¿Y ahora qué?

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Para quién gobierna Trump

Hubo festejos por el crecimiento del PIB, pero la mitad más pobre la pasa cada vez peor. Y todavía falta el recorte de subsidios a la salud.

Con bastante demora por el cierre del gobierno federal, se publicaron las primeras cifras de la economía de EE.UU. en el tercer trimestre. Es una radiografía notable de lo que está pasando en el reino de Donald Trump, muy informativa cuando se compara con el análisis por clases sociales y las expectativas.

La economía norteamericana es todavía la mayor del planeta, unos treinta trillones -millones de millones- de dólares. Los números de septiembre indican que puede cerrar el año con un crecimiento de 4,3, espectacular considerando las distorsiones que introdujo Trump con sus guerras tarifarias. Pero la gran pregunta es cuál es la fuente de ese crecimiento, qué origen tiene esa fortuna de más de un trillón de dólares que apareció este año.

Todo indica que es más que nada un fenómeno bursátil y de inversiones en unos pocos sectores muy específicos. En buena medida, es un tema de inversión en la burbuja de la Inteligencia Artificial, que chupa miles de millones en especulación e infraestructura. Esta direccionalidad explica que el desempleo empieza a asomar en el horizonte cercano y que se paró en seco el aumento real de los ingresos de los asalariados que logró Joe Biden.

De hecho, un 45 por ciento de los ciudadanos del país más rico de este planeta apenas llega a fin de mes y sus ingresos se van enteritos en lo de siempre, alquiler y comida. Esta casi mitad del país vive obsesionada con el precio de latas y paquetes, y del combustible. Por algo Bernie Sanders, senador, socialista y un político de lengua afilada, explica que la brecha entre ricos y pobres es la mayor en un siglo, sólo comparable con la Gran Depresión. Y todavía falta ver el impacto que va a tener este año la baja drástica de los subsidios a la salud: Estados Unidos sigue siendo el único país desarrollado de este mundo donde la gente va a la quiebra por una operación.

La derecha MAGA, mientras, se felicita por la cruel guerra contra los inmigrantes, que en ciertas regiones está llegando al hueso, como un progrom. El nuevo argumento es que no hay desempleo, todavía, porque al echar a los sin papeles se abren puestos para los nacidos y criados. Esta afirmación, como siempre impresionista y sin papeles ni números, contradice la clarísima bronca de sectores que dependen de explotar inmigrantes ilegales, como el de la fruta. Lo que sí se puede medir es el aumento de los precios de estos productos: los granjeros tienen que pagar algo más que una miseria para que los nacidos y criados hagan ese laburo.

Un activista negro recientemente destacó un aspecto de la política inmigratoria de Trump, cuando recordó que el padre del presidente era un inmigrante y sus dos esposas también, eslovenas ambas. Pero cuando el Hombre Naranja habla de revocar hasta la ciudadanía de inmigrantes que hicieron todo el trámite, no habla de ellos. “Habla de haitianos y sudamericanos, de negros y marrones”, explicó el activista. Esto es, todo está predicando en el racismo tradicional del país, que por algo fueron a “rescatar” a los boer de Sudáfrica.

La guerra del agua

Este fin de año, Trump se tuvo que comer el sapo de que su propia Corte Suprema le bloqueara una de sus chicanas favoritas, la de mandar las Guardias Nacionales o tropas federales a ciudades que él detesta. La justificación de militarizar las calles es preservar los edificios nacionales -federales- que serían blancos del “caos y el crimen” que reinan esas ciudades. Que, nada casualmente, son todas gobernadas por demócratas.

Es cierto que la tasa de homicidios en cualquier ciudad grande es astronómica para el visitante argentino. Por ejemplo, Nueva York festejó cerrar el año con quince veces más muertes violentas que nuestra AMBA. Tienen razón en festejar, que es la tercera baja consecutiva desde el pico de violencia de la pandemia, pero… Trump se agarró de eso y acaba de rebotar con los jueces.

Pero el Hombre Naranja, como dijo públicamente, odia a sus enemigos y les desea lo peor, con lo que enseguida pivoteó hacia nuevas agresiones. Debutó con el muy progre estado de Colorado, donde perdió tres veces y donde sigue presa Tina Peters, una militante MAGA, por gritar “fraude” demasiadas veces y calumniar con nombre y apellido a funcionarios y ciudadanos privados. Trump ya castigó al estado sacándole subsidios para el transporte, mudó al famoso Comando Espacial a otro lado y no le dio ni un vintén de ayuda después de las terribles inundaciones de 2025.

Pero el martes pasado, como para festejar el nuevo año, el presidente usó por primera vez su poder de veto y bajó una ley que creaba un acueducto que llevara agua potable a áreas rurales de Colorado. Como tantas otras veces, se terminan jodiendo votantes conservadores, trumpistas y MAGA, que viven en pueblos y en el campo. El Hombre Naranja la completó deseando en sus redes sociales que el gobernador y el fiscal que condenó a Peters “se pudran en el infierno… les deseo lo peor”.

La guerra en el agua

Mientras tanto, se recalienta el enfrentamiento con Venezuela, elegida para ser el primer caso de Gran Garrote desde Ronald Reagan. Que se sepa, ya hubo 35 ataques contra lanchas acusadas de narcotráfico, todos en aguas internacionales, que ya dejaron 115 muertos y apenas dos prisioneros. Esto, de paso, es algo nuevo porque los militares no quieren repetir el escándalo de la ejecución de sobrevivientes difundida en un video: eso de matar náufragos es, en términos navales, una ofensa al honor.

Pero esta semana se supo que la CIA hizo un ataque en tierra firma y quemó un galpón en un puerto venezolano. Washington tuvo que admitir que el ataque fue real, pero se ocuparon de contar que fue la CIA sin que nadie les pregunte. Es que una cosa es una operación de sabotaje con espías y otra un ataque militar en territorio soberano. Se entiende que Trump todavía no quiere declarar un estado de guerra con Nicolás Maduro. Todavía.

Y el escenario en Venezuela se complicó inesperadamente cuando el Kremlin metió la cola. Los americanos habían tratado de abordar un buque tanque petrolero, el Bella 1, al que acusaron de no tener una bandera de origen como marca la ley naval internacional. Para más sospecha, los satélites avisaban que el Bella había partido de Irán rumbo al Caribe. El buque se negó a ser abordado, viró fuerte y se alejó a mar abierto.

Pero ahora reapareció rebautizado como el Marinera, con bandera rusa y puerto de origen sellado como Sochi, tierra soberana de la Federación Rusa. Las leyes navales indican que los buques civiles bajo la bandera de una nación están bajo su protección y jurisdicción, y el Bella/Marinera se comunicó por radio con la Guardia Costera norteamericana para darles hasta el número de registro naval ruso.

Esto creó un impasse. El Marinera no tiene una bandera rusa convencional, pero la tripulación le pintó una en el casco a brocha gorda. El 31 de diciembre, a última hora, la cancillería de EEUU y la Casa Blanca recibieron un pedido formal del Kremlin de que las fuerzas navales dejen en paz al buque tanque, que ahora es ruso. Que se sepa, Washington no contestó, pero tampoco hubo un abordaje del Marinera.

Otra vez en Irán

Los iraníes salieron a las calles a protestar su miseria. Irán es una dictadura petrolera, asfixiada por las sanciones internacionales y sobre todo por el militarismo de los ayatolás, muy dedicados a armar a grupos afines en todo Medio Oriente y a crear un programa nuclear. Mientras, la moneda sigue en caída libre, la inflación no para y faltan las cosas más básicas.

Las marchas empezaron en Teherán pero enseguida se extendieron por todo el país, y el gobierno mandó a reprimir. No sólo fue la policía, que los ayatolás crearon en estos años un archipiélago de milicias semioficiales que vienen bien en estos casos. Ya hubo varios heridos y al menos un muerto, que quedó en medio de una polémica. Es que el gobierno identificó al muerto como un miliciano de 21 años, pero las organizaciones de derechos humanos dicen que era un manifestante. También dijeron que no es el único muerto, porque la policía abrió fuego en la ciudad de Lordegan, al oeste de la capital.

Las protestas mostraron una clara grieta dentro del gobierno. Los ayatolás y sus minions acusaron a “agentes extranjeros” de fomentar divisiones en la grey, pero el presidente Masoud Pezeshkian dijo que la culpa era del gobierno, que no atiende las necesidades del pueblo. Esta división se explica porque el presidente, en Irán, no pincha ni corta: el verdadero poder está en manos del Consejo religioso.

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