La supuesta baja productividad del trabajador argentino es una premisa falsa utilizada para justificar la reducción de salarios, meta central de la reforma laboral en danza. El salario es una variable política determinada por la puja distributiva y el poder de negociación de las clases. Vincular directamente el sueldo con el rendimiento físico del trabajo ignora la rentabilidad del capital y perpetúa un modelo de país empobrecido y desigual. Estas medidas legislativas tienen mucho que ver con un racismo soterrado.
El ataque directo a los intereses bien entendidos de los trabajadores argentinos quedó escrito en la media sanción del proyecto de ley en Senadores. El paquete legislativo pasa a Diputados para ser sancionado con fuerza de ley.
La normativa que pone al trabajo a merced del capital, va contra la salud del connubio entre crecimiento económico y democracia.
Es que, a corto plazo, la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) puede prescindir del consumo para alcanzar un resultado positivo. El saldo exportable y el consumo suntuario de los ricos pueden impulsar el crecimiento. Por caso, la Argentina del Centenario.
Pero llega un punto, en el no muy distante porvenir, en que si no se les da máquina a los salarios, y en consecuencia al consumo de las mayorías, el PIB se estanca e incluso retrocede. Por caso, como lo refleja –por la positiva y con todas sus limitaciones- la moderna Argentina igualitaria que arrancó el 17 de octubre de 1945 y en 2010 conmemoró su Bicentenario con una memorable fiesta popular.
Entre el abanico de argumentos falaces que se usan para cohonestar este intento actual de plasmar en el plexo de las relaciones laborales la factoría de muy bajos salarios, hay uno que resulta de especial interés por lo que deschava: el que reza que la reforma va en pos de subir el promedio de la muy alicaída productividad del trabajador argentino.
En esa afirmación hay un muy frecuentado dudoso giro conceptual, que deja a la luz del día el verdadero estatuto del salario y los en extremo endebles argumentos de la derecha reaccionaria en lo que hace a las relaciones laborales, en particular, y a la visión del funcionamiento del capitalismo realmente existente, en general.
Ni suecos ni japoneses
Los argentinos cobran salarios mucho más bajos que los suecos o los japoneses porque su productividad es notablemente más baja que la de los nipones y la de los vikingos, afirman los defensores y proponentes de a reforma laboral.
Si salarios tan disimiles se deben a las diferencias de productividades, en principio hay una situación muy curiosa protagonizada por el ser humano que cruza la frontera.
Un argentino o argentina que emigran a Suecia o a Japón, dada la singular creatividad de los compatriotas, puede o no convertirse en vikingo, en samurái o lo que fuere. Eso es contingente. Lo que es seguro es que cobrará salario sueco o japonés, o unas coronas o yenes menos, dado que para eso se hace difícil conseguir estatus de inmigrante legal.
O alguien descubrió tras el visado la transmutación, tercamente esquiva a los alquimistas, y se olvidó de gritar ¡Eureka!, o la hipótesis de la imposibilidad de igualar salarios por las insalvables diferencias de productividad ni bien se la confronta con la realidad empieza a mostrar su inadecuación.
Un ser humano que acá era poco rentable, allá –en la fría Escandinavia o en el país de los cerezos- lo es por abrumadora diferencia. Bastan 14 o 27 horas de vuelo y un par de sellos de la Migra para liquidar la diferencia y ninguna reforma laboral. Al contrario, más Estado de bienestar y menos horas de trabajo semanal.
Argumentar acerca de salarios nacionales diferentes sobre la base de que se trata de trabajadores que rinden más respecto de aquellos que rinden menos, o mucho menos, entraña poseer un robusto fundamento, lo que ya entre Suecia y Japón parece que se debilitó. Y mucho.
Máxime, cuando mediante la normativa que proponen los libertarios que lo impulsan se pretende dinamizar el sector laboral, de tal suerte que esa enorme diferencia salarial tiende a acortarse porque presiona al alza la productividad. A pura magia, porque demanda efectiva no hay.
Los opositores dicen que eso es puro humo, pura superchería. Desde su óptica la reforma laboral consagra la revancha de clases. Agregan que por su efecto bajista en los salarios, va a destruir –en vez de crear- empleos. Además, está diseñada para cercenar los derechos laborales. Que no haya juicios. Y da paso al despido gratuito.
Hora de definiciones
Por productividad se entiende la cantidad de producto, en términos físicos, que se obtiene con una unidad adicional de insumo. Un trabajador hace un año hacía dos sillas por hora. Un año después produce 4 sillas por hora. La productividad aumentó cien 100 por cien.
En cambio, la rentabilidad, en términos de valor, se especifica como el precio de compra de los insumos con relación a la precio de venta del producto. Los marginalistas y neoclásicos, suponiendo pleno empleo de los factores y competencia perfecta, identifican rentabilidad con productividad.
Un ejemplo ilustrativo acerca de la aplicación de estas dos definiciones y a los diagnósticos diferentes que llevan. Una tonelada de aluminio vale $ 10.000. La cantidad de bauxita necesaria para producir una tonelada de aluminio vale 300. Por lo tanto, el valor agregado en la etapa de extracción es de 300, mientras que el de la etapa de procesamiento es 700.
Mediante el refinamiento de algunos cálculos, se encontró que lo que se llama impropiamente la productividad del trabajo, es decir, simplemente el valor agregado por trabajador empleado, era, por ejemplo, $ 10 en la extracción y 50 o 60 en la transformación. Ergo: la transformación es más rentable que la minería.
Esto toma como dato lo que es justamente la variable dependiente del problema. Se olvida de que si el aluminio vale $ 1000 y si en la etapa de procesamiento produce un valor agregado total de 700 y un valor agregado por trabajador empleado de 50 o 60, es precisamente porque los países en donde se encuentra implantada esa etapa son países desarrollados y, por lo tanto, las remuneraciones de los factores en esa etapa se encuentran gravadas a la tarifa de los países desarrollados.
De ello se sigue que si tal o cual país de la periferia puede ahora, por un momento, tomar ventaja de esta situación e implantar la etapa de procesamiento en su territorio, el día que el trasplante de esta etapa al país de la Periferia –por ejemplo, la Argentina- se concreta, ya no producirá un valor agregado de $ 700 por tonelada sino, tal vez, de 300 o 400, y una tonelada de aluminio, todas las demás cosas permaneciendo iguales, no valdrá más $ 1000, sino 500 o 600. Es así como sucedieron las cosas con la industria textil, la confección, la construcción naval, la electrónica pequeña y que están sucediendo con la industria del acero, por su localización en China. La secuencia va de salarios bajos a precios bajos y no a la inversa o a la recíproca.
Valor agregado por empleado
Dentro del cuadro de la nación, lo mismo que en el ámbito internacional, el potencial de aplicación del progreso tecnológico está necesariamente limitado por el fondo de acumulación existente y, por una causa o por otra, están desigualmente repartidos sobre el plano geográfico. Lo que no constituye una razón para que la remuneración del factor trabajo sea distinta a niveles de calificación e intensidad iguales.
Lo cierto es que los heraldos de la hipótesis de la imposibilidad –partidarios firmes de la reforma laboral- comparan las productividades respectivas considerando el valor agregado por empleado; así dejan en el camino nada más -y nada menos- las diferencias de salarios -que justamente es lo que se quiere justificar- que ya están incorporados en el cálculo del valor agregado. Hacen la demostración usando como prueba el objeto de la demostración.
Para evitar este tipo de tautología, la comparación correcta es entre bienes iguales y cantidades físicas de esos bienes. Comparar la productividad en el sector zapatos con la del sector que manufactura plumeros, no tiene ningún sentido.
Debe tenerse presente, además, que las productividades son medidas aparentes, en el sentido de que cuando se trata de medir un crecimiento de la producción, el cálculo se hace sobre el factor acerca del cual se quiere computar su incidencia. Empero, tanto trabajo como capital empujan en yunta hacia arriba. La mayor remuneración a la que entonces tiene derecho el capital da cuenta de este incremento conjunto.
Asimismo, en la práctica el concepto de costo de la unidad de trabajo resulta ser muy útil para tomar como índice la productividad monetaria del trabajo, no la física. De hacer esto, se estará pisando tierra firme, en la medida que se puede establecer de forma concreta un indicador del producto monetario generado por unidad de trabajo.
Luego, comparando este resultado con el precio monetario de la unidad de trabajo, vale decir con el salario, se llega a lo que se conoce -en general- como el costo unitario del trabajo. En esto hay que ser cuidadoso para no extraer conclusiones erróneas a partir de su utilización.
Pagar salarios suecos y japoneses
En concreto, aun incluso bajo las inaceptables premisas de los trompeteros de la imposibilidad, la productividad argentina sí permite pagar salarios suecos o japoneses. No obstante, los heraldos suelen olvidar que a mediados del siglo XIX el salario norteamericano era -grosso modo- el doble que el europeo, mientras que la productividad del viejo continente al menos duplicaba la de los Estados Unidos.
En consecuencia, por muy arduas que fueren las dificultades del ajuste hacia arriba, y ciertamente lo son, y más, nada que no sea una decisión política impide a la Argentina avanzar en esa dirección.
Es verdad que no se puede hacer de hoy para mañana -el sistema de precios se descoyuntaría de forma temeraria- y que una vez que los salarios queden fijados en el nivel que permiten reproducir al trabajador o la trabajadora y su familia acorde a los estándares del siglo XXI, su crecimiento depende de la productividad, para que no se encabrite la inflación, pero también de la disputa sindical y la conciencia política para hacer efectivo el aumento y evitar la deflación. Nada es automático en materia de remuneraciones.
Pero no es menos cierto que la comunidad argentina tiene un problema político originado en los dictados de su sentido común. En la suerte y verdad de ese ajuste alcista –que el sentido común obstaculiza- de tensiones extremas, se juega el ir para adelante en el proceso de desarrollo o quedarse.
El primer dato
Todo este proceso reafirma que el primer dato que se constata es que el salario es un precio político. Su nivel, bajo o alto en comparación a los establecidos en otras sociedades, expresa el trato más profundo alcanzado por la lucha de clases en el seno de la nación.
En la mercancía fuerza de trabajo su precio precede a su valor, en tanto el valor de cualquier otra mercancía viene precedido del o los precios de las otras mercancías que intervienen en su producción.
Es más, el “costo de la reproducción” de la fuerza de trabajo no lo fija el costo de reproducción del conjunto de las calificaciones laborales sino el del costo de reproducción de la jerarquía social, todo lo cual supone que el salario se fijó con anterioridad, previo a todo trámite.
De hecho, desde que el capitalismo sentó sus reales nunca hubo una tal cosa llamada “mercado de trabajo”, en razón de que el precio del trabajo no se instaura de acuerdo a la oferta y la demanda de empleo. Además, los diversos tipos de ingresos que pueden ser englobados dentro del concepto de ganancia, y que abren las disputas entre los dueños de los distintos gajos de la pelota, sobrevienen después de que la sociedad instituye el salario.
Por cierto, hay quienes refutan el carácter “político” del salario amparándose en la productividad. Los partidarios de la reforma laboral, por ejemplo. Argumentan que en la economía mundial hay un número de horas durante las cuales el trabajador produce un valor igual al valor de los productos que consume. Más aumenta la productividad, mayor es la cantidad de bienes producido en ese tiempo total mundial. Si el salario real es mayor en Europa y los Estados Unidos que acá, se debe al carácter creciente y proporcional de la productividad de allá.
Falso. El valor de la fuerza de trabajo se determina por una canasta de bienes, no por las horas para producirla. El aumento de la productividad baja las horas para producir esa canasta. Para que aumente la canasta debe darse y ganarse la disputa por la distribución del ingreso. Y esos cambios cuantitativos al alza, cuando se acumulan, son los que cambian la calidad de vida. Como bien dijo Marx, el enriquecimiento de los seres humanos no es más que la multiplicación de sus necesidades.
De resultas, el conjunto de estas observaciones significa que la variable nacional de la distribución del ingreso deviene tan autónoma y rígida como las condiciones técnicas de producción y, desde ese momento, no son más los precios de los productos los que determinan los ingresos de los argentinos, sino los ingresos de los argentinos los que determinan los precios de los productos que venden al mercado mundial. Vendemos barato porque estamos empobrecidos y no estamos empobrecidos porque lo que vendemos es barato.
Racismo realmente existente
El garbo no debería llevar a confusiones, pero lo hace. Y hace algo más. Los suecos en promedio son rubios y de ojos celestes. Verdad, los nipones rubiecitos más bien no. Raza amarilla que le dicen. La melanina, proterva, invita a pagar menos que más.
Un olvidado economista sueco, Gunnar Myrdal, Premio Nobel, tenía muy afilado los argumentos para demostrar como el racismo atentaba contra el crecimiento económico y como el sistema de precios revelaba la atroz discriminación.
Cuando se acepta que productividad fija salarios con el mismo criterio medieval que gravedad impide volar, de antemano están argumentando las razones de porque por muchos, muchos años lo salarios deberán ser de subsistencia. Es lo que pretenden los libertarios con su reforma laboral que deforma la vida argentina.
Es obvio que el impulso a la productividad resume sus mejores anhelos. ¿Pero cómo volar cuando el avión no está inventado ni en miras? En la era del jet, les basta con hacer avioncitos de papel para tranquilizar el espíritu, total los cabecitas negras –desprecio típicamente argentino si los hay- son los mejores candidatos a cobrarlos. Sonaron, no son rubios.
Consciente o inconscientemente, se lo deplore o se lo quiera, el argumento de productividad para fijar el nivel de salarios lleva consigo una decisión política profundamente racista y por lo tanto –además de su honda inmoralidad- resulta la sublimación de la antieconomía.
No hace más que realzar su inopia, que este incrustado en medio de los argumentos para defender una indefendible y empobrecedora reforma laboral libertaria, inscripta en la más conspicua tradición gorila.
Todo esto confluye a plantear que la perspectiva del desarrollo es un problema de decisión política colectiva, debido a que el precio que lo desata –el salario- es un precio político. No se trata de productividad, que en todo caso mide la dimensión única del desarrollo: el aumento cuantitativo del producto, se trata del diseño del instrumento político al sólo efecto, expresión de la alianza de clases y sectores. En eso, la democracia argentina anda por el momento con productividad y pronostico reservada. Los lamentables avatares en torno a la reforma laboral así lo confirman.