Las complejas tensiones económicas y geopolíticas que enfrenta la administración de Donald Trump en un contexto de globalización inestable. La incertidumbre financiera generada por la posible burbuja de la inteligencia artificial y el manejo de la deuda pública en las naciones desarrolladas. La intervención estadounidense en Venezuela. La contradicción entre el deseo de controlar los recursos petroleros y la reticencia de las corporaciones privadas a invertir sin garantías sólidas.
Los datos de la coyuntura y la tendencia de las finanzas globales muestran que, en ese aspecto, la incursión militar en Venezuela no produjo un sacudón. Las preocupaciones más marcadas de los que tienen en el plantea la sartén por el mango, y el mango también, van por el lado del potencial estallido de la burbuja de la inteligencia artificial (IA) y las consecuencias –y cómo evitarlas- del astronómico crecimiento de la deuda pública en los países desarrollados.
Curiosamente hubo un leve repunte de los bonos soberanos venezolanos. En un nuevo episodio del árbol caído, Bloomberg dice que “actualmente, existen numerosas preguntas sobre el futuro de Venezuela, y una de las más importantes es qué sucederá con su deuda de aproximadamente 170.000 millones de dólares. Algunos inversionistas han estado comprando bonos venezolanos en mora, apostando a que una futura reestructuración podría generarles una cuantiosa compensación”.
Preguntas
A decir verdad, las tenidas en las finanzas globales en torno a la exacerbada cotización bursátil de las empresas relacionadas o hacedoras de IA se centran en cuándo y bajo cuáles circunstancias se pinchará la burbuja y qué harán los gobiernos al respecto.
Otra parte de la conversación se enfoca en preguntarse hasta dónde el sistema político norteamericano le dará o quitará espacio a los estropicios que Donald Trump le está propinando al orden establecido mundial.
Que el 31 de enero se reanude el shutdown (cierre del funcionamiento del gobierno por falta de ley de presupuesto) constituirá un primer indicio serio de que el horno no está para bollos. Esa fecha límite fue pactada con la oposición demócrata durante el shutdown anterior, de fines del año pasado, que fue el más largo de la historia, para evitar que se malograse la temporada de navidad.
La incursión estadounidense en Venezuela no alentó a los demócratas a congeniar una postura que contemple todos los intereses en presencia. Aunque algo de internismo exacerbado se olfatea, los distintos análisis observan a la situación lejos de una bolsa de gatos, pero que traduce posiciones –por el momento- difíciles de unificar en materia de política exterior. El punto en común, incluso con los republicanos refractarios a Trump, es ver todo este asunto como manifiestamente fuera del orden jurídico vigente.
Ojo con Groenlandia
Por su parte, los legisladores republicanos que no comulgan con Trump han hecho saber su oposición a cualquier movimiento que implique cambiar el estatus de Groenlandia de 57.000 habitantes como territorio danés. Ponen sobre el tapete que heriría muy seriamente a la OTAN, en coincidencia con la dirigencia europea. Además, manifestaron su desacuerdo a que los Estados Unidos -según informó el miércoles la Casa Blanca- se retiren de 66 organismos internacionales. Algunas de esas instituciones pertenecen a la ONU. Los legisladores republicanos disidentes afirman que el cambio climático, los derechos humanos, la salud son –entre otros- asuntos esencialmente globales.
Se puede ver un anticipito de todas estas contradicciones, que con buena probabilidad y mayor densidad irán aflorando, en las votaciones ocurridas esta semana en la Cámara de Representantes y en el Senado. En la cámara baja, junto a los demócratas una cantidad no desdeñable de diputados del Grand Old Party (GOP) aprobó un proyecto de ley para extender los subsidios a la atención médica, desafiando a los líderes republicanos.
En el Senado, se unieron unos pocos senadores republicanos a sus pares demócratas para lograr una votación destinada a impedir que Trump ataque a Venezuela. Fue una votación mayormente simbólica de 52 a 47, en la que cinco legisladores republicanos se unieron a los demócratas para impulsar una resolución que limitaría la capacidad del presidente Trump de lanzar nuevos ataques militares contra Venezuela. La medida aún requiere una votación final en el Senado y también tendría que ser aprobada por la Cámara de Representantes.
Trump afirmó que los cinco republicanos que respaldaron la resolución “no deberían volver a ser elegidos para ningún cargo”. Por si las moscas, el mismo Trump anunció la cancelación de una segunda ronda de ataques contra Venezuela después de que el Senado acordara debatir una resolución destinada a frenar el uso de la fuerza militar en el país. Se especulaba que si los republicanos seguían enroscados con los demócratas y finalmente aprobaban en el Congreso esta legislación restrictiva, Trump seguramente la iba a vetarla. Pinta que se quedó sin espacio.
Mercantilismo
El vicio mercantilista del vértice de la actual administración republicana es muy acentuado. Recuerda al reproche erróneo que le endilgaba Adam Smith a los mercantilistas de su tiempo. Smith decía que los mercantilistas confundían el oro con la riqueza.
Los mercantilistas jamás incurrieron en tal galimatías. Eran tan proteccionistas como monetaristas. Mal entonces podían confundir gordura con hinchazón. Lo que sabían era que una balanza comercial excedentaria (mayores exportaciones que importaciones) significaba más entrada que salida de oro. Más oro, más dinero circulando. Como eran monetaristas, más dinero es más precios, pero eso significaba (en su óptica) mucha más actividad. Así abatían el enorme y terrible desempleo de su época, nunca inferior al 50 por ciento de la mano de obra disponible.
Trump y su gente sí parece caer en las trampas en que cayó el imperio español con el oro del nuevo continente. Aunque invoque el petróleo ahora. Como sucedió antes y seguirá sucediendo ahora y después, nada escapa a las leyes de la acumulación del capital. Algunas incursiones en la arena geopolítica parecen recurrentemente “olvidar” que el sol de las leyes de la acumulación sale para todos.
Típico, cuando dichos comentarios geopolíticos no advierten que los que operan el petróleo son corporaciones privadas que rinden balances en la bolsa (las que son públicas, o sea: las más grandes) cada tres meses. De manera que decir que Trump decide sobre el petróleo de cualquier lado, sin aclarar el punto anterior, es medio vacío de contenido fáctico, por no decir del todo.
De hecho, el miércoles el canciller norteamericano (secretario de Estado), Marco Rubio, insistió en que los funcionarios de Trump “no estaban improvisando”. Es que tanto pavoneo con el petróleo y al igual que las dos jornadas anteriores, ese mismo día las acciones tuvieron un comportamiento bajista. Los índices S&P 500 y el Dow Jones cayeron desde máximos históricos. Fue un día lleno de reveses: las empresas financieras y energéticas, que habían repuntado a principios de año, cayeron, y Alphabet, la empresa matriz de Google, superó a Apple en valor de mercado por primera vez desde 2019.
El Wall Street Journal, citando fuentes anónimas, informa que un posible plan implica que Estados Unidos ejerza al menos cierto control sobre PDVSA, la empresa estatal venezolana. Esto incluye la adquisición y comercialización de la mayor parte de la producción petrolera de PDVSA, algo que el Departamento de Energía ya ha comenzado a hacer.
La legalidad de las medidas de la administración Trump sigue siendo turbia. “Si se firma un acuerdo por coacción, es ilegítimo”, declaró Allen Weiner, director del Programa de Derecho Internacional y Comparado de Stanford, a el NY Times. Sin embargo, no está claro cómo se aplica esto. Tanto los legisladores demócratas como los republicanos exigieron al menos cierta supervisión sobre cómo la administración Trump utilizaría los ingresos provenientes del petróleo venezolano.
A todo esto, nadie sabe de dónde saldrán los 100 mil millones de dólares que hacen falta -a razón de 10 mil millones de inversión anual (cálculos de Banco interamericano de Desarrollo, BID)- para revitalizar la industria petrolea venezolana, ni los 30 o 40 mil millones de dólares que reclaman desde que las expropiaron los bolivarianos hace más de dos décadas corporaciones como Exxon Mobil y ConocoPhillips. “A los inversores no les importa el dominio energético”, afirmó Clay Seigle, investigador principal del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, ante una consulta del Wall Street Journal. Remachó su idea especificando que “Les importan los dividendos energéticos”.
The Economist editorializa que “la jactancia de Trump de que puede restaurar la producción a niveles anteriores de forma rápida y rentable es engañosa. La demanda es débil y el país carece de personal cualificado y capital. Y las compañías petroleras se resisten a asumir costosas apuestas multimillonarias, que prolongan durante décadas, de que Venezuela estará a salvo”. Durante la administración bolivariana Venezuela la producción petrolera cayó a un millón de barriles diarios desde tres millones.
En medio de las preocupaciones sobre los costos y riesgos de invertir en Venezuela, los directores ejecutivos de las principales corporaciones petroleras se reunieron este viernes con el presidente Trump para tratar el tema. No generar un desaire no significa allanar el camino a la inversión.
La editora del Financial Times Gillian Tett, respecto de los más de 100 mil millones de dólares que hacen falta para rumbear la producción petrolera venezolana dice que “Trump afirma que las compañías petroleras estadounidenses realizarán esa inversión. Pero Philip Verleger, economista especializado en energía, me dice que ‘no tienen el dinero’. Por ello, el sector petrolero estadounidense exige ahora garantías de la Casa Blanca antes de actuar (…) Quizás Trump cumpla. Si lo hace, ‘las reservas petroleras combinadas de Venezuela, Guyana y los Estados Unidos, podrían representar alrededor del 30 por ciento de las reservas petroleras mundiales si se consolidan bajo su influencia”, como señala JPMorgan Chase. Esto cambiaría la dinámica petrolera mundial”. ¿En plena transición energética? Qué visión estratégica la de Trump y su muchachada.
Moros en la costa
Además quién se va a meter en el baile venezolano si de petróleo se trata, si esta semana, los reguladores del reino de Arabia Saudita eliminaron las restricciones a la cotización de extranjeros en la bolsa de valores de Riad, conocida como Tadawul. A partir del mes que viene, todos los inversores extranjeros -no solo aquéllos que cumplan ciertos criterios- podrán comprar y vender acciones directamente en 262 empresas que cotizan en bolsa.
El Tadawul (“comercio” en árabe) está dominado por empresas petroquímicas y petroleras, incluyendo el 1,5 por ciento del gigante petrolero estatal Saudi Aramco, que cotiza en bolsa. El índice Tadawul All Share ha bajado durante el último año, con un rendimiento muy inferior al del S&P 500 y a los principales índices bursátiles mundiales.
Es la bolsa de valores más grande y con peor rendimiento de la región del Golfo, lo que es un aliciente para los próceres bull. Las exportaciones de combustibles fósiles aún representan aproximadamente dos tercios de los ingresos extranjeros del reino. Y con el precio del crudo Brent, la referencia mundial, rondando los 60 dólares por barril, Arabia Saudita -el principal petroestado del mundo- está sintiendo la presión. Buscan inversión externa para aliviarla.
Mercado y planificación
Hace un poco más de una semana Trump señaló: “El futuro estará determinado por la capacidad de proteger el comercio, el territorio y los recursos, fundamentales para la seguridad nacional (…) Estas son las leyes de hierro que siempre han determinado el poder global, y vamos a mantenerlo así”.
Todo bien pero, ¿quién pone la plata a condición de que genere más plata? Uno de los objetivos de Trump, puntualizó el Wall Street Journal, era impulsar el precio del petróleo a 50 dólares por barril. (El crudo Brent, la referencia internacional, cotizaba al alza el viernes en 63 dólares por barril). Sería raro que el presidente de los Estados Unidos o de otro lado pudiera manejar los precios del mercado mundial. Indirectamente sí –y con limitaciones económicas-, directamente no. Que sepamos el presidente de los Estados Unidos no tiene facultades de planificador central como si tenían –con sus inmensas dificultades- los camaradas a los que se les dio por asaltar el Palacio de Invierno.
A ese precio se puede llegar a puro subsidio. Si el petróleo deja de ser rentable para los productores norteamericanos a 50 dólares y siguen bombeando es porque también los están subsidiando. La pelea entonces es el presupuesto público. Justo ahí. Y debería venirse una pelea grande. Por cuestiones macroeconómicas también.
El historiador Asam Tooze cita un post de Twitter “SightBringer” en el que subraya: “El cobre alcanzando máximos históricos al mismo tiempo que las ganancias industriales de China se desploman indica que la economía global se ha dividido en dos realidades (…) El cobre se encuentra en la intersección de estos dos mundos (…) este movimiento resulta confuso si aún se utilizan modelos mentales antiguos. El cobre no sube porque el crecimiento esté en auge. Sube porque los sistemas no pueden funcionar sin él. Esta es la verdad más profunda que la mayoría de la gente ignora: estamos fijando el precio del mantenimiento de la complejidad”.
Está bien que Trump es refractario a las energías renovables, pero sin electricidad la IA no funca. Dice el Financial Times que “China produce solo alrededor del 9 por ciento del cobre extraído a nivel mundial, pero esa cifra asciende a alrededor del 20 por ciento después de considerar proyectos en el extranjero en los que tiene participación, según Benchmark Mineral Intelligence. Al igual que con las tierras raras, su verdadero dominio del mercado del cobre reside en la etapa de procesamiento. China controla actualmente alrededor de la mitad de la capacidad mundial de fundición de cobre. Estados Unidos, en cambio, solo cuenta con dos fundiciones de cobre operativas. China es, por mucho, el mayor consumidor de cobre, representando alrededor del 58 por ciento de la demanda para 2025, según Benchmark. La rápida expansión de su red eléctrica fue el principal impulsor del crecimiento de la demanda de cobre en los últimos dos años, según la AIE”.
Los déficits
A las contradicciones políticas y fácticas del funcionamiento del capitalismo, enumeradas hasta ahora, se le suman las macroeconómicas dadas por el connubio entre el déficit presupuestario y el déficit exterior corriente. Fundir el metal para forjar “las leyes de hierro que siempre han determinado el poder global”, no es nada fácil y no es para cualquiera.
El déficit comercial estadounidense en bienes y servicios (calculado como importaciones menos exportaciones) se redujo a 29.400 millones de dólares en octubre, su nivel más bajo desde 2009. El déficit comercial estadounidense se redujo inesperadamente un 39 por ciento, según datos gubernamentales publicados el jueves. Actuaron en conjunto la caída del 3,2 por ciento en las importaciones del pasado octubre con respecto al mes anterior, y el aumento de las exportaciones de un 2,6 por ciento. Esto impulsará el PIB para el cuarto trimestre.
Reducir la brecha entre exportaciones e importaciones fue la principal motivación detrás de los aranceles del presidente Trump. Dado que el latigazo arancelario provocó fluctuaciones en la balanza comercial el año pasado, el déficit comercial de enero a octubre fue un 7,7 por ciento mayor que el año anterior. La contracción intermensual en octubre se debió principalmente a fluctuaciones en algunos productos: Los crecientes envíos de oro al exterior representaron casi el 90 por ciento del incremento de las exportaciones.
La disminución de las importaciones se debió en gran medida a la caída de las compras farmacéuticas después de que los fabricantes de medicamentos pasaran el mes anterior acumulando medicamentos extranjeros en preparación para los aranceles que Trump había amenazado con imponer a la industria antes del 1 de octubre (aunque los acuerdos con los fabricantes de medicamentos en su mayoría proporcionaron alivio arancelario). Mientras tanto, las importaciones de equipos informáticos aumentaron, probablemente reflejando el auge de la IA. Una decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos, que está al caer, podría anular algunos de los gravámenes. Trump decretó aranceles bajo poderes de emergencia. La Corte Suprema determina la legalidad de los aranceles así decretados.
La batalla por los subsidios que está tiñendo la política doméstica norteamericana, enrojecida con rojo sangre inmigrante, se da en medio de la religiosa reducción de impuestos republicana y las trompadas del “bello presupuesto”.
¿Cómo entra el despelote mundial que está armando Trump toda esta situación interna? Existe una relación causal entre el déficit presupuestario y el déficit exterior corriente. Pero es mediatizada por la recuperación económica provocada por el primero y la propensión a importar correspondiente al excedente del consumo, tanto de bienes finales como intermedios, consecutivo a esa recuperación.
Una correlación inversa también existe entre los dos déficits. El de los saldos externos abre el camino para el capital de los no residentes, el que financia el déficit presupuestario, en parte directamente mediante la compra de bonos del Tesoro, en parte indirectamente a través de la compra de títulos del sector privado, compra que libera un ahorro nacional correspondiente, el que en última instancia se coloca en los bonos del Tesoro.
De esta cadena de financiación se infiere una suerte de condicionalidad del funcionamiento mismo de la economía norteamericana por la entrada de capitales extranjeros. Si, digamos, los extranjeros cesaran un día de invertir en los Estados Unidos, ya sea porque han perdido la confianza en el dólar y / o en la salud de la economía de ese país, ya sea debido a una baja de la tasa de interés a un nivel disuasivo, la carga de financiar el déficit presupuestario recaería completamente en el ahorro local y, por el efecto de “evicción”, este ahorro faltaría en el sector privado y por lo tanto en la producción.
Esto es completamente falso. El único medio del que disponen los extranjeros para no invertir sus dólares en los Estados Unidos es simplemente no ganándolos, es decir, exportar menos a ese país, o, lo que es lo mismo, de importar más. Esto significaría que la balanza de los Estados Unidos dejaría de ser deficitaria.
Pero entonces la cantidad de dólares que se necesitan hoy para financiar el déficit no saldría más del espacio nacional norteamericano y se incrementaría en una cantidad exactamente igual la liquidez y, por lo tanto, al ahorro disponible dentro de este espacio. También es erróneo decir, como se ha dicho, que la afluencia de capital extranjero tiende a inflar la liquidez dentro de los Estados Unidos, provocando por contragolpe la reacción restrictiva de la FED (Banco Central norteamericano). Los dólares “entrados” simplemente restablecen el equilibrio restituyendo a la circulación interna los dólares que “salieron” para pagar el excedente de importaciones, enfrentando una oferta de mercancías justamente infladas por esas importaciones.
En todo este mar de contradicciones navega la política norteamericana y la política mundial. Mejor no suponer que la astuta Razón va a dejar pasar o mirará para otro lado esta incapacidad de “proteger el comercio, el territorio y los recursos, fundamentales para la seguridad nacional” alentada por datos subjetivos, en vez de hacer las cosas como se deben fundados sobre datos objetivos.