El gobernador paulista le cedió la escena a Flavio Bolsonaro, mientras diez gobernadores renunciaron para ser candidatos y la ultraderecha logró una migración de diputados a sus filas. Y Trump va a insistir con las sanciones.
Brasil es un país con un sistema político más que ambiguo, que heredó de su era imperial. En esos tiempos, el monarca era absoluto y gobernaba con un gabinete nombrado a dedo, más una pequeña legislatura y un Senado que servía para una cosa y sólo una, darle voz -discreta y cortés- a las oligarquías provincianas en la Corte. Brasil pasó a ser república, se gobernó más o menos democráticamente dependiendo de la época, pero la debilidad de los partidos nacionales frente a los provinciales sigue igualita.
Para dar una idea, en este momento, en la Cámara de Diputados hay 21 partidos, más una monobancada que no le responde a ninguno.
El sábado pasado, 4 de abril, a exactos seis meses de las elecciones nacionales, se cerró el plazo para cumplir una ley que sólo se entiende en este contexto. Resulta que quien quiera ser candidato y tengo un cargo ejecutivo electivo -gobernador, intendente- tiene que renunciar y hacer campaña como ciudadano llano. Y los diputados pueden, hasta ese día, mudarse de partido y afiliarse formalmente a otro, pero sin perder la banca. Fue un día de juego de la silla, ese que cuando para la música hay que ver quién queda en pie.
La gran novedad fue que Tarcisio de Freitas, el gobernador de San Pablo, se quedó bien sentado en el Palacio de los Bandeirantes. Freitas era el único candidato de la derecha capaz de pelearle la candidatura a Flavio Bolsonaro, el hijo presidencial y senador. Pero la clave electoral de Brasil, para el PT, es juntar votos en el mayor distrito del país. No hay manera de que Lula da Silva gane el estado, pero en 2022 perdió por lo suficientemente poco como para ser electo. Por eso es que va de candidato su ministro de Economía Fernando Haddad, igual que hace cuatro años, a ver si repite su magia.
Pero otros diez gobernadores renunciaron para ser candidatos. Ronaldo Caiado, ahora ex de Goiás, y Romeu Zema, ex de Minas Gerais, se tiran a presidenciables por la derecha moderada, a ver si hay espacio en ese sector sin Tarcisio compitiendo. Once intendentes dejaron también sus puestos, en este nivel para intentar ser senadores. Y luego está el caso de Claudio Castro, el bolsonarista carioca que renunció para evitar un juicio político por abuso de poder y desvío de dineros públicos, perdió sus derechos políticos por ocho años por pícaro, pero piensa que le va a salir bien la apelación y va a estar en la boleta.
Pero fue en Diputados donde se notó la marcha de los lemmings y lo preocupante fue que se tiraron tantos al río Bolsonaro. Quince diputados abandonaron sus partidos de derecha moderada -el llamado “Centrao”- y se unieron al PL que inventó Jair Bolsonaro. La ultraderecha tiene ahora el mayor bloque en la cámara, con 101 diputados. El PT, que perdió una banca, quedó en 66. El resto de los bloques relevantes, con entre cuarenta y cincuenta miembros, son cinco expresiones conservadoras. Y luego hay catorce etiquetas más que van de lo pequeño a lo irrelevante.
El principal perdedor fue Unión Brasil, partido derechista moderado, muy limado por la seducción bolsonarista y por varios problemas de sus referentes con la Justicia Federal. UB perdió quince bancas, casi todas fugadas a la bancada pro Bolsonaro. La gran zanahoria de la tropa del ex capitán preso por golpista es participar en una supuesta “ola” que los lleve a otras posiciones: varios de los que se mudaron quieren ser gobernadores de sus estados, o por lo menos un ascenso al Senado. Flavio Bolsonaro, que ya empata en las encuestas con Lula da Silva, promete elevarlos.
El PT perdió una sola diputada, pero su aliado el PDT perdió nada menos que diez de dieciséis, un desastre. Otro aliado, el PSB, ganó cuatro y pasó de 16 a 20, un consuelo que no alcanza y deja a la alianza oficial en dependencia del voto conservador moderado, uno de los fastidios históricos de gobernar Brasil.
La nota cómica, que nunca falta, fue el diputado ruralista Nelsinho Padovani, de Paraná. En apenas un mes, del cuatro de marzo al cuatro de abril, cambió tres veces de partido. Estaba en Unión Brasil, pasó por los liberales de Bolsonaro, migró a los Republicanos y terminó en el PP.
La campaña
Pero la verdadera preocupación del progresismo brasileño a partir de ese sábado es la capacidad de seducción de los Bolsonaro, que parece que instalaron un “vamos a ganar” entre conservadores y derechistas. Hasta ahora, esto era una sensación, un tema de conversación, que ahora empieza a plasmarse en movidas concretas, con nombres y números. Con 101 diputados propios, Flavio candidato es alguien capaz de hacerle la vida difícil a su rival presidente.
Lula reaccionó con el pique que lo caracteriza y dio esta semana una orden importante. Como se recordará, acaba de crear un comando de campaña de fieles históricos, gente capaz de señalar errores y hacerse oír. La orden de que el presupuesto digital de la campaña sea por primera vez en la historia superior al de televisión convencional busca corregir y rápido un problema de percepción sobre un presidente que ya cumplió ochenta años. El tema es que Lula cómodamente podría ser el abuelo de una mayoría del electorado brasileño, país juvenil.
La consultora Quaest hizo un estudio sobre imágenes -no intención de voto- y descubrió que Lula no atrae sobre todo en el sector entre 16 y 34 años. La encuesta fue muy detallada, pidiendo ejemplos y actos concretos de políticos que atraen o no. Un porcentaje preocupante dijo que ve al presidente “cansado” y hasta “enojado” con los “ingratos” que vienen a ser ellos. Esto se basa, señalaron los encuestados, en declaraciones del presidente en una reciente visita a Goiás, donde explicó en un acto que el dinero ahora alcanza, pero la gente gasta demasiado en apps o en cuidar a sus mascotas…
Ya hubo varias filtraciones petistas de cómo Lula se fastidia cuando le alcanzan encuestas electorales y siempre pregunta por qué sus golazos sociales -la ayuda social, la excención del impuesto a las ganancias- no mueven el amperímetro. El presidente expresó esta frustración en público en Goiás cuando dijo que si “nuestro equipo ya ganó” ¿por qué la hinchada no está disfrutando del partido? El que menos disfruta, parece, es el relativamente pequeño sector independiente, que no es bolsonarista ni petista. Es un sector desmemoriado, pero que define las elecciones.
Una desmemoria es pensar que el gobierno, cuando expande derechos, no hace más que cumplir su deber, como si Bolsonaro no hubiera gobernado recortando derechos. Otra desmemoria, afín, es que no alcanza lo que hace Lula. Y luego vienen cosas bastante caprichosas, como la reacción ante el muy amplio programa contra la violencia de género del gobierno, algo histórico, que genera un tontito ¿si el problema es tan grave, por qué no lo arreglan?
Con este panorama, una campaña con eje digital aparece como necesaria. Habrá que ver los contenidos, pero el canal es exactamente el que va a la faja etaria que hay que convencer.
Tarifas
Como se sabe, Donald Trump tuvo que recular con su política de aplicarle impuestos de importación a quién le cayera mal, o por capricho. La misma Corte Suprema le dijo que no y todo se cayó en el día. Pero hay que recordar que Trump es rencoroso y las tarifas son un arma que le encanta esgrimir porque tiene aire a decreto, a Por Orden de Su Majestad. Apenas perdió en la Corte, avisó que tenía “otros recursos” que no implicaban ir al Congreso, como corresponde.
El recurso principal es algo llamado el USTR, la poco conocida agencia oficial que regula y vigila el comercio exterior de los EEUU. En Brasil están muy preocupados, porque Trump ordenó que investiguen el comercio bilateral y que encuentren algo con que sancionarlos. El proceso fue iniciado en julio del año pasado en base a las Sección 301 de la ley de Comercio y ya hay seis cargos contra los brasileños: el monopolio de la app Pix en el comercio digital, la floja legislación anticorrupción, la poca protección de la propiedad intelectual y las patentes, las barreras a la importación de etanol norteamericano, la deforestación del Amazonas y las tarifas preferenciales dentro del Mercosur.
La diplomacia brasileña está enviando una fuerte delegación a Washington a fin de mes, para alegar el caso. Es un paso formal en estas cosas, pero nadie espera moverle el amperímetro a funcionarios que, ya se sabe, tienen órdenes superiores. El diario económico Valor, con buenas fuentes en estas cosas, estimó que la ofrenda al altar trumpista va a ser facilitar las ventas de etanol en Brasil, un lindo caramelo para el sector rural norteamericano en año de elecciones. Pero todo esto se podrá negociar en serio solo de presidente a presidente, y la visita de Lula a Estados Unidos, anunciada y confirmada, todavía no tiene fecha.
Domicilios
Jair Bolsonaro salió del hospital y, al fin, logró su objetivo de ir a su casa en Brasilia. Su némesis, el supremo Alexandre de Moraes, le concedió la domiciliar cuando le dieron el alta del hospital DF Star por una bronconeumonía. El juez se la había negado varias veces, pero el lobby aumentaba y aumentaba. Eso sí, le pusieron la tobillera electrónica todavía en la cama de internación y la custodia es de las fuertes.
De Moraes, hablando de domicilios, parece que le debe una explicación a los brasileños por los 17 que aparecieron en una investigación del diario O Estado de Sao Paulo. El juez ya anduvo defendiéndose por haber hecho varios viajes en el avión privado de Daniel Vorcaro, el encarcelado dueño del banco Master, quebrado fraudulentamente. La señora de Moraes, Viviane Barci, trabaja en un estudio legal que, entre otros clientes poderosos, manejaba casos para Vorcaro. Parece que el banquero más que cliente era amigo.
Según O Estado, la familia de Moraes pagó al contado unos cuatro millones de dólares en los últimos cinco años, y su patrimonio inmobiliario ahora pasa los seis millones. Nada mal: cuando lo candidatearon a juez de la Corte Suprema en marzo de 2017, de Moraes declaró tener apenas más de un millón en doce propiedades inmobiliarias.
De paso, no es cosa del juez de Moraes. Su colega Dias Toffoli también volaba en el jet privado de Vorcaro, famosamente para ir al espectacular resort de Tayayá, donde paran los que tienen. Kassio Nunes Marques, otro supremo, usaba los aviones privados de otros empresarios.
Es que la corte de por allá está acostumbrada a un tren de vida notable. Son once supremos que tienen a su disposición once autos blindados y otros noventa comunes.
Cipayos
Los hermanos Bolsonaro son tan cipayos, que hasta el The New York Times, que no conoce la palabra, se asombró. Les acaba de dedicar una nota donde cuenta la saga de cómo Eduardo, el diputado efectivamente exiliado en Estados Unidos, hizo lobby para que Donald Trump sancionara a su propio país por no liberar al papá golpista. Eduardo no quiso hablar para la nota, pero después de publicada le mandó al diario una aclaración diciendo que no había hecho lobby sino “diplomacia parlamentaria”.
El diario continuó el palo, casi burlón, contando que los hermanos y otros referentes del bolsonarismo ahora hacen lobby para que EE.UU. declare a las grandes bandas narco brasileñas como grupos terroristas. Flavio salió a decir que él solamente quiere “cooperación internacional” en el tema.
El caso Herzog
De los tantos crímenes de la dictadura brasileña, hay uno que ganó un status simbólico. Vladimir Herzog era periodista y dramaturgo, y dirigía el canal TV Cultura cuando fue secuestrado por los militares a fines de 1975. Lo llevaron al principal chupadero de San Pablo, el tenebroso DOI-Codi, y lo torturaron hasta matarlo. Herzog era comunista y activo en la resistencia cultural al régimen, lo que ya, a once años de dictadura, no alcanzaba para justificar su muerte. Lo que hicieron sus secuestradores fue armar una escena y mostrar la foto de su supuesto suicidio por ahorcamiento. Absurdamente, el escenario era una oficina.
Tomó muchos años cambiar el certificado de defunción, que afirmaba era un suicidio. Pero ahora, un grupo de arquitectos, historiadores y arqueólogos de la Universidad Federal de San Pablo acaba de localizar el lugar exacto del engaño, el ámbito en el que los agentes de la dictadura escenificaron el suicidio. Fue un trabajo literalmente arqueológico, porque el edificio fue muy remodelado en los años ochenta, en la vuelta a la democracia, para alojar el Instituto de Criminalística. Hizo falta retirar capas y capas de pintura, pavimentos y azulejos hasta encontrar el aspecto del lugar en octubre de hace cincuenta y un años. En el trabajo, los investigadores encontraron también inscripciones hechas por secuestrados en las celdas, que habían sido tapadas con revoque.