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Carolina Martínez Elebi se mete con las plataformas

Docente de la UBA y experta en tecnología y derechos humanos, Carolina Martínez Elebi propone correr el foco de una salida rápida (“prohibir redes”) para mirar el problema donde según ella realmente está: en el diseño de las plataformas, en sus modelos de negocio y en la captura sistemática de la atención de los usuarios.

Mientras distintos sistemas educativos y ministerios de Educación empezaron a avanzar en restricciones al uso de celulares y pantallas en las escuelas, la discusión sobre qué hacen las plataformas digitales con nuestra atención —y especialmente con la de niñas, niños y adolescentes— dejó de ser un asunto de especialistas para instalarse en la agenda pública. Docente de la UBA y experta en tecnología y derechos humanos, Carolina Martínez Elebi trabaja desde hace tiempo en el análisis del impacto social de las tecnologías digitales y en los desafíos que plantean para la regulación y la protección de derechos en entornos digitales.

–En tus intervenciones planteas impactos muy concretos de las plataformas: ansiedad, estrés, depresión, menos sociabilización, menos sueño, déficit de atención y apuestas online. ¿Qué te parece que es hoy lo más “nuevo” o más alarmante respecto de hace 3–5 años?

–Depende mucho de la edad. Si pienso en chicos y chicas de primaria, lo que más aparece —y esto me lo dicen docentes con años de aula y también equipos de orientación escolar— es una ansiedad muy “en el cuerpo”: aceleración, inquietud, dificultad para sostener la calma y, sobre todo, para sostener la atención en situaciones que requieren estar sentados. En adolescentes, sin ir a lo clínico como diagnóstico cerrado, lo que veo más marcado es el impacto en la autoestima: comparaciones permanentes, especialmente ligadas a la imagen. En casos extremos eso puede derivar en cuadros más severos, pero aun sin llegar a eso, la lógica de “medirme” todo el tiempo con lo que veo en pantalla pega fuerte en esa etapa. Y acá hago una aclaración: no es “solo redes” y listo. Hubo pandemia, hay estrés social, hay desgaste familiar. Pero sí siento que el modo en que hoy están diseñadas estas plataformas potencia ese malestar y lo vuelve más persistente.

–En varias ocasiones has dicho que “no pueden salirse de las pantallas incluso cuando quieren”. ¿Qué señales ves en familias y escuelas de esa dificultad para regularse, y qué herramientas sirven de verdad (sin moralina)?

–Yo no lo pondría como “hay una causa única”, porque sería simplificar. Pero sí veo una escena repetida: chicos y jóvenes que entran “un rato” y cuando miran el reloj pasaron dos horas. Y muchas veces no es por falta de voluntad, sino porque el diseño está pensado para que no cortes: recomendación algorítmica, estímulos constantes, contenidos encadenados, y una invasión de publicidad hipersegmentada que te sigue empujando a quedarte. En las escuelas se ve en cosas concretas: cuesta cortar el uso en horario de clase, cuesta sostener acuerdos, y se vuelve muy injusto dejarle al docente la decisión en soledad. Para mí ahí hay herramientas institucionales que funcionan mejor que el sermón: reglas claras, sostenidas por la escuela y por políticas públicas, que ordenen el uso (por ejemplo, que el dispositivo se use solo con fines educativos en ciertos momentos). Y en casa, sin moralina, lo que suele ayudar es que haya conversación previa y límites consistentes. Te lo digo también como mamá: cuando vi que el formato “un video atrás de otro” volvía infinito el consumo, preferí restringirlo. No porque sea “malo” en sí, sino porque el modo en que está armado no favorece el autocontrol, y menos en chicos.

–Los dispositivos no “aparecen”: los entregan adultos. Según esa premisa, ¿cómo se habla de corresponsabilidad adulta sin caer en culpa individual, y qué condiciones materiales (tiempo, ingresos, seguridad) están empujando a esa delegación?

–Para mí el desafío es social y colectivo. Obvio que hay decisiones familiares, pero no puede quedar todo en “cada hogar que se arregle”, porque es muy difícil sostenerlo así. Hay iniciativas interesantes, como acuerdos entre familias de un curso para retrasar la entrega del primer teléfono o para no habilitar ciertas plataformas a determinada edad. Eso ayuda porque baja la presión social: no es “mi hijo el único que no”, sino una decisión compartida. Y después está lo estructural: muchas familias están agotadas, con múltiples trabajos, con menos tiempo y con menos redes de apoyo. Sumale la inseguridad y la pérdida de espacios comunitarios. Todo eso empuja a que el dispositivo funcione como “solución” rápida: entretiene, calma, ocupa tiempo. No lo digo para culpar a nadie; lo digo para entender por qué pasa y por qué necesitamos respuestas que no sean solo individuales. Además, hay un tema de confianza institucional: familias que quieren estar “presentes” todo el tiempo, incluso cuando el chico está en la escuela, y eso tensiona el vínculo con docentes e instituciones. Ahí también el Estado tiene que aparecer: sostener reglas, ordenar, dar respaldo.

–En tu diagnóstico aparece la ciudad: inseguridad, menos plaza, menos club, menos comunidad presente. ¿Cómo juega lo territorial (grandes ciudades vs. interior) en esta discusión?

–Juega muchísimo. En grandes ciudades y conurbanos aparece más fuerte la sensación de inseguridad y la idea de “mejor adentro”. Eso cambia la vida cotidiana: menos calle, menos plaza, menos juego compartido y menos comunidad presente. En lugares con más espacio disponible, o donde el aire libre es más accesible, a veces se ve menos esta dinámica. No porque “no haya pantallas”, sino porque hay más alternativas reales: salir, encontrarse, moverse. Cuando esas alternativas se achican, el entorno digital ocupa el lugar que queda vacío.

–En esta idea de pérdida del juego simbólico y del juego corporal al aire libre, ¿qué consecuencias ves en términos de socialización, autonomía y construcción de deseo propio?

–Veo una infancia y una adolescencia con menos juego libre y menos encuentros cara a cara. Y eso no es un detalle: el juego simbólico y el juego corporal son espacios donde se aprende a negociar, a aburrirse creativamente, a construir vínculo, a imaginar, a hacer con otros. En la práctica, muchos chicos terminan yendo a actividades “armadas”: con horarios, cuotas, traslados. Eso, cuando se puede pagar, puede ser buenísimo. Pero también es un síntoma: el espacio comunitario gratuito se achicó. Y cuando no se puede sostener esa oferta —por plata, por tiempo, por logística—, el dispositivo queda como la alternativa más a mano. No reemplaza lo mismo, pero ocupa el lugar.

–¿Por qué sostenés que la prohibición por edad “simplifica” el problema? ¿En qué casos podría ayudar y en cuáles puede ser puro gesto simbólico?

–Porque reduce una discusión compleja a una llave: “prohibimos y listo”. Y el problema de fondo no es solo la edad, es el diseño, el modelo de negocio y las condiciones en las que esos chicos están viviendo. Ahora, tampoco digo “nada sirve”. Puede haber medidas por edad que ayuden a ordenar ciertos accesos. El punto es que si la respuesta termina siendo solo prohibir, sin tocar cómo funcionan las plataformas y sin construir alternativas, se vuelve más un gesto simbólico que una política que cambie el problema. Y hay algo más: estas tecnologías también tienen oportunidades. Si fueran 100% malas sería fácil. Lo difícil es que ofrecen sociabilidad, descubrimiento, creatividad. Por eso hay que regular sin negar esa complejidad.

–En alguna oportunidad has mencionado la ley de Nueva York como ejemplo de restricción de feeds adictivos en el caso de menores. ¿Qué componentes del diseño te parece que deberían regularse sí o sí (autoplay, notificaciones, scroll infinito, recomendación algorítmica, por poner algunos ejemplos)?

–Yo veo un sistema encadenado: todo está pensado para que te quedes más tiempo. Y ahí hay componentes centrales de regular, en particular en niños y adolescentes. Primero, el perfilamiento y la recopilación de datos para personalización: construir perfiles tan finos para empujar contenidos y consumo me parece muy problemático en esas edades. Segundo, la recomendación algorítmica como default: eso te mete en un loop del que te cuesta salir y te cuesta descubrir otra cosa que no sea lo que el algoritmo decide que “te engancha”. Tercero, la publicidad: el bombardeo publicitario hiperpersonalizado, muchas veces en momentos de soledad o vulnerabilidad emocional, es especialmente nocivo. Y sí, el scroll infinito es clave. Cambió algo básico: antes “terminabas” de ver. Ahora no hay fin. Eso, sumado al autoplay y a la lógica de encadenamiento, hace que el corte dependa de una fuerza externa, no del diseño.

–¿Por qué planteás que hoy se volvió casi inseparable “internet = plataformas”? Al mismo tiempo, ¿cómo imaginás un diseño de espacios digitales para explorar la sociabilidad como juego sin tratarlos como consumidores?

–Si yo supiera exactamente cómo diseñarlo, ya estaría haciéndolo (risas). Pero sí creo que hay pistas en experiencias anteriores de internet: foros, comunidades por interés, espacios donde vos elegías a quién seguir y no había recomendación algorítmica ni publicidad invadiendo todo el tiempo. Pienso, por ejemplo, en comunidades que se armaron alrededor de plataformas que no estaban montadas en ese modelo de negocio. Ahí se podía construir pertenencia, creatividad, incluso encuentro cara a cara después. Había comunidad antes que consumo. Hoy el problema es que el modo dominante de “estar en internet” quedó muy reducido a esta idea de imagen, popularidad, influencer, marca personal… y a mí eso me hace ruido. Existen otros espacios (incluso más “alternativos”) con otras lógicas, pero son menos conocidos y menos “mainstream”. Me pregunto si los jóvenes irían a esos espacios: quizás algunos sí, sobre todo quienes tengan más ganas de correrse de lo hegemónico. Pero ahí hay una discusión cultural grande.

–Es muy cierto lo que decís cuando afirmás que seguimos diciendo “redes sociales” cuando en realidad estamos consumiendo (publicidad, influencers, productos/ideas). ¿Qué cambia políticamente si cambiamos el nombre: qué habilita y qué desnuda?

–Cambiar el nombre cambia lo que podemos pensar. “Redes sociales” suena abierto, amable, como si el objetivo fuera sociabilizar. Y hoy, en muchas de estas plataformas, lo que prima es vender publicidad segmentada, retener tu atención, empujarte al consumo —de productos, de ideas, de estilos de vida— usando datos y recomendación. Nombrarlas de una forma diferente ayuda a ponerlas en su lugar. No para negar que permiten contacto, sino para que no quede romantizado. Porque si las seguimos pensando como “una red para encontrarnos”, se vuelve más difícil discutir lo central: el modelo de negocio y sus efectos. Y también ayuda a ver una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si se blanqueara el servicio y fuera por suscripción, sin publicidad? ¿Cuánto se usaría? Lo digo como experimento mental, porque incluso servicios pagos terminan queriendo sumar publicidad. Entonces, si no discutimos el modelo económico, nos quedamos en la superficie.

–¿Esto termina en los adolescenates, cuánto de estos diseños afecta a los adultos ? Si el foco es el interés superior de niños y niñas, ¿cómo se arma una agenda que regule plataformas y a la vez recupere condiciones de vida (vivienda, trabajo, ingresos, clubes, plazas) para que la alternativa offline exista?

–Para mí el problema de fondo es la calidad de vida. No solo “qué miran en la pantalla”, sino qué vida tienen alrededor: acceso a vivienda, ingresos, tiempo, salud, espacios públicos que funcionen, clubes de barrio, plazas, comunidad. Con el deterioro de lo público, cada vez necesitás más plata para sostener cosas básicas. Si los ingresos no alcanzan, eso se traduce en más trabajo, más agotamiento, menos tiempo y menos redes de contención. Y ahí el dispositivo aparece como “atajo”: calma, entretiene, ocupa. Entonces, sí: hay que regular plataformas —diseño, datos, recomendación, publicidad— pensando en el interés superior de niñas y niños. Pero si al mismo tiempo no recuperamos condiciones materiales y comunitarias para que haya vida afuera de la pantalla, es muy difícil que esa regulación sola “gane”. La alternativa offline tiene que existir de verdad, no como un consejo abstracto.

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