¿Y ahora qué?

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Un estado de belicismo perpetuo

Era una especie de crónica de una muerte anunciada, y ya los mercados comenzaban a anticiparla: la guerra en Oriente Medio volvería con tanta o más virulencia que el estallido de junio de 2025, denominado “Guerra de los 12 días”. El actual es un hecho de gravedad extrema que debería ser motivo de formulaciones políticas estatales para atemperar su impacto, pero los libertarios vernáculos no fueron ni son aptos para ello.

Las hostilidades en Oriente Medio pusieron de manifiesto una vez más un viejo aserto del gran poeta Esquilo (siglo V a. de c.), padre de la tragedia griega y precursor de Sófocles y Eurípides, quien aseguró que la verdad es la primera víctima de la guerra. La sentencia es una de las más parasitadas de la cultura occidental, y sigue vigente aunque abundaran apologistas procaces que la atribuyeron a múltiples personalidades relativamente menores.

Cuando a fines de junio del año pasado EE.UU. bombardeó varias instalaciones nucleares iraníes, Trump aseguró que había terminado la amenaza planteada “por el Estado patrocinador del terror número uno del mundo”, y que el programa nuclear iraní estaba “total y completamente aniquilado”. Sin embargo, las actuales acciones militares probarían per se que aquellas palabras eran más publicitarias que veraces, porque si ya no quedaba programa nuclear iraní en pie, sería inexplicable que ahora vaya con Israel por los arsenales convencionales y los misiles (que no serían intercontinentales), por ejemplo, o para vengar a las víctimas de los yihadistas, entre otros objetivos que no parecen a la altura de las circunstancias y de la movilización militar para conjurarlas. De ahí que Trump, para dar cuenta de sus actos ante un frente interno que día tras día le quita gradualmente la confianza, debiera revelar finalmente la presunción de que los iraníes se hallarían desarrollando un plan secreto para producir armas nucleares, retrocediendo un par de décadas hasta las acusaciones en tal sentido que apuntaron a Libia o Irak.

También hubo idas y vueltas respecto de la intención de provocar un “cambio de régimen” en Irán, o de mantenerlo como una suerte de teocracia tutelada (al estilo venezolano), mientras la verdad continuaba sanamente agonizando. ¿Por qué? Porque los Trump y los Netanyahu (y los Khamenei, claro que sí) subsisten merced a un estado de belicismo perpetuo, aun a costa de la verdad. Y cuando las hostilidades pasan de la permanente potencialidad al acto, ya la verdad es una presencia fantasmal.

Si te dicen que he muerto, desconfía

Al momento en que el mundo pareció apto para asimilar una nueva versión de los hechos, el secretario de Estado de los EE.UU. la dio a conocer. En efecto, dijo Marco Rubio que Irán nunca fue una amenaza y que su país entró en la guerra arrastrado por la certeza de un ataque inminente de Israel. Esas palabras no soportaron un avance hermenéutico para aprendices, porque en el mejor de los casos reconocerían un fuerte liderazgo de Netanyahu, que daría órdenes, a través del lobby sionista si se quiere, sobre los propios Estados Unidos. También hubo quienes dedujeron presiones y amenazas a Trump, las cuales no habrían descartado, vía servicios de inteligencia israelíes, hasta nuevas revelaciones sobre sus vínculos con Jeffrey Epstein. Y no faltaron otros pasajes del gran aporte de Rubio a la consternación general que llamaron la atención, como cuando sentenció: “Había una amenaza absolutamente inminente y era que sabíamos que si Irán era atacado por Israel, y creíamos que sería atacado, inmediatamente vendrían por nosotros, y no nos íbamos a quedar sentados recibiendo el golpe.”

Transcurrieron apenas veinticuatro horas para que estas declaraciones de Marco Rubio fueran rectificadas brutalmente por otro hermeneuta calificado, ni más ni menos que el propio Trump, quien dijo: “Nadie me ha forzado la mano. Verán, estábamos negociando con estos lunáticos, y yo creía que iban a atacar primero. Iban a atacar. Si no lo hacíamos, nos atacarían primero ellos.” Y aprovechó para echar algo de luz sobre su lugar en tanto numen incomparable con quienes lo rodean. Dijo que Netanyahu no le había forzado la mano ni arrastrado a tomar cartas en la contienda, y agregó: “En todo caso, puede ser más bien que yo haya forzado la mano de Israel, pero ellos estaban listos, y nosotros también, y hemos tenido un impacto muy, muy poderoso, porque prácticamente todo lo que tenían ha sido destruido.”

Difícil de comprender sin más lecturas, pero tampoco hace falta porque no faltaron otros ejemplos flagrantes de la primera víctima, la verdad, en el campo de batalla, como que al promediar la semana todo el sistema mediático informó que un bombardeo israelí había alcanzado, en la ciudad de Qom, el edificio de la Asamblea de Expertos donde deliberaban 88 clérigos encargados de elegir al sucesor de Khamenei. Se dijo que desde el máximo nivel del cónclave, que en estos momentos ocupa provisoriamente un triunvirato, hasta tres o cuatro niveles inferiores, habrían perdido la vida, razón por la cual también habría desaparecido la teocracia islámica de la faz del planeta. Pero poco después y sin solución de continuidad llegaban otras noticias, serenamente contradictorias, dando cuenta de que “Irán está buscando un nuevo Líder Supremo tras la muerte de Ali Khamenei en los ataques de EEUU e Israel”, y que uno de los candidatos más firme a sucederlo es Mojtaba Khamenei, uno de los hijos del ayatolá asesinado.

Por los caminos del Señor

Desde que EE.UU. e Israel comenzaran a bombardear a Irán para completar la destrucción de sus instalaciones nucleares y de paso dar muerte a su líder político y religioso, el ayatolá Alí Khamenei, abundaron las referencias al estrecho de Ormuz, por donde pasa casi el 20% de la producción de hidrocarburos mundial, y también la evaluación de la crisis actual, quizá más grave que las precedentes, aunque no deja de inscribirse en lo que se ha denominado “la guerra por los estrechos”.

El de Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Mar de Arabia, en su entrada y salida tiene una anchura de alrededor de 50 km, pero como traza una especie de curva pronunciada, su punto más angosto es tan solo de 33 km. Al norte limita con Irán y al sur con Omán y los Emiratos Árabes Unidos. Hasta la parquedad geográfica estimula su condición estratégica, potenciada en el actual conflicto porque el Parlamento iraní ya aprobó que su país cerrara el paso, aunque derivó la decisión final al Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el que ante la escalada provisoriamente le bajó el pulgar.

Apenas comenzaron los ataques de la alianza de EE.UU. e Israel y resultaban previsibles las respuestas iraníes, habían comenzado a acumularse las enormes naves petroleras en el ingreso del estrecho de Ormuz, mientras las aseguradoras elevaban primas o restringían coberturas con plazos de validez más cortos y condiciones más estrictas, funcionando como verdaderas heraldos de un futuro sombrío. Anticipaban la crisis en el transporte marítimo con efectos que impactarían rápidamente en la cadena logística global. O sea que las aseguradoras navieras se anticipaban a un escenario con fletes más caros y comercio internacional más costoso, especialmente en el transporte de energía.

Mientras esto sucedía, se registraba la escalada del precio del petróleo (tanto del Brent como del WTI), y se preveía el impacto sobre los fertilizantes, los plásticos o el transporte de alimentos. 

Irán profundizó la estrategia de prolongar el conflicto, extendiéndolo de modo que se involucrara la totalidad de Oriente Medio, y el cierre del estrecho de Ormuz derivó en que más de 3.000 barcos (alrededor del 4% del tonelaje mundial de buques), permanezcan inactivos dentro del golfo Pérsico, y que alrededor de 500 (alrededor del 1% del tonelaje mundial) estén fuera del Golfo, en puertos frente a la costa de Emiratos Árabes Unidos y Omán.

Hasta el momento, mientras continúa siendo objeto de constantes bombardeos, Irán respondió agrediendo a los países árabes aliados de los EE.UU., especialmente en su infraestructura vinculada a la producción energética. Y mientras caían las bolsas a nivel global, continuaba tonificada la demanda de oro y países como la Argentina habrán de resignarse a tener menos acceso al crédito y pagar importaciones más caras, en Oriente Medio también se libraba un capítulo de la guerra cognitiva. En efecto, trascendió que para coordinar el ataque de los EE.UU. e Israel se habría utilizado Claude, un asistente de Inteligencia Artificial de Amazon. Por eso dos centros de datos de la empresa, uno en Emiratos Árabes Unidos y otro en  Baréin, ya fueron visitados por misiles iraníes. Y de ahí que Claude esté fuera de servicio para los consumidores, incluso en Europa, y Amazon pida a sus clientes que no aguarden que su infraestructura de Tecnologías de la Información en Oriente Medio funcione, y que se conmuten por error a otras regiones.

La conmutación por error es un mecanismo crítico de recuperación de información ante desastres que desvía automáticamente el tráfico, y que en este caso pone de manifiesto una obviedad que salta a la vista: se la mire por donde se la mire para los pueblos, aunque también deban estar preparados para ella, toda guerra es desastrosa.

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