¿Y ahora qué?

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Esta guerra en Medio Oriente no tiene fecha de cierre

El inicio de una batalla siempre responde a la ejecución de un plan o de una gran estrategia. Pero, como dijo el mariscal prusiano Helmuth von Moltke, “Ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo” O más brutalmente, Mike Tyson: “Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe un golpe en la cara”. En la guerra, todos reciben golpes y todos saben cuándo empieza, pero nadie sabe cuándo y cómo termina. Así son las cosas después de casi un mes de lucha entre EEUU + Israel contra Irán.

Hace 15 días indicamos que si Irán logra mantener esa situación durante las próximas semanas, el curso de la guerra entrará necesariamente en un impasse negociador.

Pero poco de eso está a la vista:

*Amagan desescalar y nadie les cree.

*Ambas partes hacen alarde de seguirla indefinidamente.

*Intenciones de retroceder: casi ninguna.

Eso, en apariencia.

Después de que cada parte haya medido su propio arsenal disponible o haya estimado cuándo se le agotarán las reservas de misiles a su oponente, ambas partes seguramente quisieran lograr cierto apaciguamiento del conflicto. Salvo Benjamín Netanyahu y su banda extremista, tanto a EEUU como a Irán les convendría parar la guerra, cada uno con sus motivos y sus preocupaciones. Pero nadie todavía encontró la fórmula para lograrlo.

Dos enfoques

Hay dos concepciones radicalmente diferentes en esta guerra.

La concepción israelí-estadounidense es la de una campaña aérea de alta intensidad. Bombardea con intenciones de destruir la resistencia militar de Irán, aunque no prevé una invasión terrestre de ocupación, lo cual es una debilidad manifiesta.

Del lado iraní, más débil militarmente, apuestan a una larga resistencia de desgaste, para provocar altos costos económicos globales que hagan intolerable esta guerra para todo el mundo. Esa postura tiene la debilidad de hacer enemistar a demasiados países cercanos o lejanos, que no participan directamente de la misma.

La intención de Israel en querer prolongar la guerra es, a mi criterio, una debilidad, ya que, para casi toda la población de Asia y África (78 por ciento de la población mundial), los israelíes son vistos como los principales responsables del conflicto, que tanto los afecta económicamente. Aunque Israel logre una victoria táctica militar, a la larga podría transformarse en una derrota estratégica cognitiva.

La economía

Los mercados marcan el ritmo de las expectativas de lo que ocurre en el teatro de operaciones militares. Como la guerra se prolongó más de lo inicialmente previsto, aumentó el precio del petróleo a 100-120 dólares el barril. Pero no a 150-200. Inclusive el precio futuro está en menos de 100, lo cual indica que el mercado prevé que alguna fórmula se encontrará para darle fin al conflicto o al menos canalizarlo hacia esas situaciones de inestabilidad permanente de guerra-no guerra, a las que nos está acostumbrando el mundo.

Pero no parece fácil encontrarle el agujero al mate. El mundo real económico está conformado por redes de negocios muy interconectadas, con dependencias mutuas, donde la merma o destrucción de un mercado tiene consecuencias en otros, como cuando se cae un castillo de naipes.

Vivimos un mundo multinodal en permanente equilibrio inestable, síntoma de un “orden” muy desordenado por sucesivas crisis, producto de potencias que no controlan totalmente ni a sus propios espacios de influencia. Nadie quiere romper del todo lo que aún se controla, ni quiere destruir del todo al contrario porque eso podría volverse en contra de sus propios intereses. Esa sería la fuerza impulsora para “enfriar” el conflicto. La industria bélica y los intereses hegemónicos de Israel en Medio Oriente son los que impulsan que el “calentamiento” del horno no se detenga.

Puntos débiles

Cada parte tiene sus propias vulnerabilidades, lo que alienta a sus contrincantes a proseguir la lucha. Ambos atacan las infraestructuras que puedan debilitar a sus contrarios, esperando que no puedan reponerlas. Pero notablemente, hasta ahora, las instalaciones básicas (electricidad) y productivas de Irán (destilerías, pozos petroleros, plantas nucleares) no fueron dañadas fuertemente. Sólo parcialmente y no de manera irreversible.

No es que Israel o EEUU no quisieran hacerlo, sino que temen una represalia equivalente de Irán sobre los países del Golfo, todos ellos fácilmente vulnerables, porque tienen pocas plantas productoras y muy cercanas, o plantas desalinizadoras enormes. Además ya comprobaron que, militarmente, Irán tiene la capacidad de hacerlo y eso provocaría una crisis global, peor que la de 1930 o la de 1973, el año en que se creó la Organización de Países Exportadores de Petróleo.

Esta guerra puede ser vista como una extraña carrera entre un velocista israelí-estadounidense y un maratonista iraní, lo cual nos lleva, inevitablemente, a un cruce de caminos. El ritmo del conflicto estuvo cambiando a medida que se estabilizó el impacto inicial de los ataques aéreos. Los portaaviones estadounidenses se retiraron para su reacondicionamiento. Gran parte de la capacidad de ataque israelí-estadounidense comienza a mermar. Va quedando claro que el plan inicial ha recibido algunos golpes y debe repensarse. Tal vez la semana pedida u otorgada por Trump, aduciendo negociaciones que Irán dice inexistentes, sea para recalcular todo, incluido analizar el costo/beneficio de nuevas opciones, bien de proseguirla con participación de tropas en el terreno. O bien para debatir con Israel caminos separados.

El panorama general de Irán no es mucho mejor. Sus capacidades militares están sustancialmente mermadas y selecciona muy cuidadosamente los blancos a atacar, aunque mantiene un Estado intacto, o al menos operativo, para controlar su situación interna, lo cual resulta suficiente, por ahora, para continuar la presión.

Dos claves

En las próximas semanas o meses, la victoria se definirá por dos factores relativamente sencillos: la supervivencia del Estado iraní y su capacidad para infligir costos asimétricos en el estrecho de Ormuz y los ataques a la infraestructura del Golfo. Esto nos lleva a considerar algunas posibilidades generales:

Una victoria iraní podría ocurrir si EEUU/Israel no logran movilizar una coalición de aliados europeos y asiáticos ni consiguen por sí solos abrirel tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz. Eso conduciría a una Paz, con limitaciones para las futuras acciones israelíes en su contra. Poco probable en el corto plazo.

Trump derrota a Irán, con o sin ayuda de terceros, abriendo militarmente el estrecho de Ormuz o estrangulando la economía iraní mediante la ocupación de la estratégica isla de Kharg. En ese escenario colapsa el Estado iraní. No puede pagar sueldos. Estallan disturbios en Teherán y las fuerzas de seguridad pierden el control. El grupo gobernante se derrumba a medida que uno tras otro de sus miembros muere entre los escombros. Es un escenario poco probable en el corto plazo, pues los iraníes se han preparado cuidadosamente para estas eventualidades y sorprenden hasta con lanzamientos de misiles de largo alcance.

Una tercera posibilidad y la más probable, es la continuación de la guerra sine die, pero con cierta normalización del flujo de petróleo por el estrecho de Ormuz, bajo control de una “comisión internacional de paz”. Una paz muy débil, pero sostenida por varios países. En ese caso, EEUU declararía que logró sus objetivos porque destruyó e inmovilizó “definitivamente” el plan nuclear iraní. Los iraníes se limitarían “aparentemente” en su condición de país nuclear. El sur del Líbano es ocupado por Israel; Netanyahu seguiría resistiendo el “impeachment”, pero quedaría más debilitado. La industria bélica proveería nuevos sistemas de armas a todos los países, reponiendo aquellos sistemas muy caros por otros más baratos (enseñanzas de esta guerra).

Siguiendo con ese escenario, el tema Ucrania vuelve a la agenda entre Rusia y EEUU. El precio del petróleo se ameseta debajo de los 100 dólares/barril. Los europeos no resuelven sus contradicciones internas. Algunos países reclaman fuertemente recibir gas barato de Rusia. Xi Jinping recibe a Trump en Beijing y retoman la agenda de cooperación y competencia, característica de las grandes potencias, mientras debaten sobre sus respectivas zonas de influencia.

Y mientras tanto en la Argentina

La alegría inicial de los vendedores de humo argentinos, que indicaban una gran ventaja nacional por el aumento del precio del petróleo para exportar lo producido en Vaca Muerta, se ve algo ensombrecida cuando hacen el balance de divisas. El país aún importa cantidades importantes de diésel, nafta y de LPG, para pasar el invierno. Los precios han aumentado mucho más que el petróleo crudo, por el deterioro de las plantas productoras de Qatar y otros países del Golfo, que no se normalizará en poco tiempo aunque pare ahora mismo toda acción bélica.

No hay que darle vueltas a una certeza: si seguimos exportando productos primarios sin darle valor agregado local, toda ilusión de mejora es inútil.


Ricardo Auer es consultor de riesgo geopolítico.

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