¿Y ahora qué?

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Buscando la salida con vista a las elecciones

A seis meses de las legislativas, la prioridad para Trump es cómo declararse vencedor en Irán y parar la guerra. Rusia factura extra y Israel demuele el Líbano.

La tercera semana de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán fue en varios sentidos más de lo mismo. El Estrecho de Ormuz sigue cerrado bajo los misiles iraníes, los israelíes están demoliendo Beirut para atacar a Hezbolá y bombardearon, sin avisarle a Washington, la parte iraní del mayor yacimiento de gas del mundo, los norteamericanos bombardean y amenazan. Pero esta extraña guerra moderna cobró otra dinámica, sutil: después de los blancos de altísimo perfil de los primeros días, lo espectacular y efectista de esta guerra pasó al bando atacado. Los ayatolás siguen en pie y creando una fuerte disrupción económica.

Ya quedó más que claro que Donald Trump realmente pensaba que Irán se iba a rendir enseguida y no estaba en los planes que la guerra se estirara. Es otro caso de espectacular incompetencia, de su gobierno y suya personal. Esta semana, el Senado citó a los capos de inteligencia del país y les repitió, y repitió, y repitió una pregunta básica: ¿no sabían que Irán iba a cerrar el Estrecho de Ormuz? Los funcionarios “desconversaron”, como dicen tan bien los brasileños, y no dieron una respuesta clara. De esto se deduce que sí le avisaron a Trump, que no les hizo caso…

Otra cosa que ya es clara es que el Presidente Naranja no tenía un plan B y ahora no sabe cómo terminar la guerra. Y tiene que terminarla, porque su base MAGA detesta las guerras aunque sigue apoyándolo, un equilibrio inestable que no promete cosas buenas para las legislativas de noviembre. Para que los votos no emigren, tiene que declarar una paz, y la cosa pasa por cómo inventar que ya ganó con gloria, que se trata de Trump, el que nunca pierde ni a la bolita.

Las opciones son simples: o da por liquidado a Irán como potencia militar y todo termina sin terminar, con la teocracia todavía en el poder y con toda la capacidad de reprimir a su pueblo, o sube la apuesta y envía tropas, algo políticamente suicida. Lo más probable, uno arriesga calcular, es que sigan los bombardeos y en algún momento se declare que los iraníes ya no tienen misiles ni fábricas de misiles, y la misión está cumplida. Hay que ver qué dice el socio Benjamín Netanyahu, y habrá que ver el festejo iraní por haber sobrevivido el devastador ataque.

Hablando de Netanyahu, ya se normalizó en Estados Unidos la idea de que esta guerra es de él, y que de alguna manera lo enganchó a Trump. Algunas teorías son conspirativas y antisemitas -el poder mundial judío, el poder omnímodo de los lobbies israelitas- pero otras tienen más caletre. Por ejemplo, la que recuerda que ya hace cuarenta años que Netanyahu dice abiertamente que hay que destruir a Irán, pero que sólo ahora encontró un presidente de los EEUU suficientemente estúpido como para hacerle caso. Consta que los dos Bush, Obama y Biden rechazaron la idea justamente porque los ayatolas podían cerrar el Estrecho de Ormuz, descajetar el mercado de combustibles y expandir la guerra en la región.

El brete en que se metió Trump deja el problema de fondo sin resolver: el uranio enriquecido que sigue en territorio iraní y se calcula alcanza para fabricar diez bombas atómicas. El sistema nuclear de los ayatolas fue construido para que nadie pueda destruirlo porque está esparcido en decenas de pequeñas instalaciones por todo el enorme país. No hay una central y un laboratorio importantes, todo se divide en unidades de trabajo que desaparecen en pueblos y cerros remotos. Según el canciller Marco Rubio, para esta tarea “hacen falta tropas”.

Difícil que haya tropas. De hecho, ya está cocinándose el escándalo de que el Pentágono le pidió a la Casa Blanca 200.000 millones de dólares extra para continuar la guerra, sin poner ni un soldado en tierra iraní. Esta enorme cifra se agrega al mayor presupuesto militar en la historia humana, el trillón y medio -trillón con T- que se aprobó el año pasado sólo para tiempos de paz.

Pero las tropas también son la única manera concebible de cambiar el sistema político iraní. Los ayatolás eligieron un nuevo Supremo, la poderosa Guardia Revolucionaria sigue intacta y lista a matar disidentes, las milicias armadas siguen amenazando a opositores conocidos y por conocer. Después del nivel de destrucción que sufrió el país, la economía está en coma terminal, pero siempre habrá fondos para reconstruir los arsenales de cohetes y drones. Es muy posible que, en lugar de un Irán democrático, de esta guerra surja uno más parecido a Corea del Norte.

Aliados

Irán tuvo el cuidado de no atacar los buques tanque chinos, su principal cliente. Pekín tiene la situación energética bajo control con enormes reservas estratégicas y precios oficiales para los combustibles, virtudes olvidadas de la economía planificada. Estados Unidos tuvo que levantar el bloqueo al petróleo ruso para bajar los precios internacionales, lo que le está dando unos ciento veinte millones de dólares por día de ingreso extra a Moscú, suficiente para bancar la guerra en Ucrania. Trump hasta tomó una medida que debe haber asombrado a nuestro Javier Milei, que tanto admira al Norte. Resulta que, desde la década del veinte, Washington prohíbe que barcos extranjeros recorran sus costas. Todo buque que lleve mercadería o pasajeros de un puerto nacional a otro tiene que ser construido en Estados Unidos, tripulado por norteamericanos y propiedad de una compañía local. Esto dejó apenas cien navíos habilitados en toda la flota nacional de carga y por eso Trump suspendió la ley, para que petroleros extranjeros puedan aliviar a lugar como Florida, que no tiene oleoducto.

Milei, de paso, se lució como chupamedias ofreciendo tropas argentinas para una invasión a Irán. Es lo único que puede ofrecer porque, al contrario que en la primera guerra del Golfo, ya no tenemos ni una fragata capaz de cruzar hasta allá. Se quedó solo, nuestro mandatario, porque Alemania, Japón, Australia, Gran Bretaña, Francia, Corea del Sur, la misma Unión Europea y ni hablar de España, todos con flotas modernas, se negaron más o menos violentamente a colaborar. El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, se permitió comentar que “no es nuestra guerra”. Y la OTAN recordó que la obligación de sus miembros es defenderse entre sí de ataques externos, no acompañar las aventuras de un socio.

“Esto va a ser muy malo para el futuro de la OTAN”, gruñó Trump

Censuras

El vicepresidente JD Vance se quejó este jueves de los medios, que según él “no entienden la guerra” y la dan por perdida en tres semanas. Vance está muy preocupado con la percepción de que la base MAGA se sienta traicionada y vive prometiendo que lo de Irán no va a ser como lo de Irak y Afganistán, cosa de añares.

Lo llamativo es que el vice se enojó con los periodistas justo después que Brendan Carr, el director de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, hablara de “revocar” las licencias de los medios que critican la guerra. Según el poderoso funcionario, los medios audiovisuales “mienten y distorsionan” y más vale que “corrijan el rumbo rápido, antes de que se trate la renovación de licencias de transmisión”. Para Carr, el problema con los medios es que son “progres”.

Crueldades

Y mientras se gastan fortunas alucinantes en armas, la pobreza en Estados Unidos llegó al trece por ciento, con picos urbanos del 26 por ciento en lugares como Nueva York.

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