El ministro de Economía, en la Bolsa de Comercio de Rosario, explicó por qué le va bien a la Argentina. E incluso se enojó, ante un auditorio semivacío, porque no lo reconocen y la gente le pide cambios en la política económica. ¿Qué Argentina está viendo el ministro?
¿La gente común, el trabajador, el empresario PyME o grande, el comerciante, están equivocados? ¿Qué Argentina tiene récord de actividad, exportaciones, consumo privado, baja de pobreza y los precios están contenidos?
Escuchamos como un mantra que la macro está ordenada. Que la inflación ya no corre al ritmo del desquicio de 2023 y 2024, que el frente fiscal muestra disciplina y que ciertos indicadores de actividad insinúan un rebote. Incluso el INDEC presenta que la pobreza bajó al 28% y la indigencia al 6% en el segundo semestre del 2025. En los papeles, en el Excel, la historia cierra. Pero en la vida cotidiana todo es muy diferente. Y la calle no se mueve con series estadísticas. Se mueve con changuito, alquiler, remedios, nafta, escuela y carnicería. Y ahí es donde el programa económico empieza a encontrar su límite: la macro puede tener indicadores positivos, pero la microeconomía cruje.
La parte de la foto que el ministro Luis Caputo no describió se completa con el consumo masivo cayendo el 2%, los supermercados retrocediendo 4,5% y los autoservicios un 4%, reflejando que el bolsillo popular sigue muy golpeado en los primeros meses del 2026.
La caída también alcanza a sectores sensibles de la economía real. Bajan la construcción (-2%), los despachos de cemento (-5,5%), la venta de autos (-5,5%) y las operaciones inmobiliarias (-11%).
Incluso rubros ligados al bienestar cotidiano muestran señales preocupantes: caen los medicamentos (-3%), los cines (-3%) y la indumentaria (-8,5%).
El cuadro deja una conclusión contundente: la recuperación existe, pero es selectiva. No hay un rebote general del consumo o la producción. Hay una economía partida. Un 80/20. Ochenta por ciento afuera y sólo un 20% dentro del sistema. Algunos sectores logran sostener gasto mientras la mayoría ajusta y la heladera sigue vacía. Entonces, ¿estamos bien encaminados?
Buena parte de la mejora reciente se apoya en algunos sectores como el agro, que creció el 40%, energía y minería con el 16% y las finanzas con el 18%. Son actividades claves para los indicadores macroeconómicos y para el ingreso de divisas, pero con casi nula capacidad de arrastre sobre el empleo masivo urbano y la economía doméstica. En otras palabras: el crecimiento no mejora la vida de la gente porque no contiene a todos.
Ese desacople ya tiene traducción social. En marzo, el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Torcuato Di Tella cayó 5,3% respecto de febrero y quedó 4,7% por debajo del nivel de un año atrás. No es un dato accesorio. Cuando la confianza cae, no sólo se enfría el humor social: también se retraen el consumo, las decisiones de compra y la expectativa de recuperación. La persona de a pie no evalúa la economía con el lenguaje del ministro de Economía. La evalúa con una sola pregunta: ¿me alcanza o no me alcanza?
La discusión ya no pasa sólo por si el rumbo macroeconómico es correcto, sino por su capacidad real de traducirse en bienestar concreto. La macro y la microeconomía deben estar alineadas en su totalidad. No divorciadas. La estabilidad es una condición necesaria, pero no suficiente: sin recomposición del ingreso, sin crédito accesible y sin un mercado interno que recupere dinamismo, deja de ser una promesa para convertirse en una frustración acumulada.
El desafío, entonces, es pasar del Excel a la calle, de los indicadores a las personas. El diagnóstico de la economía no puede basarse únicamente en equilibrios fiscales o tasas de inflación descendentes, sino en la capacidad de reconstruir expectativas, consumo y empleo de calidad. Sólo así podrá el ministro entender el humor del argentino de a pie.