La prédica sobre la necesidad de reestructurar la economía argentina para ampliar la exportación sin vigorizar el mercado interno no es nada nueva, lleva las mismas décadas que el proceso de entronización de esta visión empequeñecedora que no inventó Milei. Adhieren a ella la totalidad de los economistas publicitados por el establishment.
El titular del Poder Ejecutivo trata de no dejar títere con cabeza. Es muy consecuente en este enfoque. Una de sus últimas boutades fue aprovechar el resultado de la licitación de caños para llevar a puerto el gas de Vaca Muerta donde una empresa india cotizó 40 por ciento por debajo del precio que la multinacional Techint para embestir contra la presunta ineficiencia de las empresas locales.
Es una manera de esquivar la causa principal de tal desfasaje, es decir el atraso cambiario, negado sistemáticamente por sus aplicadores inconfesos sin perjuicio de que existiera dumping de parte de los oferentes orientales, fuertes competidores a nivel mundial del holding que fundara aquí Agustín Rocca en la segunda posguerra mundial. Era el abuelo de su actual titular, Paolo.
Se trata de una puja que registra varias décadas de despliegue y no termina con esta anécdota, que no deja de ser significativa tanto a escala internacional como en sus implicancias locales. Lo particular es que esa corporación tiene su base en la Argentina, donde se ha expandido a despecho de las políticas muy poco industrializadoras que se han aplicado con recurrencia, por lo menos, en el último medio siglo.
Es difícil y forzado catalogar a Techint como burguesía nacional, pero no es menos cierto que logró crear una base potente en el país desenvolviendo su producción local al mismo tiempo que buscaba con éxito adquirir una posición mundial competitiva, adquiriendo empresas y ganando mercados en diversos países, al compás con que se reconvertía la industria del acero a nivel planetario como consecuencia de cambios tecnológicos y nuevas pautas de consumo en bienes terminados.
En tanto se cerraban acerías en Europa y EEUU, los indios fueron ocupando un lugar preeminente como proveedores baratos, sobre una base de competitividad que combina salarios proporcionalmente bajos con mejoras tecnológicas. O sea, esta puja es real y funciona desde hace mucho tiempo.
Ello explica que Paolo Rocca se alinee instintivamente con la cruzada antichina que lidera Donald Trump, aunque el torpedo en esta ocasión le llegue desde otro miembro de los BRICs, la pujante India, ahora primera potencia demográfica mundial y profundamente desigual en la calidad de vida de su población.
Se trata de competencia intermonopólica, que no tiene nada que ver con el libre comercio, como cacarean Milei y Sturzenegger. En manos de estos muchachos ellos hacen, por supuesto, su parte: desprotegen el trabajo local. No asombra, dada su naturaleza, su gestión desmanteladora del tejido industrial argentino.
La adhesión incondicional a las políticas de Trump les impide ver que mientras el presidente norteamericano busca reindustrializar su país el correlato local consiste en destruir lo existente buscando una reconfiguración de la estructura económica local que se orienta fundamentalmente hacia la exportación primarizada de productos agrarios y mineros.
Concederles la presunción de ignorancia es por decirlo de modo piadoso, porque es muy probable que sepan lo que hacen y estén muy motivados con ello.
Exportar sin mercado interno
Entre lo más visible de las acciones libertarias está la prédica del “coloso” (como llama el Presidente al ministro desregulador Federico Sturzenegger), quien arremete con impudicia contra saberes establecidos y desconcierta en cada intervención. Como la pavada de decir que si mucha gente viaja al exterior se beneficia con ello la economía argentina. Pero no es Federico el problema (¿qué pensarán de él en San Andrés?) puesto que es el propio Milei el principal vocero de esta visión confusionista y desintegradora.
La prédica sobre la necesidad de reestructurar la economía argentina para ampliar la exportación sin vigorizar el mercado interno no es nada nueva, lleva las mismas décadas que el proceso de entronización de esta visión empequeñecedora que no inventó Milei. Adhieren a ella la totalidad de los economistas publicitados por el establishment.
Tiene bases teóricas precarias, pero no por ello son propuestas menos promovidas, lo cual ocurre de un modo sistemático. Abarca en general el segmento que se caracteriza por su antiperonismo y visceral antidesarrollismo puesto que, de paso, le quita fuerza social y política al movimiento nacional.
Todo lo que huela a sociedad integrada causa horror en esos sectores. Y tienen una enorme tenacidad en su empeño para desmantelar una economía nacional que sostenga un alto nivel de vida para el conjunto de su población. No es sólo una mirada que podría pensarse a sí misma como eficientista, sino que es sobre todo una política forjada desde el prejuicio antipopular.
¿Sindicatos fuertes o débiles?
Ahí viene a cuento, entonces, la “reforma” laboral. Se trata ante todo de desmantelar el poder sindical, que es un obstáculo no menor a las políticas de precarización en proyecto.
Va a contrapelo de la experiencia mundial, donde los países que más progresaron son los que tienen sindicatos fuertes que ponen condiciones de mejora social a través del salario y las condiciones de trabajo en sintonía con el proceso de aumento de la producción, es decir, fortaleciendo mercados internos consolidados como garantía del bienestar social.
Es, en consecuencia y aunque ahora la estemos sufriendo aquí en directo, una cuestión planteada al conjunto del género humano, resuelta de diverso modo según los regímenes sociopolíticos con que se organizan los diversos países.
En China, por ejemplo, ha significado sacar de una pobreza abismal a las masas campesinas condenadas a la explotación ancestral. Pero con un modelo propio que no resigna sus principios emancipadores y al mismo tiempo no deja de aplicar la fuerza que emana de la autoridad del partido hegemónico. La iniciativa privada se subordina al plan general. Y cuando se excede, es llamada al orden con sanciones graves que van hasta poner en prisión a directivos de corporaciones que hacen de las suyas.
Mientras tanto, la gran potencia asiática se comporta hacia afuera como una formidable locomotora de inversiones comerciales y de infraestructura no caracterizadas por la ayuda benefactora pero impulsoras de iniciativas que van desde la forestación de desiertos hasta los trenes de alta velocidad, vinculando regiones remotas y ampliando mercados dormidos.
Y lo hacen tanto en Asia Central como en África y América Latina.
Con frecuencia, la dinámica de las corporaciones multinacionales entra en conflicto hasta con sus propios países de origen y de allí viene la ideología desreguladora como un axioma a aplicar como sea, por las buenas o por las malas.
Es incongruente abominar de la planificación nacional y al mismo tiempo subordinarse a los planes de negocios de empresas que no tienen como objetivo la mejora social. Ni tienen porqué tenerlo, podríamos agregar, porque esa es una función que deben cuidar los propios pueblos a través de sus legítimos representantes imponiendo las regulaciones del caso.