¿Y ahora qué?

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¿Qué pobreza baja en la Argentina?

Menos pobreza monetaria no significa más bienestar.  Y hablamos de pobreza monetaria porque es la forma en que medimos y valoramos la pobreza en Argentina desde hace muchos años. ¿Alcanzo o no a comprar una canasta básica de bienes y servicios? Eso es pobreza monetaria.

Según el último informe del INDEC, en el segundo semestre de 2025 la pobreza alcanzó al 28% de las personas, mientras que la indigencia se ubicó en 6% de los argentinos.  Traducido: 8,47 millones de personas siguen siendo pobres y, dentro de ese universo, 1,88 millones ni siquiera logran cubrir una canasta básica alimentaria, es decir cubrir las comidas diarias. Son pobres entre los pobres.

La mejora respecto del primer semestre existió: la medición de la pobreza cayó desde el 31,6%, mientras que la indigencia bajó desde el 6,9%. Pero la pregunta importante no es solo cuánto bajó. La pregunta es por qué bajó.

La pobreza bajó porque durante el 2025 los ingresos de los núcleos familiares crecieron más rápido que las canastas de bienes que compran. Pero dentro de esa mejora hubo un actor decisivo: la política de ingresos hacia los sectores más vulnerables, especialmente la AUH. 

El problema es que eso también revela el límite del rebote social: parte del alivio no vino del trabajo, sino de la ayuda social. Y eso no es irrelevante. Porque una sociedad puede dejar de caer gracias al Estado, pero solo deja de ser pobre de manera duradera cuando mejora su capacidad de generar ingresos propios.

Matemática social

En números, el ingreso total familiar promedio creció 18,3%, mientras que la Canasta Básica Alimentaria, que mide la indigencia, aumentó 11,9% y la Canasta Básica Total 11,3%. Es decir: los ingresos crecieron más rápido que el costo de las canastas. Y cuando eso ocurre, la pobreza baja. No por magia. Es pura matemática social.

Pero no se trata solo del promedio. El dato más importante está más abajo. El estrato de menores ingresos  tuvo una mejora aún mayor: 21,5% en la suma de sus ingresos familiares. Ahí está el corazón del movimiento porque si los de abajo mejoran un poco, el indicador nacional se mueve mucho.

Así la AUH y las transferencias sociales jugaron un rol decisivo. En una Argentina donde la pobreza golpea especialmente a la niñez —el propio INDEC marca que el 41,3% de los chicos de 0 a 14 años es pobre—, cualquier actualización fuerte de ingresos dirigidos a hogares con hijos tiene impacto directo sobre el indicador de pobreza. Y la AUH durante el 2025 creció por encima de la inflación.

Eso ayuda a entender por qué la pobreza bajó con más claridad que la indigencia. La asistencia social puede reforzar el piso de consumo básico, evitar que muchos hogares se hundan más y sostener alimentación. Pero no siempre alcanza para sacar a una familia de la precariedad estructural. En otras palabras: se puede dejar de ser indigente sin dejar de ser pobre.

Así la pobreza monetaria bajó por múltiples razones: la inflación aflojó un poco, los ingresos corrieron más rápido que las canastas y el Estado volvió a amortiguar parte del golpe con asistencia social.

El resultado, entonces, se explica más por el ANSES que por el salario. Más por transferencias que por empleo. De manera que lejos de tener un tejido social recompuesto, lo tenemos contenido. Y eso cambia toda la lectura política del dato.

La pobreza no se derrota solamente cuando baja un porcentaje. Se derrota cuando una familia deja de organizar su vida alrededor del miedo a caer. Y en la Argentina de hoy, ese miedo sigue ahí. Intacto.

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