo, antes que otra cosa, está para poner en duda.

Incluso, está para generar perplejidades el recurrente sonsonete del petróleo como materia prima estratégica que alienta los más bajos instintos imperialistas, en vista de la descomunal riqueza que genera.

Una cosa es su carácter estratégico, cosa que nadie pone en duda, y otra muy diferente que en cuanto materia prima venza la lógica del cualquier mercancía generada en la acumulación a escala mundial signada por el intercambio desigual, que empobrece a los productores y enriquece a los consumidores. Y si natura non da el capitalismo non presta.

Se podría decir que Irán lleva más de medio siglo siendo como Vaca Muerta y el pescado sigue sin vender. Y como Irán, el resto de los países petroleros de la periferia. Es más, el execrable régimen político iraní que se mantiene vigente a plena represión, se podría concebir como una respuesta bien conservadora de la superestructura para que nada cambie. Como fue entre nosotros, la dictadura genocida.

El régimen teocrático está para que permanezca en el atraso el país. Para nosotros es un serio agravante el de propugnar la vuelta a la estancia ordenada y quieta, puesto que significaba ir para atrás en un país con inequívocos signos de adelanto.

La grandeza

Cabe rememorar que el sr. Presidente en la apertura del 144° período de sesiones ordinarias, reflexionó que “como la grandeza requiere tiempo para hacerse realidad, ahora quiero anticiparles cómo se va a ver el país al que ya estamos yendo. Argentina está experimentando varios procesos virtuosos. El primero es la energía (…) en cinco años, el complejo energético por sí solo estará exportando unos 50.000 millones de dólares. Esto no es una esperanza, ya es una realidad (…) La minería se despegará por toda la Cordillera, generando cientos de miles de puestos de trabajo (…) La energía barata es el insumo transversal que cambia la ecuación de localización industrial. Donde hay energía abundante y barata, se instala la industria pesada. Veremos crecer la petroquímica, la siderúrgica, el aluminio –pero no el del tongo–, la producción de hidrógeno, el procesamiento de litio y minerales críticos. Y veremos data centers y capacidad de cómputo instalarse en la Patagonia, donde el frío natural y la energía implican y crean condiciones únicas para la infraestructura de la Inteligencia Artificial”.

La única verdad

La esperanzada palabra presidencial la desmiente la experiencia de Irán (o Venezuela) y las del resto de los países del Golfo Pérsico y la confirman Estados Unidos o Canadá. La turbulencia actual en la cotización del barril del petróleo y la del metro cúbico de gas, resulta tan desmitificadora de estos asuntos como los episodios anteriores, independiente de sus causas.

El aumento en el precio del petróleo y del gas, y los fantásticos beneficios obtenidos del mismo, fueron siempre –y continúan siendo- en gran medida ilusorios -manifestados en meras alteraciones en las anotaciones en las cuentas de los bancos en Zúrich, Frankfort, Londres y Nueva York- por falta de estructuras adecuadas para la absorción y por lo tanto para el consumo de los productos y servicios que puedan ser importados por los países productores de petróleo.

Estas estructuras de recepción son simplemente los ingresos nacionales y, en particular, sus adecuados niveles salariales, ya que, incluso si se trata de una cuestión de importar bienes de capital, esto último puede eventualmente llevar a un aumento en la producción de bienes de consumo. Bajo el sistema económico en el que vivimos, ningún empresario va a invertir en la industria pesada que genera los insumos que utilizan los diversos sectores, cuando no tiene ya disponible la demanda que le de salida para el producto final correspondiente.

Este dilema es una de las manifestaciones de las contradicciones fundamentales del capitalismo, entre la producción social y la apropiación privada. Con los ingresos disponibles de las poblaciones asentadas en los países que parcelan ese enorme desierto, o en nuestro continente de las naciones que baña el Caribe y zonas aledañas, ningún empresario importaría nuevos productos, o instalaría fábricas para producirlos. Sin embargo, sin nuevos medios de producción los ingresos de esas poblaciones no pueden ser aumentados.

Cuando vienen de arriba –por así decirlo- miles de millones de dólares y cunde la pobreza entre la población, no hay forma de transformar esos dólares en valores reales. El arte de la política económica en tales circunstancias promisorias, consiste en tratar a la acumulación o inversión y al consumo como funciones crecientes contrariando su naturaleza. Pero sin un fuerte poder político y una política económica marcadamente dirigista, el capitalismo muestra sus contradicciones a full.

El rasgo extraordinario del sistema capitalista es que puede funcionar solamente por tratar a la inversión y al consumo como directamente proporcionales entre sí, mientras que esto es objetivamente imposible, ya que estas magnitudes son los dos componentes de una magnitud dada, es decir, el ingreso nacional.

Las aguas suben claras

Para sortear esa contradicción, la política económica no está para caer en eslóganes tipo “Estado o mercado”. El padre de Federico Sturzenegger, el también economista Adolfo Carmen Sturzenegger, en quien Domingo. F. Cavallo veía en los ’90 a su natural sucesor, caracterizaba a la economía argentina como configurada “por un socialismo sin plan y un capitalismo sin mercado”. Y esa corriente ideológica tan bien expresada por el idiosincrático balbinismo de Sturzenegger padre, se empeñó en que se perfeccionara esa doble carencia de plan y mercado. Así fuimos yendo y quedamos siendo la envidia de Tarzán, cada vez que esta encantadora corriente ideológica cazó la manija.

Admitir que el exceso de consumo improductivo y la baja productividad son factores de desarrollo es como admitir que la desembocadura de un río determina su fuente. Pero esto es sólo un reflejo de la paradójica realidad objetiva del sistema económico en el que vivimos. Desde hace mucho tiempo se comenta que en el modo de producción capitalista el mundo está patas para arriba. Está parado sobre su cabeza. Pero si eso no es una mera metáfora, significa justamente esto: que la desembocadura de un río determina su fuente.

En todos los demás sistemas de producción es al revés y de acuerdo a la naturaleza de las cosas: la fuente del río determina el caudal de su desembocadura. Primero se produce según los medios productivos de los que se disponga. Luego, se consume después de distribuir lo que se ha producido de acuerdo con algún procedimiento de reparto elegido. La tasa de consumo depende del volumen de producción anterior.

En el sistema de relaciones mercantiles, la dinámica se invierte. Se producen en función de las ventas preestablecidas reales o esperadas. El volumen del lago depende del caudal de la desembocadura. En lugar de ser un aumento en la producción el que hace posible el aumento del consumo, es un aumento previo en el consumo el que estimula la producción.

Y este año en que se cumplen 250 que Adam Smith publicó su ensayo “Una investigación acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones” (An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations), dando origen a la economía como disciplina teórica, y también dos siglo y medio de la declaración de la independencia de los Estados Unidos (9 de marzo y 4 de julio de 1776 respectivamente) vale recordar que una buena ilustración de que el mundo está asentado sobre sus cabeza es la tierra de los libres y valientes.

El impresionante desarrollo de los Estados Unidos en los siglos XVIII y XIX fue como remontar el río. En aquella época los Estados Unidos era un país típicamente subdesarrollado, y el trabajo allí era doblemente costoso, primero porque los salarios eran considerablemente más altos que en Inglaterra y segundo porque la calidad de la mano de obra era particularmente baja.

Sin embargo –y muy a pesar de los actuales profetas y heraldos de la competitividad- , no fue a pesar, sino debido a los altos salarios y la baja calidad de trabajo que el país se desarrolló. No a través de los términos de intercambio, sino a través de la afluencia de hombres y capital. Sobre todo a través de la americanización de este capital, debido a la ampliación del mercado y finalmente a la canalización de estas inversiones en equipos que ahorraban mano de obra precisamente para amortiguar el efecto del alto costo y la baja calidad de la mano de obra disponible, poniendo así en marcha la gran ola de mecanización y automatización en la que se basó el despegue estadounidense.

En el discurso de la asamblea legislativa, el sr Presidente proyecto que “estas nuevas industrias van a suplir con creces la demanda de trabajo retirada por las viejas industrias, y con muchos mejores sueldos (…) Si tan solo repasaran la obra de Adam Smith, sabrían que la división del trabajo está determinada por el tamaño del mercado”.

El punto que el tamaño del mercado lo determina el nivel del salario, que la política libertaria se empeña en achicar. El sr. Presidente cae en la ilusión de cuadrar el círculo y que sea la oferta la que determina la demanda.

Para un anticomunista convicto y confeso como el sr. Presidente no deja ser muy paradójico esa visión socialista del desarrollo vía Vaca Muerta y encima si nos da una mano otro shock petrolero. Un hipotético país socialista no experimentaría ninguna dificultad para convertir los dólares de la eventual bonanza en valores reales.

Por el contrario, incluso, hasta podría beneficiarse por los hábitos frugales de la austeridad en orden a acelerar la acumulación, dedicando la mayor parte posible de estos ingresos adicionales a la compra e instalación de bienes de capital, importando máquinas para construir altos hornos para producir acero para hacer chapa para hacer heladeras o los lavarropas, en diez o veinte años.

Durante ese período, estas operaciones intermedias irán transformando a los piqueteros y marginados en asalariados industriales con ingresos lo suficientemente grandes como para consumir estas heladeras o lavarropas. La acumulación y el consumo aquí han sido tratadas como magnitudes inversamente proporcionales, que es lo que, huelga repetirlo: son por naturaleza.

La salida

En un mundo articulado en torno al intercambio desigual y al desarrollo desigual la opción real a la que se enfrenta la Argentina es estabilizar Belindia o darle cauce a un país de salarios altos. Este es la real disyuntiva política, pues la primera opción implica desarrollar el subdesarrollo. En tanto, la segunda lleva al desarrollo a gran ritmo.

¿Es sencilla la segunda opción? Todo lo contrario. Esta interacción dialéctica entre salarios y desarrollo o, digamos, entre consumo y desarrollo es, en la realidad cotidiana, imbricada y de tal complejidad de condiciones y de tal simultaneidad de causa y efecto que pone a prueba a la construcción y desenvolvimiento de la consciencia política para enfocar dónde se sitúa el impulso primario y aislarlo. Sin contar en el recorrido la presión a la que debe ser sometido el nivel general de precios.

La caracterización estándar de un problema complejo prescribe que, en términos generales, se lo delinee como aquel que se resiste a soluciones rápidas o permanentes. Implica numerosas variables interdependientes. Los resultados nunca son definitivos, sino simplemente mejores, peores o suficientemente buenos. Cada problema complejo es esencialmente único, lo que significa que no existe una receta perfecta preexistente para resolverlo. Además, las soluciones suelen tener consecuencias irreversibles, lo que implica que no es fácil revertir una decisión. Tenemos compradas todas las fichas.

Sin embargo, las que van afuera no las metamos adentro. Si seguimos con Belindia –y la bonanza de dólares de Vaca Muerta y la minería la pueden financiar con mucha estabilidad, no va a suceder lo que se imagina el sr. Presidente. Los ingresos mayores de dólares por el petróleo y la minería seguirán siendo formales, costándoles nada a los países consumidores en su conjunto.

No traerá ningún beneficio extra para el país que no sea el de financiar Belindia, si eso puede considerarse un “beneficio”. Seguro que no. Seguiremos recibiendo, en valores reales, únicamente el costo de la producción por barril, tonelada de mineral o metro cúbico de gas. Además de una muy pequeña parte adicional del precio realizado en forma de armamentos o de unos pocos buques cisterna y quizás también algunas refinerías instaladas aquí y allá. El resto del precio nunca lo embolsaremos por falta de capacidad para consumir y se ira al exterior a financiar las empresas de los países desarrollados.

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