Las feministas que militan en las nuevas derechas según Carolina Spataro y Melina Vázquez

Sin padre, sin marido y sin Estado (Siglo XXI) es una inmersión etnográfica en un territorio tan incómodo como revelador: el de las mujeres feministas que militan en las nuevas derechas. Contra los estereotipos que asocian estos espacios con varones jóvenes, conservadurismo y rechazo a toda agenda de género, el libro de Melina Vázquez y Carolina Spataro traza el mapa de una diversidad inesperada: mujeres jóvenes y adultas, de élite y de sectores medios, que se definen como feministas liberales, se forman en economía y defensa personal, reivindican el mérito como motor del ascenso y se organizan para conquistar espacios en un ecosistema que muchas veces les es hostil. 

Las autoras —ambas investigadoras del CONICET, formadas en el campo de las Ciencias Sociales y con una larga trayectoria en estudios sobre juventudes, políticas de género y comunicación— se proponen comprender antes que juzgar. Desde una etnografía situada, indagan en las trayectorias de estas militantes, sus referentes intelectuales, los usos que hacen del feminismo y sus tensiones con los varones de sus propios espacios, pero también con los feminismos populares y progresistas. En esta conversación con Y ahora qué?, Vázquez y Spataro recorren los nudos centrales de su investigación: la genealogía que estas mujeres construyen para sí, sus narrativas de libertad, esfuerzo y rechazo al Estado, el modo en que resignifican el empoderamiento y la sororidad, sus vínculos con el mileísmo y la violencia en redes, así como los desafíos éticos y metodológicos que implica investigarlas sin caer en simplificaciones. ¿Es posible pensar un feminismo libertario? ¿Qué nos dice este fenómeno sobre la masificación del feminismo y los clivajes del presente político? Esta entrevista busca aportar algunas claves para esa discusión. 

–En sus textos subrayan que estas militantes se definen «sin padre, sin marido y sin Estado». ¿Cómo se construye esta identidad y en qué sentido representa una ruptura con el feminismo clásico? 

–Carolina Spataro: La primera pregunta sería “¿qué es el feminismo clásico?”  Pensar que hay un “feminismo clásico”, siempre asociado al progresismo o a la izquierda, es un problema como punto de partida. Porque el feminismo es un movimiento político heterogéneo con décadas de historia, y como dicen ellas: “nació liberal”. Esa reconstrucción genealógica puede encontrarse en cualquier manual. Ellas reivindican ese origen para construir su identidad actual. Plantean que, en algún momento del siglo XX, la izquierda se apropió de las banderas del feminismo, y que para ellas es necesario “volver a hacer feminismo liberal”. A partir de la masificación de los feminismos desde el 2015, se abrió una conversación pública que llegó a diferentes espacios, ¿por qué no habría de llegar a mujeres no progresistas? Lo vimos con claridad en estos grupos de mujeres, pero creemos que es una sensibilidad extendida. Tal vez la sorpresa sea un problema de nuestro punto de partida: hay sensibilidades feministas no progresistas que también merecen ser pensadas.  

–Melina Vázquez:  Agrego que la pregunta por la ausencia de las mujeres (“¿por qué no hay mujeres?” o ¿por qué son todos varones?), llegó a muchísimos espacios: clubes, rectorías, programas o sindicatos. Ellas lo llevan aún más lejos. Una entrevistada decía: “también tenemos que tener un lugar en la práctica de tiro”, y organizaron un grupo con remeras que se llama Ladies of Tiro. Buscan formarse, leer, reunirse, ubicarse en una continuidad con las olas del feminismo, a través de una narrativa propia. Es interesante que incluso Agustín Laje, en el primer capítulo de El libro negro de la nueva izquierda, reconstruye las olas del feminismo. Para ellas, la bifurcación aparece cuando el feminismo cruza la cuestión de género con la lucha de clases. Ahí dicen: “amamos al mercado y no creemos que la lucha por el lugar de las mujeres deba ir de la mano con la lucha anticapitalista”. Reivindican figuras sufragistas, pero marcan un punto de inflexión. Laje, aclaran, no representa sus ideas liberales: para ellas expresa una deriva conservadora. Usan textos clásicos del feminismo del siglo XX, así como también del mundo libertario para construir una genealogía propia, pero también para tomar distancia de los varones de sus propios espacios a los que muchas no dudan de calificar como misóginos. Por eso dicen: “somos mujeres liberales”. Están disputando una narrativa que las coloque en el mismo linaje que otras feministas. 

–¿Cómo interpretan ustedes las tensiones entre un feminismo progresista, de raíz popular y pro-estatal, que se volvió hegemónico en los últimos tiempos, versus el feminismo libertario, meritocrático e individualista que analizaron en este libro? 

–CS: Es difícil determinar qué es “el” feminismo clásico, porque feminismo es un significante nunca estabilizado. Nosotras decimos que, en nuestras entrevistadas, encontramos un feminismo work in progress. Los feminismos siempre están en disputa: ¿pueden estar dentro las trabajadoras sexuales, las mujeres trans, las católicas? Juan Marco Vaggione, cuando trabajó con las Católicas por el Derecho a Decidir, se preguntaba qué hacían esas mujeres dentro del movimiento si la Iglesia reproduce el patriarcado. Para nosotras, la pregunta clave es: ¿quiénes son los sujetos del feminismo y cuál es su agenda? Hoy, con el avance de la derecha en Argentina y la región, esta tensión se vuelve aún más radical e incómoda.

–¿Observan paradojas entre posturas fuertes del militante mileista y la participación política de estas mujeres? ¿Cómo interpretan el pasaje de figuras como Lilia Lemoine de influencer a diputada nacional? 

–MV: Pensamos a estas mujeres desde dos coordenadas: la de género y la de las relaciones de poder en la política que organizan el “arriba y abajo”. Las derechas suelen ser estudiadas desde la mirada masculina. Ernesto Bohoslasky habla de “machismo metodológico”. Nosotras dijimos: “miremos a las mujeres”. Pero si mirábamos a las mujeres que tienen visibilidad pública sólo encontrábamos a las referentes, no sólo habríamos llegado a este trabajo de campo sino que habríamos perdido de vista algo central: las tensiones entre las bases y las representantes públicas del mileísmo. Las mujeres liberales cuestionan a los varones por machistas y a las mujeres que “llegan por los varones”, esto es, por ser esposas, amantes, hijas o hermanas. Ellas dicen: tenemos que llegar por mérito. La formación, la lectura, los valores liberales son centrales. Aunque también hay debates generacionales: las más jóvenes dicen “¿y si tiene buenas tetas, qué?”, porque entienden que no hay nada para decir sobre los cuerpos ajenos y que cada cuerpo es propio. Así como las feministas plantearon que no alcanzaba con que hubiera mujeres, sino mujeres que abrazaran esas agendas, entre las mujeres liberales se celebra la posibilidad de romper los techos de cristal de la política, aunque no alcanza con que sean mujeres: deben expresar ideas liberales. 

–¿Hay una redefinición de la figura de la mujer empoderada? ¿Cómo difiere esta imagen de las nociones feministas de empoderamiento colectivo?  

–CS:  En nuestro trabajo de campo, para las mujeres con las que trabajamos, el concepto de empoderamiento tiene una connotación positiva. Se trata de dar herramientas para que las mujeres puedan participar en la política y el mercado. Por eso se forman, toman cursos, aprenden educación financiera. Hay una fuerte pedagogía del emprendedorismo. Hablan el idioma de su época: literatura e influencer como Luliinvierte, Florencia Freijo o Laura Visco que explican en sus libros y en las redes sociales la importancia del dinero para la independencia de las mujeres. La autonomía económica aparece como central. Y esto tiene una larga tradición en los feminismos: desde Virginia Woolf hasta Simone de Beauvoir, pasando por Mercedes D’Alessandro. Lo que cambia es que, en el feminismo progresista, la posición anticapitalista dificulta o agrega una capa más a la conversación sobre el dinero. Ellas lo hacen abiertamente, y lo conectan con su rechazo al Estado. De ahí la consigna: sin padre, sin marido y sin Estado. 

–Agrego dos ejes relacionados aquí. Por un lado, ¿qué vínculos construyen con los varones dentro del espacio libertario? ¿Reproducen jerarquías patriarcales o hay una redefinición del rol masculino? Por otro lado, ¿cómo se posicionan frente a la denuncia de violencias de género? ¿Cuál es su relación con el feminismo punitivista?

–MV: Una pregunta habitual en nuestras presentaciones es: ¿cuáles podrían ser las agendas compartidas entre estas mujeres y el feminismo progresista? La problematización de la violencia es una de ellas. Aunque hay diferencias terminológicas —algunas prefieren hablar de femicidio o de violencia sin anclarlo en el género—, para las más jóvenes, la violencia es una problemática ineludible. Incluso dicen: “no me banco a las feminazis, pero gracias a ellas hoy no te gritan piropos en la calle”. Reconocen esos logros. Viven la violencia de manera similar a otras mujeres: cuando un tipo te acosa en la calle, no te pregunta a quién votaste. Esa experiencia común aparece también en cómo perciben la dificultad de hacer política: es más cuesta arriba para las mujeres, igual que en los espacios progresistas. Ahora bien, su respuesta es distinta. Son fuertemente punitivistas. La consigna “al violador, bala” es transversal a las diferentes generaciones de mujeres. Desconfían del Estado: durante la pandemia decían que el Estado no las cuida, que llega tarde, que un botón antipánico no previene un femicidio. Entonces promueven la autodefensa: clases de defensa personal, tenencia de armas, espacios como Ladies of Tiro. Y, en este especto, también hay puntos en común con otros feminismos que hace décadas también promueven la defensa personal. Su feminismo se construye en relación con un Estado que no solo no protege, sino que es parte del problema. Por eso dicen: no tenemos que esperar al Estado para resolver la violencia. Nosotras intentamos sortear la pregunta: ¿son o no son feministas?, nos centramos en reconstruir cómo y por qué disputan el significante “feminismo”, así como debaten temas que forman parte de otros feminismos aunque desde una perspectiva distinta. 

–Se suele plantear que el discurso hegemónico del espacio liberal libertario es antipolítico. ¿Cómo ven ustedes esa clasificación? ¿Qué tensiones observan entre ese discurso hegemónico y la participación de estas mujeres en el activismo feminista? 

–CS:  No vemos un discurso antipolítico en estas mujeres. Al contrario, se organizan para hacer política, incluso con el objetivo explícito de “sacar al kirchnerismo del gobierno”. No hay desinterés por las lógicas del Estado o de los partidos. Al contrario: trabajan dentro de armados provinciales muy diversos. No son el “ala femenina” de La Libertad Avanza, sino que tienen inserciones partidarias heterogéneas. Para ellas, la política transforma la realidad. Y su agenda es clara: si otras fuerzas ya discutieron la participación de las mujeres, nosotras también tenemos que hacerlo dentro del liberalismo. Saben que hacer política siendo mujer es difícil —y más en un espacio que se presenta como antifeminista—, pero igual lo hacen. Por eso, más que antipolíticas, son mujeres muy politizadas que hacen de la política una razón de vida. Por eso nosotras quisimos mostrar que ahí había agencia también, incluso antes de imaginar que ahí dentro había mujeres que, además disputaban el significante “feministas”. 

–¿Cuáles son los dispositivos de circulación que permiten a estas mujeres instalarse como referentes, influencers o “intelectuales orgánicas” del mileísmo? 

–MV: Las redes sociales son un terreno hostil para ellas. Algunas han expresado posiciones disidentes, por ejemplo a favor del aborto, y fueron doxeadas, acosadas, incluso tuvieron que cerrar sus cuentas. Si bien hay algunas cuentas institucionales, la conversación no pasa por ahí. Participan en vivos de X o de actividades en línea a través de sus grupos o de fundaciones, pero la forma principal de organización es a través de encuentros presenciales. Tienen reuniones mensuales o en fechas clave como el 8M. Las redes no son el espacio privilegiado, eventualmente los grupos de chats de WhatsApp. Sí los son las universidades (como ESEADE o UCEMA), las fundaciones liberales o los partidos. No todas militan partidariamente, pero todas confluyen en espacios donde construyen redes de mujeres liberales. Son mundos interconectados: política, academia, think tanks, redes informales.

–En el artículo que publicaron en Anfibia —“Las hermanas bastardas: ¿se puede ser feminista y mileísta?”— mencionan que reivindican el “no ser canceladas”. ¿Qué lugar ocupa la crítica a la cultura de la cancelación en sus narrativas?

–CS: Es un punto clave, y además compartido con otras mujeres de otros espacios. Las redes son hostiles. Una de ellas salió a decir que Milei debía parar con las críticas a Lali Espósito, y fue doxeada. Otra contó que, en un encuentro regional en Uruguay en 2023, se discutió mucho este tema. El nivel de cancelación y hostigamiento que reciben —muchas veces de varones de sus propios espacios— las termina silenciando. Gloria Álvarez es un caso emblemático: fue pre-candidata presidencial en Guatemala, hoy es una crítica fuerte de Trump y Milei, a quienes acusa de haberse vuelto conservadores y antiderechos. En 2021, cuando ya era un figura muy importante para los sectores liberal-libertarios, participó en debate con Agustín Laje sobre el aborto, ella a favor de la despenalización y él en contra. El hashtag #RIPGloria se viralizó. El próximo libro de Álvarez será sobre la cancelación en redes. Sufren cancelaciones desde dentro —en los mundos libertarios— y desde fuera —del feminismo progresista, que a veces les niega existencia: “son como un alfajor de pollo, no existen”, dijo una diputada uruguaya de un espacio de izquierda. Viven en redes lo mismo que en la militancia.

–¿Qué desafíos encontraron para estudiar a estas mujeres desde el campo académico feminista, sin caer en estigmatizaciones o simplificaciones? ¿Cómo se construye una mirada situada y crítica que permita comprender, antes que condenar, estas formas de subjetivación femenina? 

–MV: Cada una de nosotras venía de campos distintos: Caro estudiaba mujeres y sensibilidades feministas, yo jóvenes, más precisamente –desde el 2020– juventudes libertarias. Lo que nos unió fue una metodología: hacer una etnografía de la política, mirar desde abajo, recuperar cómo los actores piensan los fenómenos de los que toman parte. Muchas de ellas se autodefinen como feministas liberales. Nos parecía importante no decidir si “son o no son”, sino entender cómo discuten qué es el feminismo, en general, y de qué maneras aparece la idea de un feminismo propio en un espacio tan hostil. Muchas veces deben “bajar la bandera” del feminismo para permanecer en sus espacios. Son “anti-colectivistas”, pero crean espacios de mujeres porque necesitan discutir temas que no pueden abordar con varones. Construyen un feminismo dentro del liberalismo, en disputa con varones que no les dan lugar. Era más interesante explorar eso que emitir un juicio moral. Todo el tiempo pensábamos: estas discusiones ya están en otros feminismos, ¿por qué ellas no podrían ser parte? 

–CS:  Agrego que, para responder cómo se es feminista en un espacio antifeminista, teníamos que hacer una etnografía, escuchar sus propios significantes. Nos formamos leyendo a autores como E.P. Thompson, S. Hall, S. Mahmood, F. Ginzburg, trabajos que miran desde abajo y cuestionan lo establecido. Nuestro punto no era juzgar su militancia como “buena” o “mala”, sino explicar que existe, que es parte de una sensibilidad de época, de una masificación del feminismo que también tiene derivaciones no progresistas. Tal vez nuestra sorpresa era más un problema nuestro que del campo.

–MV: Muchas veces se piensa que la sociedad argentina se volvió conservadora de golpe, o que la juventud es toda mileísta. Pero lo que muestra nuestro estudio es que hay mujeres que se reconocen como feministas liberales y que, a la vez, critican al conservadurismo. El mileísmo funciona como una medida de hasta dónde pueden llegar ciertas ideas, y por qué distintos grupos —con diferencias internas importantes— terminan votando por fuerzas políticas con agendas tan radicalizadas. Después de una valoración del Estado, fuertemente asociada con el kirchnerismo ¿qué pasó? Esta es una pregunta que nos desvela para entender el crecimiento político pero también cultural del mileísmo. Estas mujeres suscriben a una narrativa antiestatal, que las vuelve muy parecidas a los mundos en los que participan políticamente, pero al mismo tiempo adoptan esa visión anti Estado para decir que el feminismo, antes que algo a descartar, también puede tomar otras ruta.  

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