La volatilidad del precio del combustible en la Argentina expone una discusión de fondo: la decisión de atar el valor local del petróleo al mercado internacional frente a la posibilidad de sostener un esquema basado en los costos nacionales y la soberanía energética.
Cada estación de servicio de la Argentina es el escenario de una pieza teatral dramática. Un conductor de un camión que transporta alimentos ve cómo el visor del surtidor, corriendo a velocidad supersónica, se come su rentabilidad. Otros, al cargar nafta, piensan en los kilos de asado que alguna vez consumieron y que hoy son una costumbre que se va olvidando.
La causa de este drama cotidiano es la volatilidad del precio del combustible. Un misil con brillante luminosidad impacta sobre Irán. Un dron hace lo propio sobre Israel. Un edificio vuela en pedazos en el Líbano. A Gregorio de Laferrere, San Francisco Solano, el Docke, como en Villa Constitución, llegan esquirlas del Medio Oriente golpeando sobre almacenes, carnicerías y verdulerías. ¿Un misil puede llegar tan lejos? En una paradoja cruel, en una bofetada al desarrollo nacional, aunque la Argentina ostenta récord de producción en Vaca Muerta, el Gobierno de Javier Milei decidió atar su destino energético al precio internacional del petróleo. Por eso tanto el cierre total o parcial del estrecho de Ormuz como las bravuconadas de Trump actúan como un misil Tomahawk sobre las góndolas argentinas. Si un conflicto en Wall Street o en la Bolsa de Japón impactan sobre el mercado mundial e involucran el precio del crudo, lo sufrirán las familias argentinas.
La paridad de importación como dogma
Es la consagración de aceptar la llamada “paridad de importación”, ese dogma que obliga al consumidor de Moreno, Mar Chiquita, Corrientes o Concepción del Uruguay a pagar el combustible como si cada litro viniera de un buque que partió de Irán o Arabia Saudita y no del sur argentino.
La paridad de importación, en términos sencillos, significa que los argentinos deben pagar el combustible como si el mismo fuera importado, soslayando el costo local. Para la gestión de Milei, con el esquema de paridad, no existe diferencia entre el petróleo que se extrae en la Patagonia y el que navega por el Mar Rojo.
Cuando la tensión bélica amenaza una refinería iraní o se cierra un paso estratégico, el precio internacional recibe el impacto. En un país con una política soberana en términos energéticos, sería un dato a evaluar, pero no necesariamente debería impactar en el precio local.
Costos locales y renta extraordinaria
No hay razones geológicas ni técnicas para que el precio local sea un rehén de la disputa global. Aceptado por el propio Horacio Marín, presidente de YPF, el valor del crudo para el mercado local es de alrededor de 45 dólares el barril. Al respecto, Camilo Ciruzzi, en “Cuánto debe valer el petróleo para que un pozo en Vaca Muerta sea rentable” (10/06/2025), dice que, según informes técnicos, el barril para ser rentable debe estar alrededor de los 45 dólares. Confirma los dichos de Marín. Es un precio que permite razonables rentabilidades empresariales y políticas de inversión. El sentido común nacional lo llamó “barril criollo”. La brecha de más de 55 dólares por barril con la cotización internacional (que hoy oscila entre 100 y 118 dólares) por el conflicto Estados Unidos–Israel–Irán no es un costo de mercado: es un peaje que el consumidor argentino tributa en favor de que las empresas se beneficien con una renta extraordinaria.
Con el costo real de nuestra producción, podríamos tener un litro de nafta a menos de un dólar. Sin embargo, lo pagamos alrededor de 1,40 dólares el litro. Este sobreprecio es una transferencia directa de recursos hacia las empresas, en desmedro del consumo popular.
La vulgata neoliberal sostiene que desenganchar el precio local del internacional implica desaprovechar situaciones excepcionales, “oportunidades” que afectarían beneficios futuros de las empresas. La realidad es que los costos locales permitirían un precio razonable que garantizaría tanto rentabilidad como políticas de inversión. ¿Entonces? Lo que se esconde es una decisión de que la Argentina se transforme en un exportador de energía para alimentar la producción de otros países. En síntesis, profundizar la primarización. Un cerro de Potosí del siglo XXI que es engullido por una política de sometimiento a la división internacional del trabajo.
Marco legal, región y debate estratégico
Esta decisión de barrer con el costo local, fulminar el “barril criollo”, no fue una decisión de coyuntura; es parte sustancial del proyecto libertario. Por ello la plasmaron y le dieron “fortaleza” jurídica en el artículo 105 de la Ley Bases. Allí, la norma expresamente dice: “Los permisionarios y concesionarios tendrán el dominio sobre los hidrocarburos que extraigan y, consecuentemente, podrán transportarlos, comercializarlos, industrializar y comerciar sus derivados libremente… El Poder Ejecutivo no podrá intervenir o fijar los precios de comercialización en el mercado interno para ninguna de las actividades indicadas en el párrafo anterior”.
La Argentina camina a contramano de la región y del sentido común soberano. En Brasil, el gobierno de Lula le puso fin a la política de paridad internacional emprendida por el bolsonarismo. Lula comprendió que una potencia petrolera no puede suicidar su industria pagando precios de energía interna criminales, atándola a variaciones y vaivenes internacionales. La soberanía energética es una condición inexcusable para el desarrollo nacional. Petrobrás utiliza su capacidad de producción para amortiguar los choques externos, protegiendo el surtidor de los brasileños.
En México, Claudia Sheinbaum, siguiendo el camino de Andrés Manuel López Obrador, ratificó que Pemex sea clave, desacoplando el mercado mexicano de las crisis mundiales. Brasil y México, por solo citar ejemplos latinoamericanos —a los que, en otra escala y fuera de la región, podríamos sumar Rusia—, eligieron que la energía alimentase en primer lugar el consumo local y luego los saldos exportables.
Resulta intolerable que Milei, en su cruzada contra el Estado, se suba a los éxitos de Vaca Muerta y de YPF en su conjunto. No está de más recordar que la YPF actual es producto de una decisión estratégica de Cristina Fernández de Kirchner, con el fuerte acompañamiento técnico y político de Axel Kicillof.
La energía a costo local es un vector de competitividad que podría significar un empujón a nuestra actividad productiva, principalmente la pisoteada manufactura industrial. Pero no solo lo industrial. No está de más agregar las preocupaciones de sectores productores vinculados al mundo agropecuario por las consecuencias del aumento del precio de los combustibles. No puede soslayarse que el transporte de cereales se hace casi en un 90 por ciento en camiones en Argentina.
El desacople y la discusión de fondo
Por ello, resulta más que oportuno, en el contexto de la crisis de Medio Oriente y el fallo sobre YPF, insistir con la idea del “barril criollo”. La soberanía energética es una realidad posible. La capitulación actual se paga con exclusión económica y social.
La decisión anunciada por YPF de, según sus dichos, “amortiguar” por 45 días el precio de las naftas desacoplándolo del precio internacional, tiene varias aristas:
*Los precios no se retrotraen al valor existente al inicio del conflicto (insistimos: el precio, según los costos locales, debería ser menor a un dólar por litro de nafta), sino que esta medida corre de aquí en adelante por el tiempo establecido.
*Es evidente que, pese al dogmatismo monetarista, el gobierno advierte que los precios se dispararon y la inflación sigue su carrera ascendente.
*Aunque sin proponérselo, las medidas facilitan el debate acerca de la factibilidad cierta de los desacoples de precios, no solo en cuestiones de excepción sino respetando y poniendo en el centro los costos locales.
Por lo tanto, resulta inaceptable que, más allá de este desacople anunciado, los hogares y la industria nacional deban seguir pagando, con misiles o sin misiles, un precio de la energía que no corresponde a los costos nacionales. Es estratégico cambiar de matriz energética y recuperar la soberanía sobre los recursos naturales.
El petróleo sigue estando bajo nuestro suelo. No es posible que nuestro futuro sea el cerro de Potosí en tiempos del dominio español. El debate por la soberanía energética y sus implicancias, tanto inmediatas como futuras, es un escalón que no puede saltearse. Barril criollo o Potosí no es solo una consigna: es la definición sobre un destino de país.