¿Y ahora qué?

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La guerra sin objetivos

La superioridad militar norteamericana produce un show sangriento, pero a nadie le queda en claro cómo termina esta guerra. ¿Otra vez Irak?

La República Islámica está combatiendo con una astucia política notable. Con un misil en Duba arruinaron décadas de relaciones públicas de los emiratis, que facturaron miles de millones de dólares vendiendo un reino de fantasía y consumo diez estrellas, lejos de la guerra y los conflictos regionales. Con otro, muy exacto, misil que demolió la embajada norteamericana en Riad, les avisaron a los sauditas que estaban al alcance. Y con un par de pepas menores, hicieron que todas, todas las compañías internacionales de seguros marítimos le soltaran las manos a las navieras, y en particular a las petroleras. El gas dejó de fluir hacia Europa, donde su precio ya subió un 40 por ciento. Y la nafta, una obsesión norteamericana comparable con la nuestra con el dólar, ya subió.

Guerra asimétrica, donde un lado tiene mucho dinero que perder.

No sorprende el éxito militar de Washington, que tiene la tecnología y los cientos de millones de dólares por día que cuesta una operación así. En términos de combate, Irán no tiene ni para empezar, por más que sea una potencia regional. Por eso le hace una guerra económica, y para eso sí tiene con qué.

Por ejemplo, la armada en miniatura que crearon desde 1980 los Guardias Revolucionarios, que pasaron de militantes a policía política a una suerte de Waffen SS al mando directo de los ayatolas. EEUU ya hundió veinte naves de la armada convencional, incluyendo la fragata Dena en el Océano Indico. La hundió un submarino, el primero en largar torpedos desde 1945, y la Casa Blanca difundió con alegría el espectacular video de la nave estallando. La armada de Sri Lanka rescató a treinta marineros, pero hubo al menos ochenta muertos.

Lo que parece que sigue intacto es el escuadrón de lanchas rápidas y mini submarinos de los Guardias. Estas naves fueron diseñadas específicamente para las aguas de poco calado del Estrecho de Ormuz, por donde pasa buena parte del petróleo y el gas de Medio Oriente, y se especializan en fijar minas en las aguas. Todo dedicado al negocio de la energía, famosamente tímido a la hora de invertir y transportar, y que ahora se quedó sin aseguradoras para esta región.

Mientras, el régimen mantiene la capacidad, pese a la destrucción de su infraestructura y el asesinato selectivo del supremo ayatola y de medio gabinete, de preparar una sucesión. Irán es una teocracia y son los “sabios” los que eligen al nuevo Supremo, y la persona que emerja será la señal de cómo sigue la cosa. Ni siquiera Donald Trump cree que va a tener una salida a la venezolana, pero la esperanza, apenas esperanza, es que aparezca un moderado que abandone el programa nuclear y los misiles. Si es un autoritario feroz o afloja un poco la represión interna, francamente no les interesa demasiado a las partes, que son Trump y Benjamín Netanyahu.

El Presidente Naranja tuvo que salir a hacer control de daños después que su canciller Marco Rubio se fuera completamente de boca el lunes pasado. Muy suelto, el cubano-americano dijo a la prensa que EEUU atacó porque sabían que Israel iba a atacar y los iraníes iban a bombardear bases americanas. Los demócratas se le fueron a la garganta, por supuesto, pero lo preocupante para Trump fue la revuelta en sus propias filas. Uno tras otro, los blogueros e influencers más importantes del movimiento MAGA pusieron el grito en el cielo. Ya estaban enojados porque su líder había quebrado la promesa de no empezar guerras nuevas, pero que lo haga porque Israel lo quiere…

Los MAGA están tradicionalmente divididos entre antisemitas profundos y partidarios acríticos de Israel, con lo que Netanyahu no para de crearle problemas a su amigo en la Casa Blanca. Si alegra a unos, enfurece a otros, un equilibrio intrínsecamente inestable que se agrava en un año electoral: en octubre se votan legisladores y los números favorecen a los demócratas.

Para peor, Trump mismo presentó la idea de esta guerra como algo rapidito, a la Venezuela, y sin costo. Pero ya van seis americanos muertos y eso que no hay ni un soldado en tierra iraní. Y desde el primer día hubo un My Lai, la escuela bombardeada donde murieron 175 nenas y maestras iraníes. Y cada surtidor le está recordando al votante que las guerras a veces tienen efectos en casa.

La decisión

Jon Hoffman, un conocido experto en defensa del Cato Institute -los verdaderos libertarios, no como nuestro Javier Milei- es un hombre con excelentes contactos en la política, en particular entre republicanos. Esta semana contó que Trump, al que le gustan los triunfos vistosos y de bajo costo, estaba “en un trip después de capturar a Nicolás Maduro, se sentía invulnerable. No entendió que Irán es diferente a Venezuela en sentidos profundos”.

Trump andaba muy contento con esto de ejercer un poder militar absoluto sin pagar los costos. En este año y monedas de su segundo mandato, hubo operaciones militares en Iraq, Nigeria y Somalía, bombardeos a los houthi en Yemen, una participación en la guerra de Israel contra Irán de enero, el secuestro del presidente venezolano y su esposa, y la sistemática destrucción de lanchas en el Caribe.

Todo sin costo político, todo sin una baja propia.

Teherán está demostrando que este es un nuevo panorama, y los MAGA en el poder están haciendo un esfuerzo casi filosófico para presentar esta guerra como necesaria. Es una convención de las ciencias políticas que hay dos tipos de guerra, de acuerdo a la intencionalidad del que la empieza: guerra por necesidad, guerra por elección. Basta pensar en dos países, con uno amasando fuerzas militares y sobrevolando agresivamente el territorio del otro. Es entendible que el país así apretado arranque operaciones militares, asumiendo que el otro lo va a atacar. Eso sería un caso de guerra por necesidad y sirve de excusa sistemática de tantos, tantos países que arrancaron guerras.

Pero la otra parte en esta guerra ficticia sería el que elige ir al frente porque ve al vecino, o al rival, debilitado, y aprovecha. Claramente, es lo que parece haber pensado Trump, que el Irán bombardeado y quebrado políticamente después de matar a miles en la represión de las protestas, estaba listo a caer.

Pero ya va una semana y los iraníes siguen combatiendo. Ya se discute abiertamente mandar tropas o armar a las minorías étnicas para que derriben al gobierno central. Y se supo que se están bombardeando comisarías de pueblo y los cuartelitos de la milicia armada, el rejunte de comandos civiles de la dictadura que mató a tanta gente en la represión de enero. Se juega a dos puntas, tratando de limitar la capacidad del régimen de reprimir una insurrección y jugando la carta peligrosa de atomizar el país.

¿Se imaginan a Irán, población cien millones, balcanizada en territorios libres de kurdos y otras minorías? Sería mucho peor que Irak o Libia, agujeros negros de violencia y olas de refugiados.

Europa

El Atlántico Norte no para de ensancharse. Pedro Sánchez se le plantó mal a Trump y le prohibió usar bases en territorio español para operar contra Irán. La Unión Europea lo apoyó cuando el norteamericano amenazó con prohibir todo comercio con los españoles y cuando, enojado, dijo que si quería las iba a usar de prepo. Bien Sánchez, que se destacó de la timidez general de los líderes europeos, que critican murmurando.

El problema de los europeos es que, aunque entre todos tienen la tercera economía global, son 27 países con treinta ejércitos en la OTAN. Tomar una decisión es espantosamente complicado, por no hablar de los intereses opuestos de cada uno. La triste historia del super jet de combate que ya deberían estar produciendo los alemanes, los franceses y los españoles, es un ejemplo. La francesa Dassault liquidó efectivamente la coproducción cuando se quejó que estaban usando tecnología propia sin pasarles suficientes trabajos como para ampliar sus fábricas y sus empleados. “Un gerente de Recursos Humanos destruyó el proyecto”, se quejó amargamente un ingeniero alemán involucrado en el tema.

No extraña que fuera alemán, que la República Federal está muy activa en esto de rearmarse, con una inversión para este año de 127.000.000.000 de dólares. Para dar una escala, Gran Bretaña va a gastar 84.000 millones y Francia 70.000. Además de ser la mayor economía del continente, los alemanes tienen la ventaja de haber renunciado a la opción nuclear, con lo que todo el dinero va a fuerzas convencionales. Varias fábricas de vagones de tren ya están reconvertidas para producir panzers, y desde 1945 que no se producían tantos fusiles de asalto, granadas y uniformes.

¿Alguien se queda tranquilo con que la solución a la seguridad europea sea la superioridad de la Wehrmacht?

Curiosamente, Polonia, la primera víctima de la agresión nazi, está más que tranquila y pide más y más. Parece que el recuerdo de los años soviéticos dejó un sabor que tapó el de los nazis. No es el caso de la ex Alemania Oriental, donde una mayoría apoya a Vladimir Putin, opina que Ucrania es territorio ruso y que la culpa de la guerra es de la Unión y de EEUU. Otra paradoja: la muy, pero muy derechista Alternativa por Alemania también está con Putin en esto, y no para de ganar votos. En el resto del país se culpa al ruso, pero sólo una minoría acepta que tropas alemanas cuiden las fronteras ucranianas en un futuro tratado de paz.

Y mientras, hay otros problemas a solucionar. Las leyes alemanas de posguerra le ataron las manos al país en dos temas cruciales. Uno es la maraña de límites a qué puede tener y qué puede hacer el ejército. Por ejemplo, tienen prohibido salir del país, que no sea de vacaciones y de civil. Otra es la incapacidad de hacer inteligencia, lo que los deja en dependencia con la CIA y el MI5, que fueron responsables por el 98 por ciento de las alertas antiterroristas que, según Alemania, evitaron atentados.

Otro tema es qué están produciendo los alemanes, muy convencionales a la hora de poner un euro. En septiembre, los rusos entraron a territorio polaco con veinte drones y la respuesta de la OTAN fue enviar cazabombarderos armados con misiles. Cada dron cuesta unos veinte mil euros, una ínfima fracción de lo que vale uno de los misiles con que los destruyeron. De hecho, es posible que los cazas hayan gastado más que los rusos en combustible nomás, que esos aviones lo queman en minutos.

Y sin embargo, la industria está proveyendo cañones, buques, tanques y blindados livianos, pero casi nada en drones y buques livianos y rápidos, como los que usó Ucrania para derrotar a la flota rusa en el Mar Negro.

La oscuridad

Mientras todo esto ocurre en el mundo, Estados Unidos sigue dando muestras de cómo la ignorancia derechista se profundiza. El nuevo símbolo es una escuela muy famosa, la Academia Global de Carolina de Sur, un estado muy conservador, con excelentes cursos de ucraniano y ruso, reflejando el origen de buena parte de sus 600 alumnos. La escuela es espléndida, moderna, ejemplar, demandante, prestigiosa.

Y es un foco de sarampión.

La Academia está en el condado de Spartanbug, que a partir del 27 de febrero es oficialmente el mayor foco de sarampión en Estados Unidos, con 985 casos confirmados. Junto a otra escuela local, la Academia es responsable por buena parte de esos casos, ya que el 40 por ciento de sus alumnos no se vacunaron nunca.

En 2000, Estados Unidos se declaró libre de sarampión. En 2025, Trump nombró ministro de Salud al maníaco antivacunas Robert Kennedy Jr. Apenas un año y el desastre asoma, porque en estas cosas manda la idea de inmunidad colectiva. Kennedy no tuvo nada que decir ante esto. Ni tuvo nada que decirle a los padres de los dos chicos que desarrollaron encefalitis debido a la infección, una complicación gravísima.

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