La mayoría de los renglones que conforman el acuerdo comercial reciente entre Argentina y Estados Unidos comienzan con la fórmula “Argentina shall”. Lo que hará el país. Pero examinándolo, el autor opina que la precisión de los compromisos que se asumen es escasa. Según Guido Aschieri, la finalidad del acuerdo es fingir la concreción de un logro coherente con una mirada estratégica, y se contradice de manera directa lo que se pretende demostrar.
Los análisis críticos sobre el presunto acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos, que la administración de Javier Milei celebra como un triunfo estratégico, coinciden en señalar algo inmediatamente observable: la sumisión sin contrapartida.
El acuerdo parece diseñado para favorecer de manera unilateral a Estados Unidos. Como se explicó la semana anterior en Y ahora qué?, Julieta Zelicovich registró que Argentina asume 113 obligaciones, y Estados Unidos solamente 2.
Los renglones que contienen la asunción de un compromiso comienzan, en su mayoría, con la fórmula “Argentina shall”. Y por lo general, lo que Argentina “shall do”, o sea tendrá que hacer, es no aplicar aranceles o regulaciones discriminatorios contra importaciones norteamericanas, además de aplicarlas contra otros países que no cumplan con estándares de calidad.
Es decir, abandonar el proteccionismo frente Estados Unidos, y ejercerlo frente al resto de manera discrecional. En este contexto, el criterio de que no se cumplan los estándares del comercio internacional se utiliza como una excusa aceptable.
Pero examinando el acuerdo, aparece un rasgo: la precisión de estos compromisos es escasa. Por fuera de la decisión de remover aranceles o licencias de importación, no hay mucho más para ofrecer. Y en los hechos, con la inclinación a la apertura comercial del Gobierno libertario, tampoco las medidas proteccionistas que podrían adoptarse son puestas en práctica.
Existe un factor estructural de fondo que explica la falta de sentido de las obligaciones. Para que un acuerdo comercial sea relevante de alguna manera, los países involucrados deben tener algo para ofrecerse mutuamente. Cuando Estados Unidos es, con China y Brasil, uno de los tres socios comerciales más importantes de Argentina, es difícil que se produzca un cambio sustantivo en volúmenes comerciales.
Podría ocurrir si tuviesen lugar modificaciones en las estructuras productivas, y fuesen mutuas. Por ejemplo, la fórmula de que Argentina exporte carne, y Estados Unidos automóviles, pero no de manera transitoria, sino eliminando sus respectivas industrias. Pero eso implicaría desplazamientos sociales que no parece formar parte del interés Estado Unidense. A Donald Trump le podría provocar costos, sin que se vislumbren beneficios. Y un amague es una cosa bastante diferente a una herida por mano propia.
Incluso la prioridad en las inversiones para la explotación de minerales que se enfatiza en el acuerdo es, más allá de lo aparente, vaga. Si realmente existiese la urgencia de acceder a esos minerales, sea para las empresas inversoras o, más importante, para los países compradores, no sería necesario ningún acuerdo para poner los proyectos en marcha. Basta con llevar adelante la concreción de las inversiones mismas.
Por estas razones, el acuerdo, a los efectos de la política económica e internacional, es intrascendente. En todo caso, lo que realmente tiene peso es el problema que manifiesta. A saber, la falta de orientación del oficialismo económico para encarar una política económica que impulse el crecimiento.
Lo cual acarrea dos consecuencias.
La primera es que, al no delimitarse las prioridades nacionales, se asume una política de acomodamiento internacional incompatible con la independencia.
Aunada a ella viene la segunda: los integrantes del Gobierno son capaces de condescender con Trump hasta cualquier extremo, con tal de obtener una imagen que les permita fingir que se están ocupando de lo importante. Incluso firmar un documento en el cual, graciosamente, se acepta que la Argentina deberá hacer cosas. Sin más. Al tenerlo en cuenta, se comprende la naturaleza “Argentina shall” del acuerdo.
Si la vaguedad y la sumisión son la característica más destacable de un acuerdo cuya finalidad es la de fingir la concreción de un logro coherente con una mirada estratégica, lo notable es que contradice de manera directa lo que se pretende demostrar.
La ratificación de la apertura a las importaciones, que el Gobierno puso en práctica de facto antes de firmar nada, se inscribe dentro del descuido a la producción nacional, que compromete las posibilidades de expandir la actividad económica, o solamente de sostenerla.
En ese sentido, es similar a la habilitación para que ingresen autos provenientes de China y de Brasil mientras cae la producción nacional, o al desplazamiento de Techint en favor de una empresa india en la licitación de caños realizada por Southern Energy, para la construcción del ducto que transportará el gas desde Vaca Muerta hasta Río Negro. Se reemplaza trabajo nacional por productos importados, y se utilizan divisas para importar bienes que el país puede producir, en lugar de utilizarlas para los que no produce y son necesarios.
Por eso importante del acuerdo no es el documento en sí mismo, sino su carácter como elemento de afirmación ideológica. Se trata de aparentar que la política económica tiene un horizonte para fortalecer la economía nacional mediante el comercio exterior, cuando en realidad se da en el trasfondo de un debilitamiento, que el comercio exterior refleja. Por eso el Gobierno busca fotos bajo adulación: en estas condiciones, Argentina no tiene nada para ofrecer a cambio.