Faltan exactos nueve meses para que Lula enfrente a un Bolsonaro o al gobernador Tarcisio. Los poroteos son furiosos y falta ver qué va a hacer Trump
Este domingo, cuatro de enero, faltarán exactamente nueve meses para las presidenciales brasileñas del 4 de octubre. Los poroteos electorales empiezan a recalentarse, que la cosa ya no es en ese futuro lejano que “el año que viene” marca en la política. Lo único que está claro en el horizonte es que el presidente Lula da Silva va a ir por un cuarto mandato y que la derecha bolsonarista sigue dividida por las indecisiones del presidiario Jair Bolsonaro. Esta indecisión también surge de un poroteo electoral de los bravos.
Si el clan Bolsonaro da por perdida la elección, esto es, si asume que Lula gana seguro, su candidato será Flavio, el hijo senador por Río de Janeiro. Flavio iría voluntariamente al muere, aunque en una honrosa segunda vuelta, pero mantendría en familia el capital de votos que supo tener el papá golpista. Este rebaño de votos le sería útil en una candidatura presidencial en 2030. Por supuesto, este poroteo tiene un grave lado oscuro para los Bolsonaro: papá seguiría preso los cuatro años de Lula.
Pero si el clan ve en el horizonte una posible victoria de la derecha unificada, que le alcance para quebrar el voto de Lula, la cosa cambia. Todo indica que la brecha sigue intacta en Brasil y que la elección de este año va a ser como la de 2022, con dos grandes bloques chocando en un casi empate y un pequeño porcentaje de independientes decidiendo el segundo turno. Aquí es donde entra con fuerza el factor del rechazo, de la imagen negativa. Esos independientes, o votantes de partidos menores en la primera vuelta, no necesariamente definen la segunda por entusiasmo: muchas veces van por “el menos pior”, como diría el paisano.
Y el nombre Bolsonaro tiene un alto porcentaje de rechazo.
Con lo que la figura unificadora de la derecha no sería el hijo senador sino el gobernador de Río, Tarcisio de Freitas. El apoyo de Bolsonaro le traspasaría un buen bloque votos y Tarcisio tiene menos imagen negativa que el detenido. La ventaja para Bolsonaro sería el indulto que Tarcisio ya le prometió públicamente, con lo que el golpista podría volver a hacer política, aunque no a presentarse como candidato hasta, justamente, 2030. Es que además de condenado por golpista por el Supremo Tribunal, Bolsonaro fue condenado por la justicia electoral por andar gritando fraude.
Este segundo escenario tiene un peligro para la familia presidencial, el de entregarle votos y poder a alguien que no se llama Bolsonaro. Se sabe, el capital político puede transferirse, pero raramente se devuelve, como aprendió duramente nuestro Eduardo Duhalde…
Las ventajas
El presidente Lula, mientras tanto, tiene que hacer cálculos más simples. El frente hacia adentro está tranquilo, con el PT y aliados aceptando su candidatura como la única posible. La economía, factor crucial a la hora de votar, crece y la reciente revaluación del real ayudó a controlar la inflación sin afectar demasiado a las exportaciones, cosa difícil de lograr. Los intereses siguen altos, cosa que enfría la economía, pero la expectativa es que bajen y así se pueda al fin cumplir la promesa electoral de 2022 de eximir del impuesto a las Ganancias a todo el que gane menos de 5000 reales por mes, esto es a toda la clase trabajadora y buena parte de la media, que redondea unos mil dólares mensuales.
El gran frente de problemas sigue siendo el gasto público, ya descontrolado a niveles municipales y estaduales, pero bajo control a nivel federal excepto en las empresas públicas, algunas groseramente deficitarias. Lula emite constantes señales de que sabe que esto es un problema y busca contenerlo aumentando algunos impuestos -a las grandes financieras- y recortando gastos.
Claro que en esta elección habrá un importante factor externo, que se llama Donald Trump. Al Presidente Naranja le gusta meter las narices en elecciones ajenas, como ya hizo en Argentina y acaba de hacer en Honduras. Es cosa sabida que Trump es un fan de Bolsonaro y aceptó el lobby que le hizo otro hijo presidencial, el diputado Eduardo, amenazando con sanciones si no soltaban a su amigo.
Pero ahí fue que dio frutos el cambio de política exterior de Lula. En sus dos primeros gobiernos, el slogan era “activos y altivos”, con Brasil ofreciéndose como mediador en conflictos internacionales y opinando sobre política internacional como lo hace un país importante. Pero hubo golpes muy feos en este nuevo planeta polarizado, como ser ignorados al ofrecerse como mediadores entre Rusia y Ucrania, o las furiosas críticas a Lula por comparar la invasión de Gaza al tratamiento de Hitler hacia los judíos. La elección de Trump terminó de dificultar la vida de Itamaraty, que bajó su perfil.
Esto pagó y bien cuando Washington le cayó encima a Brasilia con tarifas astronómicas. Lula desarmó la crisis con una mezcla de simpatía -la “buena química” con Trump- y algo de altivez, la de no arrugar ante el bully en el patio del colegio. El tema pasó, los norteamericanos siguen desayunando con café brasileño y los votantes aplaudieron.
Pero nada impide que en, digamos, seis meses, el Presidente Naranja empiece a hacer campaña por el candidato de la derecha.