El presidente brasileño mejora en las encuestas y la derecha centra su plataforma en la mano más dura contra el crimen en un país donde las tasas de violencia son astronómicas.
Toda la lógica política brasileña está apuntada a las elecciones del 4 de octubre, los apenas nueve meses que en estas cosas son una eternidad. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva está llegando bien a esta recta final, con números de aprobación por encima de los que tenía hace veinte años, cuando fue reelecto por primera vez. A la vez, la situación social es completamente distinta y, paradójicamente, los éxitos de Lula generaron necesidades que el PT y la izquierda clásica tienen problemas en atender y entender.
La primera y gran diferencia es el grado de polarización en Brasil, donde ya quedó en claro que, como en varios otros países, las elecciones se definen por unos pocos puntos porcentuales. El que gana sabe que más o menos una mitad del país lo sigue, otra parte considerable lo detesta y una franja pequeña le dio una chance. Es una receta de inestabilidad que tira por la ventana todo intento de porotear con certeza el futuro.
Los desafíos de Lula, según casi todos los encuestadores, son primero que nada la sensación de inseguridad, muy real en un país que mantiene tasas de violencia astronómicas. La masacre de Río del año pasado mostró que la sociedad brasileña llegó a un punto de irracionalidad con el tema: Lula se quedó solo hablando de masacre, con una mayoría muy clara aprobando la mano durísima contra el Comando Vermelho. El gobierno mandó al Congreso una ley para crear una nueva figura de crimen organizado para perseguir las bandas, que fue demorada por la derecha. Electoralmente, paga bien dejar al oficialismo sin herramientas, y además la ley incomodaba por su lado de investigaciones financieras de los narcos. Hay tanto banco y tanto político de derecha ya denunciado por eso…
Otro tema que pesa en campaña es la sensación de inseguridad económica, que es crucial. En 2005, la economía brasileña se expandía claramente y Lula disfrutó de aquello de que siempre “es la economía, estúpido”. Una buena noticia es que se espera una baja de las tasas de interés muy clara para el mes que viene, lo que reactivaría el consumo. El desempleo también se mantiene bajo, para ser Brasil, y la inflación ya no registra como un miedo. Si los siguientes meses muestran señales de crecimiento de la economía, la trifecta puede favorecer al gobierno.
Queda por resolver un tema en el que el PT y el gobierno en general vienen patinando en el aire, que es el sector informal. Brasil no tiene la inmensa proporción de empleados en negro que tiene Argentina, pero por ahí anda. Lo que detectaron encuestadores y sociólogos es que en ese enorme universo en negro se consolidó como una identidad social el de los motoqueros dedicados a las entregas a domicilio. Este sector no se identifica con la izquierda ni con la derecha, pero está abierto a ser seducido y ya le rindió votos a Bolsonaro y su canto de sirenas entrepreneurs… que no benefició a nadie. La izquierda, hasta ahora, no logró crear un discurso para este tipo de trabajadores no clásicos.
El secuestro de Nicolás Maduro le creó a Lula la misma crisis que a tantos otros gobiernos, el de defender la soberanía de las naciones independientes y no incurrir en la ira de Donald Trump. El brasileño tuvo un pico de popularidad que mantiene como capital político por como manejó las sanciones del Presidente Naranja y desarmó lo que pudo ser una crisis grave, con toda dignidad. Este capital le sirvió, y bien, para reaccionar ante los eventos en Venezuela.
La derecha
Como en un espejo, el capital político de la discusión de Trump que mantiene Lula es un ancla en el cuello de la derecha bolsonarista. Nadie se olvidó de que las sanciones fueron producto del lobby de los hijos del ex presidente, encarcelado por golpista, y que el sector armó una gran manifestación en San Pablo con una gigantesca bandera norteamericana.
Es por eso que la derecha dura está concentrada en inflar el tema inseguridad y proponer la máxima violencia posible hacia “los bandidos”. El modelo bolsonarista tiene nombre y apellido, Nayib Bukele, el joven presidente de El Salvador que creó un sistema paralelo de justicia y encarceló al 1,5 por ciento de la población en condiciones infrahumanas. Eduardo y Flavio Bolsonaro ya visitaron el infame Centro de Confinamiento del Terrorismo y posaron sonrientes frente a las celdas atiborradas de hombres tatuados, todos de calzoncillos blancos.
No son los únicos, claro, y van por lo menos diez políticos de derecha que hicieron la peregrinación. Este turismo penitenciario tuvo hasta ahora un solo problema, que Bukele cortésmente declinó recibir a nadie y mucho menos fotografiarse. Lograr la foto con el salvadoreño se está convirtiendo en objetivo electoral de los bolsonaristas duros.
Todo esto es para mostrar que “los izquierdistas” son blandos con los criminales y la solución es la derecha “violenta pero eficiente”. Por supuesto, todo esto es anticonstitucional, requiere crear tribunales especiales con fuertes límites a la defensa de los detenidos y, en el contexto brasileño, huele fuerte a racismo.
Si la derecha gana y realmente bukeliza el Brasil, habría 3.200.000 de detenidos.