El fetiche del déficit cero

La malversación deliberada del lenguaje buscando dominar la escena es lo contrario del debate necesario para encontrar soluciones integradoras a los problemas que enfrentamos los argentinos. Ariza tomó un editorial del diario La Nación como símbolo de la doctrina del ajuste perpetuo y lo diseccionó prolijamente.

Un interesante compendio de las ideas en las que se pretende sostener el modelo conservador del ajuste perpetuo fue publicado como editorial en el diario La Nación el 24 de agosto. Puede leerse en: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/toma-de-rehenes-para-quebrar-el-deficit-cero-nid24082025/

Dedicaremos algunas reflexiones a ese discurso, muy establecido en amplios sectores sociales (incluso más allá del electorado que sostiene al actual equipo de gobierno) y esto ocurre a pesar de que resulta incoherente y poco solvente. Queda para el estudio de psicólogos sociales determinar cómo un enfoque conceptualmente tan frágil puede conseguir fuerte adhesión y mantenerse en el tiempo. 

Desde los estudios político-sociales sobre cómo se instala y funciona la ideología es quizás más comprensible el fenómeno, pues se trata en realidad de un sistema de creencias que se adoptan como proyecciones frente a las angustias y prejuicios que determinados grupos sociales padecen como resultado de grandes incertidumbres que amenazan su situación en el conjunto comunitario y sus diferentes clases y sectores. 

Se trata de convicciones que se asumen como autodefensivas en contextos de crisis social profunda. 

Por déficit cero se señala explícitamente la baja del gasto público y a éste como un dispositivo que, cuando se desborda, empobrece al conjunto de la sociedad. Se trata de un reduccionismo peligroso, porque no toda baja del gasto fiscal redunda necesariamente en un incremento del producto (por ejemplo si se diluye en el pago de la deuda) ni, mucho menos, en una mejora en la distribución de la riqueza, que es un ideal de la civilización contemporánea.

Este ideal es muy cuestionado actualmente por el refuerzo en la concentración de la economía a escala mundial registrado en los últimos treinta años.

Puede haber equilibrio fiscal y una consolidación de una estructura social indeseable, con mayoría de personas en condiciones de pobreza, marginalidad y explotación. El presidente del Banco Central, Santiago Bausili, (destacado profesional de la banca mundial con trayectoria en el J.P.Morgan y el Deutsche Bank) dijo recientemente que el actual equipo económico busca llegar a una “normalidad” como tienen Perú y Paraguay, países con amplísimos sectores sumergidos y violencia larvada que muestran estabilidad en sus finanzas estatales. No hay ningún ideal allí. 

Sorprende la falta de sintonía con las necesidades de la población. Al contrario, se repite como una verdad religiosa que si cesan las regulaciones aumenta el nivel de vida, otra simplificación que no está sostenida por la experiencia, pues sin regulaciones adecuadas lo que se incrementa es la desigualdad.

En ese sentido, el editorial del diario de los Mitre encuentra una figura retórica tan redonda y elocuente como falsa. Sostiene que el sistema prebendario y clientelístico tiene como rehenes a amplios sectores sociales a los que utiliza como pretexto de sus políticas y al mismo tiempo sumerge en condiciones de vida humillantes. Donde debe eliminarse la mala praxis y mejorar la asignación de recursos en una cadena constructiva de aumento de la producción y el empleo sólo advierte las arbitrariedades de un sistema estancado y en retroceso.

Enumera como víctimas a jubilados, mujeres y niños (en otro párrafo añade discapacitados) que resuena como las matanzas en la ciudad de Gaza, aplicado en sentido inverso y mediante una falacia expresada con desparpajo y hasta elocuencia, eludiendo políticas eficaces contra la pobreza con un endeble elogio a la libertad, sagrado principio que es compartido o no existe. 

En el aspecto proposicional señala que conseguir una “moneda sana” (la expresión es de Raúl Prebisch, de 1956, título de su famosa arenga: Moneda sana o inflación incontenible) garantiza el empleo y mejora el nivel de vida, con educación de calidad, acceso a la salud, la vivienda, seguridad y cobertura previsional. Un milagro que se produciría por el solo hecho de restringir el circulante. 

Con la actual gestión no hay modo de probarlo, porque la emisión alcanza niveles altísimos para sostener la timba financiera y cubrir los pases de unos instrumentos de deuda a otros. Esto ocurre al mismo tiempo que el argumento de que “no hay plata” se aplica a rajatabla para disminuir las remuneraciones previsionales y disipar las condiciones favorables a la producción y el consumo.  

Pero esa correspondencia entre restringir recursos y presunta mejora social no se sostiene tampoco en el análisis teórico. Cuando el programa ajustador se inicia son pocos los sectores que respiran mejor, mientras las mayorías ven retraídos sus consumos, con cambios en la composición de sus gastos en las clases medias y carencias más marcadas en los segmentos sumergidos. Allí donde la AUH (asistencia universal por hijo), mejorada en términos nominales, cumple una función directamente vinculada a la supervivencia. 

La Nación afirma en el editorial que comentamos que el déficit cero nos vuelve confiables ante el mundo, dado que tenemos una reputación destruida. Eso explica el empeño del equipo económico para mostrar un modesto superávit mediante la contabilidad creativa que consiste en considerar capital lo que en realidad es deuda. Ni la complicidad de los informes del FMI logró ocultar esto al señalar, en nota al pie del último, que en realidad hay déficit si se contabilizan correctamente todos los gastos financieros. 

La argumentación que comentamos señala que la solución es política, promoviendo –como en tantos otros ámbitos y circuitos del poder local e internacional– un voto de apoyo a la actual gestión de gobierno, que viene maltrecha por los errores no forzados del equipo a cargo. 

Allí la argumentación se vuelve potente identificando al adversario, el peronismo, al que usa como sinónimo de populismo, para sumar a la confusión general. Hay una frase sublime, al respecto: “el riesgo país es, en esencia, riesgo peronista”. 

Veníamos analizando estos últimos días y debatiendo en círculo de amigos si el antiperonismo, a fuerza de machacarse, no ha logrado ya una consolidación suficiente como para considerarlo una entidad superior al peronismo mismo en términos de opinión pública.

En efecto, las visibles diferencias que se registran en las filas que se identifican con un peronismo genérico (del AMBA contra el interior, o entre facciones como kirchneristas y quienes no lo son) nos dan pistas de una reformulación en proceso que arrojará mayor fragmentación si sigue la inercia o tendrá una salida virtuosa si logra superar la endogamia y el ombliguismo y asume una visión amplia e integradora de las necesidades del conjunto de la población para acceder a condiciones de vida dignas, las mismas que desde la óptica conservadora dependería mágicamente del ajuste monetario y fiscal. 

Aquí cabe aquella frase de Shakespeare en drama Hamlet: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía». Una cosa es la esencia y otra la simplificación de los problemas al punto que las soluciones imaginadas resbalan sobre la epidermis de las dificultades cuando no las agravan. 

Simplificaciones forzadas y suicidas

En la visión ajustadora lo primero que se sacrifica es la complejidad de los desafíos que enfrentamos. Se mencionan, sin nunca definirlas del todo, “reformas estructurales” que parecen invocar cambios revolucionarios y en los hechos significan retrocesos o consolidación de situaciones de precariedad social. 

El núcleo duro de estas “reformas” parece ser la cuestión laboral, las rigideces que en opinión de sus críticos impone la negociación colectiva de las condiciones de trabajo. 

Ya el salario está aplastado por la existencia de millones de desocupados que funcionan perfectamente como “ejército de reserva”, dispuestos a trabajar por menores salarios que los actuales, lo cual constituye un feroz disciplinador de las demandas de mejora en las remuneraciones, horarios y seguridad de los laburantes. 

La negociación colectiva no es un invento argentino, aun cuando haya sido en este país, respecto de nuestros vecinos, donde alcanzó formas amplias de institucionalidad. Es un progreso neto de la humanidad que permitió alumbrar sociedades avanzadas con alta calidad de vida y cultura organizadas como mercados internos bien articulados al mundo, exactamente al revés de lo que se pregona de que necesitamos una economía “abierta” allanada a las relaciones de fuerza oligopólicas que caracterizan el comercio mundial. 

La preocupación de las élites locales por bajar “el costo laboral” encuentra en estas modas ideológicas una potente inspiración. La respuesta de las fuerzas del trabajo parece no estar a la altura de ese debate y real confrontación de intereses. Para resolverse se presenta enturbiada por regímenes que por inercia burocrática terminan dándole argumentos a quienes quieren arrasarlos. No olvidar que la clave del análisis de Benegas Lynch, el padre del actual diputado, era que el salario “libre” debía bajar hasta su “nivel de equilibrio” como para que existiese pleno empleo. 

No sólo es un error teórico, sino una manifiesta contradicción con la realidad observable, puesto que quien tiene que levantarse a las cinco de la mañana, tomar dos colectivos y un tren para llegar a un trabajo donde no gana lo suficiente para sostener a su familia está realizando un cálculo económico estricto cuando no acepta esa situación y busca otra, muchas veces inconfesable, tal como lo hace su empleador: “si no querés trabajar, contrato a otro”, otro que aceptará si tiene la suerte de vivir cerca y llegar caminando o en bicicleta a su empleo, precario por definición. 

El editorial que inspira estas reflexiones críticas no elude ir al eje político, sosteniendo que el “actual Congreso” es reacio a entrar en razones y vota proyectos descabellados para dañar el equilibrio fiscal tan duramente conseguido. Se refiere a las reparaciones en los haberes jubilatorios y la protección de la discapacidad.

Quizás la magnitud del escándalo por las coimas en los remedios para discapacitados se deba a la acumulación de crueldades expresadas hasta ahora impunemente mientras los lucros oscuros se ampliaban. En ese sentido, hay que apuntar también que en La Nación publicaron la multiplicación de ganancias de los laboratorios implicados. La verdad es revolucionaria, decía Gramsci, y antes que él, Jesucristo: “la verdad os hará libres”. 

Ello no le impide a la centenaria “tribuna de doctrina” enumerar que reducir la carga tributaria, flexibilizar vínculos laborales, suprimir privilegios (no los describe), y establecer acuerdos de “libre comercio” son herramientas fundamentales del progreso. Eventualmente lo son, pero dependiendo del contexto en que se apliquen. Por ejemplo: la movilidad ascendente de salario va de la mano de una real tendencia al pleno empleo, fenómeno que se aleja en la medida que más ajuste se proponga y se aplique.

Esa es la observación principal que le hacemos al rutinario enfoque ajustador. Y aclaremos que, aunque se autoperciba como liberal o libertario, tiene muy poco de esa doctrina que nació con el Iluminismo. La primera condición de la libertad de pensamiento es la amplitud e interés por las ideas diversas que ensanchan el conocimiento. 

Y la libertad en términos prácticos, como emblema e inspiración de una sociedad justa, empieza por asumir de entrada de que los hombres no somos todos iguales por nacimiento en la posición social que a cada uno le toca y, en consecuencia, generar condiciones de equidad es una magna e ineludible tarea colectiva que implica una inspiración solidaria y el ejercicio de la fraternidad.

Se reprocha en el texto que el peronismo populista habla en nombre de un humanismo que no siente, pero tampoco parece que la noción sobre la cual se fundamenta la propuesta que hace de “una regla tan simple como el déficit cero” sea un objetivo loable. Está ausente un verdadero programa de integración y justicia social entre miembros de una misma comunidad que debe convivir. 

El todos contra todos sólo trae sufrimientos y mayor inequidad, y el déficit es perverso cuando recarga a las próximas generaciones con apropiaciones indebidas en el presente y puede ser virtuoso cuando implica inversiones que mejorarán las condiciones de vida y cultura de las generaciones venideras, lo cual resulta imposible perpetuando la desigualdad.  

Tampoco esto puede degradarse en el análisis con verdades a medias. El endeudamiento es hoy un problema mundial para muchos países, empezando por los EEUU, pero no para todos. Queda abierto al análisis prospectivo con aquellos que, como Noruega, construyeron fondos anticíclicos con las ganancias extraordinarias que generó el boom petrolero en el Atlántico Norte. 

Ninguno de estos problemas puede resolverse con frases hechas ni afirmaciones precarias aunque se expresen de modo pontificio. Y tampoco pueden debatirse seriamente en un contexto faccioso donde los malos para unos son los buenos para los otros.

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