Contexto del Recíproco marcado por la política arancelaria de Donald Trump y la apertura económica en Argentina. La teoría de Tibor Scitovsky para explicar cómo los aranceles pueden mejorar el bienestar nacional bajo ciertas condiciones. Contraste con el enfoque impulsivo del POTUS 47. La postura libertaria argentina niega que la desprotección industrial genera desempleo y una caída en la actividad económica. El proteccionismo es la norma histórica debido a una contradicción estructural donde la producción siempre supera al ingreso. Un superávit comercial es esencial para equilibrar el sistema capitalista y mantener el nivel de empleo frente a la insuficiencia estructural de la demanda.
El gobierno libertario confirmó el jueves 5 de febrero de 2026 que enviará al Congreso argentino el Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproco firmado con la administración de Donald Trump para su ratificación. Este pacto, fue negociado con la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR).
El Congreso argentino debe congeniar el Recíproco con lo que firmó el Mercosur con la Unión Europea (UE). Argentina firmó el acuerdo comercial con Estados Unidos sola, sin los demás países del Mercosur.
Donald Trump, el POTUS 47 (President Of The United States) esta eximido de pasar por el Congreso de su país por la Ley de Comercio Recíproco (o Reciprocal Trade Agreements Act: RTAA), al amparo de la cual se convino este acuerdo.
La RTAA permite al POTUS negociar acuerdos bilaterales para reducir aranceles a cambio de concesiones similares por parte de otros países. Otorga al Ejecutivo la facultad de negociar reducciones arancelarias sin requerir aprobación previa del Congreso para cada ajuste individual.
El Congreso norteamericano tiene la autoridad constitucional para regular el comercio exterior, pero la delegó al Ejecutivo en los casos de los llamados “acuerdos comerciales recíprocos”. Hasta le fecha firmó acuerdos en el marco de la RTAA con Suiza, Liechtenstein, El Salvador, Ecuador y Guatemala.
Los detalles del Recíproco plasman el edén que prometen los librecambistas argentinos, que tiene en las exportaciones su núcleo supuestamente dinámico. Este Paraíso perdido que ahora pretenden encontrar con el Recíproco, posee como atractivo principal la vuelta a una sociedad y una estructura fiscal muy rudimentarias, en la que la aduana viene de nuevo a ocupar el centro de la recaudación.
Y con la aduana y la masa de lúmpenes que crea el eje del modelo exportador que es bajar fuerte los salarios argentinos, se sedimenta -con gran probabilidad- en la superestructura política que le es afín, un grado de violencia política considerable. Es la que debe emplearse para mantener el orden -o buscar un orden- en el país para pocos.
En el Recíproco, la cuota de carne de vaca que exporta a los Estados Unidos la Argentina aumenta cinco veces. Aún debe pasar por la horca caudina de los sectores afectados en los Estados Unidos. El New York Times puntualiza que Trump afirmó que su política busca reducir los precios de la carne para los consumidores estadounidenses, “pero provocó una reacción negativa de los ganaderos estadounidenses”.
“Esto no es lo que necesitábamos ahora mismo”, declaró al Times Bill Bullard, director ejecutivo de R-Calf USA, una organización de ganaderos estadounidenses que había solicitado al gobierno que limitara las importaciones. Esta medida, añadió Bullard, “retrasará aún más la recuperación de nuestro rebaño nacional”, consigna el Times.
Esto de estar para el bife es histórico. A causa de que la división internacional del trabajo se hizo pelota con la crisis de 1929, el 1º de mayo de 1933 en Londres entre el Vicepresidente argentino Julio A. Roca (hijo) y los representantes del Board of Trade inglés al mando de Walter Runciman, se firmó un acuerdo en el que se hacían todas las concesiones solicitadas por los súbditos de su majestad para mantener el mercado de carne inglés y no quedar completamente fuera de juego.
Raúl Prebisch, integrante de la delegación negociadora, siempre lo justificó diciendo que nadie presentó nunca ninguna mejor alternativa. Razón no le faltaba. Ahora es muy diferente. Debajo del puente sobre el río de aguas turbulentas pasaron y pasan grandes correntadas. Pero para los libertarios argentinos, nada nuevo bajo el sol.
El Recíproco firmado entre la nación más poderosa de la tierra, con un cerrado comportamiento mercantilista, y la semi-periférica Argentina cuyo gobierno ejerce un librecambismo vocacional, va en camino a parir un engendro contrario al interés nacional.
Observar el contexto de la economía mundial –y su lógica real- no hace más que confirmar que si el Congreso argentino no lo frena el Recíproco nos cocina.
La base que está
En el revés de la trama de los aranceles aduaneros que usualmente revolea amenazante Trump, hay entretejidos unos hilos de Ariadna que al seguir su recorrido orientan en este laberinto alocado en que se han convertido las anárquicas relaciones internacionales.
Verdad, la lógica de las relaciones entre países dada por la consecución del interés nacional en términos de poder, implica la búsqueda racional de un orden que viene generado por el equilibrio de fuerzas. La búsqueda afanosa del desequilibrio, en el que el derecho del más fuerte es “el derecho”, alimenta el dechado de virtudes irracionales que florece en la coyuntura global de estos días.
A todo esto, la adamantina fe librecambista es una singularidad libertaria argentina en un mundo que anda a las trompadas proteccionistas. De ahí que también las andanzas por los mismos hilos de la precavida y enamoradiza Ariadna, nos dejan en asuntos mucho más cercanos, como la controversia entre nosotros sobre protección o libre cambio, dada la apertura ordenada por el oficialismo libertario, con consecuencias bajistas en el nivel de actividad y alcistas en lo que hace al nivel de desempleo.
La polémica venía a su ritmo de cierre masivo de empresas y con gran reclutamiento por parte del ejército de reserva de desocupados. Aceleró cuando unos caños indios ganaron una licitación privada para hacer un gasoducto, desplazando la oferta de una multinacional que tiene un establecimiento que lo fabrica en la Argentina.
De resultas, si se quiere tener una primera impresión del grado de despelote para propios y extraños que arma el Magnun 44 cargado de tarifas aduaneras que normalmente empuña el POTUS 47 –sea o no la hora señalada, no es Gary Cooper- para apuntarle a quién sea, vale recordar lo que hace más de ocho décadas estableció acerca de los aranceles al comercio exterior el economista Tibor Scitovsky, un inmigrante húngaro que hizo su carrera académica en los Estados Unidos. Con la ICE esto no hubiera pasado.
Al respecto de Scitovsky, un caso hipotético simple para encontrarle la punta al ovillo. La hipótesis simple es la de dos países. Uno exporta choclos e importa peines y el otro país –a la recíproca- exporta peines e importa choclos. Para hacerla fácil es un mundo de fantasía que consumen únicamente estos dos bienes.
El neoclásico Scitovsky comprobó que un arancel o tarifa aduanera adecuadamente calculada mejora el bienestar del país que la establece sobre sus importaciones de peines si la demanda de los choclos que exporta casi no reacciona a los cambios de precio. Los peines serían ahora más caros en Choclolandia por lo que se venderán menos pero, en cambio, como los choclos que compra la República Carda casi no reaccionan al precio, seguirán comprando prácticamente la misma cantidad.
Resultado: mejora la balanza comercial de Choclolandia y así aumenta su producto bruto, (siempre y cuando lleve a un superávit de balanza de pagos).
De aquí se sigue que si la demanda de choclos en la República Carda reacciona al arancel aduanero bajando más y más la cantidad consumida, por el impacto alcista en el precio de venta final sobre los peines que compra Chocolandia, el bienestar nacional baja otro tanto.
El cálculo
En la práctica, esto es: en la vida cotidiana de las oficinas del Estado que se dedican a regular los flujos de comercio exterior, los cálculos producto por producto, en el mundo tal cual es, para establecer el arancel aduanero más adecuado, llevan su tiempo. Las negociaciones entre países, otro tanto.
El POTUS 47, usualmente pasa por alto todos estos detalles. Si el Primer Ministro de Canadá, lo deja globalmente mal parado lo espera la vuelta de la esquina con aranceles aduaneros –prima facie– determinados a piacere. La UE si no quiere vender Groenlandia, le correría la misma suerte que a cualquiera que comercie con Irán o le venda petróleo a Cuba: el arancel por la cabeza. ¿Determinada la magnitud del arancel por criterios objetivos tipo Scitovsky? De ninguna manera eso contradiría el “ma, perché mi piace”, del POTUS 47.
El “perché mi piace” del POTUS 47 en la tierra de la gente libre y hogar de los valientes está ganando fama de mejor no ser desafiado. Si no que lo diga The Washington Post que recortó de un saque casi el 40 por ciento de sus periodistas. El matutino despidió a cerca del 30 por ciento de su personal, incluyendo a 300 de sus 800 periodistas, y cerrará sus secciones de libros y deportes. Jeff Bezos (uno de los 3 o cuatro empresarios con más fortuna personal del mundo) principal accionista de Amazon, propietario del diario desde 2013, se escuda en que no ha logrado frenar años de pérdidas financieras. Niega que sea un acto de servilismo hacia el POTUS 47, que detesta a estos periodistas a los que considera enemigos de izquierda. Bezos ha recibido críticas por su reciente actitud vigilante hacia el diario, incluyendo el bloqueo de un apoyo a Kamala Harris antes de las elecciones de 2024.
Trump se asimila a una Reina de Corazones ordenando cortar cabezas. Pero la economía internacional ya se empieza a comportarse como el risueño Gato de Chesire, al que Alicia le dijo: “He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!”. La Reina no le podía ordenar al verdugo que le corte la gañota al micifuz porque le desaparecía el cuerpo.
Distintas encuestas entre las multinacionales coincidentemente arrojan como resultado que no temen que se desate una guerra comercial y si temen que por las idas y vueltas con los aranceles, se tengan consecuencias de enfrentamientos bélicos. De hecho Estados Unidos está importando tanto como siempre. Es cierto que las exportaciones de China a los Estados Unidos bajaron 24 por ciento entre enero y septiembre de 2025. En tanto, las procedentes del Sudeste Asiático y, en menor medida, de Europa han aumentado, mientras que las de Canadá y México se han mantenido bien.
Trump amenazó con aranceles del 40 por ciento a la triangulación que evidentemente se está operando, pero hasta ahora no pasó nada. Incluso, tras el anuncio de la UE –a principios de semana- sobre un acuerdo comercial de los europeos con India, Trump se apresuró a prometer revertir algunos de los enormes aumentos arancelarios que impuso a las importaciones indias el año pasado.
En la edición del viernes 30 de enero de 2026, el Wall Street Journal publicó una columna de opinión de Trump. El POTUS 47 la tituló: “Mis aranceles han devuelto a Estados Unidos al poder”. En la bajada afirma que “los ‘expertos’ predijeron desplomes del mercado, inflación masiva y recesión. Se equivocaron todos”.
Argumenta Trump que “Fue el arancel lo que hizo a Estados Unidos fuerte y poderoso en generaciones pasadas, y son los aranceles los que están haciendo a nuestro país más fuerte, seguro y rico que nunca. Dados los resultados del año pasado y las espectaculares cifras económicas que se publican a diario, quizás sea hora de que los escépticos de los aranceles del Journal consideren ponerse uno de mis sombreros rojos favoritos: el que dice: ‘¡TRUMP TENÍA RAZÓN EN TODO!’”.
Posiblemente ayude a calibrar más acabadamente la pertinencia de las afirmaciones de Trump, considerar que en medio de la columna de opinión subraya que “Al mismo tiempo, he utilizado con éxito la herramienta arancelaria para asegurar inversiones colosales en Estados Unidos, como ningún otro país ha visto antes. Según sus propias cuentas, en cuatro años, Joe Biden obtuvo menos de un billón de dólares en nuevas inversiones en Estados Unidos. En menos de un año, hemos asegurado compromisos por más de 18 billones de dólares, una cifra inimaginable para muchos”. El que esto escribe, entre otros. Esa cifra citada por Trump equivale al 60 por ciento del PIB de los Estados Unidos. Actualmente la inversión significa el 14 por ciento del PIB de los Estados Unidos. O sea, en lso Estados Unidos se invierten anualmente en la actualidad 3 billones 120.000 millones de dólares. ¡Menuda diferencia!
El proteccionismo y el librecambio
La economía mundial –salvo el corto período de mediados del siglo XIX de la Pax Británica- siempre estuvo regida por el proteccionismo. Que Trump en estos asuntos se mueva como un elefante en un bazar, no le quita un ápice a la realidad de que el proteccionismo es la regla y el libre cambio la extraviada excepción.
Sin ir más lejos, la Organización Mundial de Comercio (ahora trabada) es una institución para organizar el mercantilismo, no para abogar por el libre cambio. La reciprocidad (que no está definida con precisión legal en los documentos del OMC), es decir, una concesión arancelaria dada por un país debe extenderse al resto –cláusula de nación más favorecida- implica conseguir otra concesión arancelaria de igual tenor, sino no se acuerda.
Ese proceder es –en la óptica librecambista- de naturaleza mercantilista y procede de la incomprensión de los más venerables principios del libre cambio y la adecuada y eficaz asignación de los factores productivos a que conduce. Así este principio lleva implícita la idea de que las exportaciones son un bien, las importaciones un mal. Pero la realidad se impone y no queda otra para el enfoque negociador para la reducción progresiva de las barreras arancelarias.
Los inmorales nos han igualado
Vale, entonces preguntarse por qué se protegen los países y por qué los librecambistas argentinos son inmunes a la realidad en nombre de las ventajas comparativas que nos legó la naturaleza.
Un indicio e respuesta lo proporciona Karl Marx en el “Discurso sobre el libre cambio” que pronunció el 9 de enero de 1848 en una sesión pública de la Sociedad Democrática de Bruselas. En esa alocución Marx señala: “Se nos dice, por ejemplo, que el libre cambio hará nacer una división internacional del trabajo, determinando para cada país el género de producción que corresponda a sus ventajas naturales (…) Pensaréis, tal vez, señores, que la producción de café y de azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales (…) Hace dos siglos, la naturaleza, que apenas tiene que ver con el comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña de azúcar”.
Tampoco trigo en la Argentina, que tuvo que ser implantado a fuerza de aranceles y fuerte debate en el Congreso de la nación a mediados de la segunda parte del siglo XIX.
Marx entiende que “Nada de extraño tiene que los librecambistas sean incapaces de comprender cómo un país puede enriquecerse a costa de otro, pues estos mismos señores tampoco quieren comprender cómo en el interior de un país una clase puede enriquecerse a costa de otra”.
Los librecambistas argentinos actuales se escandalizan por la inmoralidad de que unos empresarios inescrupulosos, amparados por gobiernos que no entienden las sólidas verdades de los manuales, se llenen los bolsillos a causa de la protección. Curioso que no tengan noticias del tenebroso comportamiento de las Compañías de las Indias Orientales o de los otros episodios de la encantadora acumulación primitiva. Incluido, el de algunos antepasados de los hoy escandalizados.
Insistir una y otra vez en que lo importado es más barato y quita sentido fabricarlo nacionalmente, por ser más caro y de peor calidad, no deja de ser una operación de relaciones públicas para conmover a las almas bellas y que se ilusionen con que su ingreso se volverá más rendidor. Claro que deberían tener la gentileza de avisarles que con la apertura lo más seguro es que ese ingreso no lo obtengan más.
Es muy irritante esa forma de razonar amañada de los defensores del librecambio: Siempre suponen que el ingreso es constante. Entonces ¡qué vivos! Si bajan los precios mejora el bienestar. Pero si baja el ingreso porque la importación corta empleos, y más de los que bajan los precios, que es lo que sucede en la realidad, el argumento de los librecambistas es pura ciencia ficción.
El verdadero problema es cómo se relaciona el saldo del comercio exterior con el nivel de actividad interno. El resto es literatura sentimental.
Producto mayor al ingreso
El proteccionismo no es una medida de política que emana del error económico y el poder del lobby. Responde a un desequilibrio estructural del sistema capitalista, porque el producto siempre es mayor que el ingreso, ya que en su valuación incorpora la tasa de ganancia. Eso ya muestra lo poco o nada adecuado de establecer el debate en términos de precios caros o baratos.
Para que ese producto pague todos los costos incurridos (que son los ingresos fijos de los factores que concurrieron a generarlo) y el ingreso variable que es la ganancia, debe ser vendido.
Lo que significa que hay una desigualdad inherente entre los precios y el poder de compra, ya que para que se obtenga una ganancia las mercancías deben venderse a un precio mayor del que costó producirlas. Entonces, el producto y el ingreso son tendencialmente desiguales. La desigualdad producto-ingreso entraña la mayor contradicción que debe resolver a diario el sistema económico en que vivimos. Por cierto que la resuelve, pero no la abate.
Un sencillo ejemplo numérico nos indica cómo salta cotidianamente el sistema esta barrera y permite deducir cómo y dónde tropieza. Consideremos un valor bruto de la producción, u oferta global de bienes, de 1000 al que le corresponde remunerar ingresos fijos por 800. Estos se componen de 600 de materias primas, 100 son salarios y 100 son alquileres e intereses. 200 son ganancia [20 por ciento sobre venta (200/1000)].
La venta que se efectúa, simultánea para simplificar y enseguida vernos por qué, es de 800. De ahí se saca un plusvalor de 160 (20 por ciento sobre 800). Quedan por vender 200 y se ha creado un poder de compra de 160. La simultaneidad anterior es un artificio del análisis para que ahora quede más claro que el bloqueo es aparente porque nadie está obligado a comprar de una vez los 200. Las compras se fraccionan de acuerdo a los fondos de que se dispone. Segunda ronda compra 160. Plusvalor liberado 32. Ingreso generado 25 en números redondos. Y así sucesivamente. Y todo vuelve a empezar. Esta estilización intenta reflejar la realidad del capitalismo. No obstante, durante todo el transcurso de esta reacción en cadena, el producto siempre es mayor que el ingreso.
El bloqueo se produce por medio del nivel general de precios. Aún determinado el déficit crónico del poder de compra con respecto al valor total de la producción, si en el tiempo que requiere un recambio de lotes de mercancías se esperase a que estas se compren paulatinamente en la medida en que este déficit lo permita sin ser reemplazadas, la deficiencia de la demanda sería sorteada y acabarían por venderse las mercancías, tal como acabamos de mostrar.
Pero ello no ocurre, pues requiere que cese la competencia entre los vendedores en la búsqueda de compradores. En cambio, sucede que los vendedores se disputan a los compradores manipulando los precios y los compradores aprovechan esta ventaja que los vendedores les ofrecen para no permitirle a ninguno de estos evadirla. Los inversores, ahuyentados por la competencia y la disminución de precios que provoca en estas circunstancias, se abstienen de invertir, atesorando su poder de compra.
Cuando esto sucede durante estanflaciones, lo que ocurre es que los precios empujados por los costos suben menos que proporcionalmente, menos de lo que deberían. Las empresas se ven obligadas a hacerlo así para juntar los mangos que necesitan para sobrevivir.
De forma general se observa que son las bajas avizoradas de las perspectivas de ventas la que hacen bajar los precios y no a la inversa. Tras la baja de precios, los pasivos incurridos no se pueden afrontar y se desata la crisis. El comportamiento subjetivo se objetiva en el comportamiento del conjunto social. En otras palabras, la ilusión monetaria funciona de tal suerte que, aún si la baja de los precios es menos real de lo que parece y toca sobre todo el nivel nominal, será vivida por todos los agentes económicos como una baja real. No hay que perder de vista que para los empresarios se trata de retirar de la circulación más dinero fresco del que es puesto.
Política económica y superávit comercial
Las distintas medidas de política económica que se ponen en juego deben su efectividad o su ineficacia a su capacidad o incapacidad para cerrar el hiato producto mayor a ingreso. Porque si una política económica ahonda en vez de acortar la diferencia emanada del producto mayor al ingreso —es decir, no crea mayor poder de compra en una economía de corriente sobre ofertada—, entonces la baja de los precios que es tendencial se profundiza y se frena el deseo de comprar y se avanza derecho a la crisis por falta de ventas.
La política económica debe manejar el alza de los costos, del déficit presupuestario y/o el overtrading. En esta forma de abordar la cuestión, el marketing, el interés, los impuestos son favorables a sostener la demanda. La voz inglesa overtrading, (algo así como sobreventa o es necesidad que tiene el capitalismo de vender la piel del oso antes de cazarlo ) es el recurso al crédito para anticipar los ingresos de los empresarios. Las incitaciones al overtrading son las innovaciones, las exportaciones, el aumento exógeno de los salarios (la principal), la depreciación de la moneda.
El excedente de la balanza comercial es parte clave del menú. El papel conveniente y propicio del superávit comercial es el de desplegar un efecto mecánico por la reducción del producto neto interno y un efecto psicológico, por los adelantos de ventas que suscita.
Si llamamos a la producción (P), al volumen de ingresos que crea (R) y al excedente de exportación (E), en el estado de la naturaleza tenemos P > R (el signo > significa: mayor que). Interviene el proteccionismo. Se descomprime el mercado interno y se logra que: P-E = R. La oferta se iguala a la demanda. De manera que el empleo, la reabsorción del desempleo, no puede alcanzarse si no es por medio de una balanza superavitaria.
Luce poco católico tener que quemar o dar gratis una parte de la producción para que el nivel de empleo ascienda. Gratis, aquí significa que los exportadores cobran, pero los dólares que se acumulan no se usan porque si se usaren, se incurriría en déficit comercial, lo que agravaría el desempleo. El sistema funciona así. Y tan así funciona que es uno de los ámbitos de la diplomacia donde el cinismo es más marcado, al ritmo de proclamar librecambio mientras se práctica un proteccionismo bien despiadado. Es que no hay alternativa al proteccionismo.
La inestabilidad congénita del sistema capitalista invariablemente se manifestó y se manifiesta de forma cíclica. Tras la subida, la caída. Recesión. Tras la caída, la subida. Auge. Desde mediados del siglo pasado, dado el peso específico alcanzado por el Estado en la economía, la forma cíclica de siempre se atenuó. Bajo esas circunstancias, cuando la caída del nivel de actividad económica no se frena, significa que la fuerza política que en ese momento comanda el Estado, por una variada serie de razones y pese a la voluntad en contrario, se queda sin espacio para maniobrar el overtrading.
Aquí y ahora la cosa es bastante peor. La política económica del gobierno abre en vez de cerrar la diferencia estructural del producto mayor al ingreso. Provoca el ciclo. El objetivo de bajar los salarios necesariamente lo lleva a eso. Hasta ahora la guerra psicológica le permitió al gobierno avanzar con algunas dosis de violencia política. Si la sociedad logra percibir que lo que le espera es el empobrecimiento como todo destino, habrá que ver en cuál fase entra la guerra psicológica. El librecambio y la deuda externa también son llaves maestras de la violencia política.
