En 1985, el mismo año del Juicio a las Juntas y del acuerdo entre las democracias de la Argentina y Brasil, se formó el Grupo de Apoyo a Contadora. Quería participar de un objetivo: que América latina fuese una zona de paz, sin intervencionismos. ¿Podría repetirse hoy el espíritu de una iniciativa como aquélla?
No es para nostalgia sino para pensar. Todo arranca por un número: 1985. Es por el año. En la Argentina lo hizo famoso la película de Santiago Mitre basada en la historia del Juicio a las Juntas. La primera audiencia del Juicio, efectivamente, arrancó el 22 de abril y la sentencia se conoció el 9 de diciembre. Y las dos cosas ocurrieron en 1985.
No fue lo único, sin embargo. Algún día la Historia hará justicia y entrecruzará la trama de 1985. Cuando lo haga, sin duda tendrá en cuenta que en noviembre de 1985 el presidente argentino Raúl Alfonsín y el presidente brasileño José Sarney firmaron el acuerdo de Foz do Iguazú. Fue la base de la integración, y la base de la construcción de confianza. Ambas democracias, con algo de experiencia la argentina y nuevita la brasileña, recuperada en marzo, se comprometieron a inspeccionarse de manera mutua y contabilizar el material nuclear. Si hay contabilidad y se termina el secreto, no hay bomba, fue el mensaje que quisieron transmitir los presidentes. Un objetivo doble. Por un lado, de política exterior basada en la integración. Por otro lado, de política interna: ambos gobiernos debían ser cuidadosos y no dar excusas a sus respectivas Fuerzas Armadas ni para reconstituir el Partido Militar ni para insubordinarse. Democracia y paz como base para el desarrollo.
En esta edición de Y ahora qué?, el experto en relaciones internacionales Juan Gabriel Tokatlian le dice a Jorge Fontevecchia que se extraña la labor intensa del Grupo de Contadora. Lo comenta, por supuesto, en relación a la incursión militar de los Estados Unidos en Venezuela y a los peligros que, sostiene, acechan a la región.
El Grupo de Contadora lo formaron Venezuela, Colombia, México y Panamá en 1983 para hacer frente a la crisis centroamericana. El epicentro de la crisis era la revolución nicaragüense de 1979. Todavía el sandinista Daniel Ortega estaba muy lejos de la deriva autoritaria que puede observarse hoy en Nicaragua. El sandinismo había protagonizado una rebelión democrática y nacional contra la dictadura de Anastasio Somoza. Los Estados Unidos, como réplica, estimulaban y entrenaban a los contras, grupos armados creados a semejanza de los “combatientes de la libertad” financiados en Afganistán para oponerse a la ocupación soviética. El germen de Al Qaeda.
Los cuatro del Grupo de Contadora no tenían el mismo grado de simpatía por el sandinismo. Pero, ya fuera por motivos solidarios o por preservación regional y nacional, compartían la certeza de que una escalada se los llevaría puestos a todos. O al menos le inyectaría un germen de inestabilidad difícil de liquidar.
Sarney no era un presidente de izquierda. Arrancó más bien como un Adolfo Suárez, el conductor de la transición española, y muy pronto encarnó los valores de la democracia y la práctica del nacionaldesarrollismo industrial brasileño. En el gobierno de Alfonsín sí había funcionarios con simpatía por el sandinismo originario. Fue el caso de Raúl Alconada Sempé, subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, y de Federico Storani, entonces presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Los dos presidentes, y sus equipos, sintonizaron rápido. Así como tuvieron noción de que era necesario crear una estructura de contención pacífica entre los dos países, entendieron que el mismo criterio debía extenderse a Sudamérica y, después, a toda América latina.
El resultado de esa sintonía fue la creación del Grupo de Apoyo a Contadora. Otros cuatro: la Argentina, Brasil, Uruguay y Perú. El nacimiento fue en Lima en julio de 1985.
El objetivo era dar un apoyo aún más contundente a la iniciativa del Grupo de Contadora, llamado así por la isla panameña del mismo nombre. Si en él estaba México, en el de Apoyo revistaban los otros dos mayores países de América latina, la Argentina y Brasil. Los otros dos presidentes del Grupo de Apoyo eran el peruano Alan García y el uruguayo Julio María Sanguinetti. Sanguinetti acaba de cumplir 90 años. Sarney tiene 95 y es un interlocutor frecuente de Lula.
En la misma línea, en aquel momento, el socialdemócrata Oscar Arias, presidente de Costa Rica, consiguió reunir en Esquipulas, Guatemala, a los presidentes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua para firmar la paz. Postulaba el cese de hostilidades en Nicaragua y El Salvador, la asistencia a los refugiados, la democratización y el desarrollo.
El Grupo de Contadora y el de Apoyo terminaron creando el Grupo Río, antecedente de la actual Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe, Celac, la que se ocupan de maniatar con su bolilla negra, porque las decisiones se toman por consenso, Su Excelencia y el canciller argentino Pablo Quirno.
La de aquellos ocho países no fue una tarea sencilla. América latina estaba surcada a la vez por su dependencia respecto de los Estados Unidos, que consideraban a América central su patio trasero, y por el enfrentamiento global entre Washington y Moscú, que había entrado en su período terminal y último y culminaría con la implosión soviética de 1991. Al mismo tiempo, México, Brasil y la Argentina sufrían ya los efectos de la crisis de la deuda externa. Y las naciones que recién se habían sacado de encima las dictaduras encaraban sinuosas transiciones hacia una democracia sólida.
La historia es irrepetible, tanto en lo bueno como en lo malo, pero las experiencias son siempre útiles. Aunque más no sea para generar apertura mental y pensar nuevos instrumentos.
Otro ejemplo es la mediación de Néstor Kirchner como secretario de la Unasur, en agosto de 2010, entre la Colombia de Juan Manuel Santos y la Venezuela de Hugo Chávez. El acuerdo se firmó bajo el calor húmedo de Santa Marta, la ciudad que tiene tren pero no tiene tranvía.
Lula y Claudia Sheinbaum serían sin duda la clave de una construcción dinámica y útil para esta época. Ellos y sus países pesan, aunque América latina tiene hoy una masa crítica menor que la de 1983, en buena medida por algo que se comprende mejor cuando falta: el entendimiento profundo entre la Argentina y Brasil, que hoy, por el alineamiento con Washington y la sobreideologización diplomática de Milei, pasa por un frío sin precedentes.